Saloon Bar (1944). / Obra de William Roberts.

Amigos en las tertulias

Calaveritas con alcohol…

El ensayista y narrador Vicente Francisco Torres escarba en la memoria para hablar de los amigos —sobre todo de los amigos caídos en días recientes—, que en él son una generación de periodistas, poetas y narradores que, entre copa y copa, hicieron suya la Ciudad de México.


El 5 de noviembre pasado, cuando apenas se dispersaban la fragancia del incienso y el aroma de la flor de cempasúchil que enmarcaran las fiestas de los fieles difuntos mexicanos, la muerte real, no la de las ofrendas con mole, pan y mezcal, no la de las calaveras de azúcar ni la de los niños disfrazados de monstruos,  se hizo presente: José Francisco Conde Ortega había muerto cuatro días antes, derrotado por largas enfermedades que nunca pudieron apartarlo de la vida plena, llena de vino, tabaco y mujeres hermosas.

José Francisco Conde.

Su muerte me produjo un gran impacto porque habíamos sido condiscípulos en el primer año de la carrera en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Lo recordé junto a Agustín Ramos, Carlos Chimal, Jaime Avilés, Ethel Krauze, Mario Calderón, Rosina Conde, Héctor Carreto… Todos esbeltos y lozanos, superando apenas los 20 años de edad. Vicente Quirarte lucía tremenda melena afro y Luis Zapata era un adonis, tal como aparece en la contraportada de la primera edición de El vampiro de la colonia Roma.

A unos metros de nuestra Facultad, junto a las Islas —un pequeño bosque que ofrecía refugio a los muchachos que fumaban mariguana o “tenían ron y unas cocas inmensas”, como escribiera Alfredo Giles Díaz—, en la Facultad de Ciencias Políticas, estudiaban Pepe Buil, Arturo Trejo Villafuerte, Rafael Vargas, Emiliano Pérez Cruz, René Aguilar, Ignacio Trejo Fuentes…

Después de cuatro años, salimos a ganarnos la vida como pudimos pero el periodismo, y Huberto Batis, se encargaron de reunirnos. La gran mayoría fuimos llegando al suplemento “Sábado” y allí nos hicimos amigos. En la redacción, en donde todavía vimos a Batis junto a Fernando Benítez, conocimos a escritores brillantes como Eduardo García Aguilar. Los bares, el periodismo y la literatura fueron enredando todavía más nuestras vidas.

Dije en el primer párrafo que el día 5 se llenó de muerte porque, después de dar mis clases virtuales, salí a buscar comida. Enfilé hacia los bajopuentes de Tacuba y encontré a un amigo que tiene un puesto de libros de viejo, de nuevo y de todo lo demás. Había agitación entre los fierreros, chachareros, pizzeros y peluqueros con paisaje. En medio de todos ellos, junto a un puesto de tortas gigantescas y a espaldas de un relojero, acababan de matar a un joven. Un muchacho bajó de una moto mientras otro lo esperaba con la Yamaha encendida. Le dio cuatro tiros en el estómago y se dio a la fuga. Nadie le echó la culpa a López Obrador, tal como se acostumbra cuando pasa una mosca. “Era rata y ya le habían puesto el dedo”, dijo la gente, se encogió de hombros y volvió a hacer tortas, cambiar pilas de reloj y cortar melenas pintadas de verde y de morado.

Mal que bien, comí y estiré un poco las piernas.

Al regresar a mi casa tuve la entereza de llamar a la esposa de Conde para decir que le mandaba un abrazo por la partida de mi colega, quien había fallecido el día 1 de noviembre. Habíamos sido condiscípulos en la Facultad, nos encontramos en “Sábado”, en los bares, en las tertulias y convivimos durante 32 años en la UAM Azcapotzalco. Con la vista prácticamente perdida por la diabetes y otros achaques de la edad, decidió jubilarse para no hacer el penoso viaje, acompañado por un bastón, desde Ciudad Nezahualcóyotl hasta Azcapotzalco.

Ese 5 de noviembre encendí la computadora, miré mi correo electrónico y allí estaba la ya esperada noticia: después de tres semanas intubado, había muerto, un día antes, Sandro Cohen, otro poeta, otro compañero de la UAM Azcapotzalco. Un mundo de recuerdos se precipitó en mi cabeza y recordé a otro de mis colegas de Azcapotzalco, que había muerto en silencio, hace dos años, sin aspavientos, apartado de todos, fulminado por el cáncer: Miguel Ángel Flores. Fue un gran poeta y excelente traductor del portugués; tan bueno como Francisco Cervantes, pero un encono inexplicable hacía que no se toleraran. Vino el recuerdo de Arturo Trejo Villafuerte, derrotado por un infarto en tiempos de coronavirus, en mayo de este 2020. Él también trabajó en la UAM Azcapotzalco y fue un poeta dionisiaco que nos regaló un libro entrañable: Mester de hotelería.

Sandro Cohen.

Aparté los recuerdos escombrando un poco mi mesa de trabajo y empecé a leer el periódico. La muerte no me quería soltar porque, desde las páginas culturales del diario, como una araña que brinca y se agarra del rostro, vino otra noticia funesta: el mismo día que Sandro Cohen, pero por una enfermedad cardiaca y respiratoria, acababa de morir otro de mis condiscípulos: Luis Zapata. Él formó parte de un grupo de escritores que publicaron libros capitales en 1979. El vampiro de la colonia Roma salió ese año, lo mismo que Los viernes de Lautaro de Jesús Gardea, Violeta-Perú de Luis Arturo Ramos, Delirium tremens de Ignacio Solares y Al cielo por asalto de Agustín Ramos.

oOo

Un grupo de escritores y periodistas heredamos la tertulia y la vida bohemia de los modernistas mexicanos del siglo XIX. Ignacio Trejo Fuentes fue el alma de muchas noches de ronda. La primera estación fue La Nochebuena, en 16 de Septiembre y Revillagigedo. La cerró su propietario para mudarse a la Calzada de Tlalpan, en donde la amplió como salón de baile, antes de que fuera consignado por asesinato.

En la década de los ochenta asistíamos a una cantina pomposamente bautizada como el Montmartre, a la salida de un sórdido callejón que empezaba en la calle de Dolores y desembocaba en la calle de López. Francisco Cervantes disertaba y Severino Salazar nos hacía reír como locos. Llegaban Jorge Esquinca, Rolando Rosas Galicia, Conde, Arturo Trejo, Angélica Aguilera, Toño Bravo —años después, él acompañaría al piano a Carlos Montemayor en sus grabaciones de ópera— y Víctor M. Navarro, dueño de terribles carcajadas que hicieron a un parroquiano acercarse y ofrecernos una botella con tal de que Víctor se callara. La noche que llegaron Vicente Quirarte y Fréderic-Yves Jeannet dijeron que esa cantina era un baño público con servicio de bar.

Cerraron el tal Montmartre y la tertulia mudó a la Mariscala, enfrente del Teatro Blanquita, pero tuvo corta vida. De allí nos fuimos a la calle de Gante, a la Cucaracha, misma que luego cambió su nombre por el de El Lobo Estepario.

Luis Zapata.

Fui a pasar un año sabático a Guanajuato y regresé con un infarto. Para entonces la tertulia ya tenía lugar en el Salón Palacio, cantina ennoblecida con las fotos de Juan Rulfo, Manuel Blanco, José Alvarado, Rubén Salazar Mallén y otros visitantes asiduos de ese bar y que trabajaron en El Nacional, sito en la misma calle de Basilio Badillo. Allí hubo nuevos contertulios como José de la Colina, Jorge López Páez, Gonzalo Martré, Raúl Rodríguez Cetina, Ernesto Márquez y Javier García Galiano. Se unió también el pintor Guillermo Sculli quien, la noche que volví a presentarme, con muchas reservas para beber siquiera una copa de vino por el infarto de hacía meses, me estuvo cargando calor. Tanto, que fui el centro de las carcajadas y dejé de ir. Un par de semanas después me llamó Nacho Trejo y dijo: “Sólo llamo para decirte que a Sculli le dio un infarto. Pero él sí se murió”.

Cuando Trejo Villafuerte falleció, Conde escribió su obituario y destacó que a Arturo únicamente le importaba su obra; nunca buscó la gloria, el dinero, el poder o la fama.

Las mismas palabras pueden decirse de Conde.

Ya en pleno siglo XXI, los días de vino y rosas se fueron haciendo esporádicos y las reuniones se trasladaron a Texcoco. Unas veces en el Santa Bertha y otras en las afueras de la ciudad, en un curioso comedero situado entre magueyales. Nos sentábamos sobre tablones a comer lo que se cocinara en un gran horno de barro y a beber lo que lleváramos. Para entonces el imán absoluto de las reuniones era Gonzalo Martré, apoyado por Eduardo Villegas su editor. La lucidez y fortaleza física de Matré siguen siendo memorables. A sus 92 años de edad, come barbacoa, bebe pulque, duerme la siesta y se levanta a seguir departiendo. El encierro por la pandemia le ha servido para terminar su sexta narconovela.

Ninguno de esos bohemios ha tenido la muerte de Julio Ruelas. La memoria sigue volando agarrada de la calaca y llega hasta los días de la sensatez, antes del coronavirus, cuando sólo tomábamos las tres de rigor en La Potosina o La Peninsular, en La Merced. O en La Reforma, de Dolores y Ayuntamiento. Allí coincidimos con Víctor Roura, Emiliano Pérez Cruz, Felipe Sánchez Reyes, Enrique Aguilar y Armando Ramírez. Luego nos encaminábamos hasta la calle de Regina, a beber café en el Jekemir.

Vicente Francisco Torres. Ensayista y narrador. Profesor-investigador en la Universidad Autónoma Metropolitana (Azcapotzalco).

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