La entrevista periodística: una forma de generar conocimiento

El periodismo nos es presentado, en su diseño ideal, como una forma objetiva de conocer la realidad. Es, en este sentido, apenas un mediador entre el mundo y nosotros. Muy lejos está, por lo tanto, de jugar un papel como generador de conocimiento. Para ello tenemos disciplinas más serias, más profundas, más densas como la sociología, la psicología, las ciencias de la comunicación, la lingüística, la antropología y, desde luego, la filosofía. En este trabajo, no obstante, el autor propone que la entrevista, como género periodístico, puede ser también una manera de entender y explicar nuestra realidad.


La duda, la pregunta, la indagación, el deseo de saber, la curiosidad y el interés por los otros son algunos de los elementos que deben animar, en principio, toda entrevista periodística. Son innumerables los autores que en distintos momentos y en distintas épocas han intentado definir lo que es la entrevista como género o especialidad del ejercicio periodístico. No obstante, entre esa gran diversidad de sesudas, apuradas, curiosas y (a veces) hasta atinadas reflexiones, se olvida con frecuencia que la entrevista periodística es (o, mejor dicho, puede ser) una de las variadas (y genuinamente aceptadas) formas de construcción del conocimiento.

¡¿Cómo?! ¡¿La entrevista periodística es una manera de generar conocimiento?! ¡¿Pero acaso no existen para ese propósito disciplinas muy serias?! Por ejemplo, las matemáticas. Por ejemplo, la física. Por ejemplo, las orondas ciencias de la comunicación. Por ejemplo, la filosofía. Pero, ¿la entrevista periodística? No. De ningún modo. Y si no lo creen, argumentarán algunos, basta con observar lo que dijo alguna vez el ilustre ganador del Premio Nobel de Literatura en 1982, Gabriel García Márquez, sobre la entrevista: “Las entrevistas son como el amor: se necesitan por lo menos dos personas para hacerlas, y sólo salen bien si esas dos personas se quieren. De lo contrario, el resultado será un sartal de preguntas y respuestas de las cuales puede salir un hijo en el peor de los casos, pero jamás saldrá un buen recuerdo”.

No muy lejos de esta concepción garciamarquiana de la entrevista, se encuentra la de quien, quizá, sea la más conocida entrevistadora mexicana, la señora Cristina Pacheco. En 1983, doña Cristina le dijo al periodista Braulio Peralta que la entrevista es literatura: “Una pequeña obra de teatro que debe tener una atmósfera de principio a fin: lo que requiere de un largo trabajo de escritorio”, según anota el guatemalteco José Luis Perdomo en su pequeño y bonito libro sobre la entrevista periodística intitulado En el surco que traza el otro.

En esta misma obra de Perdomo, un verdadero creador de literatura como Jorge Luis Borges se refiere a la entrevista como un diálogo que “no tiene obligación alguna de ser un modo verbal de esgrima, juego de asombros, de fintas y de vanidades; es la investigación conjunta de un hecho o la recuperación compartida de memorias y no importa saber si las palabras salen de un rostro o de otro”. Como podemos notarlo, en este caso las cosas cambian un poco: la entrevista ya no resulta una forma de hacer el amor, tampoco una secreta y humilde forma de hacer dramaturgia, sino, en palabras de Borges, una “investigación conjunta”, una “recuperación compartida de memorias”. La entrevista, pues, es creadora de realidades que emanan de la conversación, del diálogo, de la comunicación.

Sin embargo, no nos apresuremos, pues desde las propias trincheras del periodismo hay quienes reclaman que “la información periodística de la Entrevista [sic] se produce en las respuestas del entrevistado. Nunca en las preguntas del periodista”, según apuntaron Vicente Leñero y Carlos Marín en su Manual de periodismo. Curiosa aseveración, pues tomar en serio esta lección de periodismo sería suponer que las respuestas del entrevistado surgen de la nada, brotan, aparecen por generación espontánea.

El periodista, entonces, no tendría nada que hacer. Así, esos seres llamados entrevistados andarían por el mundo dando respuestas a preguntas que nadie les ha hecho, produciendo con ellas, eso sí, “información periodística”, pues, según Leñero y Marín, ya lo vimos, el periodista “nunca” es parte del proceso de producción de esa “información periodística”. Nunca preparó su entrevista. Nunca la realizó. Nunca la grabó. Nunca anotó y seleccionó lo primordial. Nunca hizo un trabajo de edición. Nunca le dio forma al resultado de aquella plática.  Porque “la información periodística de la Entrevista se produce, según Leñero y Marín, sólo en las respuestas. Es como si el periodista fuera una entidad inerte frente a la cual el entrevistado reaccionara lanzando una serie de respuestas así porque sí. Sólo porque se le ocurrió. Respuestas que después el periodista sólo tendrá que registrar, tal cual, y de ellas brotará la “información”.

Por eso tiene mucha razón Martín Vivaldi cuando dice que mejor que “entrevistar a”, debe decirse “entrevistarse con”. Pues entrevistar es un verbo no activo y, por consiguiente, mal empleado como tal. Citado por Perdomo, Vivaldi apunta [las negritas son del propio autor]: “Lo correcto es la forma pronominal: entrevistarse con, puesto que se trata de un verbo que expresa una acción recíproca: se entrevistan dos personas; no se entrevista a una persona, sino que se entrevista uno con tal o cual persona. No obstante, se suele oír en los medios audiovisuales —radio y TV— y se lee alguna vez en los periódicos: entrevistamos a don Fulano de Tal. Errónea expresión, puesto que el propio verbo deriva de sustantivo que, en realidad, es palabra compuesta de entre y vista. Y lo que se realiza entre dos o varias personas tiene que ser por fuerza indicativo de una acción recíproca. Y así es en realidad: en la entrevista hablan el entrevistado y el entrevistador”.

Sí, desde luego que sí, tal como lo sugería Borges: la entrevista es una acción compartida; tal como lo dice Gonzalo Martín Vivaldi: la entrevista es una acción recíproca. Por lo tanto, la entrevista es, en otras palabras, comunicación. Pero se trata de un tipo de comunicación muy específica: una que se va erigiendo a partir de la pregunta, de la duda, de la curiosidad, del deseo de saber. Y como aquel que pregunta, busca la respuesta, la entrevista periodística convoca, al realizarse, a generar una reflexión acerca de la realidad. Lo que producirá algo que antes no estaba ahí. La entrevista periodística, entonces, puede ser creadora de nuevos horizontes de comprensión. Construye un conocimiento en el que la pregunta y la respuesta (ambas) conforman, en tanto productoras de algo que antes no existía, un todo.

La finca

Si bien es cierto que en la entrevista periodística la pregunta expone el deseo de saber algo por parte de quien la realiza, este deseo no es, en absoluto, privado, particular o egoísta. El periodista, es decir, quien pregunta, siempre debe de plantear cuestionamientos que provoquen una respuesta que vaya más allá de sus intereses propios o de su más cara intimidad. Aunque es verdad que durante la entrevista periodística no se espera que surjan respuestas que se integrarán a las dimensiones del llamado conocimiento universal, sí debe considerarse la posibilidad de que lo dicho por el interlocutor se integre al plano de un conocimiento general. El periodista no puede preguntar sólo lo que a él, y únicamente a él, le resulte de interés, sino que buscará formular interrogantes que detonen respuestas de interés, sí, para él mismo, primero, pero, sobre todo, para otros.

De este modo, como se ve, la entrevista periodística puede ser generadora de nuevos conocimientos. Francisco Ayala, en el texto de Perdomo, lo expresa así: “Las palabras de un hombre de pensamiento, siquiera sean emitidas oral e improvisadamente y reproducidas con aproximación, pertenecen a su obra”. Con mayor claridad, quizá, lo expone, más adelante, Federico Campbell, a pesar de que lo hace aludiendo a un territorio muy específico: el de entrevistas con escritores. Dice Campbell: “La razón periodística impone la obligación de recuperar para el lector las ideas más actuales sobre la creación literaria y del mundo en que vivimos, y que se gestan en la mente del escritor de una manera en que no las hubiera escrito o que surgen, a veces de modo insólito, de ese intercambio espontáneo, impensado, dinámico, que se da entre reportero y entrevistado”.

La entrevista periodística es, por lo tanto, un medio para generar ideas, pensamientos, reflexiones, y, sí, nuevas realidades intelectuales, interpretativas, de conocimiento. Un conocimiento que no se gesta, por cierto, sólo por el entrevistado (aunque a veces así lo parezca), sino también, por supuesto, por el entrevistador y sus preguntas (o sus silencios). Porque también los silencios son significativos en una conversación. Luego de realizar una entrevista con el escritor Juan José Arreola, su tocayo, Juan José Doñán, cuenta, por ejemplo, que ser interlocutor de Arreola es una tarea en extremo sencilla: “Basta una sola pregunta, lo demás lo provee el gran narrador. Si se corre con más suerte, acaso se le puedan ‘intercalar algunos silencios’, como decía Jorge Luis Borges al referirse a su propia experiencia como interlocutor arreoliano”.

La metáfora con la que Doñán concluye la entrada del texto que abre paso a su entrevista con Arreola en la revista Letras Libres, se vuelve una analogía perfecta de la participación del periodista en esa manera compartida, conjunta, de conocer el mundo y sus circunstancias y erigir una realidad discursiva a partir de la conversación a la que se arriba con preguntas o del monólogo que se abre paso acicateado por los silencios: “Las escasas preguntas y los más escasos silencios que este interlocutor pudo intercalar en el espléndido monólogo de Arreola, hubieron de ser retirados sin ningún pesar con la misma naturalidad con que se desmontan los andamios de la finca terminada”.

Las preguntas (pero también los silencios inquisidores) son, en efecto, en la entrevista periodística, los andamios que sostienen aquello que se va gestando en la mente del interlocutor y que de otro modo no podría estar ahí. Las preguntas (pero también los silencios inquisidores) son, pues, los andamios que sostienen aquello que sólo pudo surgir, como decía Campbell, “a veces de modo insólito, de ese intercambio espontáneo, impensado, dinámico, que se da entre reportero y entrevistado”.

Ya sea que las preguntas en la entrevista como género periodístico aparezcan expuestas en la versión final que se ofrece al lector o al auditorio o, bien, que sean retiradas; aunque el periodista intente desaparecer, borrar su presencia, se esconda; no importa incluso que haya quienes crean, como Marín y Leñero, que la información (en la entrevista) no se produce jamás en las preguntas; al cuestionar a su interlocutor con la intención de obtener una respuesta, el periodista se vuelve parte de una conversación, de un diálogo, de una plática, de un intercambio de pareceres o de ideas a partir del cual es posible producir un registro periodístico llamado, de manera general, “entrevista”.

Presentada tanto de forma escrita, como sonora o audiovisual, la entrevista periodística, cuando se elabora de manera correcta, bien puede asemejarse a aquella finca terminada de la que habla Juan José Doñán, la cual, al final, debe sostenerse en pie a pesar de que en ocasiones le sean desmontados, como ya vimos, sus andamios. Una finca que, en cualquier caso, es generadora de conocimiento.

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