David Ojeda. / Foto de Salvador Castañeda (CNL-INBA).

El legado secreto de David Ojeda

En este 2020, el narrador y tallerista habría cumplido 70 años.

Nació en San Luis Potosí el 20 de marzo de 1950, y falleció ahí mismo, en su ciudad natal, el 9 de octubre de 2016. En este 2020, el querido y estimado David Ojeda habría cumplido 70 años. Además de su obra literaria, narrativa y ensayística, y su labor como traductor, David Ojeda fue formador de escritores. Desde los años setenta coordinó talleres literarios en Aguascalientes, Ciudad Juárez, León, Monterrey, Puebla, Torreón, Zacatecas y San Luis Potosí. Para recordarlo, y como un homenaje a su obra y figura, publicamos ahora este ensayo de Gonzalo Lizardo que hemos tomado de su nuevo libro El grafópata o el mal de la escritura, el cual puso en circulación la semana pasada bajo el sello de Ediciones Era.


Visceral e inteligente, impecable en la técnica pero incorrecto en lo político, es triste, muy triste, que David Ojeda haya muerto, pues no sólo perdimos a uno de nuestros narradores más personales y críticos, sino también a un activo promotor cultural, a un gran maestro y amigo. Con su labor en los talleres de provincia, el narrador potosino fue un auténtico misionero de la literatura, responsable de formar a poetas y narradores como Francisco Amparán, Luis Humberto Crosthwaite, Jesús de León, Félix Dauajare, Juan José Macías o los hermanos Miguel Ángel y Jorge Humberto Chávez, escritores cuyo ejemplo fertilizó a su vez a la siguiente camada de poetas y narradores “de tierra adentro”. Si se considera la huella que dejó como editor, crítico y estudioso de nuestra literatura —la que se escribe en el centro y norte del país—, puede decirse que no sólo propició la creación de obras nuevas, sino que también procuró rescatar las obras del pasado que configuraron nuestra tradición.

Como “maestro de maestros”, David Ojeda debería ser reconocido junto con Daniel Sada, José de Jesús Sampedro y Élmer Mendoza, por su indeleble aporte en la descentralización de las letras mexicanas, un aporte que constituye su legado más evidente. Como escritor de tiempo completo, no sólo creó una gran literatura —narrativa, ensayo, poesía—, sino que se empeñó en promover la de otros, mientras coordinaba talleres, traducía poemas, armaba antologías y proyectos editoriales. Gracias a su ejemplo, muchos entendimos que las letras no eran una actividad solitaria y esporádica, sino un acto colectivo: una acción continua, social y política, que nos brindaba además una forma de vida muy digna. Por eso, cuando le pregunté si yo debía dejar la ingeniería química para dedicarme a la literatura, no dudó en decirme: “¿Para qué ser plomero con título, Gonzito, y joderse al servicio del capital, si puedes dedicarte a leer y a escribir lo que quieras, y además vivir de ello?” Y yo reconocí, por supuesto, que tenía razón, y jamás me he arrepentido.

Para entender por qué su herencia como narrador fue menos visible que su labor cultural, debe recordarse que Ojeda, a contrapelo de la mayoría de sus contemporáneos, decidió quedarse a vivir y escribir en San Luis Potosí, su ciudad natal, en vez de emigrar al Distrito Federal, la capital nacional de la cultura. Esa decisión tuvo un precio. Por más que su segundo libro de cuentos obtuviera el prestigioso premio Casa de las Américas, Las condiciones de la guerra (1978) fue desdeñado por la crítica nacional, acaso asustada por sus temas subversivos y sus audacias formales. Cuentos como “Frankie” sorprenderían a los lectores actuales por su sentido del humor y su estructura neobarroca, que mezcla la realidad con los sueños, los mitos con el insomnio, la esperanza con el desencanto. Una frase de este cuento es tan enigmática como provocadora: “Nos tienen en su puño los hijos de su pinche madre y ¿podrán ser las palabras calibre 38 súper? (Ojeda 1978, 87)”, se lamenta el narrador, ansioso por convertir la palabra poética en un arma contra los mitos del poder.

En 1985, poco después de leer este cuento, ingresé al taller literario de la Universidad Autónoma de Zacatecas, y conocí personalmente a su autor. Fue una amistad instantánea, indeleble. Conversamos mucho en esos años, cuando Ojeda, “el reverendo O’Hara”, viajaba de San Luis Potosí y se quedaba tres o cuatro noches con sus amigos y alumnos zacatecanos, bebiendo y bromeando sobre música, cine, política, ciencia o literatura. A los pocos meses, era tal su confianza que me entregó las pruebas de impresión de su tercer libro, Cuando el espejo mira, para que las examinara “como hacemos en el taller, pero más a fondo”. Fue un privilegio, sí, pero también un desafío: no era lo mismo criticar a mis compañeros que al mismísimo reverendo. Una vez que vencí la complejidad de ese texto, de esa “novela río de cuentos”, la dificultad se convirtió en placer y pude superar la prueba. Fue gratificante comprobar la atención con que Ojeda atendió mis observaciones y sugerencias, discutidas al calor de un whisky: una actitud sabia que siempre he intentado seguir y aconsejar.

A propósito de esta pequeña obra maestra —publicada en 1989 por Joan Boldó i Climent— es triste que se haya difundido tan poco. Estructurada en un solo capítulo, Cuando el espejo mira ofrece al lector una lúcida pero alucinante crónica de una ciudad y una noche que contienen dentro de sí múltiples noches y ciudades: espacio y tiempo que se multiplican, se invierten, se deforman sobre el espejo de la página literaria. Recuerdo con especial espanto a uno de sus personajes, tan conmovedor como siniestro: el sacerdote Mancilla, quien vive una noche de teologal insomnio por culpa de un libro blasfemo: Allá lejos, de Huysmans, una de las novelas que el reverendo más admiraba. Inconseguible en la actualidad, la escasa distribución de Cuando el espejo mira puede explicarse, tal vez, por el deceso de su editora, Nuria Boldó. Ciertamente, se le agradece que publicara una novela tan experimental y blasfema como la primera del reverendo.

Poco después de este libro, vino la metamorfosis. A principios de los años noventa, tras renunciar a la academia universitaria y separarse de su primera esposa, David Ojeda se unió con la poeta Laura Elena González para iniciar una de sus etapas más productivas y más controvertidas. Al frente de la editorial Ponciano Arriaga y la Casa Ramón López Velarde, David y Laura pudieron editar la revista Runa y muchísimos libros, como La vida del relámpago y Hermana poesía: dos bellos volúmenes que atesoran la obra de Félix Dauajare y Joaquín Antonio Peñalosa.

Invitado por David, en esa época yo viajaba los fines de semana a San Luis Potosí para diseñar Runa, libros y portadas. Me hospedaba en su casa, donde también vivían sus abuelitos, su mamá, Laura Elena, Tetey, Sofi y David Ojeda hijo, alias “el Manchas”, que me ayudó como colaborador durante esos años en la Casa López Velarde, en colaboración con la sexy Chabelita (nuestra laboriosa computadora Mac PowerPC). Contento con nuestro trabajo, David Ojeda incursionó en el periodismo, armando un suplemento cultural y escribiendo artículos de opinión —inteligentes y apasionados— para el Pulso Diario de San Luis, al tiempo que escribía dos libros muy significativos, aunque de intención estética muy disímil: Los testigos de Madigan (1995) y El teorema de Darwin (2000).

El primero de ellos —insólito en la literatura mexicana— es un libro simbolista, muy experimental, donde se alternan cuentos y poemas escritos por un hombre lleno de vida, de imágenes y de amigos, profundamente enamorado de una mujer concreta —“de Sebitos, mi vieja”, como llamaba a Laura Elena—, pero también de la Mujer arquetípica, con M de Madigan: la mujer como símbolo del Anima. Recuerdo con cariño un cuento basado en una historia que Ojeda oyó en Zacatecas. Lo protagoniza un viejo, llamado don Manuelito, arrepentido por la muerte de su mujer, a la que supliciaba a diario para que confesara “el secreto de las mujeres”. Una vez viudo, don Manuelito tiene que soportar medio siglo antes de entender su error y ser absuelto por la belleza: cuando “la señora Madigan” se baña desnuda frente a su muelle, “y me dijo así el secreto, me regaló su visión. Y ésa es la única imagen que veo ahora, Luisito: y qué bueno”.

Su siguiente libro, El teorema de Darwin, alejó a David Ojeda de la poesía y del simbolismo para practicar una escritura más sobria, más serena, más personal, fogueada tal vez por su práctica periodística, que le brindó una perspectiva privilegiada para observar y entender las circunstancias sociopolíticas de su tierra. “Toda gran literatura debe ser realista, incluso cuando es fantástica”, solía decirnos en esos años, convencido de que el escritor no debía mentir ni siquiera cuando soñaba; “por eso debemos escribir sobre nuestra ciudad y nuestra gente, como lo hizo Joyce, para ser sinceros y ser universales”, insistía, siempre con un whisky en la mano y un argumento irrefutable en la otra.

Coherente con este neorrealismo, los cuentos de El teorema de Darwin se desarrollan en un escenario común: la ciudad de San Luis Potosí y sus tragedias, sus personajes y sus crímenes. No resulta extraño que uno de los narradores del libro describa así su oficio: “Sí, porque soy siempre el detective. […] Busco en el corazón de los hombres o en las cifras de la sociología un destino para mis palabras cuando ellas quieren develar un misterio” (Ojeda 2000, 101). Es evidente que esta descripción del detective puede aplicarse al escritor, cuando escruta con palabras el corazón de los hombres para indagar los misterios de la muerte o el amor o la locura o el poder.

Más que “resolver” un crimen, al autor-detective le interesan las razones o sinrazones que antes lo desataron y que después desatará, cuando un asunto de faldas y de celos se convierta en asunto de poder. De ese modo, el lector podrá adentrarse en las intrigas de los gobernantes, esos irresponsables que se creen iluminados, y de la oposición: esos hombres y mujeres que confunden su pasión con razones de política y se creen destinados al martirio y a la bienaventuranza, mostrando un espíritu de clase y época que David define como “la potosinidad”.

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Este cambio estilístico hacia una prosa más llana y realista se consolidó durante los primeros años del siglo XXI, como lo muestran sus dos novelas más conocidas: La santa de San Luis (2006) y El hijo del coronel (2008), ambas publicadas por editorial Tusquets. La primera fue una venturosa incursión en la novela histórica, en la que David Ojeda se propuso entender y desmitificar a Concepción Cabrera de Armida, una supuesta santa potosina que se hizo famosa por sus arrebatos místicos. Por su parte, El hijo del coronel se ubica en la Huasteca de San Luis Potosí y entrelaza tres voces para diseccionar los prejuicios sociales en torno a la transexualidad y la identidad personal. Una novela inquietante, con un párrafo casi autobiográfico, que sugiere al lector una faceta poco conocida del reverendo; su vocación dionisíaca, su alma de goliardo:

Así han sido mis últimos diez años: un forcejeo permanente entre yo y yo. De verdad: entre yo y yo. El yo alcohólico —necio y escéptico, iluso y loco, inerme— y el yo que obra en sociedad: mesurado y moralino y tonto. Por eso no dudo en confesar que tengo este sueño, que como Luther King acaricio un sueño, el del planeta convertido en una gran fiesta de borrachos buenos y sabios, beodos con dos certezas fundamentales: que su bebida no se agotará y que sabrán mantenerse en ese nivel de intoxicación entusiasta, no desmesurada, en el cual los dioses bajan a conversar con ellos, las mujeres los desean y no se les oponen, los amigos comparten el pan y la alegría en una sociedad pacífica y justa donde el mundo natural se halla en armonía y belleza (Ojeda 2008, 104).

Disfrazado tras un personaje “mesurado, moralino y tonto” que por efecto del alcohol se vuelve “escéptico, iluso y loco”, el autor aquí expresa, sin falsos pudores, su utopía personal, descabellada pero sincera: la vida como una perpetua fiesta de “borrachos buenos y sabios”, donde pudiéramos convivir por siempre con nuestros amigos, amar para siempre a nuestras mujeres, conversar cuando quisiéramos con nuestros dioses. Como Omar Khayyam y los goliardos amaban el vino, así quería David Ojeda su whisky, al que consideraba emblema de la belleza mundana: lo más espirituoso que esta terrena vida nos puede ofrecer, símbolo del aquí y el ahora, aderezo perfecto del amor, la risa, la amistad y la poesía. “¿Qué más podemos pedir, si no unas gotas de vino rubí, un pedazo de pan, un libro de versos, buenos amigos y una mujer que nos ame?”

Aunque él sabía cómo cuidarse —con ayuda de Laura Elena— su dionisíaca pasión por el whisky pronto dañó su salud, aliada con otras enfermedades propias de la edad y del genoma. Como su “Sebitos” y todos sus amigos, hubiera yo preferido que el reverendo “dejara a tiempo la bebida” —como aconsejan los doctores—, pues aún gozaríamos de su presencia, su humor, su energía patriarcal, contestataria. Pero el reverendo David simplemente “prefirió no hacerlo”, como diría Bartleby el escribano. Fiel a sí mismo, persistió con su estrategia vital: leer y escribir, amar a su Madigan y beber con los suyos hasta que llegara el final, cuando fuera momento de decir adiós, “ahí se ven, ratas; te vas con cuidado, Gonzito”, antes de marcharse a dormir, cansado pero satisfecho, consciente de haber terminado su tarea, y con el eco del mundo (tan hermoso, tan terrible) resonando aún en sus neuronas.

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Poco después de una crisis que lo condujo al hospital, tuve ocasión de visitarlo en San Luis Potosí. Laura Elena y David se veían optimistas, aunque él había perdido peso, le resultaba difícil hablar o mantenerse de pie. Aun así me contó que había terminado su nueva novela, Brujas latinas, y prometió enviármela para que la valorara, como solíamos hacerlo. Casi al despedirnos, le manifesté que sus amigos de Zacatecas estaban preocupados por su salud, y él me respondió con voz fatigada pero lúcida, “no hay que tenerle miedo a la muerte, Gonzito, díselo a todos”.

No pensé entonces que se estaba despidiendo de mí, sino una semana después, cuando supe por teléfono la noticia. Al reabrir su novela —ahora póstuma—, comprobé mi primera impresión: sus páginas fueron escritas por un hombre que se preparaba para su muerte. En el umbral entre la autobiografía y la historia, el autor se mira en el espejo y, con pluma sincera, pero al borde del desencanto, confronta su vida y su época con las de Manuel José Othón, su paisano, su prójimo poeta. Puntual y pulcro, como cada vez que entregaba sus colaboraciones al periódico, David se había dado tiempo para terminar su tarea: una novela de largo aliento que completara, junto con La santa de San Luis y El hijo del coronel, una trilogía literaria sobre “la potosinidad”. Como lector, me gustaría pensar que Brujas latinas —junto con los incontables ensayos y artículos que dejó dispersos— por fin nos permitirá aquilatar su legado secreto: la Poética implícita de David Ojeda, es decir, su rigurosa y contracultural visión del mundo y la palabra, lo político y lo literario. Una teoría poética que él nunca se preocupó por transcribir, pero que ponía en práctica cada vez que corregía cuentos ajenos, cuando armaba una antología, cuando escribía un artículo, escuchaba rocanrol, discurría sobre el porvenir de la ciencia o se peleaba con las instituciones culturales para publicar o promover obra de sus contemporáneos.

Sí, es triste, muy triste, que David se fuera. Sin menoscabo a nuestro luto, celebremos que el viejo amigo haya dejado de sufrir, así como las historias, los recuerdos, la enseñanza que el maestro nos legó.

El grafópata o el mal de la escritura, de Gonzalo Lizardo, es una colección de ensayos sobre literatura, música y cine. El presente ensayo es publicado con la autorización de Ediciones Era.

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