Portada británica del primer libro de la saga de Harry Potter, de J. K. Rowling, editado por Bloomsbury.

Harry Potter cumple 40 años

Una proeza literaria aún no rebasada.

Harry Potter se niega a crecer, acaso como Peter Pan, pero ahora mismo está cumpliendo cuatro décadas de vida. Y ya está casado y criando a tres hijos que los ha tenido con la hermana menor de su amigo Ron Weasley, llamada Ginevra, finalmente editora deportiva de un diario británico…


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Harry Potter nació el mismo día en que nació su autora Joanne Rowling: el 31 de julio, ambos en Inglaterra, sólo que tres lustros después, de manera que tanto el mayor mago de todos los tiempos cumple hoy 40 años de edad mientras la escritora llega a los 55 siendo una de las mujeres más acaudaladas del Reino Unido, se dice incluso que más rica que la propia reina Isabel, gracias a las peripecias de su ingenio literario que animara, increíblemente, a millones de niños a leer, con premura, sus libros para saber en qué nuevas aventuras se había metido el tímido Harry, hoy ya un adulto respetado, tal vez encanecido, distanciado de la escena pública (quizás también de la magia, modesto magnate con miles de franquicias en el mundo con su nombre que lo hacen vivir con desmesura económica), casado con Ginevra Weasley, un año menor que él, hermana de su amigo Ron. Harry y Ginny tienen tres hijos y en este 2020, a sus 39 años de edad, Ginevra es designada editora de deportes en el diario El Profeta, porque con fortuna en Gran Bretaña aún los periódicos de papel tienen más importancia que los portales noticiosos.

Cuarenta años tiene ya Harry Potter y llega a esa edad lozano y fuerte con la seguridad de quien posee una herencia duradera que podrá hacer vivir a su parentela durante varias generaciones más sin el mínimo esfuerzo y sin realizar trabajo alguno gracias a la magia que traía Harry en sus venas desde su nacimiento.

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A pesar de haber sido de los libros más censurados en 1999 en Estados Unidos, por ser considerados una apología de la brujería y el ocultismo, “el justo paso previo a la magia negra y el satanismo”, la saga de Harry Potter, el protagonista de la escritora británica J. K. Rowling, seguía cautivando, en un incomprensible furor, a miles de infantes en el mundo en los años sucesivos.

El niño mago arribó a las pasarelas de las librerías en 1997, “así que sus aventuras en cuatro tomos ―decía entonces el periodista Rituerto, aposentado en Chicago― sólo ocupan el puesto 48 entre los cien libros que más han sido cuestionados por el público lector norteamericano en los años noventa, aunque se alzan con un incuestionable número uno de 1999, con escritos y actos de protesta por todo el país, de las modernas California y Nueva York a los más tradicionales estados del interior”.

Sin embargo, “como campeona de todas las iras de la década [de los noventa del siglo XX] figura Scary Stories, de Alvin Schwartz, por su contenido violento con vetas de ocultismo y canibalismo, según la tabulación realizada por la Asociación Estadounidense de Bibliotecarios. El número dos es El compañero de papá, de Michael Wilhoite, seguido de Sé por qué canta el pájaro enjaulado, el primer tomo de la autobiografía de Maya Angelou, que recibe críticas por ‘presentar a los blancos como seres horribles, malos y estúpidos’. La calidad literaria no protege a Angelou, como tampoco a Mark Twain, cuya obra Las aventuras de Huckleberry Finn es puesta en tela de juicio por su ‘lenguaje ofensivo y racista’; ni a John Steinbeck: su De ratones y hombres es ‘blasfemo’ y tiene, también, un ‘lenguaje ofensivo y racista’; ni a J. D. Salinger: El guardián en el centeno produce sarpullido y se gana el número diez en la lista por estar salpicado de ‘blasfemias’ y ‘referencias sexuales’, además de ‘centrado en actividad negativa’, de acuerdo a las protestas de que tiene constancia la asociación bibliotecaria”.

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Nunca van a faltar los censuradores, atentos, según ellos, a cualquier obsceno desvío de su originaria intención, que debiera ser, aseguraban estos guardianes del alma, exclusivamente literaria. “El color púrpura, de Alice Walker; Matar a un ruiseñor, de Harper Lee; Las aventuras de Tom Sawyer, del recalcitrante Twain, y Un mundo feliz, de Aldous Huxley, son otros títulos universalmente reconocidos que, por unas u otras razones, suscitan objeciones en Estados Unidos y están en la lista de los cien malditos”.

Judith Krug, directora de la Oficina de la Libertad Intelectual de la asociación bibliotecaria antes referida, apuntaba que en 1999 recibieron 472 objeciones de todo el país, “un número inferior al récord de 1995, cuando hubo 762”.

Krug atribuía ese descenso a que “la atención de mucha gente se ha desviado hacia Internet”, cuyo acceso desde las bibliotecas públicas, en ese entonces, suscitaba muchos recelos y llamados a que se establezcan filtros de contenido para los usuarios.

Para el 31 de octubre del año 2000, Día de Brujas en Estados Unidos, los alarmados padres de familia volvieron a refutar a Rowling: “Los libros de Harry Potter son armas de reclutamiento para la brujería y lo oculto”, aseveró el grupo cristiano Freedom Village en su sitio en la Internet. El grupo, asentó la agencia informativa Reuters, “también trazó paralelismos entre los libros y el número 666, la marca del Anticristo dibujada en el último libro de la Biblia: El Apocalipsis. Ellos citan un episodio de seis páginas que comienza en la página 66, donde los enemigos de Potter adornan la frente del mago adolescente con una cicatriz de centella que el grupo cristiano considera que es una señal del diablo”.

Sin embargo, la agencia Reuters comentaba que “no sólo los fundamentalistas estadounidenses seguidores de la Biblia se oponen a los libros de Harry Potter. A inicios de 2000 éstos fueron prohibidos en una escuela primaria británica, aunque más tarde la censura fue levantada”.

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Para tratar de contrarrestar las protestas contra esta saga literaria, que crecieron en los últimos meses de 2000 de manera indecible, fue creado el grupo Muggles for Potters (los muggles, en la historia de Rowling, son las personas sin magia), patrocinado por la Asociación de Editores Estadounidenses y la Coalición Nacional Contra la Censura, cuya función es aminorar, o en caso dado discutir a un nivel menos escabrosamente prejuicioso, las condenas que nacen a partir de las especiales lecturas de estos núcleos moralistas y, de algún modo, medievales, que miran con encono el desatado éxito de ventas de la sorprendida autora (los cuatro primeros libros editados con las aventuras del niño mago Potter vendieron, en un lapso de tres años, aproximadamente 30 millones de ejemplares en el mundo con traducciones a decenas de lenguas).

Pero la cifra era escandalosa, todavía más, al final de la saga (con un total de siete libros y ocho películas): 400 millones de copias vendidas en el planeta, en 67 idiomas distintos, lo que colocó, de manera automática, a su autora en una de las mujeres más ricas del orbe.

En su Inglaterra se sabe, por ejemplo, que posee más dinero que la misma reina en un tiempo considerablemente más corto: sólo tres lustros, cuando la reina ha tenido toda una vida, desde su nacimiento, para enriquecerse.

Portada británica de El cáliz de fuego, cuarto libro de Harry Potter.

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En julio de 2000, la fecha anunciada para la salida del cuarto tomo (Harry Potter y el cáliz de fuego, que antecede a El prisionero de Azkaban, La cámara secreta y, el primero de la serie, La piedra filosofal), la inglesa vendió en un solo día, dicen los libreros, algo así como cinco millones de ejemplares, de un libro con 640 páginas, el más largo hasta ese momento de la saga, que dobla en extensión a los dos primeros juntos (254 y 286 páginas, respectivamente, mientras el tercero tiene 360). El día que salió este nuevo tomo, las librerías londinenses se dieron el lujo de abrir a medianoche para que los niños, con sus padres, pudieran adquirir su libro lo antes posible.

Reportaba la agencia noticiosa EFE que una librería del centro de Londres ya tenía, desde las 22 horas, cerca de 200 personas en una desesperada fila para ser de las primeras en poseer la nueva aventura.

Después de esta inédita, y por lo tanto asombrosa, jornada librera, nadie dudó que a los niños les gusta leer. Quizá por esa proeza, por incitar a la lectura, Joanne Rowling recibió, el 14 de julio de 2000 (a sus 35 años de edad), el doctorado Honoris Causa por la Universidad Exeter, donde ella estudió historia clásica antigua y francés mucho antes de comenzar a escribir. Y la reina Isabel II la distinguió (cuando la monarca inglesa contaba con 74 años, ahora tiene 94), en junio de ese año, con la Orden del Imperio Británico.

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Por una razón que no ha quedado demasiado clara, lord Voldemort, el mago más temible y maligno de todos los tiempos, asesinó a Lily y a James Potter y cuando pensaba eliminar también a su hijo recién nacido, el pequeño Harry, la magia, por causas incomprensibles, en lugar de introducirse en el cuerpecito del bebé, desintegrándolo en un santiamén, le rebotó al propio hechicero confinándolo a su desgracia y a su reducción nigromántica y, por el contrario, creando, de súbito, el prestigio y la fama del niño. Pero, huérfano en una ciudad de magos, Harry fue enviado con los odiosos Dursley, a la casa del número cuatro de Privet Drive, donde vivían sus tíos Vernon y Petunia y su primo Dudley, de la misma edad que Harry, muggles los tres, que es decir personas normales, ajenas a la magia, que aborrecían a sus familiares los Potter precisamente por ser unos virtuosos magos. Así que, cuando hallaron al sobrino delante de su puerta, el mundo se les vino abajo.

Pero continuaron viviendo como si su casa fuera habitada sólo por tres seres, pues Harry, desde su inesperado arribo, era un cero a la izquierda en una década de desprecios y maltratos, durmiendo en el armario debajo de la escalera, sirviente de la familia Dursley.

Sin embargo, justo a los 11 años, las cosas empezaron a cambiar.

El Guardián de las Llaves y Terrenos de Hogwarts, Rubeus Hagrid, se apersonó en la casa de los muggles para hacerle saber, por fin, a Harry de su condición especial, a revelarle su mágica naturaleza, que el niño ignoraba ante el infame silencio de sus tíos.

¿Un mago, él? ¿Cómo entonces es que Dudley siempre podía pegarle patadas como si fuera una pelota?

Entonces recordó algunas cosillas que, en su momento, consideró azarosas, tales como el crecimiento vertiginoso de su cabello, luego de un ridículo corte, o la desaparición del vidrio en el zoológico detrás del cual estaba una boa constrictor: si él había desarrollado impensadamente esos asombrosos trucos, ¿qué no haría estando consciente de su poder mágico?

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Pese a la resistencia y al enfado de sus tíos, Harry comenzó a asistir al Colegio Hogwarts de Magia, la escuela más refinadamente extraña de la Gran Bretaña, y su vida adquirió otras dimensiones: era admirado por todos debido a la señal que tenía en la frente, una especie de minúsculo rayo, resultado de aquel enfrentamiento con lord Voldemort, cicatriz que hablaba de su autoridad y del respeto que se merecía.

A partir de esta sencilla trama, Joanne Kathleen Rowling escribió toda su saga, consignando aventuras quiméricas sin hacer perder la ingenuidad y la incredulidad a su entrañable Harry Potter, de modo que sus hazañas las realiza de manera fortuita, insospechada, casual, apoyado por sus valientes amigos y con el respaldo, siempre enérgico y puntual, del director de la institución: Albus Dumbledore, amigo de sus padres muertos.

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Influida sin duda por esos dos irrefutables maestros de la literatura infantil, el alemán Michael Ende (1929-1995) y el británico de ascendencia noruega Roald Dahl (1916-1990), Rowling ha tomado la fantasía inagotable del primero y la perpetua humorada del segundo para, en un entrecruce de Historia sin fin y Matilda, conformar episodios en los cuales, lejos de moralizar, consigna la paradójica desventura del ser niño. Y protegido justamente por esa capa indestructible, la de su piel infantil, Harry Potter no siente temor ante los acosos de la perdurable maldad de los adultos.

(Las reminiscencias de El Señor de los Anillos, del sudafricano J. R. R. Tolkien ―nacido en 1892 y fallecido en Inglaterra en 1973, cuando Joanne Rowling apenas contaba con ocho años de edad―, se dejan entrever, como en toda buena obra de literatura fantástica, en los descomunales personajes sacados de portentosas quimeras, por supuesto…)

En el primer libro (La piedra filosofal), Harry vence, acaso sin querer, a su enemigo lord Voldemort porque su epidermis arde en las manos de sus adversarios: el pequeño mago ha destruido, sin saberlo, al asesino de sus padres (“llámalo por su nombre, Harry, utiliza siempre el nombre correcto de las cosas, el miedo a un nombre aumenta el miedo a la cosa que se nombra”). En el segundo volumen (La cámara secreta), Harry, también como por casualidad, protegido por un halo salvador y beatífico, vence de nuevo al endemoniado lord Voldemort por su fe enjundiosa en la vida: a punto de desfallecer, una lechuza lo salva en el último momento, arrojándole un diario en sus manos: “Luego, sin pensar, sin meditar, como si todo aquel tiempo hubiera esperado para hacerlo, Harry cogió el colmillo de basilisco del suelo y lo clavó en el cuaderno. Se oyó un grito largo, horrible, desgarrado. La tinta salió a chorros del diario, vertiéndose sobre las manos de Harry e inundando el suelo. Ryddle [un enviado del temible lord…] se retorcía, gritando, y entonces… desapareció”.

De nuevo, el generoso Dumbledore tiene las palabras adecuadas para su inobjetable triunfo: “Son nuestras elecciones, Harry, las que muestran lo que somos, mucho más que nuestras habilidades”.

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En el tercer tomo (El prisionero de Azkaban), Harry, ya más crecidito (en cada libro el pequeño Potter va cumpliendo años, hasta finalizar su curso escolar, meta que se propuso, y cumplió, su autora en siete volúmenes, prometiendo no contar más aventuras de Harry después de sus 20 años, cosa que ha cumplido pese a la insistencia editorial y fílmica para continuar generando dinero), descubre los secretos de quien creía un gran traidor: Sirius Black, el protector de sus padres, llevándose una desagradable sorpresa pero que, de muchos modos, lo alivia de una pesarosa carga moral.

En México, Salamandra publica la saga de Harry Potter.

Lo malo de estas historias es que acaban siempre muy mal para Harry: a pesar de sus exitosas vivencias en el Colegio Hogwarts, el retorno de las vacaciones lo devuelve, ineludiblemente, con sus deshumanizados tíos, periodo donde literalmente vive peor que un animal no deseado, ya que los parientes se empeñan en negar su procedencia mágica: cuando la tía Marge los visita, el tío Vernon obliga a decir a Harry, so pena de sufrir posteriores castigos ejemplares, que durante el año escolar asiste disciplinadamente al Centro de Seguridad San Bruto para Delincuentes Juveniles Incurables.

Harry es un niño triste en la realidad, pero alegre en su mundo de ilusión (¿y de qué le sirve la magia si tiene prohibido practicarla fuera del colegio?; por algo, cuando convierte en globo a la insoportable tía Marge, tiene que huir de la casa). Joanne Rowling ha creado, efectivamente, a un personaje singular, si bien no extraordinariamente novedoso: habría que hacer una exhaustiva revisión a la literatura de adivinación y encantamiento para percatarnos de que su presencia no debiera causar espanto, por parte de los grupos cristianos (bueno, al final de la saga, Harry ―quién sabe por qué― revive, como Jesucristo, de una muerte definitiva, lo que acaba derrotando, desmoronando, violando, a la literatura misma), ni agitación editorial, tal como sucedió con los inefables lectores infantiles, que de pronto, con su arrebatado entusiasmo, se mostraron vivos consumidores en el mapa global.

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¿Por qué Rowling causó estos furores literarios y no el magnífico Ende o el perspicaz Dahl?

Sólo los niños podrían responder por estos extraños, o magníficos, motivos de su agraciada elección…

Lo cierto es que esta proeza literaria no ha vuelto a repetirse desde entonces. Y Harry Potter sigue siendo un niño que se niega a crecer ―como el personaje eterno del británico James Matthew Barrie (1860-1937): Peter Pan― a pesar de tener ya, y ahora mismo los está cumpliendo, 40 años de edad…

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