Ilustración de Carlos Manuel Díaz Consuegra. / Dibujo tomado de Iberoamérica Ilustra (Catálogo).

El matrimonio: un choque de civilizaciones

El santo connubio…

“Es común que ante la dificultad de compartir ideas y sentimientos, uno de los cónyuges ceda siempre frente al otro, lo que obliga a quien cede a vivir no sólo en una ansiedad sin fin, sino a anularse, a desaparecer”


La comunicación plena sólo es posible cuando hay significados compartidos. Esto es algo en lo que, suponemos, creen los recién casados: tanto aquellos que al casarse sienten que por fin hallaron a su media naranja, como aquellos que desde antes de casarse están convencidos de que son la naranja completa. Ya sean medias naranjas que se complementan o naranjas enteras que se juntan, si ambos cónyuges hablan una misma lengua, ¿por qué habrían de preocuparse por los significados? Una sopa es una sopa. Apurarse es apurarse. Trabajar es trabajar. Y la fidelidad, pues no es otra cosa que la fidelidad… ¿o no?

Sucede, a veces, que los esposos hablan una misma lengua, pero se comunican desde diferentes culturas. Y lo ignoran. Porque el matrimonio, en ocasiones, es así: un escenario compartido por dos personas que no pueden comunicarse debido a que ignoran que provienen de culturas distintas, aunque empleen el mismo lenguaje y, acaso, posean intereses comunes.

Si le hacemos caso al erudito alemán Friedrich Wilhelm Christian Carl Ferdinand, mejor conocido en estas tierras como Guillermo de Humboldt, cuando dice que la lengua conforma el pensamiento, expresa una ideología, determina una forma de ser y nos da una visión particular del mundo, entonces de nada tendrían que preocuparse los recién casados, pues por el simple hecho de hablar un mismo idioma sus rutas mentales y emotivas correrían por una misma vía. La comunicación plena, de tal modo, estaría garantizada. Pero a esta posible comunicación plena que emana del compartir una lengua se le interpone un detalle: la cultura de la que cada cónyuge proviene.

La manera de pensar y de actuar, los valores aprendidos, la forma de sentir y de expresarse, la visión del mundo, la moral y la religión, las actitudes, los gustos, las creencias, los deseos, así como los miedos, las inseguridades, las dudas o las costumbres han sido configurados, para cada uno de los desposados, por culturas distintas, por familias distintas. La familia es una sociedad pequeñita. Y una sociedad, aunque sea pequeñita, crea su propia cultura; es decir, los recién casados provienen de familias diferentes, de culturas diferentes, con sus propias maneras de pensar y de actuar, sus valores, sus forma de sentir y de expresarse, sus visiones del mundo, su moral y su religión, sus actitudes que las caracterizan, sus gustos que las determinan, sus creencias que las orientan, sus deseos que marcan sus aspiraciones, así como sus miedos que las detienen, sus inseguridades que las hacen dudar y sus costumbres que las identifican.

Así es: cuando dos personas se juntan en matrimonio aspiran a formar su propia sociedad pequeñita. Desde el momento en que dos personas que hablan una misma lengua deciden vivir juntas en matrimonio ocurre, entre otras cosas, el inicio de una configuración compartida y única del mundo, una forma de ser que emana de la pareja, una ideología que ambos deberán defender: cómo conviven, cómo asignan legalmente sus bienes, cómo educarán a sus hijos, etcétera. El matrimonio es, ante todo, un pensamiento común: ambos cónyuges debieron tener en algún momento la misma idea de que el matrimonio era lo mejor no sólo para cada uno de ellos, sino, sobre todo, para los dos. Sin embargo, los recién casados, desde los primeros días, notan que surgen diferencias entre ellos.

Entonces, lo que parece que sólo es cuestión de palabras, de llegar a un entendimiento, de platicar; lo que parece que sólo es una asunto de comunicación que puede resolverse de forma más o menos sencilla, se va volviendo cada vez más complejo, cada vez más torcido, cada vez más vociferante, cada vez más discordante. Aparecen barreras como la ansiedad, las suposiciones, las expectativas, el egoísmo, los estereotipos o los prejuicios. La sociedad chiquita en que puede erigirse un matrimonio, empieza a convertirse, de este modo, en un verdadero choque de civilizaciones. Los códigos comunicativos no se comparten: las normas y los valores se van volviendo incompatibles.

La ansiedad crece ante la dificultad de compartir ideas y sentimientos, la frustración; las suposiciones sobre el otro y no la verdad que nace de la escucha atenta de ese otro dominan y agrandan las diferencias entre los modos de pensar, sentir y actuar; las expectativas que cada uno se forma del otro no son reveladas pero sí son sancionadas cuando no se parecen a eso que uno imaginó; el egoísmo hace creer a cada contrayente que su formación, que su modo de ser y actuar ante el mundo es el mejor; los estereotipos intentan imponer a la pareja rasgos y valores derivados del contexto del que cada integrante proviene y, finalmente, los prejuicios exhiben una moral y a veces una formación religiosa que son expresadas como actitudes rígidas ante las que no se está dispuesto a cambiar.

Es común que ante la dificultad de compartir ideas y sentimientos, uno de los cónyuges ceda siempre frente al otro, lo que obliga a quien cede a vivir no sólo en una ansiedad sin fin, sino a anularse, a desaparecer. Suele ocurrir también que ambos creen saber —¡pues por eso se casaron!— que el otro es de determinada manera, que no puede ser distinto, así que la convivencia es orientada por suposiciones y expectativas, y no por lo que el otro expresa, y no por la realidad cambiante del otro.

También es común que uno de los miembros de la pareja sienta que, por alguna razón, su formación, su modo de ser y actuar ante el mundo es superior al de la otra persona: “Las cosas son mejor como me enseñaron a hacerlas a mí: así las he hecho siempre y me han funcionado”. Asimismo van apareciendo estereotipos y prejuicios que se manifiestan como críticas, por ejemplo, por el modo de vestir; categorías impuestas desde afuera del matrimonio que se asumen, con frecuencia, como parte del juego de pareja: “Debes salir a la calle como una señora casada” o “No es posible que vayas vestido así a la boda de mi prima: ¡Mi familia va a pensar que eres un chavorruco y no un jefe de familia!”.

Lo terrible para el matrimonio es cuando este encontronazo de culturas, este choque de civilizaciones, va desgastando la relación a tal punto que le impide configurarse como esa sociedad chiquita que puede llegar a ser. Quizá, una de las maneras de que el impacto no llegue a ser brutal y destructivo, aniquilante, es darse cuenta de que la comunicación no depende (o, mejor dicho, no sólo depende) de las horas de plática que los contrayentes puedan tener, sino de la posibilidad de saber que, en todo matrimonio recién formado, lo que hay son dos culturas distintas que necesitan ser conciliadas y reconciliadas para dar paso a la fundación y consolidación de una nueva sociedad.

Una buena comunicación, una comunicación eficaz, una comunicación plena va más allá, entonces, de la mera posibilidad de compartir significados lingüísticos, objetivos, de la realidad. Porque una sopa no es siempre una sopa. Una sopa puede ser, en el caso de los recién casados, aquella que “nunca te queda tan rica como la de mamá”. Porque, sí, apurarse puede ser apurarse, pero también, para los desposados, puede ser “deja todo ya mismo y vámonos”. Trabajar, claro que es trabajar, pero en algunos matrimonios “el trabajo de la casa, aunque sea trabajo, no es trabajo”. Y la fidelidad, pues no es otra cosa que la fidelidad, pero a veces, apenas pasadas las nupcias, tantito de infidelidad no es infidelidad, ¿o sí?

Es necesario, pues, aprender a mirar, hasta donde esto sea posible, con los ojos y el corazón del otro. La ambigüedad que nos presenta el otro será, por momentos, inevitable; pero no será, en general, consecuencia de un acto voluntario por parte del otro, sino que la mayoría de las veces será por nuestra propia incapacidad de mirar las cosas desde el mismo lugar que el otro observa. Aprender a observar desde un lugar que no es el nuestro requiere de una disposición honesta y verdadera; es un deseo inquebrantable de conocer al otro para obtener información fiel sobre sus valores y sus práctica, por ejemplo, pero también implica carácter y determinación para ser receptivos, para aceptar y valorar objetivamente lo que el otro tiene que dar, para escuchar con respeto lo que el otro tiene que decir. Y, entonces sí, conciliando y reconciliando culturas, dar vida a una nueva sociedad. Aunque sea chiquita.

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