Oración vana

“Rezo a un santo que no tiene nombre. Rezo noche y día. Me asusta lo que miro en torno mío, porque me pertenece…”


Rezo a un santo pétreo, a un santo no incorporado en la santidad, a un santo que no lo es. Rezo a un santo cuyo nombre ignoro, rezo a un santo que no me va a conceder un milagro, un suspiro, un quebranto, un aliento.

Rezo, pecador ingrato, por los gritos que mis oídos escuchan en la medianoche, por los gritos míos en su cuerpo sosegado. ¿Por qué el olvido no muere cuando se retira?

Nuestros cuerpos se delinean en otros cuerpos, se desfiguran, los desfiguramos, los violentamos, los crucificamos. Un garabato es mi cuerpo con los años idos.

Rezo a un santo que no tiene nombre. Rezo noche y día. Me asusta lo que miro en torno mío, porque me pertenece: el vacío de la quietud, el tiempo que no pasa, la furia desbordada de los besos inexplicables, el amor contra los cuerpos finitos de Luna vencida.

Rezo a un santo pétreo en su atrio infernal para que me conduzca, con su mortecina luz, a las cavernas del delirio de tu gozo inconfesado.

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