Invisibilidad

“Hace varios días no te miro, no sé dónde estás, no sé quién eres, no estoy contigo cuando estoy contigo, no te distingo”.


Toma asiento, voy a decir una cosa. Hace calor. Cómo quisiera hablar de los vientos que mueven al mar, insolentes y drásticos, que lo desquician, que lo envuelven en una injuria de salvaje apoteosis. Cómo quisiera hablar de los engaños que perturban la vida, que la ahogan, que nos pueden volver locos. Pero voy a decir otra cosa. Se trata de los tornados de la invisibilidad. Hace varios días no te miro, no sé dónde estás, no sé quién eres, no estoy contigo cuando estoy contigo, no te distingo. ¿Dónde te has ido a pesar de que estás a mi lado? ¿Dónde está tu voz cuando hablas? ¿Dónde está el encanto que se anidaba en mi cuerpo? ¿Dónde están las palabras que yacían —estremecedoras— en tu ombligo, en tus caderas, en tus ojos vivos? Toma asiento. Voy a hablar de los tornados de la invisibilidad. ¿Tú me miras cuando me levanto en las mañanas para asomarme en el espejo, para saber si aún estoy en mí, para corroborar mi existencia? Porque yo no te miro ni cuando tu cuerpo se acuesta desnudo a un costado mío. ¿Es tu cuerpo aún mío? ¿Es mi cuerpo aún tuyo? No digas nada. Los pájaros silban en el amanecer —¿no duermen, acaso?—, el ruido de tu silencio me produce diminutas agonías. Y en ellas vivo en un remanso quieto. Como en una laguna sin embarcaciones, sin hombres, sin fauna, sin respiraciones.

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