Luis Fernando Lara. / Foto: El Colegio Nacional.

“El mejor instrumento que tenemos para manifestar nuestra evolución social y cultural es el lenguaje”

El Colegio de México ha puesto en línea la segunda edición del Diccionario del español de México, obra dirigida por Luis Fernando Lara, profesor e investigador de esa institución desde hace 50 años.


No, por favor, no se confunda: éste no es un diccionario regulado, dirigido, sometido o autorizado por corporación (o Academia de la Lengua) alguna. Éste es un diccionario, simple y sencillamente, del español que empleamos los mexicanos para comunicarnos. Por eso se llama así: Diccionario del español de México. Ni más. Ni menos.

Pero, por favor, tampoco vaya usted a creerse el cuento de que por no estar regulado, dirigido, sometido o autorizado por corporación (o Academia de la Lengua) alguna es, éste, un diccionario poco serio. Al contrario: el Diccionario del español de México (al que de aquí en adelante identificaremos como DEM) es, en primer lugar, una obra original que contiene definiciones y muchísimos ejemplos del vocabulario utilizado en la República mexicana entre 1921 y 2018; pero, además, es el resultado de un trabajo de investigación del lingüista y lexicógrafo Luis Fernando Lara y su equipo.

Lara, quien nació en 1943 en la Ciudad de México, ingresó como investigador del Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios de El Colegio de México (Colmex) en 1970, y tres años después ya estaba echando a andar el proyecto que daría vida al DEM. Esta labor, que ya acumula casi 50 años, tuvo su gran coronación en 2010, cuando el Colmex publicó impresa la primera edición del diccionario. Ahora, una década después, no sólo aparece la segunda edición, sino (y esto es lo mejor) que está disponible en línea para ser consultada libremente (dem.colmex.mx).

¿El español no es nuestro?

En 2010, el Colmex publicó la primera edición del DEM, que contenía unos 25 mil vocablos. Ahora, la edición en línea incluye 32 mil 630 artículos lexicográficos, con 60 mil 826 acepciones. Es decir, creció con alrededor de 13 mil artículos.

En aquel año, al hablar sobre la primera edición del diccionario, el doctor Lara me contó que los mexicanos seguimos creyendo que el español es de los españoles. “¡No! El español también es nuestro”, enfatizaba entonces. Tan es así, que es la lengua materna del 90 por ciento de los mexicanos. Y luego, para dejar todo más claro, recordó una anécdota que refleja esta tendencia a asumir que el español no es enteramente nuestro:

—En una ocasión, acudí con mi esposa a un restaurante —me dijo entonces Luis Fernando Lara—. En determinado momento, la mesera que nos atendió nos contó a mi esposa y a mí algo que le había sucedido hace poco con una pareja española. Nos dijo que los españoles le pidieron equis platillo, que ella tomó nota y que solicitó esa orden a la cocina. Pero, al llevarles sus platillos, armaron un escándalo. Dijeron que eso no era lo que ellos habían ordenado, que en España, vociferaban, ese equis platillo es otra cosa. La mesera, resignada, aceptó sus razones, pues concluyó, según nos dijo, que al final de cuentas la lengua es de ellos, de los españoles.

Si así fuera, si la lengua española es sólo de los españoles, ¿nosotros qué hablamos? Continuemos con un ejemplo culinario. La edición en línea del Diccionario de la Real Academia Española (DRAE) define quesadilla, en su primera acepción, como “cierto género de pastel, compuesto de queso y masa”. Bueno, vayamos a la segunda acepción: “Cierta especie de dulce, hecho a modo de pastelillo, relleno de almíbar, conserva u otro manjar”. Es decir, hasta este momento unos españoles que hubieran pedido una quesadilla en México tendrían razón para enojarse y reclamar que han sido estafados. Es necesario llegar a la tercera acepción que registra el DRAE para poder decirles a estos peninsulares enfadados que una quesadilla es (también) una “tortilla de maíz o de trigo doblada por la mitad, rellena de queso y a veces de otros ingredientes, propia de la cocina mexicana”.

Sin embargo, si asumimos que el español es tan nuestro como lo es de los españoles, podemos solicitar a la versión en línea del DEM que nos dé la definición de quesadilla y, sin más vueltas, nos dirá que es una “tortilla de maíz o de harina de trigo doblada por la mitad, rellena de diversos alimentos como queso, papa, hongos, picadillo, chicharrón, flor de calabaza, etc, cocida en comal o frita”. Y, además, el DEM nos pondrá un ejemplo que dejará las cosas muy nítidas, no sólo para nuestros glotones personajes ibéricos, sino incluso para varios de nuestros caros amigos del norte de México, quienes se niegan a aceptar la existencia de quesadillas sin queso: “Prepáreme una quesadilla de sesos, dos de flor de calabaza y una de queso”.

La conciencia del desvío

A esta tendencia a creer que el español que nosotros hablamos no es correcto, el doctor Lara la denomina “conciencia del desvío”. Una idea que debe combatirse. Pero, ¿por qué está tan arraigada entre nosotros? ¿Cuál es su origen? En entrevista telefónica para Salida de Emergencia, Luis Fernando Lara responde:

—Se trata de una educación que tiene una larguísima historia, al menos desde el siglo XIX. Yo sitúo su origen en el momento de las independencias de hispanoamérica, cuando muchos de nuestros intelectuales y políticos vieron con temor que, al separarnos de España, nuestra lengua pudiera evolucionar de forma muy distinta de país en país y, de este modo, sucediera con ella lo mismo que pasó con el latín a principios de la Edad Media, que evolucionó de manera tal que dio lugar a muchas lenguas romance. En ese momento, mediados del siglo XIX, este temor parecía justificado para gramáticos como el colombiano Rufino José Cuervo y el venezolano Andrés Bello. Por lo mismo, Andrés Bello escribió su famosa Gramática de la lengua castellana destinada al uso de los americanos [publicada en 1847, en Chile]. En esta obra, Bello trataba, precisamente, de explicar lo que era la gramática del español con el objetivo de que no se perdiera la unidad. Desde entonces, este valor, la unidad, sigue siendo compartido por todos los países hispanohablantes.

Pero justo aquí surge el problema: en cómo entendemos la unidad. Si bien aparecen algunas diferencias entre los hablantes del español en la construcción gramatical, la gramática en general funciona igual para todos. Lo que sí ha cambiado, y mucho, es el vocabulario. No sólo de país en país, sino también (como en el caso de México) de una región a otra del mismo país. La razón de ello, dice el doctor Lara, es que el lenguaje es el mejor instrumento que tenemos los seres humanos para manifestar nuestra evolución desde el punto de vista social y cultural, pues a diario nos enfrentamos a nuevas realidades que es necesario nombrar.

—Ahí tiene usted el caso de la nueva y terrible enfermedad llamada covid-19, que, entre otras cosas, ha generado un nuevo fenómeno al que llamaron infodemia, que, como periodista, debe ser de interés para usted. Es decir, necesitamos expresar estas novedades y, para hacerlo, nos vemos en la necesidad de modificar algunos vocablos o de introducir nuevos. Esto nos permite expresar las condiciones de un momento determinado y, naturalmente, las experiencias históricas de cada país. La Conquista no fue lo mismo en México que en Perú o en Argentina. Durante el siglo XIX, nuestra Guerra de Reforma dio lugar a la separación entre la iglesia y el Estado, mientras que en otros países hispanohablantes eso no sucedió. La Revolución mexicana modificó drásticamente nuestra sociedad, por ejemplo, con relación a la tenencia de la tierra. Todas estas experiencias históricas de México desde luego que se han ido manifestando en la lengua. Piense usted en el verbo carrancear. Sin duda, en España y en otros países nadie va a entender lo que queremos decir cuando alguien expresa angustiado: “¡Ya me carrancearon el coche!”. Porque esta palabra proviene, sea cierta o no, eso a mí no me consta, de una experiencia de la época de la Revolución.

Al buscar esta palabra en el DRAE en línea, nos dice que carrancear no se encuentra en el diccionario, que quizá lo que queremos buscar es charranear o sarracear. En cambio, el DEM nos advierte que carrancear es una expresión de uso popular que se empleó durante la Revolución mexicana con el significado de robar: “Otilia le carranceó la cuchara a Manuel”.

¿Un intento de fragmentar la lengua?

El filólogo e hispanista venezolano de origen polaco, Ángel Rosenblat, narra en el libro Nuestra lengua en ambos mundos las vicisitudes expresivas que le acontecen a un turista español al viajar por algunos países de América Latina. Cuenta que en México, al salir a la calle, este turista “tiene que decidir si toma un camión (el camión es el ómnibus, la guagua de Puerto Rico y Cuba), o si llama a un ruletero (es el taxista, que en verdad suele dar más vueltas que una ruleta). A no ser que le ofrezcan amistosamente un aventoncito (un empujoncito), que es una manera cordial de acercarlo al punto de destino (una colita en Venezuela, un pon en Puerto Rico”).

Las cosas no resultan mejor para este turista al llegar a Venezuela, donde, para empezar, alguien se le acerca y le llama musiú (una forma de referirse a todo extranjero), para luego ofrecerle que por “seis cachetes” le “pisa la chancleta” y lo pone en Caracas. Los cachetes, explica Rosenblat, también “se llaman carones, lajas, tostones, ojos de buey o duraznos”, y son los “fuertes o monedas de plata de cinco bolívares; la chancleta, o chola, es el acelerador”. Peor le fue cuando escuchó que una señora le decía a su criada: “Cójame ese flux, póngalo en ese coroto y guíndelo en el escaparate (el flux es el traje; un coroto es cualquier objeto, en este caso una percha; guindar es colgar y el escaparate es el guardarropa o ropero)”.

Como se ve, pues, el vocabulario, país por país, va presentando muchas diferencias. En México, un amigo que salía con una colombiana no quiso saber más de ella una tarde en que la llamó para saber dónde andaba. La hermosa colombiana, sin rubor alguno, más bien muy contenta, le dijo que estaba parchando con unos amigos. El camarada le colgó enfurecido y no quiso saber más de ella. Luego se enteraría que lo que ella quiso decir es que estaba en una fiesta común y corriente, en ningún modo parecida al tipo de fiesta que él se imaginó. La segunda acepción de parchar que ofrece el DEM dice así: “Realizar el acto sexual; copular: ‘Tú no piensas más que en parchar y parchar’”.

Luis Fernando Lara ofrece una anécdota más:

—Un día que viajaba a Bogotá, el avión tuvo que desviarse hacia Cali y aterrizar ahí porque en el aeropuerto de la capital colombiana habían recibido una amenaza de bomba. Cali es una ciudad tropical en la que hace mucho calor. Así que en cuanto bajamos del avión, frente a mí se presentó una empleada con una charola y me preguntó sin más vueltas: “¿Le apetece una Colombiana fría?”. Claro que mi mente alburera pensó, como lo haría la mente alburera de cualquier otro mexicano: “Mejor dele previamente una calentadita”… En realidad, lo que me estaba ofreciendo aquella mujer era una cerveza llamada Colombiana. Más adelante supe, ahí mismo, que no podía pedir un té, sino una agüita aromática.

Este tipo de diferencias entre todos los países hispanohablantes —y no sólo entre España y el resto de los países hispanohablantes— son, pues, las que justifican la creación de un diccionario del español de México. Así que no hay que ver en él, desde luego, un intento de fragmentar la lengua española, sino un intento de informar lo que los mexicanos decimos. La esperanza de Luis Fernando Lara es que otros países sigan el mismo camino y creen sus propios diccionarios nacionales. Hasta el momento, sólo Argentina ha coincidido con el deseo de Lara, al publicar, en 2008, el Diccionario integral del español de la Argentina.

—Llevo años diciendo que es preferible tener una biblioteca con 22 diccionarios nacionales a tener una biblioteca con un solo diccionario de origen español —expone Luis Fernando Lara.

Proteger la corporación

El Diccionario del español de México marcha, en muchos sentidos, a contracorriente de los criterios de la Real Academia Española. Para empezar porque el DEM, a diferencia del DRAE, incluye la letras che y elle como vocablos independientes; es decir, no están dentro de la ce y la ele. Otra muestra más es que el DEM suele conservar la escritura originaria de los préstamos tomados de lenguas extranjeras; así, se registran palabras como whisky (y no güisqui), jeep (y no yip) o zoom (y no zum). Claro, hay algunas excepciones, tal es el caso de coctel (y no cocktail) o futbol (y no foot ball). Por cierto, el DEM hace notar que para los mexicanos estas palabras no llevan acento, pues no se escriben ni se pronuncian fútbol o cóctel.

—Doctor, salvo Argentina y México, como hemos platicado, el resto de los países de habla hispana en Latinoamérica continúa haciendo diccionarios de regionalismos según las indicaciones de la Real Academia Española. Incluso nuestro país tiene un Diccionario de mexicanismos hecho por la Academia Mexicana de la Lengua, que es correspondiente (más no parte) de la Real Academia Española. ¿A qué atribuye la falta de interés, por parte de las Academias, en seguir el camino que usted ha propuesto con el DEM?

—Mire, le voy a decir algo, y que conste que muchos de quienes integran la Academia Mexicana de la Lengua son mis amigos: los académicos, en ese punto que usted señala, guardan silencio. Y guardan silencio porque ellos, ante todo, tienen que proteger a lo que llaman “la corporación”, al grado de que en España, un amigo mío, Manuel Seco, escribió, junto con su equipo, un diccionario qué se podría comparar con el DEM: el Diccionario del español actual. Este diccionario tuvo como base de su elaboración el periodismo español. Cuando me enseñó la obra, le dije: “Oye, Manuel, pero este diccionario no es del español actual, es del español de España”. Me dijo: “Tienes mucha razón, pero no puedo ponerle como título Diccionario del español de España porque entonces la editorial no me lo publicaría”. Lo cierto es que esta obra de Manuel Seco es el único diccionario de español hecho realmente sobre el español peninsular, lo que convierte al diccionario en una referencia muy valiosa para todos nosotros porque nos permite darnos cuenta de las diferencias. Por ejemplo, qué quieren decir los españoles cuando hablan de alguien o algo “cutre” o de un “bulo”.

En México, por ejemplo, quien esto escribe sólo ha notado que “cutre” lo usan algunos de nuestros escritores y académicos que, becados por el gobierno, han viajado a España por un tiempo y al regresar hablan como todos unos hinchas del Madrid. Parece que, salvo en España, en el mundo hispánico no se usa la palabra “cutre”. Para Luis Fernando Lara, por lo tanto, los diccionarios de mexicanismos o chilenismos o argentinismos no reconocen la realidad de nuestros vocabularios, y sí muestran una dependencia, cuando no una sumisión, a la Real Academia Española.

Volvamos de nuevo al siglo XIX, a 1875, cuando Zorobabel Rodríguez publicó el primer Diccionario de chilenismos con la intención, según se apunta en el sitio web del proyecto Memoria Chilena de la Biblioteca Nacional de Chile, “de mostrar los errores más comunes del habla de los chilenos”. Lo lamentable es que aún se sigue considerando “viciosa” toda forma lingüística que no esté aprobada por la Real Academia de la Lengua Española, tal y como lo creía (y defendía) Zorobabel Rodríguez hace casi 150 años.

—Lo que hacen estos diccionarios de -ismos elaborados por las diferentes academias —nos dice, para concluir, Luis Fernando Lara— es identificar y registrar diferencias con relación al diccionario de la Real Academia Española. Pero la verdad es que nosotros no hablamos sólo con eso, sólo con diferencias, hablamos un español que todos entienden. Podemos leer la prensa de cualquier parte del mundo hispánico y, en general, entenderla, salvo algunas palabras. Lo mismo sucede si leemos un libro de Jorge Luis Borges, José Lezama Lima, Octavio Paz o Carlos Fuentes: a pesar de que cada uno de ellos emplea, al escribir, un español propio de sus regiones, los entendemos perfectamente.

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