Callar, para ser escuchado

En el libro «¡Qué desastre de niño!», la escritora de literatura infantil Pilar Mateos nos cuenta la historia de Fermín, un chico tan despistado que un día termina perdiendo su propia voz.


Fermín es un desastre, todo lo pierde: sus juguetes, su ropa favorita, sus mascotas, el bastón de la abuela, el televisor, la bolsa del pan, los zapatos de su hermano, el paraguas y, claro, sus libretas de apuntes escolares. En cambio, habría que ver a Pedro, su hermano, dos años menor que Fermín: los cordones de sus botas siempre atados, sus lápices de colores siempre con punta (¡incluso el amarillo!), su goma de borrar siempre entera y, claro, su estuche escolar siempre completo, siempre a la mano dentro de su mochila, y la mochila en un cajón, y el cajón en un armario. Pero, ay, Fermín, el más grandecito de los dos, es un desastre de niño.

De tanto perder todo (tres cochecitos nuevos, una pelota gigante de cinco colores, su tortuga María Rosa del tamaño de un melón, los cuatro peces de colores de la familia…), Fermín termina un día por perder su propia voz. Sucedió antes de salir del colegio, cuando fue a llamar a su amiga Nuria: no pudo decirle ni una sola palabra. Ahora sí que la había hecho buena, nos cuenta la española Pilar Mateos en su libro ¡Qué desastre de niño! (Ediciones SM), en el que nos narra la historia de este chico despistado. Y nos advierte: “Esta vez los padres de Fermín sí que iban a enfadarse de veras”.

Libre, vagando a sus anchas, la voz de Fermín resulta, en un principio, escurridiza, traviesa, juguetona, risueña: en su primer encuentro cara a cara, la voz le propone al niño una adivinanza si es que acaso quiere que vuelva a estar con él; pero luego la voz ríe junto a un pájaro, se expresa sin sentido como un loro, habla como loca, canturrea canciones en inglés y se va volando por los tejados. En casa, nadie, excepto la abuela, entiende lo que le pasa a Fermín, que no habla, que nada dice, que sólo permanece callado mientras el papá, la mamá y el hermano le reclaman: “¿Dónde has dejado tu cartera?” “¿Has guardado tú mis tijeras de las uñas?” “¡No me has devuelto el lápiz que te presté”. Lo han condenado: este chico es un desastre. Hay que hacérselo saber.

Cuando todos duermen, de madrugada, la voz de Fermín decide volver a casa y arma entonces tremendo barullo a mitad del pasillo, cantando canciones cómicas con palabras prohibidas, exigiendo ir al parque de atracciones al día siguiente, gritando que esa mañana quiere desayunar chocolate con churros, pero, en especial, quejándose con amargura del siguiente modo: “¡A mí nadie me quiere! En esta casa no hacen más que reñirme porque lo pierdo todo. Al único que quieren es a Pedro, porque él no pierde nada”. Toda la familia escucha la voz de Fermín y acude a su cama a consolarlo. Aunque aterrado, Fermín se ha hecho oír de un modo muy extraño: nadie imagina que su voz permanece en el pasillo llorando aún, con mucha pena, mientras a él lo reconfortan.  

Con esta breve historia, ilustrada por Federico Delicado, Pilar Mateos —afamada escritora de literatura infantil— nos hace ver que muchos, aunque hablemos como pericos, carecemos de voz (o la hemos extraviado quién sabe dónde). Porque no hay voz que pueda predicar en el desierto. La voz requiere ser escuchada, aunque sea por uno mismo. Pero ¿cuántas veces no somos siquiera capaces de decirnos a nosotros mismos lo que anda mal, lo que no va bien, lo que de verdad deseamos, lo que queremos cambiar, lo que nos avergüenza, lo que día a día se nos va volviendo más pesado, más crudo, más insoportable?

Hay quien ha perdido la voz. Hay quien no se atreve a usar su voz. Hay a quien le han negado la voz. Hay quien ha cedido su voz. Pero también hay a quien le han arrancado la voz. En cualquier caso, es otro el que habla: el padre, el esposo, el maestro, el sacerdote, el intelectual, el líder político, el gurú, el experto, el opinador, la mayoría, el dinero, la ciencia, los mass media. En la historia que nos narra Pilar Mateos, es muy interesante que Fermín se niega a emplear otra voz que no sea la suya. Cuando se imagina que podría comprar una voz para reponer la que ha perdido (una suavecita, de su talla, que cante bien), intuye que a lo mejor le venden “una campanuda, altisonante, como la de ese señor que sale en la tele”.

El chico, como todo aquel que está decidido a encontrar su propia voz, no acepta siquiera la de quienes con amor le ofrecen prestarle la suya. “Si quieres te presto la mía”, le dice a Fermín su abuelita, la única persona que jamás lo ha juzgado. Pero no, para él está claro que si no encuentra su propia voz, prefiere quedarse callado. Además, como apunta Pilar Mateos en el relato: la voz de la abuelita ya estaba muy usada, decía palabras antiguas que nadie conocía y trucaba los nombres de los futbolistas. Porque cuando uno opta por usar una voz ajena, es verdad que esa voz no encaja del todo en uno. Hay algo que incomoda, que cala, que lastima. Si no se termina con ello, pronto esa voz ajena va creando un vacío cada vez más grande. Hasta que uno se difumina, se hace borroso, desaparece.

Por eso quien piensa en voz alta da miedo. Declara que existe, que no está dispuesto a desaparecer; confirma que tiene una voz, pero además una voz propia. El biógrafo austriaco Stefan Zweig escribió, en El misterio de la creación artística, que Beethoven, para componer, “corría horas enteras a campo traviesa, sin fijarse en nadie, cantando, murmurando, gritando salvajemente, ora marcando el ritmo con las manos, ora lanzando los brazos al aire en una especie de éxtasis; los campesinos que de lejos le veían, tomábanle por un loco y le esquivaban con cuidado”. Por eso, quien además de pensar, siente en voz alta, es llevado al manicomio, al psiquiatra o, por lo menos, a terapia conductual. Los voz de los pensamientos, en todo caso, puede ser pública; la de los sentimientos debe ser privada.

Dicen que Eduardo Galeano afirmó alguna vez que sólo los tontos creen que el silencio es un vacío. El silencio no está vacío nunca, sentenció el escritor uruguayo. Menos aún para quien quiere escucharlo, para quien está dispuesto a sostener el peso de su contenido. Tan cierto es, que, como sostuvo Galeano, a veces la mejor manera de comunicarse es callando. Eso es lo que hace Fermín: calla para que los demás lo escuchen. Y lo acepten como es: ¡un desastre de niño!

1 thought on “Callar, para ser escuchado

  1. Quiero leer a Pilar Mateos. Gracias Juan José por este texto que imaginé al principio, sería un tema sobre literatura infantil, pero que nos viene bastante bien para quienes andamos por el mundo en el papel de adultos con voz, sin ella, pidiéndola prestada, escondiéndola. Quiero leer a Pilar y su historia sobre Fermín y quiero leer más textos como el tuyo. Fregón la existencia de esta foro. Ya no me los pierdo.

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