Juan Gelman. / Foto de Rubén Pax.

Oda: los 90 años de Juan Gelman

Falleció hace seis años, pero su recuerdo y su obra siguen vigentes. En este mes de mayo, el escritor argentino habría cumplido nueve décadas. Aquí lo recordamos…


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Juan Gelman escribió alguna vez:

“¿Y si la poesía fuera un olvido del perro que te mordió la sangre / una delicia falsa/ una fuga en mí mayor / un invento de lo que nunca se podrá decir? ¿Y si fuera la negación de la calle / la bosta de un caballo / el suicidio de los ojos agudos? ¿Y si fuera lo que es en cualquier parte y nunca avisa? ¿Y si fuera?”

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Nació en Argentina el 3 de mayo de 1930, así que a inicios de este mes Juan Gelman cumple 90 años de edad.

Lo sé, lo sé: hablo en presente de él sabiendo que falleció hace seis años en México, el país que lo acogiera y que él adoptara como suyo; pero es lo que pasa con los seres que uno va encontrando en el camino, y que uno va queriendo y estimando y admirando: que nunca terminan por irse, que se quedan aquí, juntito a uno.

Decía el periodista Humberto Musacchio —a propósito justamente de Juan Gelman— que, cuando se trata de alguien tan querido, es ineludible referirse a él en primer persona.

Y tiene razón. Por eso es que ahora lo recuerdo. Es más: alguien en este justo momento —así como lo hago yo— está leyendo alguno de sus hermosos o poderosos o balsámicos poemas; o está tratando de conquistar a la mujer amada con algún verso gelmaniano; o simple y sencillamente reza (canta) (recita) (invoca) alguno de los cientos de poemas suyos, regados en la casi treintena de libros publicados.

Y tampoco es para menos. Pongámoslo de esta manera —y así lo escribí en su momento para un periódico—: como pocos, Juan Gelman supo interrogar esa materia oscura, laberíntica, que es el hombre; como pocos, él hizo de la poesía luz. ¿Oda o elegía? Realmente no importa: la herencia con que nos enriqueció se ostenta sellada por la universalidad accesible: adaptando lo universal a lo concreto, Juan Gelman no sólo transitó por las veredas comunes del ser humano —amor y desamor, exilio y soledad, vida y muerte, desasosiego y esperanza—, también lo hizo por el camino político y social. Su poesía, de hecho, procedía directa y radicalmente de la vida.

Porque él, Gelman, escribió a partir de lo que vivió, gozó y padeció. Fue una lección no sólo literaria, también humana (o mejor: de conducta revolucionaria).

Y, entonces, la cosa se entiende: no es que Juan Gelman siga hoy aquí, de manera física; lo que ocurre es que firmó poemas que no se gastan, que han trascendido el tiempo y el espacio.

Lo dejó escrito José Emilio Pacheco —él también fallecido hace seis años, en enero de 2014, con apenas una semana de diferencia de su amigo y vecino argentino—: hasta el 14 de enero, escribió Pacheco, Juan Gelman “fue el mejor poeta vivo de la lengua y a partir de ese día se ha vuelto uno de nuestros clásicos modernos”.

3

¿Cómo nombrar a Juan Gelman? Desde luego era un poeta —corrijo: un excelso poeta—; también, ejerció el oficio de periodista: una profesión que, según decía, le daba para comer. Y sí: nos consta que la hizo suya, la abrazó, la quiso mucho. Era, de igual forma, un luchador social: alguien que abogó más por la justicia que por el perdón. Sin embargo, si hubiera que resaltar algo de él era que, ante todo, fue siempre un gran ser humano.

El festejo de su cumpleaños me trae, ahora, el recuerdo de nuestras varias charlas.

Siempre afable y sonriente, él recibía al interlocutor para charlar y platicar de la poesía y de la vida, que, al menos en él, era una y la misma cosa; lo cuento como a mí me pasó durante las diversas ocasiones que nos vimos para conversar: ya en su departamento de la colonia Condesa, o ya en alguna cafetería cercana: ahí estaba con su cabello blanco de abuelito cómplice; con el largo y lento fluir de su acento argentino; con la insondable gravedad de su rostro; con esos párpados caídos que le hacían tener una mirada triste y a la vez pícara.

Ahora que lo veo a la distancia, se podría decir que no fueron dos, tres o cuatro entrevistas las que tuvimos; no. Más bien, fue un encuentro continuo, duradero —añado: único—, el que mantuvimos desde los primeros años de los dos mil…

En una de nuestras primeras charlas, con el Mundial de futbol a las puertas, me contó que sentía afinidad por el Club Universidad, por los Pumas, y un poco por el Atlas. También, que en los potreros de Villa Crespo (en su natal Argentina) le decían “el pibe taquito”, por el modo de empujar la pelota. De hecho, nunca dejó de ser hincha del Atlanta de Villa Crespo.

Su rostro, cuando platicaba aquello, se le iluminaba. Daba gusto verlo jovial.

Para entonces, yo quería hablar de cosas “serias”; él, sólo del gozo de la vida. (Lo sé: errores de juventud; de mi juventud, aclaro.)

En cierto momento le cité lo que había escrito Rimbaud, de que el poeta se hace vidente mediante un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos. ¿Será cierto?, le pregunté.

Gelman sonrió.

Es verdad, en un sentido metafórico —me respondió—. Eso se puede expresar de otra forma. No sé si fue lo que quiso decir Rimbaud, pero se puede pensar de otra manera y parte de un hecho innegable para mí: el que escribe es uno mismo y a la vez un desconocido… Así, lo que puedo decir es que hay una necesidad de limpiar mucha maleza para llegar a sí mismo, y éste es un trabajo necesario para el poeta y para el mundo. Porque a través del acto de escribir se vive a los demás y se vive el mundo… Entonces, hay que internarse en uno mismo y limpiar mucha maleza para llegar a la posibilidad de una expresión más verdadera de sí mismo y, claro, del mundo también.

Hizo una pausa para darle una calada a su cigarro. Luego, añadió: Ahora, lo que dice Rimbaud es una gran verdad, cuando habla del desarreglo de todos los sentidos… Me parece que se refiere a desaprender todo lo aprendido, a desarmarse de toda arma de defensa, a entregarse. Y esto no sé si es complicado, pero sí es difícil.

Gelman se llevó de nuevo el cigarro a sus labios, y dio una nueva calada.

Aproveché para preguntarle por esa duda que ha cruzado la historia de la poesía, la de saber si el poeta nace o se hace.

Gelman no lo pensó dos veces: La verdad, no lo sé —dijo—. Hay tantas cosas que uno no sabe, o no se explica, en este oficio. Cuando veo la gran cantidad de niños menores de cinco años que mueren por hambre, miseria, enfermedades curables (en el mundo casi 15 mil al día), me pregunto cuántos Rimbaud hay entre ellos… Pero, respondiendo, sigo sin saber las circunstancias que influyen; puede ser una gran cantidad de ellas, empezando por la propia casa: los padres, los hermanos, los amigos; también están las lecturas, los golpes de la vida, la experiencia. No es fácil asumirse como poeta, sobre todo cuando uno lo elige… ¡Y mejor esconderlo, en especial en el barrio..!

Dicho esto, Gelman soltó una risita.

¿O sea que todavía es un oficio penoso?, le dije, también riendo.

Penado, más bien, dijo él, y soltó tremenda carcajada.

Tratando de ponerme serio sin mucho éxito (contagiosa era la risa de Gelman), quise saber cuándo se sintió ya poeta. Le especifiqué: maestro, ¿cuándo se dijo a sí mismo: soy poeta? ¿Acaso fue cuando escribió aquel poema a los 11 años, para conquistar a una niña mayor de su edad?

El rostro de Gelman volvió a iluminarse. Me dijo: En efecto, en efecto, ese poema era para eso, para convencerla, pero no la convencí. Así que me dije: mejor no intentar la poesía…

Aun así —le repliqué, riendo—, usted se asumió después poeta.

Él se sinceró: Para mí —comenzó diciendo Gelman— es un proceso largo. Porque tener conciencia de ti mismo en cierto campo lleva tiempo, lleva mucho tiempo… Ahora, mirando atrás, quien influyó en mí fue mi hermano mayor. Procedo de una familia rusa, así que cuando tenía unos seis años me recitaba poemas (en ruso) de Pushkin, y yo no entendía nada. Pero la musicalidad, el ritmo, todo esto me transportaba a un lugar maravilloso. Esos recuerdos yo siempre los tengo a la mano. De manera que no tengo una respuesta de si se hace o nace el poeta.

Gelman hizo una pausa, para darle un sorbo a su bebida. Luego me contó uno de esos milagros que nadie se puede explicar, como él mismo lo llamó:

¿Sabe? —me empezó a contar—, en tercer grado de primaria, yo tuve una maestra que nos leía a Ramón López Velarde, quien, como usted sabe, fuera de México es poco leído… En Argentina, en ese entonces, sólo había de él ensayos y estudios; él no salía del mundo académico. Así que, como ve usted, era verdaderamente un caso raro. En fin, nos leía poemas de él, y para mí la poesía era como una hipnosis. Me atraían, por un lado, los sonidos; por otro, el misterio de unas palabras incomprensibles. Había esa cosa de magia, de musicalidad en las palabras…

Aproveché que hablaba de su niñez, y le lancé una provocación: la infancia, dicen que dijo el músico Frank Zappa, es una de las etapas más crueles en el ser humano.

Gelman se lo tomó con calma: Sí, puede ser, a la manera en que puede ser cruel una patria —me respondió, con esa voz pausada muy suya—. Pues al mismo tiempo la patria es la lengua, la patria es muchas cosas… Una vez, en una editorial argentina, me publicaron un libro, y en la solapa pusieron que yo nací en 1939 y no en 1930. Me enojé mucho. Llamé a la editorial, y les reclamé: ¿con qué derecho me sacan los mejores nueve años de mi vida?

Ambos, entonces, reímos de nuevo…

Juan Gelman. / Foto de Josué D. Romero.

4

¿El poeta debe estar comprometido con su tiempo?, le pregunté a Gelman en otra de aquellas iniciales charlas.

Sí, de un modo u otro, debe estar en el tiempo en el que vive —me respondió con tono pausado—. Hay poetas que, de algún modo, se distancia del nombre concreto de lo que ocurre. Pero a veces esta distancia es un rechazo justamente con lo que ocurre; eso también es un modo de estar en el mundo, ya que están donde no estaba ningún otro… Después está eso que han llamado poesía social, política, comprometida. —Gelman miró al cielo—. Esa palabra que inventaron los franceses: ¡comprometida! Mire, yo prefiero la poesía casada con la poesía.

Yo le repliqué: pero a usted le etiquetan, le catalogan, como “poeta comprometido”. ¿No me diga que es un malentendido?

El maestro se echó a reír. Luego, aún con una sonrisa, dijo: Me ha hecho recordar lo que decía Baudelaire, de que el mundo funciona sobre la base de un gran malentendido; creo que éste es uno más. A mí me gusta decir que el único tema de la poesía es la poesía, que la poesía es lengua calcinada y por eso puede hablar de todo: de política, problemas sociales y revoluciones, de exilios y destierros, de abandonos, de la última hoja caída del otoño, de una piedra hallada en la calle, hasta puede hablar de amor, cosa que no es tan simple…

Eso es cierto, le dije; y agregué: si algo atraviesa gran parte de su obra es el amor. ¿Siempre necesitamos decir de nuevo las palabras de amor, maestro? ¿Cree que se han hecho ahora más necesarias que nunca?

Gelman se quedó pensativo; tras unos segundos, respondió: Creo que siempre ha sido indispensable; lo es desde que ha habido un hombre y una mujer… Y no sólo hablo del amor de pareja, sino de todas las clases de amor que existen. A veces trato de imaginarme lo que le habrá dicho Adán a Eva; ¿qué palabras habrá utilizado?… Ahora, es verdad que sí se han hecho más necesarias que nunca, sobre todo en este momento, en el que hay un mundo tan derruido y tan deshumanizado.

5

Años más tarde, en otro de nuestros encuentros, le planteé a Gelman: el fallecido Theo Angelopoulos, el cineasta de la melancolía, me dijo que hubo un tiempo en el que quería cambiar el mundo con el cine. ¿Usted quiso, o creyó, en un momento dado, cambiar el mundo con su poesía?

La poesía no cambia el mundo, eso es definitivo, me respondió Gelman. Luego, añadió: La poesía lo que hace, en todo caso, es enriquecer interiormente a los que eventualmente lo cambiarán algún día. Pero la poesía en sí misma no cambia nada.

Le repliqué un tanto ofendido: pero decía el poeta argentino Roberto Juarroz: la poesía os hará libres. ¿No cree que es una sentencia verdadera y necesaria hoy?

El maestro se puso serio: Yo lo no creo. Lo que nos hará libres es la lucha social. Eso sí nos hará libres. Ahora, la poesía, y en general todas las artes, enriquecen desde luego al ser humano. Es un hecho: vivimos una época donde se quiere castrar la espiritualidad de la gente; en este sentido, la poesía en particular, y el arte en general, tienen más valor que nunca, porque son expresiones que, lo quiera o no el autor de éstas, se dirigen, no por voluntad sino de hecho por existir, a la sociedad. Al final son manifestaciones de resistencia en un mundo que, además, está más mercantilizado, y donde cada vez más se nos quiere uniformar el espíritu y convertirnos así en tierra fértil para cualquier autoritarismo…

Insistí: pero entonces, ¿qué papel debe de jugar el poeta ante este mundo que no muestra su mejor rostro?

El maestro Gelman, con paciencia, también insistió: De algún modo creo haberlo dicho: el poeta no juega ningún papel, en el sentido político. Lo que hace es escribir poesía, como ha sido a lo largo de los siglos. Eso sí: conozco gente a la que la poesía la ha cambiado en el sentido espiritual, que le ha dado más libertad de pensamiento, más riqueza interior, que le ha descubierto caminos en el alma que ignoraba tener… Y en este momento de tanta oscuridad, creo que esto tiene un valor particular y muy importante. Pero la verdad es que la poesía no es una cuestión de voluntad. Uno no se puede levantar a las siete de la mañana para escribir poesía, y menos cuando sospecho que a esa hora no existe.

Dicho esto, nos echamos a reír y nos despedimos conscientes y sabedores de que el tiempo traería nuevos encuentros…

6

Y así sucedió en 2012, cuando empezaron a circular dos bellos tomos —editados por el Fondo de Cultura Económica— bajo el título de Poesía reunida: hablamos de más de mil 300 páginas que recoge desde sus primeros poemas de 1949, hasta su obra poética de 2010.

Tuve que releer todo para revisar las pruebas, me comentó el poeta apenas nos sentamos para charlar y beber un café, en una fresca mañana de febrero de dicho año. Se sinceró: Algunos de estos poemas me gustan; otros no me gustan tanto; unos más me disgustan…

Se echó a reír con esa risa contagiosa suya. Irradiaba jovialidad, Gelman.

En tono de broma, también dije: me imagino que algunos de estos poemas, como los adolescentes, son irremediables o incorregibles…

El maestro volvió a reír; después, respondió: Ya ve lo que señaló Paul Valéry (y que de eso se hizo eco Octavio Paz): un poema nunca se termina, simplemente se abandona. Y yo creo que todo lo contrario: el poema lo abandona a uno. La poesía lo abandona a uno. El momento de escritura lo abandona a uno. Que es perfectamente respetable. Después se puede corregir más o menos… Yo corrijo muy poco. Y no porque crea que lo escrito es infalible o extraordinario, sino porque me parece un alejamiento, hasta diría una traición, al momento más feliz de la escritura, que es el momento de la escritura… Entonces, no hay más remedio: a lo hecho, pecho, como decía Cantinflas en una película.

Volvimos a reír. Aproveché para hacerle un comentario al conjunto de su poesía: ¿está de acuerdo que su obra reunida resume la historia de un hombre que se busca, que se encuentra, que goza, que sufre, que vive?

Claro —señaló un tanto sorprendido—. Yo diría no sólo que se encuentra sino que se desencuentra también…

¿Aun a esta edad, a sus 81 años?, inquirí.

Sí, por supuesto —replicó—. Mire, la poesía es infinita. Es la reina de la libertad. Hay tantas y grandes voces en la poesía, que hacen una especie de sinfonía universal… Cada quien con su voz, emparenta los instrumentos de esa orquesta sinfónica que es la poesía. Y claro que ése es un gran consuelo: la lectura de los grandes poetas. Y no sólo eso: me parece que lo que más ayuda a comprender la poesía es leer a los grandes poetas. Porque además la poesía viene del fondo de los siglos, y hay constancia de ello. Y sigue, y seguirá, a pesar de todo…

Sin embargo, le interrumpí, para muchos, incluidos algunos amigos, la poesía no es lo de hoy.

Gelman me miró (creo) con compasión: La poesía es lo de siempre, me dijo. Después, con voz firme, me explicó: Mire, la poesía es una de las artes más antiguas del mundo, y ni siquiera sé si llamarle arte. No vayamos muy lejos: a través de todos estos milenios ha habido catástrofes de todo tipo: guerras, pestes, luchas, pero el hilo de la poesía no se rompió nunca. Habrá poesía hasta el fin de la humanidad, sin duda alguna. Y no sólo por la necesidad de alguien por escribir, sino también por la necesidad de muchos de recibir.

Entonces, ¿no cree que estemos viviendo un repliegue de la poesía?

Negó con la cabeza. Después, acentuó: No. La poesía siempre ha tenido pocos lectores, ésa es la verdad. No me equivoco si digo que la poesía es lo de ayer, lo de hoy y será lo de siempre. Llegado a este punto, creo que hay que dejar en claro una cosa: la poesía no tiene público, tiene lectores.

Colofón 

Una característica —u obsesión, si así lo prefiere— en la obra poética del maestro Juan Gelman fue el lenguaje. Aunque parecía un juego, él siempre dejaba muy en claro que, ante todo, era una necesidad expresiva. Lo estiró hasta los límites, hilvanando una obra que deshizo y rehizo los modos de poner en juego la lengua. Por ejemplo, convertía verbos en sustantivos y sustantivos en verbos. Pero además, y si era necesario, inventaba palabras. Todo ello, decía él, para arañar la realidad que se le escurría entre las manos.

En otra de nuestras conversaciones hablamos precisamente de ello. También de los temas en su poesía.

—Algo que llama la atención en su obra poética es esa obsesión o inquietud por el lenguaje, por los límites del lenguaje. ¿Siempre fue consciente de ello?

—Por supuesto. Todo se reduce, siempre, a la necesidad expresiva. Es decir: uno lo recibe todo de afuera, empezando por la palabra que llega desde la cuna. Pero hay una transformación interior en eso: la experiencia se convierte en vivencia, y esa vivencia, cuando se convierte en obsesión, golpea las puertas a la imaginación para que busque la expresión necesaria para decirlo. De tal forma que la realidad tiene diez mil caras, la vivencia también, la imaginación muchas más. Entonces, el momento feliz de la escritura es cuando se produce el buen matrimonio entre la vivencia, la imaginación y la expresión de esa vivencia…

—Y eso, sin duda, es lo difícil de asunto…

—Qué le puedo decir… Yo lo dijo Dylan Thomas: nadie insistiría en este oficio si no fuera porque de pronto se produce el milagro. Y él mismo agrega: ya lo decía Chesterton: lo verdaderamente milagroso de los milagros es que a veces se producen…

Ambos soltamos tremenda risotada. Tras unos segundos, Gelman continuó:

—Volviendo a su pregunta: la necesidad de expresión me llevó a todo eso… Mire, es infinito el número de cosas que aún no tienen nombre en este mundo, porque además son invisibles. Verá, no es lo mismo el sonido de una lluvia bajo un techo de zinc que bajo un techo de concreto, o que en el campo o la ciudad… Hay miles de sonidos que no tienen nombre.

—Lo cierto es que ha estirado el lenguaje hasta el límite, hasta las consecuencias últimas. ¿Seguirá haciéndolo?

—Claro que sí. Ahora bien, para mí nunca fue un juego sino una necesidad. Pues como juego eso es muy fácil. Pero lo bueno de todo esto es que hay una tradición en la lengua española, es una vieja tradición en la poesía en castellano. Basta ver y leer el Quijote: se la pasa inventado palabras, y, además, aprueba esta práctica. De igual manera, existe un soneto de Lope de Vega que dice: “siempre mañana y nunca mañanamos”. ¡Ésta es la mejor expresión de las promesas incumplidas! Y con ello agranda el lenguaje y muestra que el castellano vive, ya que solamente no cambian las lenguas que están muertas… Así, la lengua expande el lenguaje para hablar mejor consigo misma.

—En su obra poética hay temas que van y vienen, que están presentes siempre. Sin embargo, ¿para usted existen temas fundamentales?

—Sí, para mí sí. No son muchos: la niñez, el otoño, el exilio y, bueno, las eternas: la vida, la muerte, el amor, el desamor, la mujer…

—Con los años, ¿cómo ha cambiado su mirada ante estos temas u obsesiones?

—Mire, lo que ha cambiado es la expresión. Pero para esto hay una definición de la belleza, de Sor Juana Inés, que a mí me gusta: la describe como una espiral. Es verdad. Porque como los temas que a uno le obsesionan no son tantos, en efecto, en la medida que pasa el tiempo, y a medida que uno va escribiendo, la espiral se va abriendo, se va abriendo más y más, sin dejar de estar sujeta a los vientos de la época; el mismo asunto, o la misma obsesión, se ve desde otro punto de la espiral. De manera que aparece de una forma diferente, y como aparece así (o sea, de una manera diferente), exige una expresión distinta. Ése es el asunto.

—Otra de las cosas que llama la atención, y que me gusta mucho de su poesía, es que habla de un juan, de muchos juanes. ¿Por qué hablar, en tercera persona, de este juan, así, en minúscula?

—Porque ese juan somos todos. Neruda decía: la Tierra se llama Juan.

—¿El poema como espejo?

—Sí, lo es, en cierta medida. Pero aclaro: es como biografía transformada; no es autobiografía.

Alguna vez le preguntaron a Roberto Matta, el pintor chileno, cómo festejaba su cumpleaños y él dijo: “Invito a los Matta que fui y discutimos toda la noche”. Algo similar ocurre con los Gelman: sumergirse en cada libro suyo permite escuchar, por debajo de las palabras, un delicioso conflicto y complementación entre todos esos modos de decir. Su herencia poética y literaria está ahí para comprobarlo… Y disfrutarlo. Los invito.

Nota bene: Ediciones Era  tiene en su haber varios libros publicados de Juan Gelman, entre poesía y periodismo: De atrásalante en su porfía; Hoy; Miradas; Mundar; País que fue será; y Valer la pena. El Fondo de Cultura Económica, por su parte, tiene, en dos bellos tomos, la Poesía reunida, que va de sus primeros versos (1949) hasta los escritos en 2010. También está en circulación Amaramara, una obra póstuma que hizo mano a mano con el artista plástico Arturo Rivera, coeditado por La Otra y la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México.

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