Jaime Labastida. / Foto de Josué D. Romero.

“Mi gran misión, ahora, es hacer poemas de carácter complejo”

Los 80 años de Jaime Labastida

Oriundo de Sinaloa, el poeta Jaime Labastida llega en este junio (de 2019) a sus ocho décadas de vida con un gran impulso laboral: acaba de dejar la dirección de la Academia Mexicana de la Lengua y continúa al frente de Siglo XXI Editores…


Apenas habíamos cambiado los saludos de costumbre, nos pusimos a conversar. Jaime Labastida fue el primero en tomar la palabra:

—A ver, José, de qué quieres que hablemos.

Era una mañana de finales de mayo, y en las oficinas de la dirección de Siglo XXI Editores reinaba una tranquilidad esplendorosa: por un lado, el ruido de la ciudad llegaba de manera tenue, casi imperceptible; y, por el otro, la intensa luz que se filtraba le daba a este lugar un estado de serenidad, placidez.

Tres motivos nos habían llevado hasta Jaime Labastida: hablar del final de su segundo mandato al frente de la Academia Mexicana de la Lengua y de su sustitución (ocurrida en febrero pasado); hablar de su más reciente libro de poemas (Atmósferas, negaciones); pero sobre todo —y ante todo— hablar de la celebración por sus 80 años de vida (que cumple este 15 de junio).

Me pareció bien empezar por ahí: ¿80 años son muchos o son pocos años?, ¿es una buena edad?

Cuando escuchó la pregunta, don Jaime no pudo evitar esbozar una sonrisa.

Tratando de ponerse serio, me dijo:

—A ver, yo creo que toda edad es buena si uno sabe cómo vivirla. Desde niño hasta anciano, hay que tener interés en las cosas que uno hace, tener el gusto por la vida. Si me preguntaran por qué me mantengo activo, y por qué estoy sano… o al menos un tanto sano a mis 80 años, es porque siempre he hecho lo que deseo y lo que me gusta. Si hay un trabajo que no me satisface, entonces presento mi renuncia, como en varias ocasiones lo he hecho.

Aquí le interrumpí. Le dije: yo tengo 43 años; ¿qué sabe hoy, don Jaime, que no sabía hace 40 años?; ¿qué me puede contar…?

El poeta volvió a sonreír; entonces, me dijo:

—Se dice muchas veces, y creo que es incorrecto: “Ay, si volviera a tener 20 años”, o, “ay, si volviera a tener 30”. Ésa es una falsa imagen pues se supone que volvería uno a los 20 con la experiencia de los 80, y eso es imposible. Dicho de otro modo: hay que cometer errores para tener la experiencia que uno posee a los 80 años. Tienes que tropezar y tienes que cometer errores para después enmendarlos, de lo contrario no vives adecuadamente. Yo he cometido errores, por supuesto; todos los cometemos. Pero hay que aprender de las derrotas y aprender de los errores cometidos.

Jaime Labastida hizo una pausa. Aproveché para preguntarle, casi balbuceando, qué clase de errores él consideraba haber cometido.

Se tomó unos segundos. Luego, se sinceró:

—Te puedo decir que sí, que he cometido muchos errores; por ejemplo, hubiera querido dedicar más tiempo a lo que me es, digamos, más nato: la poesía, la investigación filosófica, la escritura… Pero, bueno, he tenido la necesidad de vivir y de alimentar a mi familia. Y que quede muy claro: no me quejo de ello. Sin embargo, sí me ha restado tiempo para lo que considero más profundo en mí…

Dicho esto, permaneció unos instantes en silencio como si meditase. Luego se expresó de la manera siguiente:

—A ver, José —continuó con voz suave—, en muchas ocasiones uno siente la tentación de retirarse de la actividad, de la acción, y dedicarse a lo que le es más íntimo, pero la vida te clama y te reclama y tienes que volver a actuar. Ahora a mis 80 años he terminado ya mi función como director de la Academia, tengo un poco más de tiempo libre, pero la labor en Siglo XXI también es muy absorbente; sigo trabajando, y escribiendo, y haciendo trabajo de investigación. De manera que… ¿Qué te puedo decir? Sí, 80 años te dan experiencia, y una de las experiencias que te proporciona es esa, no quejarte de lo que hiciste o de lo que no hiciste. Porque (y lo que voy a decir es una obviedad, sin embargo a veces se olvida) eres el producto de tus errores y de tus aciertos a lo largo de la vida.

§§§

Apuntemos algunos datos biográficos. Poeta, periodista, ensayista, filósofo y académico mexicano, Jaime Labastida Ochoa nació en Los Mochis, Sinaloa, el 15 de junio de 1939. (En efecto: es hermano del político Francisco Labastida Ochoa.)

Junto con Óscar Oliva, Eraclio Zepeda, Jaime Augusto Shelley y Juan Bañuelos, Jaime Labastida formó parte (en los primeros años de los sesenta) del grupo literario La Espiga Amotinada.

Además, es miembro de número de la Asociación Filosófica de México, así como de la Sociedad General de Escritores de México, miembro honorario de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, y fue fundador y presidente de El Colegio de Sinaloa. Desde 1990 es director de Siglo XXI Editores.

Aunque desde febrero de 2019 dejó de ser su director, Jaime Labastida sigue siendo miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua, y miembro correspondiente de la Real Academia Española, la Academia Norteamericana, la Academia Cubana y de la nicaragüense.

Galardonado en diversas ocasiones, su obra teórica, ensayística y de creación literaria ha sido traducida a diferentes idiomas, entre ellos al inglés, francés, japonés, italiano, ruso y portugués.

Lo que nos lleva al más reciente de sus libros: Atmósferas, negaciones, que ha sido editado por la Universidad Autónoma de Sinaloa.

Al inicio del volumen, Jaime Labastida nos advierte sobre la memorable y ya lejana lectura de una Epístola del capitán Francisco de Aldana, dirigida a Benito Arias Montano, el editor de la Biblia políglota (y que José Bergamín reunió junto con la Epístola moral a Fabio en un libro hoy ya inaccesible, publicado en México en 1941 en la colección “El Clavo Ardiendo”, con el título Hombre adentro). Fragmentos de esta epístola —en la que el joven militar expresaba su deseo de dejar las armas para dedicarse a la meditación y al estudio, algo que no lograría al ser asesinado— irán surgiendo como puntales en los treinta y tres poemas del libro.

De hecho, el poemario alterna —a manera de diálogo— la contemplación del ambiente y justamente este registro épico del militar y poeta español del siglo XVI.

Como me dijo en un momento dado el propio Jaime Labastida: el libro está construido a través de una serie de recuerdos y de hechos que sucedieron a lo largo de su vida.

—Las fechas que están indicadas en los primeros poemas —añadió— no quieren decir que fueron escritos en aquel momento, sino se refieren a algún hecho que me correspondió vivir en esas épocas, una especie de balance en mi vida; quiere decir que me acerco ya más que al otoño, al invierno de mi vida…

Que dijera esto me permitió profundizar en algunos aspectos de su obra y desde luego de su vida. Le dije lo que pensaba del libro: me da la sensación de que la lectura de Atmósferas, negaciones, lleva a muchas preguntas sin respuestas inmediatas. Entonces le pregunté: ¿los 80 años son un buen momento para cuestionarse, es un buen momento, don Jaime, para hacerse preguntas y no conseguir las respuestas?

Jaime Labastida se tomó unos segundos:

—A ver, José David. Mi poesía no es una poesía fácil. Tengo poemas más sencillos que otros, eso es cierto. Pero mi gran misión es hacer poemas de carácter complejo. Creo que ya lo he logrado, no sé si para bien o para mal, en tres o cuatro poemas: Estaciones de un pueblo, Las cuatro estaciones, Elogios de la luz y de la sombra, y finalmente En el centro del año. Eso son grandes poemas que me he propuesto y que he logrado, insisto: no sé si bien o mal. Pero, están ahí.

“Estos poemas, de mi libro más reciente, son de carácter más sencillo; mucho más accesibles, digamos. No tienen la complejidad de los anteriores, son más espontáneos en cierto sentido, menos cerebrales. Qué es lo que quiero decirte. Mi poesía no es una poesía popular, no es una poesía de fácil acceso. Nunca lo ha pretendido, y sé que a diferencia de grandes poetas que han gozado de enorme popularidad en nuestro país, como Juan de Dios Peza, Amado Nervo, o Jaime Sabines, mi poesía no es de ese tipo. Mi poesías es compleja, y lo admito…”

—Que no críptica, desde luego; ése es otro cantar, ¿cierto?

—En efecto. Es compleja, no críptica —repitió Jaime Labastida—: tiene claves que se pueden perfectamente captar y entender en muchos aspectos. Pongo, digamos, los indicios para que la gente los siga; pongo las pistas en las epígrafes que anoto al principio de los poemas, o al principio de los libros, o en las citas intertextuales en los poemas… quien conozca los textos se da cuenta a qué poeta aludo, o a qué verso me refiero… Regresando a la pregunta: estos recientes poemas, por el contrario, son más sencillo. Aun cuando tienen muchas preguntas, como dices tú, terminan siempre con un suspenso, un no sé qué pasa; a mí me parece que siempre terminan con puede ser, quién sabe, tal vez…

—¿Hablamos de un dejo de esperanza?

—Un dejo de esperanza, sí, pero también un dejo de escepticismo.

—El tema de la muerte también está muy presente en el libro, y en su obra toda. ¿Si la filosofía es considerada por Sócrates como una preparación para la muerte, entonces la poesía, su melliza antagónica, tendría que formularse como una liberadora?

—No. No lo creo. Somos seres para muerte. No creo que te libere de la muerte… Sócrates decía que él sabía que, desde el momento de nacer, la naturaleza había dictado en su contra la sentencia de muerte. Y eso es un horizonte que uno tiene que ver más tarde o más temprano. Está ahí. Somos, en el sentido de Heidegger, un ser para la muerte. Eso no cabe la menor duda. Pero somos también un ser para la vida. Mientras que la muerte no llegue, hay que hacer las cosas que a uno le satisfaga… Me gusta mucho, siempre lo he citado, un verso del poeta William Blake que dice algo así como “la eternidad está enamorada de las obras del tiempo”. Hagamos que las obras de nuestro tiempo sean bellas y fugaces, para que en ellas se deleite la eternidad, para que la eternidad se enamora de ellas.

—En este nuevo libro hay poemas muy intensos; por ejemplo, “Firmamento”…

—Ese poema del capitán Aldana es verdaderamente estremecedor. El capitán Aldana escribe ese poema un año, o un poco menos, antes de su muerte. Él había tomado ya la decisión de apartarse del mundo, y entrar en su interior hombre. Y no pudo hacerlo. La muerte lo sorprendió en la batalla de Alcazarquivir. Él se pregunta: “mi interior hombre, dó estado va, si vive o qué se ha hecho”. Ésa es una pregunta que tenemos que hacernos siempre, ¿no?; en medio de todas las peripecias de la vida, y en medio de la acción más agitada, y en un momento de reposo, decirnos: ¿qué estoy haciendo?, ¿a dónde voy?, ¿he logrado lo que me he propuesto?, ¿tengo ahora nuevos propósitos?, ¿quién soy en medio de todo esto?

—La pregunta, don Jaime, es si hay tiempo aún para las grandes preguntas, sobre todo en una época como la actual…

—Siempre hay tiempo para las grandes preguntas. Por un lado, hay mucha gente que se aparta por completo del mundo, se va a una isla desierta, se mete en un monasterio o se encierra en su casa, y se rodea de libros y de música y no quiere saber más… Yo creo que al estilo de Aldana, en la mitad de la acción más agitada, se puede pensar en un mismo. Esto es lo que me parece tan estremecedor de las preguntas de Aldana… Es decir, sin apartarse del mundo, no a la manera de un anacoreta o un ermitaño, preguntarse ¿dónde estamos?, ¿qué somos?, ¿estamos en lo cierto?, ¿tomamos un camino adecuado?, ¿respondemos a los intereses profundos de la ética y de nuestra conciencia? Esto es lo que plantea Aldana y creo que son preguntas fundamentales en cualquier momento…

—Permítame una última pregunta, un tanto más general. ¿En qué momento se encuentra la poesía, tomando en cuenta que las editoriales, desde hace ya varias décadas, han logrado imponer a la novela como el género más leído, el más comercial?

—Hasta 1920, hasta Darío, un poco Neruda todavía, el poeta era el vate al que se acudía, el que tenía la voz más cierta, al que la gente acudía para saber en qué se andaba. En los momentos actuales, eso ya no ocurre. Se dice que el gran momento de la narrativa fue el siglo XIX; es decir, ¿tienes hoy narradores de la talla de Stendhal, de Balzac, de Dostoevsky, de Tolstoy? ¡No los tienes! En el siglo XX hay dos o tres grandes narradores, de grandes dimensiones: tienes a Joyce, a Proust, y uno o dos más narradores de gran aliento. El problema es que ahora se hace casi una novela por año. Las editoriales le exigen a un autor que ha tenido buen éxito: “Haz otra rápidamente para que los lectores te lean”. No es que sea más importante desde el punto de vista real, por decirlo así, la narrativa que la poesía, pero esta última exigen más comprensión, es más compleja, incluso es menos accesible de manera directa al crítico literario. Es más fácil mostrar el argumento de una novela, o cómo se desarrollan los personajes, que el sentido de un poema. Eso cuesta mucho más trabajo. Dicho esto, te puedo asegurar que hoy la poesía no está plegada, goza de cabal salud; se lea o no, se comprenda o no.

Balance administrativo

Fundada en 1875, Jaime Labastida fue director de la Academia Mexicana de la Lengua de febrero de 2011 a febrero de 2019.

En sus propias palabras, aquí su balance:

“La academia, cuando yo la tomé, no tenía prácticamente recursos. Siendo yo tesorero, y luego director adjunto, intentaba que en el Presupuesto de Egresos de la Federación apareciera algún rubro que le diera recursos a la Academia.

“Sin embargo, al asumir la dirección, lo primero que intenté y logré, por fortuna, fue que el Senado de la República adhiriera a nuestro país al Convenio Multilateral de Bogotá, firmado en 1960, que establece que aquellas naciones en donde existan las academias de la lengua le deben dar a éstas una sede digna y un presupuesto anual suficiente. El Senado aprobó la adhesión de México a este tratado internacional en 2012, es decir 52 años después. A partir de ese momento, la Academia empezó a recibir recursos, los cuales le son absolutamente necesarios.

“¿Cómo dejé la Academia? Cuando salí de la dirección, la dejé con un presupuesto anual suficiente, con el proyecto de la construcción de la nueva sede listo, en el que disponemos de un terreno en Coyoacán y con un proyecto arquitectónico ya hecho, y sobre todo con el anuncio por parte de la administración anterior de otorgar los recursos suficientes para su construcción.

“Espero que en esta administración se le otorguen a la Academia los recursos suficientes para continuar su labor, desde el punto de vista cotidiano, y también los recursos suficientes para la construcción de la sede.

“Por otro lado, creo que la Academia ha cambiado ya su imagen. Cuando entré se nos veía como un grupo de ancianos dedicados a analizar algunos términos y palabras, que quedaban incorporados a los diccionarios y que redactábamos papeletas para entregarlas a la Real Academia Española. Hoy tenemos una buena presencia en la sociedad mexicana, es visible ante los medios de comunicación y el público en general; se cumple una función de servicio a la sociedad.

“Además, desarrollamos una vasta actividad editorial (hicimos, por ejemplo, los clásicos de la lengua española), también por primera vez la Academia tuvo un programa de radio constante, lo tiene todavía y espero que continúe en el Imer. Asimismo, tenemos la comisión de consultas que cada vez desarrolla más esa actividad, tenemos una comisión editorial que también funciona muy bien, tenemos una comisión de lexicografía que está dedicada a hacer el Diccionario de mexicanismo, en una nueva versión (la primera se publicó en 2010), que esperemos pronto salga. Digamos, entonces, que la dejé gozando de cabal salud. Espero que así continúe.” (José David Cano)

Publicado originalmente en la revista impresa La Digna Metáfora, junio de 2019

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