Ilustración de María Luque. / Tomada de Iberoamérica Ilustra (Catálogo).

La mariposa


Hoy, sábado 19 de agosto, regreso a casa después de salir por la tarde con Zheng Thi Τhou y Scheherezadé. Por la mañana quedamos de vernos en casa de él. Llegué, nos subimos a su coche, pasamos por ella a Bellas Artes y nos dirigimos al Hipódromo. Lugar que jamás habíamos visitado ni ella ni yo, sólo él, nuestro guía, nuestro Virgilio, nos encaminaba al santo lugar del derroche.

Ambos se conocieron hace diez años en la frontera de Grecia y Turquía, cuando Scheherezadé ya estaba cautivada por los libros, cursos y conferencias de él en universidades extranjeras. Lo miró, se le acercó y le dijo: ¿Es cierto que en México los hombres tienen su casa grande y casa chica, como aquí en Turquía? Ambos se comenzaron a reír y él contestó: sí. Entonces, como ya tienes la casa grande y la chica, desde ahora yo seré tu casa rodante; tú serás mi amo, yo tu Aladino; tú mi Sultán, yo Scheherezadé, y cumpliré cada uno de tus deseos, aunque viva en el extranjero. ¿Te parece bien? Desde entonces la bella Genio obedece las órdenes de su amo, realiza uno o dos viajes anuales en la alfombra mágica, de Turquía a México. Así, cual amazona que sigue amorosamente a su presa hasta extenuarlo, ha desplazado a la casa grande y a la chica, y se ha apoderado de él.

Llegamos. Aunque lo vi cauteloso, cuando entramos al estacionamiento, entregó las llaves de su coche al encargado. Subimos a la planta alta, nos revisaron al entrar, admiramos el lugar y la demostración inicial de los caballos. Nos instalamos en las sillas, yo me quedé cuidando sus pertenencias mientras ellos salieron a apostar a los caballos: él al 7 y ella al 6.

Ni ella ni yo sabíamos el proceso ni la meta de la carrera. De manera que cuando pasaron frente a nosotros raudos los caballos y gritaron: ¡ganó el 6!, entonces supimos que ella había ganado. Pero ella ni se inmutó, porque nos olvidamos que es una Genio que frota su lámpara maravillosa y expulsa dinares. Sólo cuando le recordamos que tenía que cobrar lo ganado, entonces supe que apostó cien pesos y ganó cuatrocientos que pronto almacenó en su lámpara para transformarlos en millares. Salimos los tres del perímetro de las carreras, fuimos al estacionamiento, pero al solicitar su auto él miraba con insistencia las cámaras de seguridad y se ponía nervioso. Se lo trajeron, nos subimos y aceleró el auto, como alma que lleva el diablo.

Cuando salimos del Hipódromo él nos contó que hacía cuarenta años, cuando aún no era el amo de la Genio, sino soltero, sin trabajo ni esposa, ni amante ni auto, acudió allí con sus amigos, apostó y, como ella, también él ganó, esa primera vez, mucho dinero. Entonces ellos se detuvieron en un puesto de comida. Todos comieron tacos, le hicieron pagar la cuenta de todos y le dijeron que la próxima ocasión que él volviera al Hipódromo tendría que regresar el dinero porque sólo se lo habían prestado. Por eso, para no ser identificado, hasta ahora volvió con nosotros, temeroso de que lo reconocieran. Nos fuimos a comer a la cantina, escuchamos música y nos marchamos a casa, yo a la mía y ellos a la suya, porque la Genio, a veces geniuda, debía descansar y retornar a su casa de Turquía en tres días.

Cené, recogí la ropa sucia en una bolsa de plástico, salí, abordé un taxi y subí al departamento de Migaby para darle una sorpresa, pero no estaba. Abrí la puerta, observé en la sala un ratón viejo o mariposa negra pegada al techo y me acordé que mi mami se hallaba enferma en casa de mi hermana menor. La primera vez que Migab lo vio en casa intentó matarlo. Pero la disuadí, porque mi abuelita y mi mami me anunciaron que era un alma que nos visitaba para informarnos el deceso de un familiar querido. Hasta ahora ese indicio siempre había sido cierto y le tengo mucho respeto, así pasó con la muerte de mi suegra Doris, del Clou y de mi tío Toño.

La miré con cariño, le di las gracias por su visita y oré por su descanso eterno. Seguí mi camino, eché la ropa en el cesto de la ropa sucia, me acosté a las diez de la noche con la interrogante de la mariposa negra y esperé a que ella llegara. Dieron las once, las doce, empecé a cabecear de sueño y cómo no arribaba la princesa en su calabaza roja, opté por dormirme. A las cinco de la mañana, después de haberse cenado un sándwich y lavado su rostro, colocarse su babydoll, echarse loción en el cuello y poner el despertador a las nueve de la mañana, sentí su aroma y piel fría, suave, junto a la mía.

A las siete sonó el teléfono de la sala. Somnolienta se paró y fue por él. Entre sueños oí que alguien preguntaba por mí, me lo pasó y se acostó nuevamente.

—Dígame.

Del otro lado me responde una voz acongojada: Manito, la prima Chely me habló a las once de la noche para anunciarme una tragedia: falleció mi tía Mati. Hoy a las once de la mañana le harán una misa de cuerpo presente en su casa, y a las doce y media la llevarán de regreso al pueblo para enterrarla.

Publicado originalmente en la revista impresa La Digna Metáfora, abril 2019.

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