Luis Fernando. / Foto de Josué D. Romero.

Luis Fernando. / Foto de Josué D. Romero.

Básicamente, soy un ser gráfico: Luis Fernando

El artista plástico Luis Fernando ha recibido el Premio Gabriel Vargas 2018 por su larga trayectoria de casi ya cuatro décadas. Es un galardón que lo merece y que honra, además, a ese mismo premio, el tercero que se otorga: previamente lo recibieron Rius y HelioFlores.


Tiene 39 años de trayectoria, ya encaminado a cumplir los 40, y da la impresión que a él, eso, ni le inmuta ni le conmueve. De hecho —y qué bueno que así suceda—, ahora mismo se le ve feliz y jovial.

En efecto. A Luis Fernando Enríquez Rocha —es decir: Luis Fernando, como lo conoce medio mundo; o, El Flaco, como lo conocen todos sus amigos— se le ve feliz y jovial. Razones no le faltan.

Verán: por un lado ya circulan dos nuevos libros bajo su firma: La pirámide cuarteada / Evocaciones del 68, y Avándaro / La historia jamás contada. Por otra parte, acaba de recibir el Reconocimiento de Caricatura Gabriel Vargas, el cual otorga el gobierno de la Ciudad de México, a través de la Secretaría de Cultura capitalina y el Museo del Estanquillo, con el propósito de distinguir y destacar la labor y la obra de moneros y caricaturistas con notable trayectoria.

¡Y él por supuesto que la tienen! Vamos a dejarlo claro desde ahora: este hombre —de aspecto desgarbado— es uno de los grandes nombres de la historieta en la actualidad en México. Desde 1979 —año en el que comenzó profesionalmente— ha pasado por casi todos los medios que, en algún momento dado, prestaron sus páginas para la publicación (casi siempre semanal) de lo que se hacía entonces en la historieta mexicana; sus huellas pueden hallarse en el viejo unomásuno, El Financiero, El Universal, La Jornada o Milenio; también, sus trazos han sido alojados en revistas como la legendaria DosFilos o la ya memorable El Gallito Cómics.

En una breve y sencilla ceremonia llevada a cabo hace un par de semanas —y realizada en el Museo del Estanquillo—, el monero recibió su reconocimiento. El Comité de Selección estuvo conformado por los caricaturistas y escritores Beli de la Torre, Rafael Barajas “El Fisgón”, Rafael Pineda “Rapé” y José “Monero” Hernández.

Ahí, en representación del comité, otro gran monero, Bernardo Fernández Bef, explicó cuáles habían sido las razones para darle el galardón a Luis Fernando: “Es el tercer año que se otorga este premio —dijo Bef—. El primero fue a nuestro adorado maestro Rius; el segundo fue a HelioFlores, decano de la caricatura política en nuestro país. En esta ocasión, sin embargo, el jurado quería dárselo a un autor que hubiera enriquecido la historieta nacional y la historieta autoral, tal como lo ha hecho Luis Fernando”.

Y fue más allá: “En la historia de la caricatura en México él pertenece a lo equivalente de lo que sería la Generación de la Ruptura —añadió Bef—; hablo de artistas que estaban interesados en hacer historieta de autor, fuera de los márgenes de la industria. A lo largo de estos casi 40 años él ha hecho —y Bef enfatizó cada palabra— una carrera, literal, de resistencia cultural a través de la historieta. Por eso, es importante reconocerlo ahora”.

Luego, Bef puntualizó algo que prácticamente ya casi nadie se atreve a decirlo en voz alta: “Por supuesto, hubiera sido muy tentador darle el premio a alguien completamente taquillero, pero también los premios sirven para reconocer la labor de un autor que ha sido coherente y que se renueva de manera constante. Casi sin dudar me atrevo a decir que fue el primer monero de su generación que se digitalizó; pero, además, es un ejemplo para su generación y para los más jóvenes”.

Algo más o menos similar expresó Beli de la Torre: “Luis Fernando es un autor que siempre se ha acercado a las nuevas generaciones. Le ha apostado a la auto-publicación desde el inicio de su carrera, tanto en medios impresos como en línea; es, en mi opinión, uno de los artistas más completos de su generación, incursionando en medios como la pintura, la caricatura política o la historieta. Es un autor como pocos”, se lee en un comunicado que difundió la propia Secretaria de Cultura.

En él también está la opinión de José “Monero” Hernández, otro de los jueces: “Luis Fernando es un gran contador de historias, maneja muy bien la narrativa gráfica. Además, es un gran ilustrador en cuanto a dibujo, caricatura, ilustración e historieta. Y no sólo eso: él ha sabido avanzar con la tecnología, pues entre sus obras se encuentran trabajos donde se valió de técnicas por computadora”.

Al final, a Bef se le salió una divertida indiscreción: “Aquí tenemos a nuestro Bob Dylan. Y no lo digo de broma: tardamos como 15 días en localizarlo para decirle que había ganado el premio (pues no contesta el teléfono celular si no reconoce el número). Así que, enhorabuena a Luis Fernando”.

§§§

Sentado en el rincón de un restaurante, el historietista, caricaturista y pintor se confesaba; con voz baja, Luis Fernando repitió la pregunta:

—Veamos, ¿quién soy?

Por supuesto, no le habíamos planteado algún dilema metafísico, u ontológico, o epistemológico; no. La cosa fue más sencilla. Le había dicho: si tuviera que explicarle a mi sobrino más pequeño quién es Luis Fernando, ¿qué debería decirle…?

Fue entonces que Luis Fernando soltó una risita; después, se quedó en silencio y miró un punto indeterminado, ordenando sus ideas. En ese momento, repitió la pregunta: “Veamos, ¿quién soy?”

Dicho esto, se tomó otros segundos y luego contestó:

—Soy caricaturista. Ilustrador. Historietista. Y pintor también, aunque no de manera profesional (sin embargo, nunca he dejado de hacerlo). Básicamente, soy un ser gráfico, un ser visual, que está dentro del arte, y que ha vivido en ello prácticamente toda su vida…

Hizo una pausa. Iba a preguntar algo, pero me interrumpió:

—¿Sabes?, mi arranque, en esto de dibujar, fue a muy temprana edad, y con una constancia que iba más allá de lo normal de cualquier niño… Todos los niños dibujan, eso lo sabemos, y algunos más que otros; sin embargo, lo que marca la diferencia es que yo no dejaba de hacerlo en un solo momento. Es más: en la medida en que crecía, todo esto se fue convirtiendo en el centro de mi vida… Era tal la obsesión que todo prácticamente giraba alrededor del dibujo. Ya para entonces me decía a mí mismo: “Esto es lo que voy a ser y hacer”, aunque, por supuesto, no estaba consciente a esa edad de lo que esto significaba. Ahora se ve claro: era una vocación; pero, en aquel tiempo, con nueve o diez años, obviamente eso yo no lo sabía…

Era una tarde tranquila de viernes —en la Ciudad de México— cuando Luis Fernando acudió a nuestro llamado. Le habíamos buscado para charlar sobre sus nuevos libros, y, claro, sobre el premio. Le planteé que un reconocimiento a una trayectoria siempre es un buen pretexto para hurgar en el pasado, saber de las vicisitudes del trayecto, conocer influencias fundamentales y primarias. Le pedí que me contara sobre aquellos primeros años…

Le pregunté entonces sobre su entorno familiar; me interesaba saber si había recibido el apoyo de su familia cuando le comunicó que se dedicaría al arte gráfico.

Luis Fernando sonrió: “Fue completo y total”, me respondió de forma contundente.

Le recordé que, en aquellos años —incluso todavía ahora—, los padres se ponían al brinco cuando alguno de sus vástagos querían dedicarse al arte en general.

—En efecto, eso sigue muy vigente. Todavía se dan casos —me dijo—. Yo tuve mucha suerte, pero sí lo vi con amigos, con familiares incluso, primos que querían coquetear con el arte y que fueron detenidos en seco… En serio: era una cosa de casi secuestrarlos y encerrarlos bajo llave hasta que entendieran, hasta que entraran en razón. Yo tuve el privilegio de que me apoyaron siempre, no tuve ningún problema con esto. No sólo mis padres, también mis abuelos (con los que viví); como se comentaba en ese entonces, y que me parece todavía dicen algunos: “Mientras sea algo de bien, tú haz lo que quieras”… Además, supongo que ellos mismos veían que sí tenía la facilidad del dibujo; que sí había cierta precocidad; que realmente sí había una obsesión por ese mundo (que provocaba que todo el día estuviera haciendo monitos); y de que, a final de cuentas, podía desarrollarse algo a partir de todo esto.

—¿Recuerda cuándo comenzó sentir el gusanillo por la ilustración, por el dibujo?

—No recuerdo un momento exacto, pero sí vienen a mi mente ciertos pasajes de mi infancia; por ejemplo, cuando tenía más o menos nueve años y nos llegaba el periódico Excélsior, que era el que tenía en ese momento más lectores. Te estoy hablando de finales de los cincuenta. Estaba Abel Quezada como caricaturista… Muy a la gringa, algunos periódicos traían cada domingo su sección a color de puras historietas y caricaturas. Y, como cualquier niño, era de los que decía “a mí dame los monitos”; sin embargo, ya veía cómo los adultos se reían del cartón de Quezada, y cómo lo comentaban. Yo ya ligaba, a esa edad, cómo la caricatura producía un efecto en la gente adulta: en mis padres, en mis tíos. Desde luego, no era una reflexión profunda (yo estaba clavado simplemente como niño), era algo más bien intuitivo…

Dicho esto, Luis Fernando hizo una pausa; le dio un sorbo a su bebida. Aproveché para preguntarle si, de niño, había tenido acceso a todo tipo de historietas.

—Sí, claro —me dijo al cabo de unos segundos—. Estaba Superman, Daniel el travieso, La pequeña Lulú, Pato Donald… En aquel tiempo había mucha producción tanto mexicana como extranjera; los puestos de periódico estaban llenos de historietas. Era un momento en el que la televisión apenas estaba entrando a las casas. Así que la vida estaba en la calle, en jugar canicas, en las historietas. Yo era un devorador de ellas y también de cómics… Eso sí: no me gustaban los de superhéroes; desde luego no por razones ideológicas, ¡era un niño! Simplemente, te gustaban o no te gustaban. No sé explicar la razón, pero me aburrían; incluso, se burlaban de mí por eso. Yo me clavaba más por los cómics de aventura: Tarzán, La pequeña Lulú, las aventuras exóticas de Rico Mac Pato. Ya también a esa edad, a mis diez u once años, empecé a relacionar la historieta con la vida de uno, pues cosas que me pasaban en ese momento las convertía en una. Es más: en primero de primaria recuerdo que hice mi primera historieta. ¡Imagínate!

—En ese sentido, ¿cuáles fueron sus primeros maestros, sus primeras influencias?

—Estaban, por supuesto, Quezada y Gabriel Vargas. Marge, la creadora de La pequeña Lulú; me gustaba esa forma de contar, de narrar. Mi abuelo, pero sobre todo mis tíos, compraban mucho MAD, el original, el de Estados Unidos. Yo no entendía muy bien, en ese entonces, el inglés, pero me gustaban los dibujos, algunos eran muy visuales. Ahí estaba un autor que parodiaba las películas o las series de moda, Mort Drucker: a mí me impresionaba mucho su trabajo. En la adolescencia, por otra parte, llegó Rius, quien, tanto por la temática como por el estilo fue gran influencia. Luego llegarían los historietistas underground, los del comix, con gente como Robert Crumb; abordaban lo político, también lo social, lo sexual, las drogas, y, además, estaban los diferentes estilos gráficos: como eran independientes, cada uno tenía el estilo que se le pegaba la gana, ya que se escapaban de los controles de la industria. Ellos también me abrieron los ojos, me mostraron que había otras vías de expresión y otras formas de hacer cómics.

“Por esas fechas nos topamos, descubrimos (y hablo en plural pues me refiero a mi generación), a los autores europeos. Ellos eran más difíciles de conseguir, tanto por su costo como por la distribución, pero así fue como conocimos a Moebius, por ejemplo… A mis veinte años, por otro lado, descubrí casualmente, casi milagrosamente, al gran Edward Gorey, un neoyorquino que hacía una historieta muy sui géneris y que también me marcó mucho. Así que, como puedes ver, tuve muchas influencias que marcaron mi estilo y mi trabajo”.

Mientras le daba un sorbo a su bebida, le pregunté a Luis Fernando justamente sobre su estilo: ¿lo conservaba?, ¿cuánto había cambiado?, ¿tenía características que lo pudieran identificar?

Negó que fuera así de simple:

—Mantienes un estilo, pero a la vez va cambiando, se va afinando. Y eso lo ves en muchos autores y, en general, en todo el arte… Claro, hay algunos que sí se clavan y se esmeran en conservar un estilo, y tratan de no moverse. (Y, aun así, se van refinando cosas, sin embargo no hay un cambio radical.) Por otra parte, hay otros que sabes quiénes son, que identificas su trazo, pero notas su evolución, notas que su estilo ha cambiado. Estos cambios se dan a veces por razones intuitivas, otras deliberadas, y unas más tras alguna reflexión. Así que mi estilo sigue siendo el mismo, pero ha cambiado; lo sé, suena absurdo y paradójico. Lo que sí es cierto es que en alguna época era más preciso (de forma intencional y dentro de lo que era mi estilo), sin embargo me he dado cuenta que ya lo estoy haciendo más suelto, como que ya no me preocupa tanto lo de la precisión, de que si se sale un poco la línea la tengo que  corregir… Hoy ya no es así. Ya no me provoca conflicto. Si veo que me gusta cómo salió, lo dejo. Quiero hacerlo ahora más suelto.

§§§

Pongámoslo de esta manera: desde el año pasado, Luis Fernando ha estado muy inquieto, muy activo, de la mano de la Editorial Resistencia.

Veamos. En el último trimestre de 2017 apareció un nuevo tiraje de su libro Comixtlán; fue una edición de aniversario para festejar los diez años que lleva el sello Resistencia publicando cómic.

Comixtlán es una breve antología de su prolífica carrera. Aunque la selección la hizo a partir de varios aspectos, uno tuvo el mayor peso:

—Simplemente que me gustaran. Con el paso del tiempo uno sabe cuáles son sus mejores trabajos —me dijo Luis Fernando—. Y esta edición es eso.

Por cierto, en Comixtlán casi todas las historias tienen que ver con el país, en un sentido amplio: “A veces por el lado cultural, artístico; a veces por el lado político, social, histórico… Todas tocan de alguna manera situaciones del país”.

Casi a la par también salió La pirámide cuarteada / Evocaciones del 68, un libro que nos presenta al autor como protagonista de su propio relato gráfico.

No se trata de un trabajo de investigación periodística. En ella cuenta de primera mano cómo, siendo un estudiante de 17 años, le tocó vivir estos acontecimientos:

—Es el primer libro que hago totalmente autobiográfico. Es el primer encuentro con algo real; son vivencias personales. En esta obra plasmo todo lo que viví y de lo que fui testigo; fue un gran impacto en mi vida.

Por otro lado, y recién salida de horno (es decir en este 2018), también ya circula la novela gráfica Avándaro / La historia jamás contada, en la cual da cuenta de lo que vivió en ese festival de música realizado en Valle de Bravo en 1971, tan sonado y recordado:

—También es autobiográfica; es mi experiencia en Avándaro —me dijo Luis Fernando—. El libro habla de una parte de la historia que, hasta donde sé, nadie ha hablado… Me refiero a cuando ha terminado ya el festival. A partir de ahí cuento, pues éramos miles saliendo y tratando de llegar a casa.

—Sus dos más recientes libros tienen contenido político y social; la pregunta es: ¿qué función debe tener, si se puede habla de función, la historieta, el cómic…?

—Es el cliché de lo que es el arte, pero sigue siendo cierto y vigente: la historieta, la caricatura, la ilustración (de alto nivel o de gran calidad) no escapan de su condición; es decir, reflejan lo que es el ser humano: sus miedos, sus tragedias, sus virtudes, sus victorias, lo grandioso del ser humano, o lo horrible de él. Y eso lo pueden plasmar en su mundo específico. La historieta, la ilustración, la caricatura reflejan todo esto; desnudan las ridiculeces y las aberraciones que hacemos… Por eso, son importantes. Y, por eso, nunca han sido un arte menor o secundario, como en algún tiempo se le calificó…

Publicado originalmente en la revista impresa La Digna Metáfora, noviembre de 2018.

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