Ilustración de Fernando del Paso. De la serie Destrucción del orden.

Ilustración de Fernando del Paso. De la serie Destrucción del orden.

La roja, roja sangre rencorosa

Poemas de Fernando del Paso (1935-2018). Un homenaje…

Pintor, publicista, diplomático, académico, locutor, periodista y, sobre todo —y por encima de todo—, escritor. Fernando del Paso (Ciudad de México, 1 de abril de 1935 / Guadalajara, 14 de noviembre de 2018) fue uno de los narradores y ensayistas más significativos y originales en la literatura de habla hispana de la segunda mitad del siglo XX. Presentamos una selección de sus poemas, extraídos de dos de sus libros: Sonetos del amor y de lo diario, publicado por El Colegio Nacional, y PoeMar, editado por el Fondo de Cultura Económica.


Sonetos de lo diario
para Socorro

I
Cuéntame tu perímetro y tu tasa,
porque quiero saber cómo te quiero;
porque quiero saberme molinero,
cuéntate de los granos a la masa.

Cuéntame de pronto, por si pasa
a mis manos tu luz, ser espejero;
que me quiero por ti ser alfarero,
por de barro y de cielo hacer tu casa.

Te me das tan de lejos, tan de lado
que son pocos y necios los enseres
con qué hacer a la siembra y al hilado.

Cuéntame de las cosas que me quieres:
si son tierra o embriones, da el arado,
o la tela y el hilo, si alfileres.

II
Ah de ti, de tus manos de costura
que me cosen las alas y los clavos;
de tus ojos, redondos de centavos
que me avaran de moldes y premura.

Ah tu cuerpo de abeja, ojaladura
que abotona mis zánganos esclavos,
ah tu casa de alambre, con lavabos
de reír y llorar jabonadura.

Ah de ti, de tus piernas de piragua,
de tu talle de lilas y de enebro
que me llegan de tarde, por tu enagua.

Ah de ti, de tus frutos que celebro
con vendimias nocturnas, ah del agua
de tijera y deshilo en que me quiebro.

III
Porque me quieres bien y amor prolijo
me otorgas por alcoba y desayuno,
te quiero, bien amor, por oportuno,
y de alcanfor, por blanca, te colijo.

Y se me pone el alma como aflijo
en de tu vientre que me tiene alguno,
que con ser es no es y no es ninguno,
que me quiere partir y no transijo.

Bienjironado fuera cuando abrigo
sea tu penar, y cuna mi bracero.
Conque verás entonces cómo obligo

al corazón con él ser como esmero:
para contigo soy, para contigo,
para tus hostias soy san panadero.

IV
Para darte mi encono, qué no hiciera,
por de mí si calara tus grosellas
y de yugo te fuera con querellas:
con querellas te hubiera y te tuviera.

Alcanzara yo escaño y escalera
de pintar con hollín a tus estrellas,
y taller que fraguara por tus huellas
herradura de yegua alfiletera.

Malquerencia es la mía, y de mohína,
que no quiero quererte y sí quererte
con querencia de muela por la harina.

Bienquerencia que fuera: bienquererte,
es quererte aguador de tinta china
para darte aguacal, y blanquecerte.

Sonetos con lugares comunes

I
Es tan blanca, tu piel, como la nieve.
La nieve quiere al sol por lo brillante.
Y el sol, que se enamora en un instante,
se acuesta con la nieve y se la bebe.

El sol, aunque es muy grande, no se atreve
a hacerse olvidadizo y arrogante:
se acuerda de su novia fulgurante
y se pone a llorar, y entonces llueve.

Y llueve y llueve y llueve y de repente
la lluvia se hace nieve: esta mañana
que nieva tanto en Londres, y ha nevado

luminosa y nupcial y blancamente
en jirones, tu piel, por mi ventana,
ningún sol, como yo, tan desolado.

II
El oro y el otoño, que es su hermano,
se despiden, volando, del verano
y viajan, río abajo, por tu cuello.

Y yo, que me robé y guardé un destello
en el hueco más claro de la mano,
una carta, en las hojas de un manzano
te escribo con su brillo, la embotello

en un litro de luz y te la envío,
y dice así: “el mar, mi casa entera,
el corazón, mis ojos, cinco rosas:

por ahogarme de nuevo en ese río
de dorada quietud, qué no te diera:
mi peso en oro, en sol, en mariposas…”

III
Tus ojos son azules como el cielo,
el cielo es una diáfana mentira,
la mentira, una garza que suspira
por besar a una estrella a medio vuelo.

La estrella es un secreto de tu pelo,
tu pelo es una llama que delira,
y la llama un espejo en que se mira
con la lengua de fuera, un toro en celo.

El toro, por amor, está de hinojos,
el amor es de nubes transparentes,
las nubes son de un sueño y van de viaje,

y al final de ese viaje están tus ojos
que se bañan, desnudos, en las fuentes
más azules y claras del paisaje.

IV
La rosa es una rosa es una rosa.
Tu boca es una rosa es una boca.
La rosa, roja y rosa, me provoca:
Se me antoja una boca temblorosa.

La roja, roja sangre rencorosa
de la rosa, que quema lo que toca,
de tu boca de rosa se desboca
y me moja la boca, ponzoñosa.

La pena, pena roja de mi vida,
de no vivir bebiendo ese lascivo
licor de boca rosa y llamarada,

rubor de rosa roja y encendida,
me ha dejado la boca al rojo vivo,
del rojo de una rosa descarnada.

Nuevos sonetos marianos
Que te acaricie yo, tus pechos, ave,
como rezar las cuentas de un rosario.
Y que mi amor badajo y campanario
te lo repique yo, que yo te clave.

Que sean mis manos, de tus muslos, llave.
Tu rosa, de mis dedos, relicario,
y en su fronda la lengua de un canario
con mi lengua, la sal, que yo le lave.

Nada más eso pido, quiero, ruego.
A eso me dedico y a adorarte
a quererte, y a eso me consagro.

Y te juro, las manos sobre el fuego,
que volveré otra vez a codiciarte
cada vez que cumplas el milagro.

Publicado originalmente en la revista impresa La Digna Metáfora,  noviembre de 2018.

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