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Las razones de la insurrección estudiantil en Francia

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Octubre, 2026

Desde Francia, Emilio Chauvet Figueroa redacta estas líneas sobre las recientes protestas y movilizaciones. Escribe: “Las imágenes son sorprendentes, por supuesto, y sacadas de su contexto llegan a ser desconcertantes”. Pero lo que ocurrió el sábado 17 de octubre de 2026 no es el resultado de una horda de vándalos sin nada mejor que hacer; es, por el contrario, un legítimo movimiento estudiantil que ha sido violentamente reprimido. A las protestas iniciales por las precarias condiciones en los colegios franceses, se han sumado otras. Desigualdad, migración y economía están ahora bajo el foco.

Si bien es cierto que, desde hace semanas, el movimiento estudiantil francés en curso ha merecido algunas menciones en los medios de comunicación, lo ocurrido el pasado sábado 17 de octubre lo condujo hasta las primeras planas internacionales. Los saqueos y las barricadas en París, la policía nacional desbordada retirándose en Marsella y permitiendo a la multitud irrumpir en el ayuntamiento de la segunda ciudad más poblada del país, el ayuntamiento de la pequeña ciudad de Limoges en llamas y tantas más postales impactaron a las buenas conciencias, que de pronto se preguntaron, junto con Macron, “¿qué pasa por las cabezas de estas personas?”. La diferencia, sin embargo, entre la pregunta formulada por el presidente francés el domingo 18 de octubre de 2026 en su solemne discurso a la nación y la que se hacen, con justa razón, quienes desconocen el contexto político de Francia, es que la primera es producto del más puro y simple cinismo. Las imágenes son sorprendentes, por supuesto, y sacadas de su contexto llegan a ser desconcertantes, pero la magnitud y la forma que adquirió la movilización social del sábado pasado se explican fácilmente en el marco de las movilizaciones estudiantiles recientes y la violenta represión policial con que el gobierno macronista las ha enfrentado. Lo que ocurrió el sábado 17 de octubre de 2026 no es el resultado de una horda desbordada de vándalos delincuentes sin nada mejor que hacer que saquear supermercados, sino de un legítimo movimiento estudiantil violentamente reprimido y de un progresivo y peligrosísimo avance de la extrema derecha en Francia.

Las semanas previas: los bloqueos de los liceos y la represión policial

El estallido social del 17 de octubre ocurre en el marco de un movimiento estudiantil que, en realidad, comenzó a gestarse en septiembre, en los liceos de los territorios de ultramar, es decir, en las antiguas colonias. En los primeros días de su regreso a clase, los 2 mil trescientos estudiantes del liceo Cité du Nord (nivel medio superior), en la isla africana de Mayotte, decidieron que no era posible seguir estudiando hacinados en salones de edificios prefabricados —establecimientos originalmente concebidos para recibir a algunos cientos de alumnos—, donde los profesores son insuficientes para cubrir las horas de clases que les son asignadas. Al poco tiempo, le siguieron los liceos de otros territorios de ultramar. El movimiento llegó a la metrópoli el 21 de septiembre, cuando los estudiantes de un liceo de Créteil, a las afueras de París, decidieron bloquear el acceso a las instalaciones para denunciar la falta de condiciones materiales y humanas para estudiar. En cuestión de días, y de manera espontánea, le siguieron cientos de liceos, exponiéndose así la degradación y el abandono en que se encuentra la educación nacional francesa. Los testimonios que circularon muy pronto por las redes sociales son desoladores: salones sobresaturados en zonas donde se registran 8° C en invierno y 35° C en verano, múltiples goteras, estudiantes tomando notas en el suelo ante la falta de sillas y mesas, intentando seguir las enseñanzas del profesor, cuando lo hay.

La respuesta del gobierno fue contundente: enviar a la policía nacional a todos y cada uno de los liceos bloqueados para poner fin al movimiento lo antes posible. Diariamente, durante semanas, delante de cientos de liceos, la policía nacional utilizó armas de “letalidad reducida”, clasificadas como “material de guerra” según la propia calificación del Ministerio del Interior, en contra de adolescentes de 16 años, profesores y padres de familia sensibles a las reivindicaciones estudiantiles. La utilización de estas armas está regulada por una legislación convenientemente imprecisa que estipula que las granadas ensordecedoras que explotan generando un ruido de 160 decibeles y dispersando gas lacrimógeno en pastillas ardientes a 250°C, o bien las granadas de dispersión, que explotan y arrojan trozos de caucho, sólo pueden ser utilizadas cuando es “absolutamente necesario”. Hasta el día de hoy, 4 adolescentes han sido mutilados por las fuerzas del orden (dos perdieron la mano, uno, el ojo y el último, los dientes, quedando con la mandíbula fracturada) y casi 8.000 personas han sido arrestadas, en su gran mayoría menores de edad.

Imagen de las protestas en la estatua de Marianne, en París. / YouTube (Noticias Caracol)

Lejos de conducir a la desmotivación, la represión ha llevado a la ampliación del movimiento. A partir de la primera semana de octubre, se sumaron a los bloqueos liceos públicos de los centros urbanos y algunos liceos privados, ambos conocidos por atender a poblaciones privilegiadas. Al mismo tiempo, numerosas universidades reprodujeron la dinámica de los bloqueos y la organización de asambleas generales. Si bien el estado de las universidades públicas es menos dramático que el de los liceos, éstas sufren degradaciones similares a consecuencia de la política de austeridad neoliberal de Macron: en muchas facultades, el número de materias ofrecidas se reduce año tras año, las clases están sobresaturadas, el mobiliario escolar y la infraestructura muestran un claro estado de deterioro (sin que ninguna renovación sea posible con la asignación presupuestal vigente) y el profesorado, rebasado por una carga laboral aplastante, no se da abasto para atender a los estudiantes de posgrado en sus investigaciones.

Durante el mes de octubre, a los bloqueos se sumaron las marchas. Con un ritmo de al menos dos por semana, cientos de miles de estudiantes de liceo, universitarios, profesores, padres de familia y numerosos sindicatos y colectivos salieron a las calles, a nivel nacional, para manifestar su desacuerdo con la actual gestión del presupuesto y con la represión policial. La respuesta, una vez más, fue la represión por parte de las fuerzas del orden. El uso desmedido de gas lacrimógeno, los golpes de macana, las tácticas de acordonamiento por parte de la policía nacional y la anonimización ilegal de sus integrantes mediante el ocultamiento deliberado de la matrícula de identificación se volvieron sistemáticos. Los cateos previos a las manifestaciones para retirar cubrebocas, suero fisiológico (para limpiarse el gas lacrimógeno de los ojos) y hasta pancartas con mensajes contra los oficiales en turno resultan ya escenas comunes. En París, a pesar de seguir los recorridos autorizados por la Prefectura de policía, los cortejos de manifestantes son impedidos en los puntos de encuentro a la hora establecida, hostigados a lo largo del camino y se ha vuelto común que, en las plazas donde las manifestaciones terminan, todas las salidas, menos una, sean bloqueadas por la policía nacional veinte minutos antes de ordenar la dispersión de los participantes. Las escenas, muchas veces filmadas por los participantes, llegan al delirio: la gente camina de un lado al otro preguntando a los policías que rodean la plaza por dónde retirarse, a lo que éstos responden con su ignorancia, invitando a los manifestantes a seguir buscando la salida mientras los megáfonos continúan ordenando la dispersión. A los pocos minutos, llueven granadas de gas lacrimógeno y macanazos. Los arrestos masivos son el colofón natural.

El contexto inmediatamente previo al estallido social del 17 de octubre es, pues, el de un legítimo movimiento estudiantil que puso en cuestión la política neoliberal de austeridad impuesta por el gobierno de Macron a lo largo de diez años. En términos presupuestales, el balance es desastroso: el gasto por estudiante, tomando en cuenta todos los niveles educativos, bajó 20 % en diez años. En ese mismo periodo, el presupuesto del ejército se duplicó y la deuda pública aumentó como nunca, pasando del 97 % al 119 % del PIB, en buena medida como consecuencia de la disminución de los ingresos del Estado gracias a una política fiscal hecha a la medida de las grandes fortunas. Estas cifras tienen un impacto concreto en la calidad de los servicios públicos: los estudiantes preparatorianos de los barrios populares pasan frío en sus salones durante el invierno, se sofocan durante el verano, se aglutinan en números de 35 y 40 en salones diseñados para 25, se apilan en el suelo por falta de mobiliario y ven constantemente sus clases anuladas por falta de profesores.

La protesta del 17 de octubre se anunció semanas atrás y originalmente estaba centrada en la denuncia del alto costo de la vida. Sin embargo, dado el desarrollo del movimiento estudiantil, diversos sindicatos estudiantiles y de trabajadores se sumaron a la propuesta. Los días inmediatamente previos a la manifestación se anunciaba ya el caos: la Prefectura de policía de París rechazaba las propuestas de recorrido para finalmente autorizar, en la medianoche del viernes, dos trayectos que partían de la misma plaza, aunque en direcciones opuestas, lo que condujo a que el día acordado los simpatizantes no tuvieran claro a dónde ir. En redes sociales circulaba todo tipo de información sobre cómo protegerse de la represión policial, hasta que finalmente comenzaron a circular propuestas de manifestaciones “salvajes”, que es como popularmente se conoce a las manifestaciones no declaradas ante la Prefectura ni autorizadas por ella bajo el doble argumento de que: 1) no servía de nada manifestarse en el marco legal si de cualquier modo las reivindicaciones no serían atendidas, y 2) que los pequeños cortejos altamente móviles serían más difíciles de reprimir que los cortejos multitudinarios, los cuales recorren los grandes bulevares para dirigirse a las plazas habituales donde centenas de camiones de policía los esperan macana en mano. En pocas palabras, la propuesta de una manifestación fuera del marco legal surgió como resultado directo de las decisiones del gobierno de Macron, que durante semanas hizo todo lo posible para reprimir el movimiento estudiantil y para impedir el libre ejercicio del derecho constitucional a la manifestación.

El 17 de octubre

Fue en esta olla de presión que entre 550 mil y 800 mil personas salieron a las calles a manifestarse contra el alto costo de la vida, contra la destrucción neoliberal de la educación y contra la represión policial. La inmensa mayoría lo hizo siguiendo los recorridos autorizados de último minuto, aunque no sin dificultades. En París, la plaza de la República, que fue declarada el punto de encuentro autorizado de ambos recorridos, se encontraba inundada de gas lacrimógeno una hora antes del inicio de la manifestación, lo que rápidamente dio lugar a enfrentamientos y obligó a una gran mayoría a sumarse a los cortejos unas cuadras más lejos. Algunas de las postales más impactantes de ese día —un quiosco de periódicos en llamas, supermercados y comercios cuyos productos fueron repartidos colectivamente— ocurrieron sobre la plaza de la República y en las calles aledañas, y tuvieron como origen, al menos parcialmente, la aterradoramente desastrosa actuación de la policía nacional, quien gaseó y atacó una manifestación autorizada y perfectamente legal. Fuera de ese choque inicial, la policía nacional dejó de ser vista en los recorridos oficiales porque, desbordada ya y en números más reducidos que los que uno esperaría, estaba ocupada jugando al gato y al ratón con la pequeña minoría que decidió desviarse de los recorridos autorizados y generó el mayor escándalo posible mientras se dirigía, en pequeños contingentes de unos cuantos cientos de personas, a los Campos Elíseos y al Palacio del Elíseo, sede de la Presidencia de la República.

17 de octobre 2026 en París. / Foto: FreCha (Wikimedia Commons)

En otras ciudades del país la historia fue similar: un número relativamente pequeño de policías y una desastrosa gestión de las multitudes. El ministro del Interior, Laurent Nuñez, dijo el domingo por la noche no haber anticipado correctamente el número de manifestantes, lo que explicaría por qué fueron movilizados sólo 60 mil elementos, cuando en los días de mayor tensión del movimiento de los Chalecos Amarillos la cifra ascendió hasta 89 mil. ¿Es descabellado hablar de una movilización policial deliberadamente reducida con la intención de incrementar las tensiones y generar un desbordamiento? Sea como resultado de una decisión política calculada o como producto de una mala previsión, el gobierno de Macron fue directamente responsable de no garantizar el ejercicio del derecho a la protesta en un marco adecuado.

Los enfrentamientos entre la policía nacional y los manifestantes a sólo unos cientos de metros del Elíseo duraron horas y pasaron desapercibidos. Las pequeñas barricadas y fuegos menores aparecieron y desaparecieron a lo largo del día y hasta bien entrada la noche.

Ahora bien, ¿por qué se ha dicho que esto es una muestra fehaciente de la “fascistización” de Francia? Hablar de la represión autoritaria de un movimiento social es ya lo suficientemente grave, como lo constata la condena de distintas organizaciones internacionales de derechos humanos, entre ellas Amnistía Internacional. Sin embargo, existen tres razones más para sostener que la situación actual en Francia es el resultado de un viraje hacia la extrema derecha de la clase política gobernante, representante de una derecha tradicional.

⠀⠀⠀⠀1. La dimensión racial de las propuestas: el elefante en la habitación

La primera razón es que, como lo señaló recientemente en una entrevista la politóloga y ensayista Fatima Oussak, basta con escuchar atentamente las reivindicaciones estudiantiles para darse cuenta de que la cuestión racial es el elefante en la habitación. Aún si rara vez es mencionado de manera explícita, el movimiento estudiantil es esencialmente un movimiento antirracista que tiene como reivindicación central la justicia social y el acceso equitativo a la educación nacional. En la última década, el presupuesto nacional de la educación bajó año con año, y si bien algunos de los efectos de esa desinversión son generalizados, las degradaciones más dramáticas en la calidad del servicio público son claramente diferenciadas. El origen del movimiento preparatoriano en los territorios de ultramar y en los barrios periféricos de París no es secundario: son los jóvenes racializados, descendientes de inmigrantes y pertenecientes a las clases populares, quienes se ven impedidos de estudiar en condiciones dignas. En un país donde la trayectoria educativa tiene un impacto considerable en la vida profesional, el movimiento estudiantil actual debe comprenderse como un movimiento por la justicia social en el campo educativo. El reclamo estudiantil no se reduce  exigir un aumento in abstracto del presupuesto educativo, sino a demandar un aumento acompañado de igualdad de condiciones en el aprovechamiento del servicio público.

Para ilustrar la dimensión racial, siempre presente y raramente nombrada, vale la pena recordar dos pancartas ampliamente visibilizadas en las marchas que denotan la desigualdad en el terreno educativo. Durante el bloqueo del prestigioso y emblemático Liceo Henri-IV situado a dos pasos del Panteón, cuyos salones han visto pasar innumerables figuras intelectuales y políticas, Macron entre ellas, los estudiantes sostenían pancartas que decían: “somos privilegiados y queremos compartir”. Fotografías de las pancartas y videos de los estudiantes coreando la misma consigna circularon ampliamente por redes sociales. La segunda pancarta, por su lado, presente en todas las marchas y reproducida miles de veces, dice una frase aparentemente sin sentido: “Bismillah, c’est les ténèbres”. Se trata de un eslogan satírico que tiene como origen la captura de pantalla de un mensaje enviado a través de la red social Snapchat, atribuido a un supuesto policía infiltrado, del que se sospecha haberse hecho pasar por un estudiante racializado de liceo para obtener información sobre los bloqueos. “Bismillah”, que significa “en el nombre de Dios”, es uno de los muchos términos árabes que, para horror de las buenas consciencias, forma parte del argot juvenil, especialmente, aunque no de manera exclusiva, en las periferias urbanas socialmente diversas. Combinando faltas de ortografía, expresiones en árabe, banderas argelinas, un nombre de cuenta que sugiere un origen étnico del oeste africano e invitando a la destrucción de infraestructura pública, el mensaje del que el eslogan satírico fue extraído supone a un policía blanco que se hace pasar por un estudiante racializado que usa desastrosamente los códigos de comunicación juveniles. Si bien no existe, hasta el momento, una investigación periodística que confirme o desmienta un intento de la policía por infiltrarse en el movimiento estudiantil mediante cuentas falsas en Snapchat, las risas que tales capturas de pantalla suscitan son testimonio del racismo sistemático atribuido a la policía. Como dice la sabiduría popular (y repitiera Freud en su estudio sobre la relación entre lo cómico y lo inconsciente): “entre broma y broma, la verdad se asoma”. La importancia de la anécdota no radica en la veracidad del intento de espionaje de la policía, sino en el hecho de que a una gran mayoría le resulta verosímil imaginar a una policía nacional que sólo ve a los estudiantes movilizados como delincuentes racializados, culturalmente extranjeros, que no saben hablar francés “correctamente” y buscan únicamente provocar el caos y hundir al país en “las tinieblas”.

Liceo Jules Ferry en París. / Foto: Guallendra (Wikimedia Commons)

Sumadas, ambas pancartas dan cuenta de una juventud consciente del efecto de las medidas de austeridad social impuestas por el gobierno neoliberal de Macron, las cuales agravan las enormes disparidades existentes entre los centros educativos públicos de la ciudad y los de las periferias urbanas, las comunidades rurales y los territorios de ultramar. Lo más importante, sin embargo, es que nos muestran a una juventud consciente de que la disparidad encierra un componente racial innegable. Si bien Macron nunca se ha manifestado explícitamente a favor de una segregación racial de los servicios públicos, en los hechos, sus políticas producen resultados similares a los que podrían tener las de una Marine Le Pen, quien abiertamente aboga por un acceso diferenciado a servicios públicos en función de criterios racistas, apenas si disimulados tras el eufemismo de la supuesta “prioridad nacional”.

Por sí mismo, este fenómeno no justifica la calificación de “fascistizante” que hemos usado más arriba para describir al gobierno de Macron. El empleo de las instituciones del Estado para la reproducción de desigualdades sociales no es exclusivo de los proyectos de extrema derecha. El panorama cambia considerablemente, sin embargo, si tomamos en cuenta el tratamiento mediático de las manifestaciones. Es en el análisis del discurso mediático donde el alineamiento entre los actores políticos de extrema derecha, el gobierno macronista, la derecha tradicional y los mismos editorialistas de los medios de comunicación se vuelve evidente.

⠀⠀⠀⠀2. Derecha tradicional, extrema derecha y medios de comunicación: tres voces, un mismo discurso

Una segunda razón para pensar que la normalización de la extrema derecha en Francia es grave es, pues, el abordaje mediático del movimiento social. El paisaje mediático francés se ha visto transformado radicalmente en la última década como consecuencia de la concentración de los medios de comunicación más influyentes del país en manos de unos cuantos multimillonarios que simpatizan con la extrema derecha. Los casos paradigmáticos son los de Vincent Bolloré y Pierre Édouard Stérin. Día y noche, personajes políticos y opinólogos de extrema derecha, que durante décadas fueron considerados impresentables, como Éric Zemmour —cuyo racismo desacomplejado hace ver a Marine Le Pen como una dulce y sensata viejecilla— o la propia Le Pen, tienen el micrófono en cadenas informativas como CNews, imponiendo, de esta manera, su agenda político-mediática al conjunto del ecosistema comunicativo.

Como consecuencia de esta profunda transformación, los grandes medios de comunicación, tanto privados como públicos, han hecho una cobertura desastrosa del movimiento, la cual tiene por objetivo legitimar su represión. Durante las primeras semanas de movilizaciones a nivel nacional, en el noticiero de France 2 —un medio de información público y la segunda cadena de televisión más vista en el país—, por cada minuto en el que se habló de las reivindicaciones estudiantiles, se hablaron siete de los botes de basura incendiados esporádicamente en alguno que otro bloqueo. Las imágenes de los noticieros y la nula atención a la violencia policial pretenden hacer creer que no nos hallamos frente a un movimiento estudiantil, sino frente a expresiones de la “violencia urbana”, por definición ilegítima, sin ninguna otra motivación que el deseo de provocar el caos. La narrativa de los medios de comunicación ha sido irresponsable e injustificadamente acrítica del discurso gubernamental y del de los actores políticos de extrema derecha.

Como muestra de esta convergencia, bastan las palabras con que Laurent Nuñez, ministro del Interior, justificara hace tres semanas las actuaciones de la policía: “En la derecha y en la extrema derecha del espectro político, hay quien dice que el ministro da instrucciones de moderación. Esto es falso. No hay ninguna instrucción de moderación. Y, por otra parte, tampoco hay ninguna instrucción de no utilizar todo el armamento intermedio del que disponen las fuerzas de seguridad interior. Estamos entrando en una situación de disturbios y violencia urbana. Se utilizan todas las armas intermedias para ponerle fin”. La segunda mitad de la intervención fue ampliamente comentada y discutida. Y con justa razón: las palabras del ministro fueron pronunciadas en el mismo momento que circulaban las primeras noticias de menores mutilados por las armas policiales. La brutalidad de las declaraciones, sin embargo, hizo ignorar la primera frase de la intervención, la frase que la contextualiza. Al comienzo de su declaración, Nuñez aclaró que a quien se dirigía era a la extrema derecha: es ella el interlocutor declarado del gobierno de Macron, es a ella a quien le rinde cuentas y a quien le explica que no es necesario alarmarse, que todas las armas a disposición de las fuerzas del orden están siendo utilizadas para reprimir a los estudiantes racializados que osaron pedir que en sus escuelas hubiera suficientes bancas y suficientes profesores.

⠀⠀⠀⠀3. La Francia Insumisa, “los facciosos de ultraizquierda”, “la escoria arabo-musulmana” y demás culpables fantásticos del 17 de octubre

Sin ningún fundamento, tanto el gobierno macronista como sus aliados de extrema derecha han repetido una y otra vez que el partido de izquierda con mayor intención de voto para la próxima elección presidencial, La Francia Insumisa (LFI), y particularmente su líder y candidato, Jean-Luc Mélenchon, son responsables de incitar al desorden y a la violencia. Diversas figuras de izquierda, incluyendo a los principales personajes de La Francia Insumisa, han expresado efectivamente su solidaridad con los estudiantes movilizados, pero el llamado de parte de la izquierda a manifestarse de manera pacífica, calmada y en orden ha sido constante. Pero su participación en la organización del movimiento ha sido, en realidad, marginal: la movilización estudiantil tiene un ritmo, una agenda y una dinámica propias que no encuentra su origen en La Francia Insumisa ni en ningún otro partido político de izquierda. A lo mucho, se puede hablar de una convergencia de intereses que no tiene por qué sorprendernos ni por qué asustarnos: un partido político cuyo programa denuncia la desigualdad escolar y que propone aumentar el presupuesto de la educación nacional es un potencial aliado, natural y legítimo, del movimiento estudiantil. Esto no ha impedido, sin embargo, que el gobierno macronista imponga la narrativa según la cual Mélenchon es el responsable detrás de las violencias ocasionales en los bloqueos escolares. La falta absoluta de pruebas que sustenten dicha afirmación no ha impedido, empero, que los medios repitan una y otra vez que, en efecto, detrás de la escalada de tensiones se encuentra el partido político que no ha dejado de llamar a la manifestación pacífica y no la represión violenta de un movimiento encabezado por menores de edad por parte de una policía nacional excesivamente armada, la cual carece de órdenes de autocontención.

En este mismo sentido, y como prueba del abandono de la trinchera habitual de la derecha liberal en su acercamiento a la extrema derecha, el pasado 1 de octubre, Bruno Retailleau, antiguo ministro del Interior de Macron y candidato a la elección presidencial por parte de Los Republicanos, opinaba en televisión nacional que el LFI es “un partido fascinado por la violencia, que incita a la sedición e incluso intenta organizar la insurrección. Lo que está ocurriendo hoy frente a los liceos es el ensayo general de lo que podría suceder en 2027 si Le Pen ganara”. Para la derecha tradicional, supuestamente mesurada y responsable, las cosas son muy claras: exigir condiciones de estudio dignas es un crimen gravísimo y el derecho constitucional a la manifestación es una seria amenaza al orden público. El verdadero peligro para las instituciones republicanas, y aquello que debería inquietar al electorado francés, no es la extrema derecha, sino la posible contestación de la izquierda. Por suerte y para bien de la democracia, Retailleau ofreció pistas para una posible solución: “Creo que hoy se plantea una cuestión y es la de la prohibición de LFI. Es muy complicado desde un punto de vista jurídico, pero la lanzo al debate público”, añadió. Declaraciones como ésta muestran el grado de fragilidad en el que se encuentra el estado de derecho en Francia y cuánto terreno han ganado las narrativas desvergonzadamente antidemocráticas y autoritarias, propias de la extrema derecha. ¿Qué importa si es legalmente complicado impedir la participación electoral de la primera fuerza de oposición?, se pregunta una de las figuras centrales de la derecha clásica. Lo importante es impedir que un partido cuyos portavoces han condenado una y otra vez la degradación material de infraestructura pública siga propagando el “caos”.

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