Enero, 2026
Fue bautizado con el nombre de Manuel Sánchez Navarro Schiller, pero el mundo hispanoamericano lo conocería como Manolo Fábregas. Nacido en España en julio de 1921, llegó a México aún siendo un niño, en 1934. Aquí creció, se casó, trabajó y murió; sin embargo, en ese lapso se convertiría en uno de los actores más conocidos del teatro y el cine, y luego en un reconocido productor teatral. Ahora que se cumplen tres décadas de su partida —murió en febrero de 1996—, Víctor Roura recuerda al también llamado Señor Teatro.
Por supuesto, en la televisión comercial se le dio un vuelo impresionante a la muerte de Manolo Fábregas (nacido Manuel Sánchez Navarro Schiller en Vigo, España, fallecido en la Ciudad de México el 4 de febrero de 1996, curiosamente apellidado Fábregas desde 1951 —aunque llegó con su familia a México en el año 1934— en que celebró su boda con Fela Fábregas, quien, a diferencia de lo acontecido comúnmente en un matrimonio, ella esta vez fue la que le dio un apellido a su esposo), ocurrida hace tres décadas a sus 74 años de edad.
No sólo eso.
Toda una semana, Televisa dedicó un ciclo cinematográfico al actor. Se habló en la pantalla casera de su imponderable obra. Gracias a su empresa teatral, México conoció de cerquita las puestas en escena del Primer Mundo.
Artísticamente, se subrayó en los medios electrónicos que Broadway amaneció geográficamente en la Ciudad de México debido a la tenacidad de Fábregas. Que antes de él no había actores en México que, simultáneamente, bailaran, cantaran y actuaran como Gene Kelly lo hacía con tanta facilidad.
Es más, que de no haber sido por Manolo Fábregas el mexicano no asistiría al teatro.
Pero en los documentos, en la historia escrita, la situación es otra. En Escenarios de dos mundos / Inventario teatral de Iberoamérica (Centro de Documentación Teatral, España, 1988), que conjunta cuatro tomos en más de mil 500 páginas, el nombre de Manolo Fábregas aparece una sola vez: “La comedia musical logró un éxito enorme en 1957 con la puesta en escena de My fair lady, trasplantada por Manolo Fábregas a nuestro país, como más tarde hizo con todos los musicales de éxito de Broadway y el West End [tanto el Broadway de Nueva York como el West End de Londres eran los barrios más afamados del teatro en el mundo] de aquella época. Incluso llegó al propio Broadway como el Rey de Siam” (volumen 3, página 104).

En esa monumental obra se hallan las historias teatrales de Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, Costa Rica, Chile, Cuba, Ecuador, El Salvador, España, Estados Unidos, Guatemala, Honduras, México, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Perú, Portugal, Puerto Rico, República Dominicana, Uruguay y Venezuela. Y como se puede apreciar muy bien, Fábregas aparece como un trasponedor, un empresario dedicado únicamente a exportar obras ya exitosas, comúnmente musicales. Esto no significa que no tenga un lugar en el espacio teatral del país, o que le sea negada su presencia teatral, pero indudablemente Manolo Fábregas no se ocupó del teatro mexicano sino que hizo del teatro un negocio personal millonario. No alentó la creación de un teatro mexicano, sino se dedicó exclusivamente a explotar los éxitos asegurados de las obras estadounidenses.
Su función, sí, como bien dice Armando Partida en Escenarios de dos mundos, ya citado, era la de trasplantar únicamente, sin riesgo de ningún tipo, las obras que de antemano una clase exquisita de la Ciudad de México iría a mirar acaso para no rezagarse en la moda.
Es como si Don King, válgasenos la pésima comparación, figurase en la historia del boxeo nacional por el hecho de negociar combates sagrados.
No.
Tampoco.
Porque sería disminuirle algunos méritos actorales.
Humberto Musacchio, en su Diccionario Enciclopédico de México, resalta sus virtudes: “Manolo Fábregas / nacido en España en 1921. Nombre profesional de Manuel Sánchez Navarro Schiller. Adoptó como propio el apellido de su abuela Virginia Fábregas. Actor de cine y teatro desde 1936, director escénico y empresario… En 1965 dio el nombre de Manolo Fábregas al teatro Ideal. En 1951 se presentó por primera vez en el Palacio de Bellas Artes en La culta dama, de Salvador Novo, obra a la que siguieron Contigo, pan y cebolla, de Eduardo de Gorostiza, y Mi cuarto a espadas, de Aquiles Elorduy… Contratadas por él llegaron a México Amparo Rivelles, Aurora Bautista y Nini Marshall. Los domingos, entre 1952 y 1955, presentó más de 150 piezas dramáticas en el canal 4 de televisión… En la escena ha tenido varios éxitos, entre otros el de personaje principal en Violinista en el tejado. Obtuvo una Diosa de Plata por su actuación en Mecánica nacional (1972)”.
La bonanza financiera en Manolo Fábregas fue, a la vez, su derrumbe en la escena histórica teatral de México. Porque, obsesionado por las copias broadwayanas, lo que le significaban varios miles de pesos en los bolsillos, se olvidó de su teatro, el mexicano, si es que alguna vez lo consideró realmente suyo —y hay indicios de que así fue.

Vicente Leñero, en su Vivir del teatro (Joaquín Mortiz, 1982), lo retrata tal como fue desde que se decía, Fábregas, benefactor e impulsor del único teatro visible en México: el suyo.
“Cuando alguien lo acusaba de malinchista —contaba Leñero— él decía que no, que eso no era cierto; también había arriesgado su dinero y su prestigio montando obras nacionales como El pequeño caso de Jorge Lívido de Sergio Magaña y El eterno femenino de Rosario Castellanos, pero había fracasado y, perdido dinero por eso, porque eran obras mediocres. —Yo lo he comprobado personalmente —decía Manolo Fábregas—. En México no hay por desgracia un autor que pueda compararse siquiera con Neil Simon. —Reparaba de pronto en mi presencia y se ponía cortés—: ¿Tú nunca has pensado en escribir una comedia musical?”
Fábregas le entregó a Leñero un viejo libreto mimeografiado, Las de Caín, de Carlos Arniches. “No se trata de que hagas una adaptación —le dijo Fábregas— sino que tomes exclusivamente la idea de Arniches. Es lo fundamental”.
Leñero se puso a trabajar.
Bautizó su obra con el nombre de Las hijas de don Martín. Se vieron una o dos veces, luego de esa propuesta de Fábregas, quien estimulaba a Leñero a proseguir con su obra, seguramente un futuro éxito similar a los de Broadway.
Pero ya nunca más, luego de su aliento, lo volvió a recibir (¿para qué iniciar un proyecto que, intuitivamente, no iba a generar ganancias?). Finalmente, para Manolo Fábregas la buena obra de teatro era la que ya se había montado. Por eso, él la volvía a montar sin protocolos. Y con la apabullante publicidad de la televisión, obviamente.
Sin la propaganda televisiva, el teatro mexicano aparentemente no sirve para nada… ![]()



