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¿Los marcianos llegaron ya? (No, ni están ni se les espera)

Septiembre, 2023

Dossier. Los ovnis están ocupando la esfera pública en varios países —como se pudo ver recientemente en Estados Unidos y México. Son tantos los avistamientos que dicen tener documentados de fenómenos anormales nunca antes vistos que los expertos se dirigen a los gobiernos para que compartan esa información con los científicos y la sociedad a fin de extraer de ella toda su utilidad para el avance del conocimiento. Drones, aviones, globos de investigación, equipos militares y fenómenos meteorológicos están detrás de la mayoría de los ‘fenómenos aéreos no identificados’, aunque algunos siguen sin tener una explicación. Se necesita información válida para la ciencia, ha dicho la NASA. De hecho, en respuesta al ávido interés que en los últimos meses ha surgido sobre el tema, la agencia espacial estadounidense ha informado que creará un departamento especial para estudiar los Fenómenos Aéreos No Identificados (FANI en español, UAP en inglés: Unidentified Anomalous Phenomena), tras haber constatado que los que llamamos tradicionalmente ovnis no se están estudiando adecuadamente. ¿Nos han visitado los extraterrestres? De esto nos hablan, respectivamente, los astrobiólogos David Barrado Navascués, Ester Lázaro Lázaro y César Menor-Salván.


Ovnis extraterrestres: ni están ni se les espera

David Barrado Navascués


A principios de este 2023, las fuerzas armadas estadounidense derribaron varios objetos no identificados que se encontraban dentro de su espacio aéreo y Canadá. Las primeras declaraciones oficiales sobre su origen fueron ambiguas, sin descartar la procedencia extraterrestre. De hecho, desde hace meses se vuelven a escuchar noticias recurrentes sobre avistamientos de numerosos objetos volantes no identificados, los famosos UFO u ovnis. ¿Qué hay detrás de este fenómeno?

Conocidos ahora como UAP (siglas en inglés de Unidentified Aerial Phenomena), o como FANI en su traducción al español (Fenómenos Aéreos No Identificados), estos eventos nos enfrentan a ciertos miedos y, en cualquier caso, a la incertidumbre.

Cuando Wells y Welles desataron el pánico

Posiblemente, el caso de pánico más evidente tuvo lugar con la adaptación radiofónica en 1938 por parte de Orson Welles de la novela de ciencia ficción La guerra de los mundos, escrita en 1898 por H. G. Wells. La narración con su poderosa voz desató cierta alarma social en Nueva Jersey y Nueva York en 1938, cuando numerosos oyentes creyeron que se había iniciado una invasión por parte de alienígenas procedentes de Marte.

Desde entonces, los avistamientos de supuestas naves extraterrestres se han sucedido de manera desigual, tanto en el tiempo como por su dispersión geográfica. La proliferación de cámaras digitales y el uso de las redes sociales han dado alas a algunos testimonios aparentemente enigmáticos, especialmente cuando han sido protagonizados por pilotos de aviones, tanto civiles como militares.

Ilustración de Henrique Alvim Corrêa para la edición en francés (de 1909) de La guerra de los mundos. / Imagen: Wikimedia Commons 

El reconocimiento oficial del fenómeno

Tras décadas de ser ignorados por el mundo académico y los estamentos oficiales, la Oficina del Secretario de Defensa de Estados Unidos creó a mediados de 2022 el All-domain Anomaly Resolution Office (AARO), para estudiar los avistamientos. Se centralizaban así recursos y comités que habían investigado los fenómenos de manera dispersa durante los años anteriores.

Los primeros informes ya están disponibles, y la oficina tiene el encargo del Congreso de ese país de informar de manera continua.

También la NASA ha hecho un estudio independiente. Está centrado en identificar los datos disponibles y buscar la mejor manera de recopilarlos y usarlos para avanzar en la comprensión científica de los FANI.

Captura de uno de los vídeos desclasificados por el Departamento de Defensa de Estados Unidos grabados por pilotos de la Armada estadounidense en los que se revelan fenómenos aéreos no identificados.

¿Qué es un FANI?

Como el mismo nombre indica, cualquier objeto que vuele y no se identifique claramente con una nave aeroespacial se clasifica como FANI. Su verdadera naturaleza, si se llega a desvelar, puede ser muy variada. Incluye tanto fenómenos naturales como otros producidos, de diversas maneras, por artefactos humanos.

Entre las causas naturales se encuentran los fenómenos meteorológicos o atmosféricos. Aquí tienen cabida las nubes con formas y colores peculiares; los reflejos de la luz solar (o de algún planeta) sobre el agua y/o las nubes; el arcoíris; el rayo verde, fenómeno óptico que se produce justo antes de que se ponga el Sol; los parhelios, reflejos de luz solar alrededor del astro; los arcos de Kern, círculos de luz que se forman en las zonas frías; y los pilares solares, haces luminosos reflejados por cristales de hielo.

Otra fuente potencial de FANI son las auroras boreales, un fascinante espectáculo que sólo se suele dar en regiones cercanas a los polos.

La tecnología humana también los genera. Entre las explicaciones últimas se encuentran las estelas de aviones que han sido iluminadas de una manera particular; las producidas por los lanzamientos de algunos cohetes espaciales (como el peculiar remolino que dejó una nave Falcon 9); globos meteorológicos (y ahora presuntamente espías); aviones y otros ingenios civiles y militares, especialmente cuando el Sol incide sobre los carenados desde ángulos específicos; o satélites en órbita, sobre todo aquellos que están muy cercanos al suelo y que, por tanto, se mueven a alta velocidad relativa al observador.

La Estación Espacial Internacional, con sus grandes paneles solares, es especialmente visible, aunque ahora la enorme cantidad de flotillas de satélites ha multiplicado el problema de una manera exacerbada. En cualquier caso, incluso la investigación más exhaustiva deja cierto numero de avistamientos sin explicación. ¿Significa ello que tienen un origen extraterrestre?

Satélites de Starlink cruzan el cielo cerca del bosque nacional Carson, Nuevo México, fotografiados el 3 de febrero de 2022. // Foto: Wikimedia Commons / M. Lewinsky, CC BY

¿Nos están “visitando” civilizaciones inteligentes?

Una alternativa para aquellos eventos que se quedan fuera de las explicaciones anteriores se encuentra en la improbable visita de una avanzada civilización alienígena. Después de todo, la humanidad ha comenzado la exploración del Sistema Solar y, tal vez, su colonización. Empezamos incluso a plantearnos los siguientes pasos más allá de sus confines. De existir vida inteligente en otros planetas podrían haber iniciado ese proceso mucho antes.

¿Qué nos dice nuestro conocimiento astrobiológico? En el lado positivo, la Vía Láctea, nuestra galaxia, contiene unos 400 000 millones de estrellas, y muchas de ellas están rodeadas por su propia cohorte de planetas. Muchos de estos deberían tener condiciones adecuadas para la aparición de agua líquida (el ambiente prebiológico más sencillo). La rápida aparición de vida en la Tierra apunta a una gran abundancia de ella en multiplicidad de sistemas planetarios.

Sin embargo, el mantenimiento de la actividad biológica, especialmente de vida pluricelular, requiere unas condiciones de estabilidad a muy largo plazo que posiblemente no se den con facilidad.

Además, nuestras búsquedas sistemáticas de vida inteligente mediante exploraciones con radioondas de las estrellas más cercanas, como la iniciativa SETI, han dado resultados nulos. A pesar de las escasas y ambiguas señales, nunca repetidas, en cientos de años luz no hay nadie emitiendo señales artificiales hacia otros sistemas. Además, las necesidades materiales y energéticas serían tan ingentes que probablemente harían inviable un viaje interestelar.

Ante estos hechos, solo queda aplicar el criterio del filósofo de los siglos XIII-XIV Guillermo de Ockham, su lex parsimoniae o navaja de Ockham: a igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la verdadera. Estamos solos, al menos en nuestra querida y maltratada Tierra.


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¿Nos han visitado los extraterrestres?

Ester Lázaro Lázaro


Una noche, al volver a la cueva que servía de refugio a los miembros de su tribu, el mono humanoide Moon-Watcher se encuentra con una extraña estructura de cristal, una especie de monolito de gran tamaño que rápidamente capta su interés, pero del que se olvida muy pronto al percatarse de que no es comestible. Al poco tiempo, se revela la verdadera función del monolito, que no es otra que la de penetrar en las mentes de nuestros antepasados e inducir en ellas nuevas capacidades que, con el tiempo, acabarán desembocando en el desarrollo de una inteligencia capaz de crear tecnología.

Muchos lectores habrán reconocido en estas líneas la trama de la novela 2001. Una odisea en el espacio, de Arthur C. Clarke, y de la película del mismo título, dirigida por Stanley C. Kubrick. A estas alturas no es necesario comentar que el monolito del que hablamos es obra de una civilización extraterrestre que observa las vidas de otros planetas y “experimenta” con ellas para favorecer el desarrollo de inteligencia en el mayor número de lugares del cosmos.

Buscando respuestas simples para cuestiones complejas

Entender cómo nuestra especie se hizo inteligente es uno de los enigmas evolutivos que aún están sin resolver. La producción de mutaciones de pequeño efecto, seguida de la selección de las más favorables, parece un proceso demasiado lento para que aparezcan estructuras tan complejas como el sistema nervioso y el cerebro. Esa complejidad es lo que permite que millones de neuronas se comuniquen entre sí para dar como resultado la aparición de cualidades como la capacidad de responder de forma voluntaria a los estímulos del medio o hacerse preguntas sobre la propia naturaleza del hombre y el universo.

Hoy día sabemos que existen mecanismos evolutivos que implican grandes saltos de complejidad, pero eso no evita que cuando algo resulta difícil de comprender se acabe recurriendo a fuerzas no humanas —llámense dioses, extraterrestres o formas de energía— para intentar explicarlo.

Esto ha sucedido siempre y en todas las culturas. Un ejemplo clásico es la atribución de fenómenos atmosféricos comunes —como el trueno, los relámpagos o las inundaciones— a la ira de Dios. Si eso sucedía cuando no habíamos despegado del suelo, no es extraño que recurramos a los extraterrestres para explicar otros fenómenos que sólo han sido observables cuando viajar por las alturas formó parte de nuestra normalidad.

El aliciente del misterio

La posibilidad de que nos hayan visitado seres de otros mundos siempre nos ha fascinado. Más aún cuando se añade el ingrediente del misterio.

Cualquier fenómeno nos resulta más interesante cuando parece que se intenta ocultar por alguna oscura razón. La atracción por las conspiraciones alimenta ideas sin ninguna base científica, como el terraplanismo, que el hombre no ha llegado a la Luna o que las vacunas pueden manipular nuestro comportamiento.

Aunque se demuestre repetidamente que esas ideas son mentira, su rápida expansión a través de las redes sociales, utilizando un lenguaje simple, categórico y que apela a nuestros sentimientos, las convierte en armas muy poderosas.

Las supuestas “pruebas” sobre las visitas de extraterrestres son tan dispares como ciertos pasajes de la Biblia, o las representaciones que existen en algunos petroglifos de seres u objetos con una apariencia que puede hacer pensar en extraterrestres o naves espaciales. Estas últimas habitualmente con la forma de platillos volantes.

Pero no debemos olvidar que el hombre siempre ha creado seres imaginarios que se parecían a él y a los que atribuía propiedades mágicas. También ha imaginado a sus dioses, les ha dado apariencia humana y, como era de esperar, casi siempre los ha situado en el cielo.

Miramos esas representaciones con nuestros ojos de hoy, y eso nos lleva a asociarlas con seres o estructuras extraterrestres, cuando en realidad podrían referirse a cualquier otra cosa.

Imagen de petroglifos encontrados en Cub Creek (Utah, Estados Unidos).

Cuando las historias no comprobadas adquieren dimensiones colosales

Recientemente, en el congreso de Estados Unidos, los ovnis (actualmente llamados FANI, siglas de “fenómenos atmosféricos no identificados”) han vuelto a ponerse de moda. Y lo han hecho de la mano de un exoficial de inteligencia de la Fuerza Aérea que sostiene que el Pentágono tiene en su poder restos de naves alienígenas y “restos biológicos no humanos”. Las afirmaciones fueron reforzadas por la presencia de un comandante retirado de la Marina y un expiloto de la Armada.

Lo cierto es que, cuanto más exploremos nuestros cielos, más posibilidades tendremos de encontrarnos con fenómenos que no sabemos explicar. Pero eso no significa que sean de origen extraterrestre. La experiencia nos muestra que en la mayor parte de los casos corresponden a efectos ópticos, globos espía o meteorológicos, chatarra espacial, o incluso satélites creados por nosotros mismos.

En mi país, España, también se habló mucho de estas experiencias entre los años sesenta y ochenta del siglo pasado. En esa época todo el mundo conocía a alguien convencido de haber visto algún ovni. Se llegó incluso a inventar un exoplaneta, Ummo, que estaba habitado por una civilización más avanzada que la nuestra y que estableció contacto con personajes terrestres. En sus supuestas cartas, los ummitas explicaban algunos conceptos como la herencia genética o la estructura celular.

Lo cierto es que, ahora mismo, leer algunas de esas cartas sólo puede hacernos sonreír. La historia del planeta Ummo fue una estafa colosal, confesada por su propio creador. De hecho, la mentira desembocó en la creación de una red de pederastia, algo que nos debe hacer reflexionar sobre las nefastas consecuencias que puede tener la expansión de noticias inventadas.

¿Negamos la posibilidad de la existencia de civilizaciones extraterrestres inteligentes?

La respuesta es que, por supuesto, no. El universo es inmenso y es muy probable que procesos similares a los que han conducido a la aparición de la vida en la Tierra también hayan tenido lugar en otros planetas. Pero de ahí a que esos seres nos estén visitando hay un gran trecho.

Los planetas extrasolares están muy alejados y estamos limitados por la velocidad de la luz que, según las leyes de la física establecidas por Einstein, no se puede superar. El viaje a un planeta extrasolar “cercano” nos llevaría miles de años. Quizás una civilización más avanzada podría haber reducido ese tiempo, pero no hasta el extremo de convertirlo en algo fácil y común.

En cualquier caso, si existen restos de naves y seres extraterrestres almacenados en algún lugar, ¿por qué no se muestran? Los científicos estaríamos encantados de analizar esa materia orgánica para ver cómo está organizada, qué tipo de metabolismo la sustenta o qué moléculas utiliza para almacenar la información genética.

Mientras no haya pruebas, no estamos hablando de ciencia, estamos hablando de historias. Y las historias pueden ser muy entretenidas para pasar el rato, pero, al menos las de este tipo, no ayudan a construir una visión más acertada de la realidad.


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Qué respondemos los científicos a la pregunta: ¿estamos solos en la galaxia?

César Menor-Salván


Decía Carl Sagan: “A veces creo que hay vida en otros planetas y a veces creo que no. En cualquiera de los dos casos, la conclusión es asombrosa”.

La posibilidad de que exista vida en otros planetas resuena en nuestra mente colectiva desde que empezamos a observar el cosmos desde un punto de vista científico. Descubrir que no estamos solos sería el mayor y más relevante hallazgo de la historia.

Por el momento, sólo podemos especular sobre ello. Poco a poco vamos conociendo más sobre nuestra galaxia y sobre la vida y su evolución. Este conocimiento es una guía (aunque muy limitada) para pensar acerca de si habrá vida en algún otro lugar, si podríamos detectarla o si formas vivas extraterrestres podrían detectarnos a nosotros.

Cuando hablamos de vida extraterrestre no nos referimos a vida inteligente sino a cualquier forma de vida. Nos interesa descubrir cuál fue el origen y la evolución de la vida en nuestro planeta, si tuvo lugar en otro lugar además de la Tierra y si hay lugares inexplorados que reúnen las condiciones para que la vida surja (a esto lo llamamos habitabilidad). La astrobiología es la ciencia que se ocupa de dar respuesta a estas cuestiones.

Cuando se descubrió la galaxia NGC 6822, demostraron que el universo no terminaba en la Vía Láctea. La imagen superior la ha tomado el telescopio espacial James Webb. ESA / Webb, NASA & CSA, M. Meixner, CC BY-SA

La primera y única vida conocida

En el contexto terrestre, existe consenso científico en que la vida surgió hace unos 4 200 millones de años. Lo llamativo es que tuvo lugar en un periodo corto a escala geológica —entre cientos de miles y 120 millones— desde que la Tierra se hizo habitable. Esta velocidad de aparición hace pensar que, una vez existen las condiciones adecuadas, la vida puede desarrollarse de manera relativamente rápida.

Nuestros conocimientos sobre química prebiótica sugieren que los componentes de partida de la vida orgánica son universales y frecuentes. Las reglas de la química dirigen los primeros pasos, con lo que podemos asumir que la vida orgánica puede tener unas características reconocibles, surja donde surja.

Durante gran parte de la historia de la Tierra, la vida consistió en formas unicelulares y pluricelulares simples, como antecesoras de las algas modernas. Los animales han poblado nuestro planeta durante los últimos 500 a 600 millones de años, sólo un 14 % de la línea de tiempo total de la vida.

Los animales aparecen por primera vez en el registro fósil hace unos 574 millones de años. Su llegada aparece como una explosión repentina en el periodo Cámbrico (hace 539 millones de años a 485 millones de años) y parece contrarrestar el típico ritmo gradual del cambio evolutivo. La imagen reconstruye el fondo marino del Cámbrico a partir de la biota del yacimiento de Chengjiang, China. Museo de Historia Natural de la Universidad de Oxford / Mighty Fossils, CC BY

Vida inteligente: aquella capaz de observar el cosmos

En nuestra observación del cosmos, podríamos acotar, con vistas a nuestras estimaciones, como “vida inteligente” a aquella con capacidad de observación astronómica o de mandar señales fuera de su planeta. Si tomamos la Edad de Bronce como punto de partida para las observaciones astronómicas sistemáticas, la vida inteligente existe en la Tierra desde hace menos del 0,00012 % de la línea del tiempo. La capacidad para mandar (y recibir) señales y explorar el espacio ha existido durante una ínfima parte del tiempo total de vida en la Tierra, por lo que la probabilidad de que alguien reciba esas señales, o nosotros recibamos las suyas, son muy bajas.

Con lo que sabemos, es probable que la vida —tal y como la conocemos— sea relativamente frecuente, aunque la vida inteligente puede ser rara. Los análisis matemáticos sugieren que hay alrededor de un 60 % de probabilidades de que la vida inteligente no llegue a surgir en planetas con vida. Cálculos recientes sugieren que podría haber ahora entre uno y diez planetas con vida inteligente en nuestra galaxia. Es decir, si la vida es una consecuencia de la evolución del cosmos, no podemos afirmar que la inteligencia también lo sea.

Las cianobacterias, como las de la imagen, dominaron la vida terrestre durante millones de años. Si encontrásemos vida extraterrestre, sería más probable que se pareciera a esto que a vida inteligente. C. Menor-Salván/UAH

Buscamos biofirmas extraterrestres

En la búsqueda de pruebas de vida extraterrestre, los científicos buscan biofirmas o biomarcadores, indicios de vida o evolución química, en exoplanetas y dentro de nuestro sistema solar. Sin embargo, hasta el momento no se han encontrado evidencias de vida más allá de la Tierra (no, la fosfina de Venus no es una biofirma).

Una estrategia para encontrar vida extraterrestre es la observación de los planetas extrasolares (exoplanetas) de la galaxia. Se han identificado 5 496 planetas orbitando 4 229 estrellas. El telescopio James Webb logró un hito: un perfil molecular y químico de la atmósfera de un exoplaneta.

Es posible que, en un futuro próximo, con la mejora de nuestra capacidad de observación, se lleguen a detectar biofirmas en alguno de los más de 1 800 planetas similares a la Tierra identificados por ahora. Pero a día de hoy ningún planeta extrasolar ha sido confirmado como habitable o portador de señales de vida.

¿Hay seres inteligentes observando la Tierra?

No hay ninguna razón para descartar que nuestro planeta forme parte del catálogo de exoplanetas de una civilización extraterrestre. Si su tecnología es (o fue) un poco más avanzada, podrían haber descubierto biofirmas, como la coexistencia de oxígeno y metano en la atmósfera, o el espectro de la clorofila, biomarcadores detectables desde el espacio.

Incluso, si están ahí y están observando ahora desde unos 60 años luz de distancia, podrían ver evidencias de civilización tecnológica, tales como la presencia de clorofluorocarbonos, los famosos CFC que los humanos emitimos a la atmósfera.

Recreación de Kepler-186f, el primer planeta de tamaño similar a la Tierra descubierto en la zona habitable de una estrella en 2014. Como parte de la búsqueda de inteligencia extraterrestre, el Allen Telescope Array buscó emisiones de radio del sistema Kepler-186 durante un mes. No se encontraron señales atribuibles a tecnología extraterrestre. Ahora pensamos que es poco probable que el planeta tenga vida actualmente. NASA Ames/JPL-Caltech/T. Pyle, CC BY

La probabilidad de que haya vida en un exoplaneta es baja

Puede parecer que los astrónomos hayan descubierto muchos planetas extrasolares. Pero lo cierto es que es una muestra muy pequeña. Se calcula que sólo en nuestra galaxia hay unos 100 000 millones de exoplanetas. En nuestro vecindario, hasta 50 años luz, se estima que hay unos 1 500 planetas y sólo se han observado aproximadamente el 10 %.

Con lo que sabemos, es fácil calcular que la probabilidad de que un exoplaneta recién descubierto no tenga vida está en torno al 99,98 %. Parece desalentador, pero la galaxia es muy grande; haciendo una estimación optimista, podría haber hasta unos 10 millones de planetas con vida.

¿Y si ya han venido por aquí?

Los testimonios recientes sobre supuesta tecnología extraterrestre y Fenómenos Anómalos No Identificados (UAP, por sus siglas en inglés) presentados ante el Congreso de los Estados Unidos han generado gran atención mediática. Sin embargo, estos relatos carecen de pruebas sólidas. Los científicos no trabajamos con testimonios. Debemos mantener una postura escéptica, pero abierta, estudiar y discutir los datos de observaciones de UAP sin prejuicios, proponer explicaciones y poner a prueba todas las hipótesis.

Es necesario también definir cuáles son los límites que impone la física a las hipótesis más exóticas. Que existan tecnologías extraterrestres visitando nuestro planeta es sugerente, y en cierto modo esperanzador, aunque debemos considerar que es la hipótesis menos probable y desestimar testimonios y habladurías que no puedan sostenerse con pruebas y datos objetivos. Es muy importante señalar que la falta de explicación de algunas observaciones de UAP no implica aceptar que es tecnología extraterrestre.

Por ello, con lo que sabemos, debemos aceptar la posibilidad de que, al menos en nuestra galaxia, seamos la única muestra de vida inteligente.

A medida que el conocimiento y la tecnología de observación continúan avanzando, con paciencia y rigor, quizá un día los científicos podamos dar una respuesta a la pregunta de si estamos solos en el universo. La posibilidad de existencia de vida extraterrestre nunca dejará de emocionarnos.

[Ester Lázaro Lázaro: investigadora Científica de los Organismos Públicos de Investigación. Especializada en evolución de virus, Centro de Astrobiología (INTA-CSIC-España). / César Menor-Salván: profesor contratado doctor. Bioquímica y Astrobiología. Departamento de Biología de Sistemas, Universidad de Alcalá. // David Barrado Navascués: profesor de Investigación Astrofísica, Centro de Astrobiología (INTA-CSIC-España) // Fuente: The Conversation. Textos reproducidos bajo la licencia Creative Commons.]

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