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‘In memoriam’: Cormac McCarthy (1933-2023)

El pasado 13 de junio, a los 89 años de edad, partió de este mundo el genio oscuro de la literatura norteamericana

Junio, 2023

En su momento, el crítico literario Harold Bloom lo describió como “un genio de estirpe shakesperiana”, y lo incluyó como uno de los cuatro mayores novelistas estadounidenses de su tiempo, junto a Thomas Pynchon, Don DeLillo y Philip Roth. Hace unos días, al rendirle un homenaje, el escritor Stephen King lo colocó también en un puesto de honor: “Quizás el mejor novelista estadounidense de mi tiempo”, apuntó en su cuenta de Twitter. El pasado 13 de junio, a los 89 años de edad, partió de este mundo el escritor Cormac McCarthy, genio oscuro de la literatura norteamericana. Autor con una voz inconfundible —entre poética y sórdida, conmovedora pero sin sentimentalismo—, en su obra exploró con maestría y profundidad el lado oscuro de la naturaleza humana. Como apuntaba recientemente Daniel Robert King, doctor en literatura estadounidense: “Un viaje a través de la obra de McCarthy no es para los pusilánimes ni para los débiles de estómago. Estas son historias de los marginados de la sociedad: aquellos que se encuentran fuera de tiempo, fuera de lugar o simplemente sin suerte. El mundo de McCarthy suele ser sombrío, poblado por bichos raros, criminales, inadaptados y hombres duros y violentos”. Iñigo Sáenz de Ugarte y Paul Giles nos hablan aquí, respectivamente, de este “escritor de escritores”, y Premio Pulitzer 2006.


Cormac McCarthy, el escritor que miró de frente a la muerte

Iñigo Sáenz de Ugarte


Cormac McCarthy no era alguien muy optimista sobre el ser humano. Quizá sólo era fríamente realista. Le parecía irrelevante todo lo que no implicara la lucha entre la vida y la muerte, un dilema en que es propio de ilusos pensar que siempre triunfa el lado luminoso del hombre. No tenía ningún interés para él como escritor. “La vida no existe sin derramamiento de sangre. Creo que la noción de que puedes mejorar de alguna manera la especie (humana), de que todos podemos vivir en armonía, es una idea realmente peligrosa”.

Uno de los grandes escritores de Estados Unidos de su generación falleció el pasado martes con 89 años en su casa de Santa Fe, en Nuevo México, en el suroeste del país que convirtió en el gran protagonista de sus mejores novelas. Era también uno de los autores más convencidos de la importancia de preservar su independencia y soledad, negándose a hablar de su obra con periodistas o profesores incluso cuando eso le condenaba a pasar hambre al no contar con otras fuentes de ingresos.

Donde otros vieron épica y heroísmo y enraizaron en la cultura popular la noción del wéstern como la aventura esencialmente norteamericana de construcción del mito fundacional del país, pongamos gente como John Ford y Howard Hawks, McCarthy ofreció una visión descarnada y tétrica donde la muerte siempre está presente. Los hombres eran tan áridos como el desierto que tenían ante ellos, y no menos peligrosos. La frontera era un lugar lleno de serpientes y la mayoría de ellas eran seres humanos.

En ninguna obra quedó tan de manifiesto esa idea como en Meridiano de sangre (1985), una novela que obliga al lector a encajar el golpe en forma de constantes actos sangrientos. “Se presenta ante el lector como una bofetada en la cara, una afrenta que nos pide que soportemos una visión del Viejo Oeste llena de calaveras quemadas, cabelleras empapadas de sangre y un árbol del que cuelgan los cuerpos de bebés muertos”, escribió ese año el crítico de The New York Times en la primera frase de su reseña. El lector estaba avisado.

Nunca glorificó la violencia. Era descrita en términos secos y fríos. Como si fuera un hecho imposible de ocultar al formar parte de la realidad. De la misma forma que otros escritores creen necesario detallar cómo alguien prepara una taza de café, él describe cómo alguien hunde un cuchillo en la garganta de otra persona.

El escritor Cormac McCarthy.

En el estilo, McCarthy es igualmente implacable. La puntuación es mínima, sin comillas o guiones que marquen los diálogos. Nunca utiliza el punto y coma y las comas sólo aparecen si es imprescindible.

Meridiano de sangre no fue un éxito de ventas ni bien acogida por la mayoría de los críticos. Con el paso del tiempo, la novela fue revisada y valorada incluso con pasión. Harold Bloom dijo después que era “el mejor libro desde Mientras agonizo de William Faulkner”, de 1930. Para el crítico británico, autor del canon más citado de la literatura occidental, McCarthy era uno de los cuatro grandes escritores norteamericanos de su tiempo, junto a Philip Roth, Don DeLillo y Thomas Pynchon.

Pasó dos veces por la universidad sin sacar ningún título con cuatro años entre medias en la Fuerza Aérea destinado en Alaska, donde se aburría tanto que empezó a leer de forma compulsiva. Quedó convencido de que sólo quería dedicarse a la literatura. “Sabía que podía escribir. Sólo tenía que pensar en cómo conseguir comer mientras lo hacía”, dijo en 1992 en su primera entrevista larga, una de las pocas que dio.

Le costó décadas que le tomaran en serio. Publicó su primera novela en 1965 y ninguna de sus cinco primeras vendió más de 5.000 ejemplares. Vivió en moteles, tugurios y granjas. Se casó y se divorció tres veces. Su segunda esposa recordó años después que vivían en la más completa pobreza. Aunque no vendiera mucho, le surgían algunas oportunidades para ganar dinero que rechazó.

“Alguien llamaba y le ofrecía 2.000 dólares por hablar de sus libros en la universidad. Y les respondía que todo lo que tenía que decir estaba en sus páginas. Así que volvíamos otra semana a comer alubias en lata”, contaba su mujer.

Todos los hermosos caballos (1992) fue la novela que le concedió premios y dinero. Vendió 200.000 ejemplares en seis meses. Es una obra más accesible para el lector sin carecer de violencia. Dos jóvenes vaqueros del sur de Estados Unidos pasan a México para conseguir trabajo y escapar de un destino no muy alentador. Además de una amistad sincera entre ambos, la novela incluye una historia de amor con una mujer, con lo que casi podía detectarse un ablandamiento del duro corazón de McCarthy.

Los diálogos entre los amigos, algunos absurdos o sencillamente propios de jóvenes sin grandes pretensiones, predominan en un libro que espera al lector hasta su conclusión para ahuyentar la idea de un final feliz.

La obra fue adaptada al cine sin demasiado éxito con un reparto encabezado por Matt Damon y Penélope Cruz, “tan engañosa y superficial como un anuncio de Marlboro en una revista”, escribió un crítico.

Los intentos frustrados de convertir Meridiano de sangre en una película forman parte de la leyenda de Hollywood. Su violencia brutal es lo que ha atraído a varios cineastas y eso mismo es lo que ha asustado a productores desde hace veinticinco años.

La trama es muy simple y sin un arco argumental que la haga realmente atractiva en una película. Lo que en la novela puede parecer ambicioso hasta dejarte pensando en cuestiones filosóficas no muy propias del wéstern, en una película podría resultar pretencioso. El escritor estadounidense no solía caracterizarse por ofrecer introspecciones psicológicas sobre la motivación de los personajes, más allá de la necesidad de sobrevivir.

McCarthy comentó una vez los requisitos básicos para llevarla a la pantalla: “El tema es que sería muy difícil de hacer y necesitaría a alguien con una gran imaginación y muchas pelotas”. En especial, lo segundo.

En Meridiano de sangre, un chico muy joven que aparece identificado sólo así —“un chico”, el autor no se molesta en ponerle un nombre— se une a una banda de forajidos embarcados en una espiral de violencia a cambio de dinero. La única motivación es cobrar dinero por eliminar a algunos hombres perseguidos o escapar de los que intentan vengarse de sus crímenes. El gobernador del Estado mexicano de Sonora les contrata para que maten a nativos americanos que atacan su territorio. Para cobrar la recompensa, necesitan entregar las cabelleras de sus víctimas.

Sobre ellos domina un hombre, el juez Holden, un gigante de más de dos metros y sin pelo en el cuerpo que tiene poco de juez y que combina una ferocidad implacable con opiniones existenciales que el chico no comprende del todo.

Holden es una encarnación de la peor violencia, la que no necesita una razón para manifestarse. Se le ha comparado con el Kurtz de El corazón de las tinieblas o el capitán Ahab de Moby Dick, pero incluso estos dos personajes tienen al menos una motivación por mucho que al final les lleve a perder la razón. El juez es una presencia maligna constante y aún más peligrosa cuando sonríe, lo que hace con frecuencia.

La violencia es difícil de aislar en la novela, y de ahí las dificultades para adaptarla al cine, porque la violencia es la novela. La naturaleza simple y diáfana del mal en el ser humano cuando no hay una autoridad que la contenga, más la atracción que supone esa violencia en ese escenario, es lo que da forma al libro. No hay héroes que la hagan más digerible ni piedad con el lector que espera algo de humanidad. En esa zona de frontera del Oeste norteamericano en el siglo XIX, lo peor del ser humano es lo que puedes esperar antes de recibir una bala.

EE. UU., una nación en construcción, era entonces un país muy violento y cruel en amplias zonas de su territorio, como lo es ahora.

Ya con un numeroso grupo de lectores, McCarthy ofreció una trama más reconocible y personajes que el lector podía aceptar con más agrado en No es país para viejos (2005), que tuvo también la mejor traducción cinematográfica gracias a Joel y Ethan Coen. La novela presenta a un sicario, Anton Chigurh, que es otro personaje tan enigmático y salvaje como el juez Holden.

En La carretera (2006), los sentimientos más humanos entran en escena, pero también en un paraje desolador, un futuro posapocalíptico condicionado por un frío mortal y la amenaza de otros seres humanos, que solucionan la falta de alimentos con el canibalismo. El sufrimiento indecible de un padre por proteger la vida de su hijo nos conmueve y en las páginas finales nos rompe el corazón.

Hay que aceptarlo como es. McCarthy no es alguien para recomendar a las personas que creen que los sentimientos humanos siempre vencen.

[Texto publicado originalmente en elDiario.es; es reproducido aquí bajo la licencia Creative Commons — CC BY-NC 4.0.]

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Cormac McCarthy: mística, minimalismo y cataclismo en la frontera

Paul Giles


La reputación de Cormac McCarthy como escritor de ficciones oscuras y violentas ha llevado a que sus editores declararan explícitamente que su muerte se ha debido a “causas naturales”.

Normalmente, la muerte de un autor famoso a la edad de 89 años podría considerarse como parte del ciclo natural de las cosas, pero las frecuentes descripciones de McCarthy de tramas con asesinatos horribles, y la juiciosa discusión del suicidio en su novela más reciente Stella Maris, tal vez indujeron a Penguin Random House a hacer hincapié en que el fallecimiento del autor se produjo de manera convencional, adornado por la edad y los honores.

Dada su turbulenta historia personal con el alcohol, los divorcios y las penurias económicas durante la primera parte de su carrera, tal consumación nunca fue una apuesta del todo segura. Sin embargo, McCarthy acabó siendo un importante escritor de ficción estadounidense, aunque una figura compleja y a menudo controvertida, cuyas obras eran inquietantes.

Cormac McCarthy. / Foto: Beowulf Sheehan (Random House)

Uso abrumador del lenguaje

Nacido como Charles McCarthy en el seno de una acomodada familia católica de Rhode Island en 1933, McCarthy adoptó posteriormente su seudónimo “Cormac” como recuerdo de su ascendencia irlandesa. Se crió en Tennessee, y sus primeras novelas, El guardián del vergel (1965), La oscuridad exterior (1968) y Suttree (1979), están inscritas en el humor del profundo sur estadounidense.

Aunque estas obras fueron recibidas con respeto, no se vendieron bien, pero llamaron la atención de Saul Bellow, Premio Nobel de Literatura en 1976, quien elogió su “uso absolutamente abrumador del lenguaje”.

Tras recibir una beca MacArthur en 1981, por recomendación de Bellow, McCarthy viajó a Texas, Nuevo México y otras partes del suroeste de Estados Unidos. Fue allí donde encontró su voz más duradera y distintiva.

Sus libros más famosos, Meridiano de sangre (1985) y la Trilogía de la frontera —Todos los hermosos caballos (1992), En la frontera (1994) y Ciudades de la llanura (1998)— se caracterizan por representar asuntos de vida y muerte en términos de violentas relaciones culturales entre Estados Unidos y México. Al refundir la historia estadounidense con la larga sombra de su vecino del sur, McCarthy proyecta una memorable contranarrativa frente a la retórica más convencional del optimismo que durante mucho tiempo se ha asociado a los modelos estadounidenses de libertad e individualismo.

La carretera (2006), una sombría obra de devastación apocalíptica que ganó el Premio Pulitzer de ficción al año siguiente, también tocó la fibra sensible del público por la forma en que combinaba los habituales escenarios de desolación de McCarthy con ansiedades particulares en torno a la amenaza del cambio climático.

En el mundo de McCarthy, el cataclismo es un estado de cosas normativo, en el que la guerra y la violencia son realidades primordiales. El comportamiento humano a lo largo de los siglos se retrata como fundamentalmente insensible al cambio.

Aunque, por lo general, McCarthy se mostraba inflexible en sus convicciones artísticas, a lo largo de su carrera reveló su voluntad de acomodar esta estética siniestra a géneros y formatos más accesibles. Su sanguinaria novela policíaca No es país para viejos (2005), sobre un asunto de drogas que sale mal, fue llevada al cine por los hermanos Coen.

Innovación intelectual

Más recientemente, McCarthy se esforzó por integrar material científico complejo en formas narrativas, con el resultado final de un par de novelas complementarias publicadas el año pasado: El pasajero, ambientada principalmente en Nueva Orleans, y Stella Maris, que transcurre en un hospicio psiquiátrico de Wisconsin. Las preocupaciones de McCarthy en estas últimas obras giran en torno a la disminución de las capacidades humanas y la fractura de la conciencia liberal a través de las presiones coercitivas de la ciencia nuclear, los sistemas de vigilancia y el big data.

Pero aborda estas sombrías preocupaciones en un lenguaje a menudo desenfadado y cómico: incluso las ejecuciones de los servicios secretos y las autolesiones personales se convierten en materia de comedia autocrítica. “El sufrimiento forma parte de la condición humana y hay que soportarlo”, dice un personaje de El pasajero. “Pero la miseria es una elección”.

McCarthy nunca fue un escritor fácil, y sus novelas oblicuas y multidimensionales se han puesto menos de moda en la era Facebook, en la que triunfan el encanto de las historias personales y la seducción de lo auténtico.

El arte de McCarthy, por el contrario, estaba moldeado por el minimalismo y la impersonalidad estilística de escritores modernistas clásicos como Ernest Hemingway, junto con las formas más abstractas del posthumanismo que discutía con sus amigos científicos en el instituto interdisciplinar de Santa Fe, donde pasó muchos de sus últimos años de trabajo. Concedía pocas entrevistas y era reacio al tipo de autopublicidad que se ha convertido en la norma en el mundo del marketing literario.

Sin embargo, aunque a un nivel más modesto, conservó parte de la mística que rodea al autor masculino carismático o reclusivo tan habitual en la literatura estadounidense del siglo XX, desde Hemingway hasta J.D. Salinger y Thomas Pynchon.

McCarthy también fue criticado en ocasiones por sus limitadas representaciones de los personajes femeninos, y, en este sentido, junto con muchos otros, podría considerarse un escritor tradicional del Oeste americano.

Sin embargo, sería un error clasificar los logros de McCarthy de forma demasiado restrictiva. Aunque generalmente se consideran pesimistas, los textos de McCarthy también exploran de forma intelectualmente innovadora las interconexiones y tensiones entre las culturas blanca protestante e hispana católica en América. También trazan cruces entre los seres humanos y los animales, los sistemas sociales y el medio ambiente y, quizá lo más significativo, la racionalidad y sus fallos o limitaciones ontológicas.

En la frontera, título del segundo libro de la trilogía fronteriza de McCarthy, podría considerarse en este sentido un epítome del conjunto de su obra, que sondea puntos de conjunción y disyunción en el terreno cultural estadounidense.

Sus novelas durarán tanto como la propia literatura estadounidense, aunque en esta era de la tecnología digital, el propio McCarthy, con su mordaz sentido del humor, sin duda habría reconocido entre risas que la duración de esa vida útil es en sí misma una cuestión abierta.

Pablo Giles: profesor de inglés, Instituto de Humanidades y Ciencias Sociales, Australian Catholic University. // Fuente: The Conversation. Texto reproducido bajo la licencia Creative Commons.]

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