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La niña y el anciano

Rafael Bernal, medio siglo después.

Septiembre, 2022

Fue diplomático, poeta, maestro, dramaturgo, novelista, cuentista, publicista, historiador, y escritor y guionista de cine, radio y televisión. Sin embargo, Rafael Bernal era conocido sobre todo —y ante todo— por sus novelas policíacas, particularmente por El complot mongol, considerada como la piedra fundacional de la novela negra mexicana, y objeto de culto entre los lectores de novela policial y de espionaje. Nacido en la Ciudad de México el 28 de junio de 1915, falleció en Berna, Suiza, hace ahora medio siglo. Víctor Roura aquí lo recuerda…

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A cinco años antes de su muerte y a dos de su obra cumbre: Complot mongol, Rafael Bernal publicó, en 1967, En diferentes mundos, volumen que reúne ocho cuentos de la más diversa índole y desigual tesitura, que el Fondo de Cultura Económica decidió reeditar en 2005 en su colección “Letras Mexicanas”. Dedicado el libro a Agustín Yáñez, Rafael Bernal —nacido en la Ciudad de México el 28 de junio de 1915 y fallecido en Berna, Suiza, hace ya medio siglo, el 17 de septiembre de 1972 a la edad de 57 años— se introduce en distintas regiones del orbe acaso para concluir, sin buscarle por supuesto una moraleja al asunto, que en cualquier lugar se cuecen las habas de modo similar.

Para el tío Merced, el tiempo se le estaba viniendo encima. La juventud empezaba a rebasarlo, a ver en su persona un símbolo anacrónico, el propio campo ya no era el mismo de antes de la Revolución. Incluso el tío Merced, que hacía de payaso en las fiestas del pueblo, comenzaba a ser destronado por un nuevo cómico al que llamaban El Cantinflas, que, a decir verdad, estaba renovando el humor infantil en los sitios donde iba.

Por eso cada año se le veía más consigo mismo y menos al lado de la gente. “Un día, hacía de eso muchos años —cuenta Bernal—, el amo don Ambrosio había dicho que el tío Merced era feliz porque nunca le había pasado nada en la vida, porque no tenía historia”. Y no estaba tan equivocado el amo, pues al tío Merced, según confirma Bernal, en efecto “nunca le había pasado nada, nunca había hecho nada. Tan sólo, durante sesenta o más años, había sembrado la tierra y cosechado el maíz que es bueno”.

Los domingos “y los días de fiesta había asistido a la misa y se había emborrachado en la tienda o en el portal. Y en los días de la Revolución había sentido el hambre como todos y había comido tortillas de cebada y hierbas y raíces y tejocotes. Pero él no se había ido a la bola, como lo habían hecho tantos otros, porque estaba atado a la tierra dura y buena. Lo más lejos que había caminado era hasta la capital, una vez, en el tren. Era muy poco andar para un hombre tan viejo y ahora ya era tarde para tomar los grandes caminos”.

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Sin embargo, el tío Merced no estaba solo a pesar de su visible soledad. “Eduwiges salió de la casa y se apoyó en las rodillas del tío Merced, como lo hacía siempre, cuando estaban solos —dice Bernal—. Porque Eduwiges era la hija menor de Encarnación y de Inocente [con quienes vivía el anciano] y sentía vergüenza de todos, menos del tío Merced. Para la mayor parte de las cosas diarias los dos se entendían en silencio, así que casi no necesitaban hablarse”.

Para el viejo, “los pollos son tan tontos como los hombres: corren tras de cualquier novedad”, tal como lo hacían cuando el tío Merced tiraba las colillas de sus cigarros. Ahí estaban, presurosos, tres o cuatro pollos picoteando los restos del tabaco. Tal cual los hombres, según el tío Merced. Por eso se dejaban cautivar por los nuevos tractores o por cualquier novedad, por absurda que fuera.

La niña, que habría de ser muy chica aunque Bernal no precisa la edad, era la única persona que daba vida al tío Merced, a quien ya nadie hacía caso. Un domingo, sentado en la gran piedra junto a la casa, dijo a la niña que mañana irían a sembrar, sólo los dos, un poco de maíz.

—¿Por qué no hoy? —preguntaba la niña, ansiosa, pero no por la gana de sembrar sino por estar más cerca del tío Merced.

—Porque es domingo y no conviene sembrar en domingo —respondía el tío Merced—. Pero mañana vamos a sembrar unas matas allí, detrás de las piedras, donde no puede entrar el tractor, para que vean que…

Y nunca terminaba sus frases. Para qué. Los jóvenes finalmente imponían sus ideas. Mejor guardaba silencio. Y la niña lo entendía mejor que nadie, porque también se silenciaba, compartiendo la honda soledad del anciano.

Rafael Bernal.

3

—Cuando se tienen pocos años hay impaciencia por la cosecha —decía el tío Merced a Eduwiges—, porque entonces todo en la vida parece ser un esperar. Pero cuando se llega a viejo ya no se espera más que la muerte, que es como una cosecha, donde nosotros somos el maíz.

La niña parecía siempre estar triste, como el tío Merced, que en sus adentros cargaba todos sus muertos, que eran sus dolores en vida. Sólo se le iba la tristeza, a la niña, cuando sembraba el maíz con el viejo.

—Hay que enterrar bien la semilla para que nazca con fuerza —decía el tío Merced, y la niña ya no hacía nada.

Había otra vez tristeza en su carita manchada de sudor y tierra.

—Me da miedo cuando hablas de entierros —decía.

—¿Por qué te da miedo? —preguntaba el anciano—. Cuando es uno viejo como yo, la muerte no nos puede quitar más que lo poquito que nos ha ido dejando la vida. Y el maíz es mejor que el hombre, porque al hombre lo entierran para olvidarlo y al maíz para que nazca con alegría.

La niña, dice Bernal, “apretó fuertemente con una mano el ayate en el que llevaba la semilla y puso la otra en la del tío Merced”.

—Yo nunca te voy a olvidar —dijo.

Pero la niña jamás vio su maíz crecido y olvidó, sin darse cuenta, su bella promesa.

Fue unos días después de la fiesta del pueblo, dice Bernal, “cuando el camión golpeó a Eduwiges en la cabeza. En el mismo camión la llevaron a Toluca y, por la tarde, cuando la trajeron, estaba muerta”.

Fue la mismísima muerte en vida para el tío Merced, que no esperó ni un día para su propia partida: sin la niña, su vida no tenía ningún sentido.

Sentado en la piedra, inmovilizado, mirando hacia nada, hacia nadie, el tío Merced “ya no era parte de todo aquello —dice Rafael Bernal—. Lo poco que le había quedado, como un ancla en la tierra, se había desprendido”.

Entonces se imaginó que estaba hablando con la niña y que le decía:

—Esto de la vida es como cuando se van los granos de maíz por entre los dedos y la cosa acaba como en los versos del payaso, esos que cantaba el tata Aurelio y que te gustan: “Y eso es todo, señores”. Y es igual irse por delante, muy prontito, como tú, muchacha, que tarde y a la cola como yo.

Dice Bernal que “era necesario hablarle a la niña para que no le tuviera miedo ni vergüenza a esa muerte que ya estaba en su cuerpo; para que sus ojos no se llenaran de tristeza, como siempre le pasaba cuando no entendía bien las cosas; como cuando la niña tenía vergüenza porque era la xocoyota, como la tendría ahora en ese mundo de la muerte, tan nuevo. Y él había sabido las cosas que hay que saber en la tierra, porque las conocía bien. Pero las cosas que hay en la muerte nadie las conoce y por eso nadie tiene palabras útiles para hablar de ellas”.

Al siguiente día de la muerte de Eduwiges, el tío Merced no se levantó de su petate.

Estaba dispuesto a acompañar a la niña a donde fuera.

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