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El festín de Babette

Isak Dinesen, seis décadas después.

Septiembre, 2022

Isak Dinesen fue el seudónimo elegido por la escritora y baronesa Karen Blixen para firmar la mayoría de sus libros. En realidad, la baronesa fue muy amiga de esos cambios de identidad, y se hizo llamar de distintas formas a lo largo de su vida. Nacida en Dinamarca en 1885, después de estudiar Arte se casó con su primo, con el que emigró a África para regentar una plantación de café hasta 1931, cuando la baja del precio de éste en los mercados internacionales la obliga a volver a su país natal. Dado que los editores daneses e ingleses rechazan el manuscrito Siete cuentos góticos, decide enviarlo a Estados Unidos bajo seudónimo masculino. Es aceptado en 1934 y así nace Isak Dinesen, cuyo siguiente libro, Memorias de África, se convertiría en una de las obras cumbres de la literatura contemporánea. Otras de sus grandes obras son: Sombras en la hierba y Vengadoras angelicales. Fallecida en septiembre de 1962, Víctor Roura la recuerda ahora que se cumplen seis décadas de su partida…

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Isak era en realidad Karen en lo que hoy, tal vez, se la denominaría un trans, aunque se trató, sencillamente, no de una situación de género sino de un trasplante de personalidad para evitar la suspicacia de la clasificación literaria: Isak Dinesen era Karen Christence Blixen-Finecke, si bien al nacer fue registrada como Karen Christentze Dinesen, originaria de Rungsted, Dinamarca, donde vio la luz primera el 17 de abril de 1885 y falleció, 77 años después, el 7 de septiembre de 1962, hace justo seis décadas.

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De julio de 1789, año en que hace explosión el movimiento que desemboca en la Revolución Francesa, a septiembre de 1871, transcurrieron 82 años durante los cuales sucedieron cinco revoluciones: 1815, 1830, 1848, 1851 y 1871. Pablo Marentes, en su ensayo que es el epílogo a El festín de Babette (Porrúa), el hermoso cuento de Isak Dinesen, nos explica que el 18 de enero de 1871 “fue proclamada la unidad alemana y se constituyó el imperio alemán, en Versalles”.

Durante el cese al fuego, Thiers es nombrado jefe de gobierno. “Débil frente al enemigo alemán, [Thiers] aprovecha cualquier pretexto para castigar a los parisinos cuyo heroísmo y conciencia nacional habían quedado probados durante el sitio”.

Abandonado por sus autoridades, “con las cuales no compartía el derrotismo ni los términos del armisticio, el pueblo de París, a dos meses del pavoroso sitio que padeció, decidió constituir un gobierno que organizara la administración y defensa de la ciudad”. Surge, entonces, la famosa Comuna de París en diez comisiones que operaban como ministerios. Pero el 2 de abril Thiers envía un ejército de 100 mil hombres que derrota a las tropas de la Comuna, entra en París y avanza sobre las barricadas. Se desata así la Semana Sangrienta, del 21 al 28 de mayo de 1871. “Los communards se defienden barrio por barrio. La artillería del gobierno de Versalles se impone. Organiza cortes marciales y somete a los miles de detenidos a juicios sumarios. Los communards son fusilados en masa. Miles más encarcelados o deportados. Muchos huyen a la provincia. Otros huyen al extranjero. No les queda nada”.

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Es en este contexto donde surge Babette Hersant, la protagonista del cuento de Isak Dinesen, seudónimo de Karen Blixen. Llevado al cine en 1979 por Gabriel Axel, El festín de Babette es un canto a la libertad. Huyendo de París, Babette llega a Noruega, al pueblo de Berlevaag, a refugiarse en la casa de las hermanas solteronas Martine y Philippa, que mediaban los 30 años de edad, recomendada por un antiguo amigo, pretendiente frustrado de Philippa: el cantante francés de ópera Achille Papin.

En la carta que portaba Babette como única seña de identidad, Papin les decía a las venerables damas noruegas que “madame Babette Hersant, igual que mi bella emperatriz, ha tenido que huir de París. La guerra civil arruina nuestra ciudad. Manos francesas derraman sangre francesa. Los nobles communards, defensores de los derechos humanos, han sido aplastados; los han aniquilado. Al marido y al hijo de madame Hersant, conocidos peluqueros de señoras, los fusilaron. A ella la detuvieron y la acusaron de ser pétroleuse: así se conoce a las mujeres que con petróleo incendian casas. Casi no logra escapar de las ensangrentadas manos del general Galliffet. Ha perdido todo lo que tenía y no se atreve a quedarse en Francia”.

Les informa, asimismo, que Babette “sabe cocinar”, pero se guarda en decirles que era, nada menos, la cocinera del famoso Café Anglais.

Babette sirvió con diligencia a las hermanas, que en un principio no creyeron que la francesa supiera cocinar. “Sabían que en Francia la gente come ranas —narra Dinesen—. Enseñaron a Babette a hacer bacalao deshebrado y sopa de migas con cerveza. Durante las lecciones, Babette se mantenía imperturbable. Al término de una semana, Babette preparaba el bacalao deshebrado y hacía la sopa de migas con cerveza como si hubiera nacido y vivido siempre en Berlevaag”.

Doce años después, cuando las solteronas ya frisaban los 50, un día de verano el correo trajo una carta de Francia dirigida a madame Babette Hersant anunciándole que, por fin, el premio mayor de 10 mil francos se lo había ganado ella, que nunca dejó de participar en la lotería. Las hermanas, en lugar de alegrarse, se mostraron díscolas y envidiosas porque pensaron que, con dicha cantidad de dinero, lo primero que haría era abandonarlas para retornar, presurosa, a París.

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“Las hermanas ya no dispondrían de tiempo para dedicarlo a los enfermos y a los tristes. En verdad que los premios de la lotería eran asuntos perversos, reprobables, perniciosos”. Por eso ambas hermanas se sorprendieron cuando, una noche de septiembre, Babette les suplicó que le permitieran preparar a ella una cena francesa para celebrar el centenario del párroco, que ya no estaba lamentablemente entre ellos. Babette rogó que le permitieran realizar dicha celebración. ¿En doce años ella les había pedido algún favor, uno solo? Entonces no tenían por qué negarse.

Invirtió todo su dinero ganado en sus comensales, algunos de ellos verdugos de la Semana Sangrienta e incluido el propio coronel Galliffet, el mismo que asesinara a su esposo y a su hijo, que disfrutaron, sin decirlo, sin confesarlo, la suculenta cena que les traía ciertos aires de nostalgia del inolvidable Café Anglais. Babette les preparó una exquisita Cailles en sarcophage no para complacer a los degustadores sino en honor de sí misma.

—¡Soy una gran artista! —replicó Babette ante el desconcierto de las hermanas.

—¡Tú misma peleaste en contra de ellos! —le dijo Philippa—. ¡Fuiste una communard! El general que nombraste fusiló a tu esposo y a tu hijo! ¿Cómo puedes compadecerlos?

Los ojos oscuros de Babette se trabaron con los de Philippa.

—Sí —dijo—, fui communard, ¡bendito sea Dios que fui communard! Sí, todas esas personas que he mencionado eran perversas y crueles. Hicieron que la gente de París muriera de hambre; oprimían y maltrataban a los pobres. Bendito sea Dios por haberme permitido combatir en las barricadas, ¡yo ponía cargas de pólvora en los fusiles de mis compañeros!

Pero Babette tenía un criterio verdaderamente peculiar.

—Dense cuenta, señoras —dijo—, que esos personajes me pertenecían, eran míos. El costo que requirió su formación y adiestramiento para que pudieran apreciar mi dimensión artística fue tan elevado que ustedes, mis modestas señoras, no se atreverían a pensarlo ni a creerlo. Podía mantenerlos contentos. Cuando realizaba mi mejor esfuerzo, los hacía absolutamente felices.

La artista cocinera. Babette se entregaba en cuerpo y alma a la cocina, y una buena cocinera no podía traicionar sus propios principios, aunque sus comensales fuesen unos asesinos.

“El festín de Babette” es uno de los cuentos incluido en el libro Anécdotas del destino, que Dinesen publicara en 1958. Conformado por 12 breves capítulos en apenas 60 páginas, El festín de Babette, en esta traducción de Pablo Marentes, es un confortable relato de la ignominia política que se revierte en una prodigiosa sensibilidad artística. Babette es un símbolo de la resistencia cultural francesa, pero también lo es, por su alcance narrativo, de la cultura universal.

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