ConvergenciasEl espíritu inútil

Los dichos innovadores

Agosto, 2022

Con que se cumpliera la mitad de lo que dicen frases como “no hay que perder la capacidad de asombro”, “los maestros aprenden de sus alumnos”, “tú no puedes amar a los demás si primero no te amas a ti mismo” o “aquí no hay culpables”, el mundo estaría bastante bien. Pero, a cambio, lo que se recibe es el doble —de frases— porque lo(a)s tolerante(a)s, dialógico(a)s y digno(a)s siempre tienen más cápsulas de sabiduría innovadora.

El primero que dijo una vez “ellas y ellos”, “las y los”, en 1989, cuando se cayó el muro y todos nos volvimos iguales, debe haber causado pasmo, no tanto por su manera de destruir el idioma, sino porque los dejó impactados a todos con la fuerza de su sensibilidad hacia las minorías y otros grupos desfavorecidos. Este arrebato de cordialidad tuvo secuelas: de ahí a los de “capacidades especiales” era ya sólo cuestión de tiempo, mismo que se empleó eficientemente en consolidar la temática de la “tolerancia”, la “pluralidad”, la “diversidad” y la “diferencia”, fuente de múltiples frases apantalladoras, y así fue como se descubrió una nueva veta de la sabiduría, que consiste en pescar y pronunciar sentencias o comentarios que, según esto, desafían al sentido común y, al mismo tiempo, muestran la novedosa idea de tomar en cuenta al prójimo, al menos mientras dura la frase. Fue tal la emoción social, que la chispa corrió por las revistas, la radio y la televisión, donde ya se puede ver a un comentarista de futbol diciendo una estupidez, a otro diciendo otra, y la conclusión es que “qué bueno que pensemos diferente” (“para eso es la libertad de expresión”).

También lo podrían haber dicho profesores de escuela que educa en los valores, gerentes de oficina con misión y con mensaje, padres de familia que saben escuchar, tomadores de café dispuestos a hablar de netas, psicoterapeutas que piensan que la vida es un reto, es decir, cualquiera que tenga vocación didáctica para decir cosas maravillosas como “no hay que perder la capacidad de asombro”, y que siempre se muestran interesados en la temática de “el otro”, “la otredad”, “la alteridad” y por supuesto que “el diálogo” (y si ya son muy técnicos “lo dialógico”). Por eso saben, y hasta lo dicen, que “los maestros aprenden de sus alumnos” y que “los niños pueden educar a los adultos”, y todos juntos “aprenden a aprender”, lo cual nunca deja de sonar padrísimo, y asimismo no se cansan de revelarnos “el ansia de saber de los jóvenes”, “la sabiduría de los ancianos”, “los conocimientos de los ignorantes”, “la experiencia de los campesinos”. Pura frase que es como programa de Microsoft, instructiva y amigable.

Hay una magia en estas frases que hace que todo aquél que las repite, después de haberlas leído en los forwards de sus e-mails y en los power points de sus reuniones, siente que está siendo muy original, como si la idea le estuviera manando en ese instante de su interés por los demás. Y como asimismo sabe que cada quien es su propio prójimo, porque “tú no puedes amar a los demás si primero no te amas a ti mismo”, y que por ende también necesita recibir frases increíbles, igual se le pueden compartir enunciados imponentes del tipo de “aquí no hay culpables” y “hay que saber perdonarse a sí mismo”, y la que más ayuda porque es la que menos quiere decir algo: “ser fiel a uno mismo”, después de lo cual sólo queda exclamar Órale. Aquí puede observarse que la temática es la de la “dignidad”: mantenerla, recuperarla, lo que sea; hacer esto o aquello “por dignidad”.

Quien pronuncia estas sentencias provechosas deja automáticamente impresionados a los concurrentes por tres razones: por el ingenio en sí mismo; porque se puede ser ingenioso y no obstante bondadoso; porque se puede dejar impresionados a los concurrentes por lo ingenioso y bondadoso y, sin embargo, ser humilde. El ego queda inflado de tanta modestia. Es seguro que con la mitad que se cumpliera de lo que dicen esas frases el mundo estaría bastante bien, pero, a cambio, lo que se recibe es el doble —de frases— porque lo(a)s tolerante(a)s, dialógico(a)s y digno(a)s siempre tienen más cápsulas de sabiduría innovadora que muestran su cultura general en temáticas variadas, con frases como “el que no conoce la historia está condenado a repetirla” (y el que no conoce esta frase también), “eres tan viejo como te sientes” (no ha de ser correcto que los viejos se sientan viejos), “para niños de todas las edades” (o sea, “la edad se lleva en el corazón” que, casualmente, salvo trasplantes, tiene la misma edad que todo lo demás), “los libros son cartas que se envían a los amigos” (y entonces,  como dice Peter Sloterdijk, la cultura occidental es un club por correspondencia).

Pero cuando dicen “podré estar en contra de lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”, uno no piensa Ah, Voltaire, sino Ya chole.

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