África recuerdaConvergencias

El Ministro de la Diversión

En su exploración de los sonidos africanos, Constanza Ordaz se detiene en esta nueva entrega en el músico nigeriano yoruba más popular en el género juju: King Sunny Ade. Con su banda African Beats, Sunny Ade se hizo una estrella global a mediados de los años ochenta, alcanzando una audiencia significativa en Estados Unidos, Europa y, por supuesto, África.

El rey sin corona

El nigeriano Sunny Ade, nacido en el seno de una regia familia en 1946, es el músico de juju más famoso fuera del continente africano. El juju es un estilo que ha evolucionado a partir de la música que se interpretaba en los santuarios de los dioses yorubas. Fue en los años cincuenta cuando surgió una forma popular amplificada que mezclaba lo antiguo con lo moderno, el tambor hablador (o tambor parlante), el gong y el shekere —carraca— con el acordeón y la guitarra eléctrica, algunos de estos elementos explicativos vienen plasmados en el libro La música es el arma del futuro (Fifty Years of African Popular Music) de Frank Tenaille (Editorial Lawrence Hill Books, Chicago, 2002).

Durante la década siguiente, en los sesenta, Sunny Ade y Ebenezer Obey iniciaron una rivalidad que inspiró varias docenas de discos exitosos y un brote de nuevos estilos —systems. Ade llegó a ganarse el título de King —Rey— y, de mano del jefe tradicional de Lagos, el de Ministro de la Diversión.

En 1982, entre gran revuelo de los medios de comunicación, Ade firmó con Island Records. El músico y sus African Beats —formación compuesta por 17 miembros— correspondieron a las esperanzas iniciales: la policía tuvo que pacificar a 500 aficionados que no consiguieron entradas para su primer concierto en Londres, y sus discos Juju Music y Synchro System merecieron la aclamación de la crítica y del público —se vendieron 14 mil copias del segundo álbum en una semana.

Ambas grabaciones consistían en la recopilación de éxitos nacionales adaptados al mercado internacional: se acortaron las canciones —que solían llenar por si solas una o incluso las dos caras de un elepé—, complementando la percusión tradicional con sintetizadores y cajas de ritmos y se destacaron las guitarras hawaianas y eléctricas. Los resultados satisficieron a los nigerianos, pero la tercera ofrenda, el sobreproducido Aura, significó un desencanto generalizado, obteniendo unas ventas mundiales de solo cinco mil copias. Una representante de Island Records sentenció que “la gente fascinada por el juju había comprado los primeros discos, pero luego su interés se desvaneció”.

Sanar las heridas

En cualquier caso, se difuminó el interés de Island que no renovó el contrato de Ade y, para agravar sus problemas, en 1984 fue abandonado por todos sus músicos durante una gira por Japón. El rey regresó a Nigeria para lamerse las heridas.

Ade reapareció con nuevos músicos y un disco: Sweet Banana, que le devolvió su trono en Nigeria y su corona volvió a lustrarse en 1989 con la edición de Wait For Me. La novedad residía ahora en las letras.

Adé es un cristiano conservador que siempre había utilizado proverbios yorubas para reafirmar los valores tradicionales: desarrollo comunitario, autoestima, respeto hacia los ancianos y fomento de la familia y los hijos, inciso este último que había puesto desde un principio en práctica: tenía 12 hijos. El cantante sorprendió en la pieza “Wait for me”: “Hay maneras de hacer el amor sin tener niños / a eso se llama planificación familiar”. La revelación de que una agencia del gobierno estadounidense había otorgado 350 mil dólares para grabar y promover el disco escandalizó tanto a conservadores como a radicales. El comentario que provocó fue típico: “Ade es cómplice de un ataque a las tradiciones culturales africanas, además de observar una desavenencia a la soberanía nacional nigeriana”.

El rey ya nunca ha podido recuperar completamente su reputación, aunque conserva un moderado público fiel en Nigeria y más allá de sus fronteras.

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