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La creación del editor

Raúl Maldonado Coello, dos décadas después...

Julio, 2022

A pesar de estar inmerso en la escritura, Raúl Maldonado Coello sólo dejó un libro de su autoría: Diez cuentos del Mayab. Porque lo que le apasionaba realmente era la hechura de libros ajenos: para ello fundó en 1968 Maldonado Editores. Desde ella se editaron, y siguen editando, muchísimas publicaciones que versan sobre los más diversos aspectos de la historia y la cultura yucatanense. Esta pasión por los libros se reflejaba en la frase que le identificó siempre: “Para armar un libro primero hay que amar los libros”; misma que lo llevó a promover y fundar también la Feria Municipal del Libro y Libreros de Yucatán. Ahora que se cumplen dos décadas de su partida —don Raúl nació en Mérida en 1944 y murió en la misma ciudad en 2002—, Víctor Roura ha querido recordar (y homenajear) a este hombre de letras…

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A pesar de estar inmerso en la escritura, Raúl Maldonado Coello sólo dejó un libro de su autoría: Diez cuentos del Mayab, cuya segunda edición, luego de 27 años de su primera tirada, salió en agosto de 2002 de la imprenta como un homenaje póstumo a su figura. Editado en unas cuantas semanas después de su muerte, acaecida el 23 de julio de 2002, los relatos, crudos e inesperados, hablan sobre todo de la vida, marginada y marginal, de la gente perteneciente a la clase no afortunada de la península yucateca, de donde era originario don Raúl.

“El día que a su casa llevó el televisor se armó tal algarabía entre su familia que, al rato, el vecindario estaba enterado y con el pretexto de felicitarlo se metieron a la casa y no se quitaron hasta después del último programa”, dice Raúl Maldonado en su cuento “El periodista”. Aurelia, la esposa, dijo esa noche, antes de acostarse, a Augusto Ascencio Arteaga Álvarez que, sí, “mucho televisor pero ni dónde sentarnos, menos en qué guardar las cosas”.

El periodista no respondió.

Su mujer tenía razón: las cuatro sillas y la mesa eran los únicos muebles que habían podido comprar desde su llegada a la capital; lo que ganaba “haciendo de todo un poco”, como él decía, le había servido para mal comer con ella y sus tres hijos.

“Ahora trabajaba de periodista y la pasaba mejor, tenía hasta para comer carne y en un mes juntó para el enganche del televisor”.

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Por más que se disculpó ante su esposa (“yo no pensaba comprarlo, pero ese maldito agente me convenció”), Augusto Ascencio, el periodista, no logró que ninguna de sus palabras hiciera mella en el enojo de Aurelia, antes que a ésta le entrara el sueño. Acostado y con los ojos abiertos, el periodista consumió las pocas horas que de esa noche le quedaban: “Hoy sí la amolé”, se repitió “por centésima vez, a tiempo que se levantaba del viejo colchón que dejaran los últimos inquilinos del cuarto y en el que dormía con toda su familia”.

El pobre hombre estaba más que afligido. “No puedo hacer nada —se decía—, si lo devuelvo no lo van a aceptar y puedo perder hasta el dinero que me pidió la casera por firmar como mi aval”. Prácticamente no pudo dormir esa noche. “Se vistió sin hacer ruido y salió de la casa —narra Raúl Maldonado—. El frío de la madrugada le azotó la cara. Se caló bien la gorra y se cubrió la nariz con un pañuelo para no respirar el aire frío. Caminaba inclinado cuidando no tocar la ropa colgada a todo lo ancho y largo del patio de la vecindad. Al llegar a la puerta que daba a la calle, retiró la llave de una de sus bolsas y abrió. Allí estaban esperándolo, junto a la puerta, sus Excélsiors, Novedades, Heraldos y Universales para ser repartidos…”

Así es: en la pobreza extrema, a un voceador, favorecido por el hado laboral, lo llaman periodista.

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En “Las reglas del juego”, Maldonado se introduce en el mundo de la corrupción que abarca absolutamente todos los resquicios, hasta del menos imaginado. El campesino Carlos Gustavo Xiú estaba harto de las promesas de los sucesivos gobiernos estatales. “Todos son unos cabrones —se decía—. ¡Tienen mucha razón los amigos del padre Álvaro! A mí no me asustan, yo voto por el partido que me da la gana. Y si no vuelven a darme trabajo en el ejido no me importa. Al fin y al cabo, lo que pagan no da ni para comprar el frijol de una semana… A ellos sí les interesa que uno vote por el gobierno para que no pierdan su trabajo, principalmente el comisario y el pagador que se quedan con casi todo el dinero de la raya que manda el Banco Ejidal. Por eso da rabia oír que digan los políticos que están acabando con la corrupción en el campo, como si uno fuera muy bruto y no se diera cuenta que son ellos los que defienden a los sinvergüenzas. Después de todo, no sé por qué se preocupan esos perros si, como sea, ganan”.

Ahí, en Kihtún, las cosas se movían por intereses políticos y ay de aquéllos que no cumplieran con los mandatos de los caciques. Sencillamente se quedaban sin trabajo, como Xiú, que ya pensaba hacer, de manera autónoma, tal como lo hacía Rosendo, sus ventas de modo clandestino.

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“Con lo que me pague don Lorenzo por los tres pavos y el cochinito, empezaré, y les voy a demostrar a los del ejido que ni falta me hace el trabajo que me quitaron”.

Mientras su pensamiento volaba muy alto, Xiú se untaba el jabón restregándose con la fibra de henequén (“sosquil”) por todo el cuerpo. “No sería el primero en hacerlo —se decía—, pues Rosendo, que me dio la idea, lleva como un año metido en esto y el canijo ya compró bicicleta y hasta mandó poner luz eléctrica en su casa de tan bien que le ha ido. No creo que Rosendo se enoje porque yo lo haga, pues no pienso meterme con sus clientes. Él me dijo una vez que todo se lo vendía a los políticos de Kihtún y que incluso hasta al presidente municipal. Y esos no me comprarían nada, ¡ni de chiste! Yo a los que pienso venderles es a los amigos del padre Álvaro. Estoy seguro que ellos me lo comprarán, y así a lo mejor ni se entera Rosendo”.

Xiú tenía la seguridad de que saldría adelante.

“Todo debe salir bien —pensaba—; según averigüé, los policías no revisan la mochila de los campesinos porque los ven pobres. Y en caso que me descubran hago lo que hace Rosendo: les doy dinero y me dejan pasar toda la mercancía que quiera”.

A la hora de la cena, Casiana casi no hablaba. Le preocupaba hondamente que su marido no tuviera trabajo. “¿Qué piensas hacer ahora? —le preguntó—, ¿vas a sembrar hortalizas?” ¡Nada de esas porquerías!, contestó Carlos Gustavo Xiú, “es algo más fácil y que deja dinero, Casiana, ¿sabes qué es? Contrabando”. Con la sorpresa brincándole en los ojos, la mujer le dijo asustada: “¿Ya le preguntaste al padre Álvaro si eso no es pecado?” Ciertamente, era el único hombre del pueblo con quien el campesino podía hablar sin vacilaciones. Además, el padre Álvaro también sabía hablar sobre las injusticias y los abusos del poder. Así que, ya metido en los asuntos de la venta subterránea, Xiú fue a preguntarle al párroco. “No sé —respondió el cura—, las leyes de la iglesia no dicen nada del contrabando, pero creo que no es pecado porque los impuestos no tienen que ver con las leyes de la Iglesia”.

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Al segundo día de su regreso de sus ventas clandestinas, “la emoción invadió los corazones de su familia cuando Carlos Gustavo Xiú comenzó a contar sobre la banqueta de madera el producto de su empresa. Casiana, sin dejar de soltar lágrimas, lo miraba sintiendo el cuerpo lleno de alegría”.

Cuando el hombre terminó de contar su dinero, gritó eufórico: “¡Dos mil cien pesos! ¡Casiana, dos mil cien pesos! ¡Los ochocientos pesos que invertí son ahora dos mil cien pesos!” Pero, justo en el momento de la primera alegría de su vida, sonaron unos toquidos en la puerta de la casa: dos policías venían a arrestarlo por perjudicar al comercio organizado de Kihtún. Y la acusación provenía de la Unión de Comerciantes, los amigos del padre Álvaro, ¡precisamente a quienes Xiú había vendido toda su mercancía!

Raúl Maldonado Coello

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Pero también había poesía en la prosa de don Raúl Maldonado: su cuento “Nostalgia por un trino” narra las peripecias de la niña María que cantaba como un verdadero ángel. No había ser humano que no sucumbiera a su canto. Incluso, el día de Todos los Santos que no había ni una flor en Kihtún porque un comerciante las había vendido a un comprador de la capital y el pueblo se quedó sin las flores para sus muertos, la niña María se puso a cantar en los jardines de todas las casas del pueblo y las flores, por su canto, fueron brotando de manera natural. Hermoso cuento de un dotado narrador que sólo, en vida, publicó diez cuentos guardándose para sí, vaya uno a saber las respetadas razones, quién sabe cuántas historias más…

Porque lo que apasionaba realmente a don Raúl era la creación de los libros de otros autores que elaboraba, diestramente, en su propia imprenta para darle vida a Maldonado Editores, una empresa con veintenas de títulos ajustados a la cultura del Mayab. No sé cuántos libros habré leído de esta prestigiada editorial, acaso un centenar, no lo sé, abocada intensamente a la cultura yucateca.

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Cuando don Raúl se enteró de que yo había nacido en Mérida —en la Calle 2, número 529 en el barrio de Santiago—, mas toda mi escolaridad la había cursado en la Ciudad de México, me preguntó por qué mi estado natal me abandonaba sin haber reconocido, por ejemplo, mi trayectoria periodística, no supe qué contestarle.

—Es que seguramente tú no has hecho nada para que estos premios puedan concretarse, ¿verdad? —agregó don Raúl con demasiada razón en su argumento, por lo que, sin dejarme hablar, me dijo que él se encargaría, con el apoyo del municipio, de instalar una placa conmemorativa en la casa ahora abandonada donde vi la luz primera.

Y no supe qué decirle, sino agradecerle enormemente su gestión, porque no me cabía ninguna duda de que su empeño tendría resultados favorables. Muy dentro de mí la sugerencia me causaba una honda, acaso inexplicable, satisfacción.

Pero don Raúl Maldonado murió pocos meses después de haberme propuesto aquel inmerecido homenaje a mi vida, acción suya tan generosa que jamás la olvidaré aunque nunca se haya llevado a cabo. Me bastó con la sola sugerencia para haberme hecho sentir orgulloso el resto de lo que pueda quedarme de vida, lo cual se lo agradeceré eternamente.

Descansa en paz, don Raúl.

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