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Elena Poniatowska, nonagenaria

Llegó a este mundo el 19 de mayo de 1932. Nació con el título de princesa Héléne Elizabeth Louise Amelie Paula Dolores Poniatowska Amor. Periodista, escritora y profesora, Elena Poniatowska está de plácemes, pues llega a las nueve décadas de vida. Con una amplia trayectoria en las letras, ha ejercitado casi todos los géneros literarios: novela, cuento, poesía, ensayo, crónicas y también cuentos para niños y adaptaciones teatrales. Vive en México desde 1942, cuando por la Segunda Guerra Mundial su madre tuvo que emigrar, y posee la nacionalidad mexicana desde el año 1969. Desde una posición privilegiada —y como parte del grupo intelectual que ha manejado la cultural en México en las últimas décadas—, Poniatowska ha sido una periodista y escritora comprometida que a menudo ha puesto su pluma al servicio de las causas más justas.


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Mexicana nacida en París el 19 de mayo de 1932, Elena Poniatowska prácticamente se encaramó como figura intelectual a partir de su libro La noche de Tlatelolco (1971), que la encumbrara como periodista con ojo crítico a pesar incluso de haber formado parte del prestigiado círculo de comentaristas en Televisa: su opinión, tras la aparente inocencia de sus metáforas, debía entenderse indudablemente como un referente de progreso intelectual, localizada siempre, Poniatowska, en medio de los definidores de la cultura nacional aposentados en la denominada “mafia” artística que decidiera lo valioso, o lo dubitativo, del arte producido en México.

 

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Las heroínas de Elena Poniatowska, con excepción de Rosario Castellanos, son animales bravíos. De ahí el título de su libro: Las siete cabritas (Era, 2000), porque, aclara la autora, “a todas las tildaron de locas y porque más locas que una cabra centellean como las Siete Hermanas de la bóveda celeste”.

Su hija Paula, conociendo de sobra a su madre Elena, le había sugerido Las dulces gatitas o Las yeguas finas (más adelante la escritora dirá, en otro libro, que Leonora Carrington es una caballa, no yegua, no potranca, sino caballa, y sus amistades se lo celebrarían), pero la narradora se decidió por las cabras porque, sin remedio, a todas, con excepción de Castellanos, las retrató, más que como unas locas, como unas mujeres sencillamente insoportables.

Después de leer cada uno de los siete perfiles, que no ensayos, el lector no termina admirando a estas damas sino dándoles la espalda: si para ser consideradas talentosas tuvieron la destreza de encuerarse en el momento oportuno, significa que estamos, entonces, ante un mundo donde el imperio masculino es verdaderamente dominante y sujetador.

 

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Si Frida Kahlo no se hubiera acostado con Diego Rivera, jamás su nombre habría alcanzado la fama que hoy posee. Si la Nahui Olin, esa mediocre pintora, no hubiese sido “domesticada” por el Dr. Atl, sus desnudos hubieran pasado inadvertidos ante los ojos de las “feministas” de fin de siglo. Pita Amor sabía a quién se entregaba, y a quién le disparaba las copas: nunca hizo las cosas en vano.

Cuando Diego Rivera se enamoró de María Félix, Frida Kahlo sufrió mucho. Pero cuando la actriz lo rechazó, la pintora defendió a Rivera como una cabra enloquecida: “Yo también tuve otros amores —dice Poniatowska que decía orgullosamente Kahlo—, fui una devoradora, tomé y deseché, vámonos a la basura, chancla vieja que yo tiro no la vuelvo a recoger. Fui tras del que me gustaba o de la que me gustaba, fui una amante violenta y tierna. Yo nací para fregar, pero la vida me fregó. Me volví exhibicionista, quería ser espectacular donde quiera que entrara, pero dentro de mí, cada paso que daba era una chingadera. Reía como burro, echando mi cabeza hacia atrás para que nadie viera mis dientes escondidos por mi lengua. El diablo adentro. Reía a carcajadas para no llorar de dolor. Soy una vieja muy chingona”.

Pero, claro, junto a Diego Rivera su nombre nunca iba a pasar inadvertido. Lo que se admira de Frida Kahlo (1907-1954), y Poniatowska lo subraya innumerables veces, es su resistencia a las múltiples enfermedades; “ésta que ves —dice Frida, según Poniatowska—, no cree que Dios exista, porque si existiera no habría sufrido tanto, ni hubiera pasado mi vida en cochinos hospitales sino en la calle, porque siempre fui pata de perro aun con mi pata tiesa. Si Dios existiera, Diego nunca me habría puesto los cuernos ni yo a él y ahora tendría un hijo suyo”.

 

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Para Poniatowska, tal como Ricardo Garibay retrató a las mujeres en su literatura, las hembras son como animales: yeguas, perras, cabras, zorras, burras, gatas, y los hombres las tratan de acuerdo a sus respectivas naturalezas zoológicas (en lugar de pies, Poniatowska dice que Frida Kahlo tenía patas).

Pita Amor (1918-2000) se decía poeta, y se desnudaba ante los poetas para comprobarles su poesía. Desnuda la retrataron Roberto Montenegro, Diego Rivera, Gustavo Montoya, Juan Soriano, Antonio Peláez, Enrique Asúnsolo y Raúl Anguiano, quien le hizo un “atrevidísimo desnudo que la muestra sentada con las piernas abiertas”. Dice Elena Poniatowska que un torbellino la hacía salir y beber noche tras noche. “Pita era el centro de todas las reuniones, tomaba decisiones temerarias: ‘Vamos a quemar la biblioteca del pulcro José Luis Martínez’. Divertía a todos con sus ocurrencias y su atrevimiento. También era solidaria con sus amigos. Una noche que Fernando Benítez se dio cuenta que no tenía con qué pagar la cuenta del Ciro’s les dijo a sus cuates del alma y de parranda, Pepe Iturriaga, Hugo Margáin y Guillermo Haro: ‘No se preocupen, ahora mismo voy a llamar a Pita’. ‘Pero. Fernando, ¡son las cinco de la mañana!’ Pita llegó con su desnudez y su ineludible abrigo de mink y pagó dejando una espléndida propina”.

Después de regalar a su hijo a su hermana Carito, y después de muerto el niño ahogado en una pileta de agua, “Pita se va para abajo y su camino descendente espanta casi tanto como su vertiginoso ascenso anterior”.

Dice Poniatowska que Pita Amor es importante “porque rompió esquemas al igual que otras mujeres de su época catalogadas de locas”, pero no dice que estas roturas de esquema sólo consistieron en exhibir su desnudez a un círculo reducido de intelectuales, que la incorporaron, por eso mismo, a su circuito poético sin excusas.

 

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Pero Nahui Olin (1893-1978) gana a todas estas cabras. Aparte de saber “relinchar” [sic] en francés, se quitaba la ropa ante cualquier hombre nomás porque sí. “Como vulcanólogo, el Dr. Atl además del Popocatépetl y de la Iztaccíhuatl se encontró con uno mucho más peligroso, por frágil y porque su hielo era delgado y quebradizo: la joven Carmen Mondragón, quien pretendía sacarle a su cuerpo todos los sonidos. En 1922, el Dr. Atl la encerró para examinarla a solas, verla caminar desnuda en la azotea del Convento de la Merced, ciega de geranios. Su pelo trasquilado, los ojos que delatan un asomo de demencia, su boca a gajos de mandarina rajada, explotan, rugen. Nudista desde los siete años como las niñas de Balthus, un suave vello dorado la recubre y convierte su cuerpo en un campo de trigo”.

El Dr. Atl le cambió el nombre de Carmen Mondragón por el de Nahui Olin y, dice Poniatowska, “la volvió mítica”. Nahui Olin es el nombre náhuatl para el cuarto movimiento del sol y se refiere al movimiento renovador de los ciclos del cosmos.

De no haberse desnudado ante estos grandes hombres del mundo intelectual, Poniatowska no se habría tomado la molestia de hablar de ellas en este libro tan falsamente adjetivado (los dibujos de la Olin “tenían la chispa sin sentido del talento sin pies ni cabeza, la gracia absoluta del que no se toma demasiado en serio, y sus dibujos son como ella, ingeniosos, libres, la obra fresca de una mujer ingobernable”).

Basado su libro sobre todo en lo que le ha contado el pintor jalisciense Juan Soriano (1920-2006), que hasta a veces por seguirle el “travieso” discurso se desvía inexplicablemente del relato central, Elena Poniatowska ensalza, atestada de lugares comunes, a siete “cabras” que, según ella, son el modelo de la mujer avanzada y avezada, el ejemplo de la mujer bravía y autónoma (¿autónoma cuando todas ellas dependieron, en su momento, de los patriarcas cultos para abrirse paso en un mundo cultural férreamente masculino?), de las insignes damas que, rompiendo tabúes y esquemas morales, desnudaron sus cuerpos y sus almas a un sector específico de la intelectualidad mexicana, que las llevó, precisamente por eso, a ocupar un trono, tal como se desprende de este libro, en el feminismo nacional.

 

 

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Cuando Octavio Paz le pide a su esposa Elena Garro que se arregle para ir a una recepción en la Embajada de Guatemala, “embadurna su rostro de negro, envuelve su cabeza en una pañoleta de lunares al estilo de Aunt Jemima y, escoba en mano, sube al coche oficial a espantar a su marido”. Lo que a Elena Poniatowska le parecen actos de rebeldía, no son sino actitudes hartantes de señoras engreídas. “Además de su imperio intelectual —dice Poniatowska—, Elena Garro ejercía un atractivo sexual muy poderoso y lo sabía, jugaba con él y se complacía en su cuerpo de muchachito delgado, de piernas largas (tan hermosas como las de Marlene Dietrich), su sonrisa y la invitación y el espanto que alternaban en sus ojos”. Al igual que las otras “cabras”, también Elena Garro (1916-1998) se sentía superior. Discriminadora por su posición social, “la presencia de un pelo negro siempre era una amenaza. Los pelos negros son los de los criados que finalmente pertenecen a otra clase social. Establecer con ellos un lazo es una condescendencia y una promiscuidad indigna”.

Elena Garro le hizo la vida imposible a Octavio Paz, al grado de que Adolfo Bioy Casares declaró, tras la visita de la pareja en Buenos Aires, que Elena Garro “era la mujer que más había amado en su vida, independientemente de la escritora Silvina Ocampo, quien siempre aceptó los flirts mundanos de su marido”. Carlos Fuentes, alguna vez, “al saber que Elena se encontraba en Cannes comentó que era tan grande el poder de su veneno que se habían intoxicado hasta los bañistas en el mar de Mármara”.

 

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La pintora María Izquierdo (1902-1955), la quinta “cabra”, vive con Rufino Tamayo cuatro años, pero cuando el oaxaqueño conoce a la pianista Olga Flores, su segunda mujer, María Izquierdo queda desterrada del lenguaje de Tamayo. Dice Juan Soriano que Olga no quería que se hablara de esa “puta”, esa “desgraciada”, esa “sinvergüenza”, en su casa. ¿Y cómo no iba a ser una ramera si, teniendo ya hijos, se había metido con el impoluto Rufino? De estos saborcitos frivolones está lleno el libro de Poniatowska.

“A raíz de la ruptura con Tamayo, María se flagela. Su pintura habla del dolor que la atenaza. Desnuda a sus mujeres para torturarse mejor. A través de ellas, María suplica, aúlla como animal herido”.

Izquierdo fue la única que consecuentó a Antonin Artaud (Francia, 1896-1948) en México cuando se caía de drogado. Negada como muralista por Diego Rivera y por Siqueiros, María Izquierdo (después de todo, no era tan bonita como una Frida o una Nahui Olin) nunca ocultó su rencor contra esos artistas. Lo que ignoraban estos decidores del arte era que María Izquierdo, según Poniatowska, “resulta más mexicana que Frida Kahlo porque no es folklórica sino esencial. Robusta y chaparrita, cuerpo de soldadera, se adorna como un altar de Dolores. Vestir piñatas, fabricar papalotes, levantar altares, acomodar alacenas, florear tumbas son tareas propias de manos morenas, y María cumplirá con su manda hasta el final de su vida”.

 

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Rosario Castellanos (1925-1974) es la “cabra” que marca la excepción. Unida a un solo hombre en su vida, un hombre que nunca la amó, pero al que le fue fiel hasta el final de su vida, Elena Poniatowska se sorprende por la entereza de esta mujer: “Algo tremendamente conmovedor es ver que Rosario trabajó toda su vida; ni en las peores circunstancias, ni en los momentos más duros, eludió sentarse frente a su mesa, dar su cátedra en Filosofía y Letras, impartir conferencias”. Es decir, Poniatowska admira la normalidad de un oficio: Rosario Castellanos era escritora y escribía. Pero como las otras seis “cabras” no hacían, a veces, lo que debían en su camino artístico (entregadas a la vida frívola y mundana del dinero, el oropel y la vanidad), Poniatowska no deja de sorprenderse de la “desgracia” de Castellanos, que fue el haber amado sin ser correspondida. “¿Cómo sobrevive un ser humano cuando se le patean sus más íntimas certezas? ¿Cómo sobrevivió Rosario? No se puede aniquilar a nadie sus razones de vida, las más profundas, la fe en sí misma, en su cuerpo, en su trabajo. A Rosario —dice una trágica Poniatowska— se las aniquilaron, quedó tendida sobre el tapete bajo el piecito blondo de un querubín y logró no morir”.

Sin embargo, Rosario Castellanos llevaba una cómoda vida oficiosa. Diplomática, viajaba por el mundo cumpliendo las funciones gubernamentales en Relaciones Exteriores. Electrocutada por una lámpara doméstica en la sede de la Embajada de México en Tel Aviv, murió “un día antes de emprender el viaje a México para ser la única oradora en un desayuno oficial de mujeres en la residencia de Los Pinos”.

 

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La séptima y última “cabra” es, obviamente, Nellie Campobello, ésa sí trágica mujer, nacida en 1900 y muerta supuestamente en 1986, a manos de sus cuidadores. Elena Poniatowska la trata, al igual que a todas, de modo exagerado y, por atenerse a sus informantes, desinformado. “Ninguna otra escritora mexicana es tan abrupta, tan arisca, tan peligrosa, tan arma de fuego —dice Poniatowska de la bailarina Campobello, una autora tan ingenua, tan desarmable, tan carismática, tan, valga la adjetivación, poniatowskiana—. Nellie explota pero también analiza. Tiene la misma capacidad que Martín Luis Guzmán para juzgar la Revolución, la pistola al cinto, las frases cartuchos listas para salir de su cartuchera. Nellie, sin embargo, es mujer y le entrega su tesoro al amante. No la toman en cuenta y al rato se desencanta de tanta pasión sin objetivo”.

Por buena amante, incluso le regala los papeles fundamentales de Francisco Villa a Martín Luis Guzmán, quien hace uno de los libros clave sobre el Centauro del Norte. Prefirió que su hombre se llevara el mérito. Ella, mientras tanto, siguió sufriendo el martirio de ser mujer. A pesar de haber hecho mucho por la danza mexicana, tampoco en este rubro consiguió ningún reconocimiento. Sólo su misteriosa muerte, aclarada por la Comisión “¿Dónde está Nellie?”, la sacó a la luz y de ahí que Elena Poniatowska la considerara, entonces, un animal bravío, autónomo, luchón.

Las feministas, como lo es Elena Poniatowska, admiran, y las creen superiores, a las mujeres que se desnudan con prontitud para conseguir sus fines (no en balde estas damas admiran a la gente de la farándula, por eso aún tiene su lugar Marilyn Monroe, por eso lo tiene ahora Lady Gaga). Lo que consideran una debilidad en las que no tienen dinero, la lujuria y el descaro, por el contrario, son virtudes cuando, debido precisamente a estas dos exquisitas particularidades, se obtiene la fama. De ahí la loca exaltación, de las feministas, a una Madonna, a una Gloria Trevi (¿ya a quién le importan las antiguas demandas de los padres que vieron incumplidas las promesas de triunfo de sus hijas prestadas y usadas?), a una Lyn May, a una Salma Hayek, a una Niurka.

“Además de las boquitas de corazón —dice Elena Poniatowska en su libro Las siete cabritas—, Nahui Olin ama sus nalgas como la mejor parte de su cuerpo. Las redondea, las para, las baila, las asolea. ‘¡Órale tú, nalga brava!’, le gritaba Guillermo Haro a nuestra hija Paulita cuando se presentaba en sus shorts lista para ir a Cuernavaca. Mejor que nadie Nahui conoce la importancia de las nalgas y se sienta en ellas con cuidado para no gastarlas porque valen mucho. Joyas preciadas, nalgas y cara son lo mismo, el rostro oculto de la luna. ‘Cuando una puerta se me cierra, yo la empujo con las nalgas’. ‘Las nalgas son el centro del universo’. ¡Cuántos axiomas en torno a las nalgas! Si por Nahui fuera, todos andaríamos con el culo al aire. Los prodigiosos traseros, los traspontines, celebrados en todas las despedidas de soltero y de soltera, son el foco de atención”.

Esta obsesión es parecida a la de los homosexuales, que vitorean los descaros y aplauden las infidelidades, admiran a las desnudistas y exhiben los sexos en carteles y cuadros colocados en puntos estratégicos en sus hogares. “Recuerdo que en el estudio de Juan Soriano —dice, otra vez, Elena Poniatowska— en Melchor Ocampo nos recibían, paradas sobre la chimenea, unas nalgas prodigiosas en una fotografía tomada por el arquitecto Abarca, que se hizo fotógrafo gracias a las clases de Lola en San Carlos. Maestra y discípulo se hicieron muy amigos, Abarca le ayudaba y le cargaba las cámaras hasta que Juan le dijo a Lola: ‘Mira, ¿para qué lo cocoreas? Déjalo en paz. Esto va a acabar mal’. A él no le gustaban las mujeres y por eso tomó esas espléndidas nalgas de hombre en fotografía. Las encontró en un club de futbolistas. En un cuadro tras otro, Nahui insiste en las nalgas pero finalmente las únicas que quedan son las que conserva Soriano y ya no enseña en público”.

Esta excesiva obsesión, tratada admirativamente en cien formas distintas en el libro de Poniatowska, nos hace ver que, en efecto, el cuerpo de una mujer influye de modo determinante en su éxito personal. Nada más que existen ciertas mujeres que, según Poniatowska, saben a quién otorgárselo, su cuerpo, para proseguir avanzando socialmente en sus objetivos, y hay otras que, extraviadas y desangeladas, sólo se los entregan, sus cuerpos, a personas no influyentes perdiendo, de esta manera, la oportunidad de saber explotar con virtud sus respectivos dones femeninos.

Realidades femeninas dictadas no por la misoginia, sino nada menos que por una feminista encumbrada.  

 

 

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