Cristal de aliento

“Sólo el mar vuelve una y otra vez”

Narradora, ensayista, crítica literaria, pero sobre todo —y ante todo— poeta, el pasado 30 de marzo (de 2022) falleció la reconocida (y muy querida) escritora mexicana Dolores Castro Varela. Nacida en Aguascalientes el 12 de abril de 1923, estudió Derecho y la Maestría en Letras Modernas en la UNAM; Estilística e Historia del Arte en la Universidad Complutense de Madrid; Lingüística y Literatura en la ANUIES, y Radio en el Instituto Latinoamericano de Comunicación. Formó parte del grupo Ocho Poetas Mexicanos, integrado por Alejandro Avilés, Roberto Cabral del Hoyo, Javier Peñalosa, Octavio Novaro, Rosario Castellanos, Honorato Magaloni Duarte y Efrén Hernández. A la par de la escritura, Dolores Castro ejerció una segunda vocación con igual pasión que la de las letras: la de profesora. Impartió cátedra en la Universidad Autónoma de México, la Universidad Iberoamericana, la Escuela de Periodismo Carlos Septién García, la Escuela de Escritores de la SOGEM y en las escuelas de Bellas Artes de Veracruz, Cuernavaca y Estado de México, entre otras instituciones. Desde luego, fue durante décadas maestra de muchas generaciones de poetas. Además de haber sido recipiendaria de diversos premios literarios, en reconocimiento a su trayectoria dos galardones llevan su nombre: el Premio Estatal de Poesía Dolores Castro, otorgado por el Instituto Tlaxcalteca de la Cultura, y el Premio Dolores Castro de Poesía, Narrativa y Ensayo Escrita por Mujeres, que concede el Instituto Municipal Aguascalentense para la Cultura. Fue autora de una veintena de poemarios, entre los cuales están El corazón transfigurado, Dos nocturnos, Siete poemas, Cantares de vela, Soles, Qué es lo vivido, Las palabras, Sonar en el silencio, Íntimos huéspedes, Algo le duele al aire o Sombra domesticada. En la poesía de Dolores Castro puede observarse un estilo que une sencillez, brevedad, precisión y una depuración de vocablos, donde el lenguaje ocupa un lugar especial y la escritura es un proceso para descubrir el entorno cotidiano del ser humano y su espíritu trascendente. A manera de homenaje, dejamos aquí esta breve selección de su obra poética…


Infancia

El fulgor en el baño del zenzontle,
un sacudir de gotas irisadas
entre las pardas plumas
eso dura la infancia.

Después, queda la jaula,
después las cuatrocientas
voces del alma
por los cuatro horizontes separadas.
El incienso azulea, se levanta,
y se acercan las sombras
y se agrandan.

Reflejos

Bullir, palabra antigua como mi recuerdo.
Búllete, decía la madre de mi madre, mujer traslúcida
y bullente como el hervor del agua.

Esa palabra del español antiguo
parecía elevarse, fluir en el espacio
de la niña
que observa como vuelan las moscas
en vez de acomedirse
a servir.

El vuelo de las moscas,
el vuelo de las niñas, con espacio más amplio pero sin alas, huye por los aromas,
intenta no caerse del nido
y elevarse
mientras escucha,

o se contempla
en el charquito que dejó la lluvia
en el patio.

¡Búllete, niña, acomídete, búllete.
No te quedes allí!.

¿Bullirse, o reflejar el torrente del mundo?

Largo y frío es el sueño de la piedra

Nada guardó del esplendor del fuego
su gris naturaleza.

¡Cómo me espanta lo que se apaga y queda!

Al rojo vivo, quieta,
bajo la noche de mis sentidos
prisionera,
solo pido calor.

¡Cómo me espanta lo que se apaga
y queda!

Tríptico

I
Detén este cordel mientras los ato. Deben atarse bien
de dos en dos
dedos pulgares.

Sólo te digo que tengas el cordel,
no que lo mires a los ojos.

Sólo se trata de colgarlos de los dedos
y que hablen.

II
¿Y qué quieres?
Éste no habla. Éste
es de esos desgraciados
que se tragan el miedo
de un bocado.

III
Duelen los dedos, duelen
los pulgares.

Y sigue este dolor hasta los dedos
de los pies.

Y duele
que se acerquen a ver cómo nos duele
y duele
que esto
ya no le duela
a nadie.

Nocturno

Aquí voy en el río
desconocida, larga.

Y cabeceo en el viento
como el toro,
que en éxtasis levanta
la llama de sus ojos,
brillantes por la sed
de oscuras aguas.

Y me hundo en la noche
como en el conocido pecho
de mi madre,
húmedo y sin palabras.

Muerdo el fruto del día
y en el silencio voy
como la rama
enamorada y muda
que danza.

Ahí van mis sentidos
prendidos en el vientre de la noche como siete cabritas
palpitantes y fijas.

Sola me quedo,
junto al que se oculta hollando a sus creaturas.

Entre las ramas
flotando van estrellas
como frutillas duras.

Bajo este cielo, ay, todas las cosas,
van hablando entre dientes
solas y presurosas.

Bajo este cielo, ay,
me voy rendida
como la hierba hollada.
Y queriendo cantar,
y sin hallar palabras.

Luz

Llevo los ojos bajos
por adiestrarlos.

Yo sé cómo los hiere
la luz de lleno.

Llevo los ojos bajos,
el pecho abierto.

Sé que la oscuridad
es un deslumbramiento.

Fluir

Fluir, volverse ajeno
sin arrojarse al mar a cada instante y poseerlo
en su profundidad.
Refugiarse en el parpadeo
y para huir del horror,
no mirar.

Sólo el mar vuelve una y otra vez.

Fluir es no volverse,
no ser siquiera estatua de sal.

Fluir, volverse ajeno,
conocer la tierra de Irás
y no Volverás.

Fugas

Qué significa alejarse
si el movimiento arrastra con el tiempo vivido
y cada quien lleva su carga.

Escapar, escaparse,
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀si se pudiera.

Cada quien con su tiempo bebido a sorbos,
su tiempo huracanado que algo arrastra
y algo incrusta para siempre en la memoria.

Recóndita

Bajo las sucesivas
capas de sombras
desvaídas,
muy cerca del olvido
palpita levemente
o esquivando los cuerpos escleróticos,
empedernidos:

Llamita
precipitándose hacia el aire,
agua que borborita
hacia la sed,
y cuerpo de la luz
amanecida
en temblorosa carne:
vida inefable,
inefable vida.

Algo le duele al aire

Algo le duele al aire,
del aroma al hedor.

Algo le duele
cuando arrastra, alborota
del herido la carne,
la sangre derramada,
el polvo vuelto al polvo
de los huesos.

Cómo sopla y aúlla,
como que canta
pero algo le duele.

Algo le duele al aire
entre las altas frondas
de los árboles altos.

Cuando doliente aún
entra por las rendijas
de mi ventana,
de cuanto él se duele
algo me duele a mí,
algo me duele.

En el aire un perfume

Abre con gentileza
el aire
una gran cauda de aroma:
toma de aquí el suspiro
de la yerba
⠀⠀⠀que florece,
del retoño
en las ramas,
y el verdor.

Atesora en su cauda
flor y canto
en vuelo por parejas
de pájaros,
abejas zumbadoras
palomas en zureo
y amantes que bendicen
la salida del sol.

El aire vuela
y como que canta,
pero algo le duele:
del aroma al hedor
algo le duele.

La sangre derramada

Al borde del camino
lo encontramos
el mismo pantalón, la blusa blanca:
sobre su espalda
amapola de sangre.

Llaman de gracia al tiro
que enmudeció su boca,
ahogó su amor
y me dejó baldada.

El estallido
de aquel tiro de gracia
aún retumba
y aúlla en el aire, aúlla.

Los 400 pueblos

Por todas partes en medio
del tumulto, hay algo que se oculta.

Este túnel tan largo
se llama tarde.

Los he visto
semidesnudos

Durante meses han salido, y protestan, brincan
hasta que autoridades advierten su falta de ropa,
no su presencia.

¿A quién creer si todos los engañan?
les quitaron su tierra, su aire, su diario alimento

Ellos danzan al ritmo de impaciente tambor
y nada ni nadie se detiene mientras tanto

Tráfico, gente, autoridades sordas.

Compañera

Esta carencia en días,
meses, años,

tan desdeñada por el satisfecho:

Cotidiana
piedra ardiendo
en agujero lleno de nada

Bajo un sol que no a todos
cobija
y una sombra que ampara
endurecido el pecho,
el puño,
el ademán,
el alma.

No hay una sombra dónde refugiarse
Y aquí se ama la sombra.

No hay a quién preguntar cómo, por dónde:

Sólo un zumbar de abejas sin panal
en medio de palabras
desconocidas:

La noche no es descanso, el sueño pesadilla
¡Todo lo mío ha quedado tan lejos!

Llamo al sueño y no viene:
me arrastra la fatiga como el agua del río
que no pudo conmigo.

Y esta sombra que derrama
mundo espinoso:
pura confusión y ruido.

¡Pobre de mí, tan lejos
de todo lo que fue mío!

Intelectuales S. A.

Mientras tú trabajas
yo pienso por ti
y si tú sufres
yo sufro por ti
y si tú no comes
yo ya comí
y si te matan
yo no morí

[Fuimos la sombra]

Fuimos la sombra
la opacidad
las hormigas amantes
del bajo tierra oscuro,
los de comer a solas
el guardar y guardarse
del próximo,
y en una amenazante mudez abundando en temer
abundando en temor
y distraídos
en juegos de atinar o fallar, indiferentes
a la germinación
bajo la luz.

[Y hay quienes fuimos]

Y hay quienes fuimos,
Somos sombra,
solo sombra atravesada
A mansalva
Y a trasluz.

[Y tejo]

Y tejo
los hilos luminosos
de color encendido
hilos que fueron de pasión
enmarañados
entre mis dedos
se atropellan.

Hilos en el telar
de las raíces
de mis generaciones

hilos:
se extienden,
multiplican,
crecen
escapan
de mi mano.

Tiempo transcurrido

La ceniza
tan leve, tan ala, tan nieve,
ancla de fuego
testigo de vuelo
y de la breve órbita
del volador.

[Los poemas (aquí seleccionados) han sido tomados de los libros: La tierra está sonando (1959), Cantares de vela (1960), Soles (1977), Las palabras (1990), Tornasol (1997), Oleajes (2003), Íntimos huéspedes (2004), Algo le duele al aire (2011), Sombra domesticada (2013) y Viento Quebrado / Poesía reunida (2011).]

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