Los objetos posmecánicos

Por lo menos en los últimos 200 años, escribe Pablo Fernández Christlieb, la especie humana había tenido que vérselas con unos artefactos que tenían palancas, pedales, manivelas, perillas o interruptores: eran los objetos mecánicos, tan habituales que hasta habíamos aprendido a criticarlos. Pero ahora éstos, con el arribo de los objetos posmecánicos, ya nos comienzan a dar un poco de nostalgia, porque los nuevos dispositivos sólo son una superficie oscura que apenas tiene un botoncito que ni sirve porque se prenden y se apagan solos. Cada objeto crea su propia inteligencia, que es con la que pensamos nosotros, advierte Pablo en esta nueva entrega. El problema es que ahora, con la llegada de los objetos posmecánicos, estamos aprendiendo a pensar como gallinas; es decir, picoteando al azar a ver qué sale…


Con el siglo XXI empezaron a aparecer unos objetos rutilantes, lisitos, inexpugnables, cuya forma no indicaba mucho qué es lo que sabían hacer y, ahí puestos, no se podía averiguar gran cosa para qué servían. Su nombre ayudaba menos: celulares, que de célula o de biología no tenían nada. Ya ni siquiera se llamaban aparatos o máquinas, sino dispositivos, y el que los tenía no era operador ni chofer ni nada, sino nada más usuario, o sea que no sabe operar ni manejar, sino nada más usar. El colmo de todo es que resultaron no sólo indispensables, sino obligatorios, por lo que hubo que vérselas con ellos.

Antes de eso, en los últimos 200 años por lo menos, la especie humana había tenido que vérselas con unos artefactos que tenían palancas, pedales, manivelas, perillas, interruptores, los que, evidentemente, de entrada había que accionar y ya la cosa se echaba a andar, y quedaba meridianamente claro si servían para cortar, transportarse, lavarse las manos, etcétera: eran los objetos mecánicos, tan habituales que hasta habíamos aprendido a criticarlos, que porque eran muy inhumanos. Pero ahora ya nos comienzan a dar nostalgia.

Porque los nuevos dispositivos sólo son una superficie oscura que apenas tiene un botoncito que ni sirve porque se prenden y se apagan solos, de modo que la manera oficial de saber cómo usarlos es picotearle como gallina sobre la pantalla hasta que aparezca el resultado deseado o cualquier otro; y si no pasa nada no hay nada que hacerle, excepto volver a picotearle al ratito por si las moscas, que siempre funcionan: son los objetos posmecánicos.

En los aparatos mecánicos se podía inteligir su funcionamiento interno, que una pieza chocaba con otra, que un resorte se desenrollaba, que unas rueditas giraban, que había algo que se transmitía por conductos, mangueras, cables, engranes, como en toda plomería, y se podía oír el ruido de su mecanismo trabajando, clang-clang, traca-traca, run-run. Y que si dejaban de funcionar era que una pieza estaba rota o zafada o que algo se había interrumpido en el diagrama. Con los aparatos mecánicos se fue modelando nuestra inteligencia, que también operaba así. Los niños listos desarmaban el reloj de la sala y todos opinaban que iba a ser ingeniero. Se podía saber cómo arreglarlos, aunque a veces también pretendíamos arreglar los problemas humanos de amor y ternura como si fueran licuadoras, y el asunto comenzaba a sacar chispas.

Pero ahora los niños listos, que ya no saben desenroscar un foco, son capaces de picotear a mil por hora su celular y lograr proezas como conectarse con todas las computadoras del mundo y pedir una pizza, pero, sobre todo, sin poder explicar cómo le hicieron, porque si se les pregunta dan la respuesta correcta: picándole. Parece que así se está moldeando nuestra inteligencia actual. Aunque si el dispositivo se estropea, el usuario se tiene que quedar sencillamente pasmado, sin poder meterle mano, porque todo lo que hay dentro es una especie de pasta sólida más bien homogénea y no muy interesante. Y ni siquiera los que los arreglan saben cómo funcionan: lo único que pueden hacer es cambiar placas prefabricadas de la plasta —la del video, la del audio, etc.—, pero, cómo funcionan, eso sí que desconocen.

Los objetos mecánicos son todos ellos muy explicables, descriptibles, dibujables, menos una cosa, un fluido misterioso mágico que los anima, que es el que pasa por los cables y conductos y piezas y que la física llama energía: gasolina, electricidad, calor, gravedad, fuerza muscular o hidráulica. Pues bien, en los objetos posmecánicos lo único que verdaderamente hay es eso, que en este caso es fuerza electrónica (partículas atómicas electrizadas) que ni siquiera va de un lado a otro sino que ocupa enteramente el interior como si fuera parte del mismo material, y lo que sale en la pantalla viene del misterio: imágenes, sonido, palabras que no estaban contenidos dentro del objeto. Por eso los dueños de la magia de la tecnología posmecánica han logrado dominar economías y sociedades.

Los objetos mecánicos están hechos de piezas separadas que pueden verse a simple vista y que se conectan unas con otras hasta armar la máquina, de lo que sea, de escribir, de cortar pasto, de medir el tiempo, a las que se les puede meter mano. Los objetos posmecánicos son una especie de pila compacta sin piezas que solamente contiene un impulso invisible, indescriptible, inexplicable que hace aparecer en la superficie las sorpresas de la información, y que hoy en día son indispensables para vivir.

Cada objeto crea su propia inteligencia, que es con la que pensamos nosotros. Ahora estamos aprendiendo a pensar como gallinas, picoteando al azar a ver qué sale: las gallinas jóvenes lo hacen con celeridad y gran resistencia a la frustración: las gallinas viejas sólo sirven para hacer caldo.

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