Ni una sola palabra

El norte de mi infancia me puso sombrero y botas. Vaquero niño de vaquero padre. Cantaba las canciones que me aprendía en casa en las fiestas familiares. Antes del abrazo en año nuevo, el diciembre anterior, ya me habían obligado a cantar frente a todas mis tías y la abuela…


El norte de mi infancia me puso sombrero y botas. Vaquero niño de vaquero padre. Cantaba las canciones que me aprendía en casa en las fiestas familiares. Antes del abrazo en año nuevo, el diciembre anterior, ya me habían obligado a cantar frente a todas mis tías y la abuela la “Máquina 501”, la de Jesús García, que en ese tiempo me había aprendido para cantarla un lunes en los honores a la bandera.

Para el Día de las Madres de ese año mi apá había acordado con la primaria que yo cantaría “Madrecita querida”, de Los Tigres del Norte, en el festival del 10 de mayo. Y desde marzo ensayamos algunas tardes para el gran día. Me ponía en el estéreo de la troca la canción para que me la aprendiera, una y otra vez. Yo veía cómo me veía mi madre con cierta angustia por el capricho de mi apá, pero sé que también le emocionaba la idea de verme cantando frente a todas las mamás de los alumnos en su mero día.

Mi mamá cantaba despacito mientras hacía las cosas de la casa. Cantaba en el lavadero y era ahí donde cantaba más alto, y de verdad que lo hacía bien; afinaba y silbaba mucho también. Cantaba cuando cocinaba, y cuando nos servía la comida tarareaba. Cantaba siempre las canciones que estaban de moda, las que salían en la radio. El top ten. En cambio, mi viejo cantaba tan fuerte que los vecinos cerraban las puertas cuando lo hacía. Cantaba gritando, como los gallos en las mañanas compitiendo por quién es el más macho. Cantaba cuando se emborrachaba y hacía que todos se enteraran que estaba de fiesta.

•●•

Yo andaba por esos días como angustiado. La idea de no saber qué regalarle a mi mamá me tenía muy inquieto. Había entrevistado en el recreo a mis amigos. El Dani me dijo que su papá cada año le daba un regalo ya envuelto que él debía entregar a su mamá. Su mamá fingía que no sabía nada. El Chore, en cambio, nos contó que en catecismo la maestra secretamente les proponía aportar un peso cada sábado. Y desde enero ahorraban juntos para comprar lirios blancos, que cada alumno de la clase entregaría como obsequio. Sus mamás también fingían que no sabían en qué gastaban sus hijos ese peso. Y El Mercedes, mientras dominaba un balón con sus muslos frente a nosotros, nos dijo que la neta él no le regalaba nada a su mamá, porque su mamá ya tenía todo. Vieran su cuarto. Abrió los ojos grandotes y detuvo el balón. No se puede ni caminar en ese cuarto con tanta cosa que tiene. ¿Pero qué tiene? Se apresuró a preguntar el Chore. Pues esas cosas que tienen las mamás: muchos aretes, muchos zapatos, varios perfumes. Algo de eso deberías regalarle a tu mamá. Me dijo. Ahí me preocupé más porque no tenía ni un cinco.

Caminé a casa ese día después de las clases. La escuela no quedaba muy lejos de la colonia. En el camino me alcanzó la Raymunda, una prima que vivía junto a mi casa, con la abuela. Estaba un poco loca, eso decía mi mamá. A mí sólo me parecía alguien que siempre estaba feliz. Me preguntó por qué traía la cara agüitada. Le dije que no sabía qué regalarle a mi mamá el Día de las Madres. Sólo murmuró algo y caminamos por la misma banqueta que nos llevaba al barrio. Antes de separarnos, me dijo: Betito, regálale algo que no se le olvide nunca.

La idea me retumbó en la cabeza y durante días exploré las opciones que podían alegrar a mi mamá para siempre. Aunque no tenía mucha noción de lo que eso significaba. Y no podía, por más vueltas que le diera en mi mente, concretar un regalo de mis manos a las de mi madre. Ese sábado por la mañana estaba en el columpio del patio aún con el pendiente encima. La Raymunda apareció por el cerco y me llamó quedito. ¿No anda nadie ahí? Tengo una idea para el regalo de tu mamá. Pídele permiso a mi tía para ir conmigo a cobrar un dinero. Dile que me vas acompañar y te lo cuento todo.

Salí corriendo a donde mi madre en la cocina. La Raymunda ya me esperaba en la puerta y se veía emocionada. Nos echó la bendición y salimos. ¿A dónde vamos?, le pregunté impaciente. Sólo caminaríamos para hacer tiempo y concretar el secreto. Me lo contó como si se supiera poseedora de un plan perfecto que no la había dejado dormir. Lo que haremos será lo siguiente, me tomó por los hombros y me miró a los ojos y siguió caminando y la seguí. Hablaba y movía las manos al aire frente a mí sin detener su paso. Mi tío Lupe te está ensayando la “Madrecita querida”, ¿no? Pero esa canción seguro ni le gusta a tu mamá. La hemos escuchado cantar las canciones que ponen en la radio bien feliz. Y esa de Los Tigres hace años que ni la ponen, se me hace que le gusta más a tu papá que a ella. He oído los últimos días cantar a tu mamá desde el lavadero. Y canta bien bonito la de “Ni una sola palabra”, de Paulina Rubio, esa güera famosa. Me emocioné y le dije que sí, agitando mi cabeza de arriba abajo. Espérate, me detuvo. Es amigo mío el del cibercafé de la cuadra. Vamos a quemar un disco, donde empiece la “Madrecita querida” y a media canción salga la de Paulina. ¿Entiendes lo que te digo? Vas a llegar con tu sombrerito y tus botitas, pero a la mitad de esa pieza empezará la de “Ni una sola palabra” para sorpresa de tu mamá y de todos. El del cíber le entiende bien a eso. Es una gran idea, ¿no te parece? Te ensayaré en secreto para que nadie lo sepa y sea un verdadero regalo que no esperaba. Te voy a enseñar unos pasos de baile bien modernos, seguro todas se ponen a bailar. Yo conozco a las señoras esas y son como tu mamá, también les gusta ese tipo de canciones y será inolvidable. ¿Cómo la ves, Betito?

Su plan estaba tan bien elaborado que no tuve ninguna duda ni peros. Me imaginé ese día aventando el sombrero para cambiar el ritmo de la música. Entonces le dije que sí. Y volvimos a nuestras casas, no sin antes acordar cómo serían los ensayos. Mi papá llegaba a casa cerca de las seis de la tarde. Teníamos un margen de tres horas antes de verlo llegar en la troca para prepararnos con la canción del top ten y dejar atrás a os Tigres del Norte. Inventaríamos mandados y diligencias de la Raymunda para salir de casa y aprender los pasos de baile. Estaba muy feliz porque por fin tenía la certeza de un buen regalo para mamá. A la Raymunda también se le veía feliz.

•●•

Durante los siguientes días ensayé con mi papá oyendo el estéreo de la troca. Me decía que me parara derechito y que moviera las manos al cantar. No puedes estar tieso cantando. Eso no está bien, la gente no te debe ver asustado. Debes tener presencia. Me decía como regaño y consejo y yo sólo veía cómo se movía su bigote mientras hablaba. Y volvíamos a empezar: “Madrecita querida / mil perdones te pido / si por esa traidora / te dejé en el olvido”. Pero horas antes con mi prima ya habíamos estado poniéndole pasos a la rola de Paulina Rubio. Ella puso la coreografía y yo imitaba sus movimientos a su lado. Me proponía que sonriera y me acercara a las madres como una verdadera estrella del pop. Cuando lograba sus enseñanzas se ponía muy alegre y aplaudía rapidito; y dijo más de una vez que se moría de ganas porque llegara el día para ver la cara de mi mamá cuando le diera la sorpresa.

La cancha de la escuela olía a perfumes amarillos y a spray para el cabello esa tarde. Una mesa largota anunciaba con moños de colores regalos chiquitos y grandes para la rifa. Una alumna de sexto, antes de mi aparición, gritó un poema dedicado a las madres, con especial mención a la suya, y la mía me miró emocionada desde su silla porque sabía que seguía yo en el escenario. La Raymunda estaba recargada con la cadera a un lado de la bocina, con el disco secreto y la sorpresa. Volteaba a verme y me hacía muecas con los ojos y la boca. Me gritaron “guapo” y me echaron porras las mamás de mis amigos cuando aparecí con el tac-tac de mis botas picudas anunciando mis pasos. El acordeón de los Tigres sonó y vi que mi padre se acercaba desde el fondo y permanecía lejano, viendo todo desde la última fila. Canté los primeros versos y la magia del disco quemado en el cibercafé hizo que Paulina Rubio poseyera mi corazón de niño, entonces arrojé el sombrero como lo había ideado y los pasos que me enseñó mi prima ponían locas a las madres en el público. A un costado del templete la Raymunda imitaba mis pasos, que eran sus pasos, y movía los labios cantando conmigo: “Ni una sola palabra / ni gestos ni miradas apasionadas / ni rastro de los besos que antes me dabas / hasta el amanece-e-e-er”. En ese momento una señora se despojó de su brasier y me lo arrojó a la cara y estallaron un par de gritos de madres alocadas. Con esa prenda a mis pies, vi a mi mamá parándose a bailar cubierta por una sonrisa bellísima que le llenaba la cara y que nunca, en mis poquitos años de vida, le había visto antes. A su alrededor otras mamás se levantaron y aplaudían fuerte al ritmo de la sorpresa y con los ojos la felicitaban por haberme parido. Y supe, mientras cantaba y bailaba la coreografía de unos pasos bien modernos, que mi madre esa tarde fue feliz para siempre. Mi padre, que se había marchado desde que me deshice del sombrero, no me diría ni una sola palabra nunca más en su vida. Tampoco a la Raymunda.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.