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Las hadas contemporáneas

Realizó estudios en la facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, así como en la Escuela de Pintura y Escultura La Esmeralda. Escritor y director teatral nacido en la Ciudad de México en abril de 1942, don Hugo Hiriart está celebrando sus ocho décadas de vida. Prolífico autor, tiene en su haber una treintena de libros publicados entre obras de teatro, novelas, ensayos y libros para niños. Además ha participado en la elaboración de guiones cinematográficos, y tiene una larga trayectoria de articulista en diversos medios. Premio Nacional de Ciencias y Artes 2009, integrante de la Academia Mexicana de la Lengua desde el 2014, y recipiendario de la Medalla Bellas Artes en 2017, celebramos aquí los 80 años de vida de Hugo Hiriart…


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El 28 de abril cumple ocho décadas de vida con un catálogo riguroso de libros escritos a conciencia, incluido el polémico Vivir y beber que publicara en 1987 con una apología a Alcohólicos Anónimos tras dejar la bebida luego de haberse sumergido en ella dramáticamente para apuntarse, saneado, en la lista de la abstinencia total.

Hugo Hiriart (Ciudad de México, 1942) es un literato de pies a cabeza, acaso demasiado cercano al aparato cultural que lo ha hecho, para mi infortunio, desbarrar en algunas aseveraciones como cuando dijo a una reportera que lo entrevistaba que Víctor Roura era un resentido con el (entonces) Conaculta por no haber recibido ninguna beca que lo beneficiara para escribir una pieza escritural, a lo que la periodista le contestara que yo nunca había solicitado ningún beneficio a dicha institución, negando Hiriart aquella respuesta.

—Eso es lo que él les ha dicho, pero es una mentira suya…

Y no quiso discutir más sobre el asunto, al grado de que la reportera, al llegar a la redacción, me preguntó si Hiriart tenía la razón, porque la había hecho dudar de mis veracidades, pero eso del “resentimiento social” lo he escuchado tantas veces como simplona contestación a un hecho que le cuesta trabajo aceptar a la intelectualidad a cargo de los menjurjes burocratizados de la cultura, cómodamente apoltronada en los recintos el principado, que descreen de la nobleza independiente. Y no, don Hugo, jamás, hasta este momento, he solicitado un apoyo económico a los ministerios de la cultura mientras se halle en el corrillo de las decisiones un grupo compacto familiarizado con prebendas ventajosas sectarias de compadrazgo y amistad.

Pero don Hugo Hiriart es tan buen escritor que, en seguida, paso por alto su artera mezquindad o prejuiciosa desinformación.

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Editada por vez primera en 1972 por Joaquín Mortiz, luego incluida en la segunda serie, con el número ocho, de la colección “Lecturas Mexicanas” de la Secretaría de Educación Pública en 1985, Galaor vio de nuevo la luz, 28 años después de nacida, en la colección “Andanzas” de la Editorial Tusquets. Única novela de Hugo Hiriart con tintes de cuento de hadas, la trama es deliciosa pero más aún el lenguaje de la historia. Galaor es una lección de literatura.

Como en las mejores narraciones de los hermanos Grimm, el telón se levanta cuando, por diez años ansiada, nace la hija de los reyes del País de las Liebres. La felicidad de los gobernados, entonces, fue perfecta como un alfiler. “El día llegó, por fin, del bautismo, y cobijó la catedral a reyes, reinas, notables de varias naciones, y a todas las hadas conocidas. El nombre de pila de la niña fue Iris Emulación Púrpura Neblinosa Brunilda. Consumados los actos sacramentales, las hadas se dispusieron alrededor de la cuna de madera labrada para la ceremonia de la donación”.

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Tal como acontece con La bella durmiente, donde las hadas le conceden un don diferente a la recién nacida, en Galaor son cuatro las hadas (“muy jóvenes y bellas y llamativas y reposadas”) las que se disponen a verter su magia a la niña. La mayor de las hadas “tendría trece años y la menos hermosa, si cabe decirlo, parecía madonna de mármol pardo. Las cuatro sonreían beatíficamente; la luz de rectos vitrales las teñía de colores; las bóvedas de la catedral figuraban cielos de curva múrice”.

La mayor de las hadas, llamada As de Copas, habló y su voz recordó el jadeo de una corza:

—Brunilda bienaventurada, madre de reyes y de arqueros: séate concedido el don grave de la mucha inteligencia para que sean tus amigos los libros y las buenas razones.

Habló la siguiente, llamada Sota de Bastos:

—Brunilda bienquerida, madre de reyes y de astrónomos: séate concedido el don sonriente de la mucha bondad para que sean tus amigos los afligidos y tuyas las acciones comedidas.

Habló la llamada Tres de Oros:

—Brunilda bienamada, madre de reyes y de cazadores: séate concedido el don cadencioso de la suntuosa voz musical para que sean tus amigos todos los medidos deleites del sentimiento.

Habló la más niña, llamada Seis de Espadas:

—Brunilda biendeseada, madre de reyes y de teólogos: séate concedido el don fluyente de la elocuencia para que sean tus amigas todas las gentes y tus palabras correctamente dispuestas.

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Pero, como también en aquel formidable relato de La bella durmiente de Jacob y Wilhelm Grimm (en el cual el rey se vio obligado a dejar afuera a una de las hadas, trece en total en ese país —porque el monarca sólo tenía doce platos de oro en la alacena—, que apareció intempestivamente, en medio de la repartición de los dones a la agraciada princesa por parte de las hadas invitadas, furiosa por no haber sido convidada a la fiesta, desgranó una inevitable maldad hacia la niña), en Galaor, surgida de un torbellino rarificado de humo, una anciana se presentó ruidosamente ante el desconcierto de los celebrantes:

—Soy Sota de Espadas —dijo—, hada conocida en un tiempo como Morgana, y quisiera saber por qué no se me invitó al bautismo y a la donación.

La reina, “a hurtadillas, con timorato cariño maternal”, quiso rescatar a su hija pero, al verla, “gritó dolorosamente y se doblegó en el piso de mármol”. La anciana (“los ojillos de puerco, iracundos; el pico fundamental, levantado y agresor; el hociquillo desdentado mudándose de mueca en mueca; la gibosa silueta lanzada hacia adelante; las manos dudosas, huesudas como árboles secos en miniatura, expresivamente amenazantes”), con incomprensible agilidad se acercó a Brunilda y lo que vieron sus ojos no fue a una rozagante criatura divina sino a una parodia de niña.

—¡Insensatas! ¡Golosas creaturas! ¡Ved lo que habéis logrado! —gritó Sota de Espadas.

“Con poco comedimiento y menor destreza maternal, sacó de su cuna a la princesa Brunilda y la lanzó en sus brazos. Mas lo que extrajo no fue una niña de facciones gentiles, sino un objeto sumamente deformado, una horrenda masa de carne y pelos, un monstruo enano. Por acción de los dones, la princesa habíase metamorfoseado: su cabeza, por guardar inteligencia, había crecido desmesuradamente; los rasgos antes armoniosos de su cara eran ahora los de un desapacible batracio; el cuello de incomparable cantora era ancho y vigoroso como de luchador turco; los brazos y piernas de laudista consumada eran musculosos y blancuzcos semejantes a los del discóbolo de mármol”.

Las hadas, en su afán por complacer a los reyes, ofrecieron dones sin la comprensión cabal de sus causas y efectos consecuentes (“desde las destrucciones de Circe y de su sobrina Medea, nada se ha contemplado tan atroz y tan refinadamente torpe como esta criatura”, dijo la anciana Sota de Espadas, imposibilitada de enderezar los beneficios vueltos maleficios involuntarios de las impreparadas hadas). La niña, ya con armoniosa voz apenas nacida, suplicó a la anciana el fin de su sufrimiento: “Si, como decís, sobrecargada estoy de benevolentes maleficios, volvedme señora al sueño oscuro de donde broté: haced, encarezco, mi vida, breve tránsito”.

Y Sota de Espadas, condolida y enternecida, ofreció a Brunilda el sueño profundo por medio de la taxidermia y sus agujas, ya que la disecación es “el humano recurso que puede enfrentarse victoriosamente a la magia”.

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Conformada la novela por 60 breves capítulos, el príncipe Galaor aparece hasta el octavo y sus aventuras posteriores, incluyendo la salvación de la princesa Brunilda (disecada desde el cuarto capítulo), son, por encima de las propias andanzas y hazañas, el maravilloso pretexto para exhibir con brillantez el don literario que alguna ensoñadora hada ha de haber dispuesto, con extremada discreción, a Hugo Hiriart.

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