Cuando tenía unos cinco o seis años, me gustaba visitar la casa de una tía abuela ya mayor, que de vez en cuando nos invitaba a comer. La casa en cuestión era una residencia vetusta de la colonia Santa María la Ribera, que había pasado ya sus mejores tiempos y que, como todas las edificaciones viejas de herencia colonial en México, estaba construida alrededor de un patio central en donde se encontraba una gran fuente que fungía como un acuoso y maternal ombligo. Sobre este círculo recubierto de pequeños mosaicos reposaban grandes macetas que le daban cabida a profusos helechos, azucenas, mastuerzos y lirios, aunque algunos ya se encontraran en estado de decaimiento y, otros, en franca descomposición.

El patio estaba rodeado por unos arcos de los que colgaban grandes jaulas con pájaros de diversos colores. Sobra decir que este espacio era el lugar preferido de la mayoría de los chiquillos, que incluía a varios de mis primos que se quedaban jugando ahí por horas a los quemados o a las traes.

Pero a mí lo que más me interesaba de esa casa era lo que se encontraba pasando los arcos, que eran los interiores y a los que se llegaba franqueando unas destartaladas puertas de hoja de madera tallada. Me fascinaba la idea de imaginar la vivienda como una larga culebra que iba dando vueltas en un cuadrado perfecto y a cuyas profundidades daban acceso, estamento por estamento, unas puertas características. Éstas tenían, en la parte inferior, un tablón en madera y en la mitad superior presentaban un cristal empotrado que dejaba pasar la luz, pero sobre los cuales se colocaban visillos tejidos a gancho para otorgar privacidad de un cuarto a otro. Esta costumbre me inquietaba mucho, pues me parecía que estas cortinillas venían de tiempos inmemoriales que mi imaginación de niña no alcanzaba a comprender. Pero me fascinaba caminar e ir traspasando puerta tras puerta con la misma emoción de ir abriendo un gran número de cajas chinas.

Para mi frustración, algunas de las habitaciones las encontraba cerradas con llave, pues eran espacios privados de la familia donde la entrada estaba estrictamente vedada a las visitas y lo único que me quedaba por hacer era espiar con curiosidad a través de los agujeritos de los visillos. Sólo alcanzaba a adivinar camas cubiertas con colchas blancas, también tejidas a mano, roperos con grandes lunas y burós espigados que delataban los gustos de personas añejas.

Toda la casa olía a perfume de violetas, pero también a humedad de años. Reconocía la fragancia característica porque a mi madre le habían regalado un frasco de porcelana con un listón morado que cuando lo destapaba dejaba escapar el mismo aroma floral. Pero lo que a mí me fascinaba era que aquella residencia contenía una enorme colección de objetos comprados en tierras lejanas y desconocidas. Lo que, supongo, alentó mi prematuro deseo de recorrer el mundo. Y, cada vez que nos extendían una invitación, yo inspeccionaba esa morada con la pasión vehemente de un explorador en el África y escudriñaba cada rincón imaginando tesoros enterrados desde tiempos idos.

Desperdigadas por encima de las repisas y las cómodas y las cajoneras, había plantas exóticas, helechos sustanciosos, sensitivas tímidas al tacto y heliotropos desparpajados. A la sombra de estas benévolas plantas, se encontraban piedras-fósiles, caracolas marinas, monedas chinas, tallas en madera, dragones pulidos en ónix, lupas montadas en plata churrigueresca y arcángeles apolillados de rubios caireles blandiendo sus espadas, más con gesto complaciente que belicoso.

También había planchas antiguas cubiertas de olvido y herrumbre, que suspiraban por alisar camisas blancas de algodón y lino, y puños almidonados. Velas polvosas que producían destellos efímeros en esferas de vidrio de diversos colores que relucían sobre platones de cerámica azul y blanco. Marcos art noveau con fotografías en sepia reposaban bajo la corola cálida de lámparas sostenidas por sofisticadas doncellas de bronce en su pedestal.

Entre las muchas maravillas que descubría y redescubría en cada visita, una tarde dominical, cuando el sol entraba de lleno por los amplios ventanales del salón principal y los adultos miraban entretenidos la corrida de toros por la televisión, me topé con un pequeño acuario improvisado en un gran tazón de cristal color lavanda que, ahora con la perspectiva que otorga el tiempo, debió de ser un Baccarat. Un extraño pez plano y pequeño flotaba en el agua casi sin moverse. En la panza plateada parecía tener dibujada una flor de colores estilo chino sobre las escamas, pero lo más curioso de su aspecto era que parecía tener una pequeña cabeza humana coronando el cuerpo de pez. De lejos, parecía un adorno de cerámica, así que di por sentado que era un objeto meramente decorativo y no llamó más mi atención. Por supuesto que el conjunto del tazón, adornado con unas piedritas de río y un pequeño helecho acuático y el único pez que lo habitaba estaba en el tono y en el estilo adecuado de toda la casa.

Siempre admiré a mi tía Emma por su gusto abigarrado y ecléctico. En aquella época, los “estilos” decorativos aún no se etiquetaban como hoy en día.

Continué investigando la casa y sus maravillas hasta que, después de comer —y si algo no recuerdo es el menú, pues en aquella época no me interesaba la comida en lo más mínimo—, los adultos se sentaron en el salón a beber los digestivos. El ánimo era festivo y pusieron discos elepé y empezaron a cantar. Entre otras melodías entonaron de pronto una canción de amor y celos, llena de nostalgia.

Cuál no sería mi sorpresa en aquel momento cuando noté que el extraño pez que parecía un adorno de porcelana flotando en el tazón color lavanda, repentinamente tomaba vida y sacaba su cabeza verdosa del agua y comenzaba a cantar. Sí, a cantar. Y abría su boquita, la que tenía unos dientes muy finos y afilados y vocalizaba la melodía de la canción. Su pequeña cabeza no era bella, en lo más mínimo. Más bien parecía un pequeño monstruo de ojos saltones y piel craquelada y escamosa. No era, pues, a ojos vistas, ni una sirena ni un canario, pero cantaba la canción que tocaban en el disco con un sentimiento que helaba la sangre. No hablaba, porque traté de comunicarme con ella, si es que entendía otro idioma aparte del castellano, que era la lengua en la que canturreaba con tanta melancolía. No me miraba siquiera, ni parecía percatarse de mi presencia. Era como si sólo la música la animara, le transmitiera vida a su cuerpo de porcelana china, de prodigio de feria, a través de los acordes y las pausas.

Ya no recuerdo si le pregunté a mi tía en dónde había conseguido tal portento, ni siquiera si los adultos se percataron de su musical existencia. Tampoco tengo en mi memoria si la volví a ver de nuevo o si su presencia sólo se ratificó en algún estrato de mis sueños, pero aún puedo evocar con perfecta claridad sus pequeños dientes afilados de pez y su garganta verdosa y plateada, que vibraba constatando vida, al cantar una canción lastimosa de amor y de celos.

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