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El Evangelio según los niños

Fue, es, uno de los poetas mexicanos más sobresalientes del siglo XX, nacido y fallecido en San Luis Potosí. Sacerdote católico, profesor universitario, académico y fundador del orfanato El Hogar del Niño, desarrolló una de las poéticas más entrañables, trascendentes y optimistas en lengua castellana de su tiempo. Joaquín Antonio Peñalosa estudió en el Seminario de San Luis Potosí, en donde cursó filosofía y teología. Fue ordenado sacerdote el 1° de noviembre de 1947. Más tarde, se trasladó a México con la intención de estudiar la carrera de Letras Españolas en la UNAM. Obtuvo lo grados académicos de licenciatura y doctorado. Posteriormente, regresa a San Luis para retomar su ministerio en calidad de vicario fijo. También fue coordinador de Consejo Presbiteral. Su producción literaria abarcó distintos géneros. No sólo escribió poesía, sino que cultivó la prosa poética, el ensayo y el artículo periodístico. Aquí lo recordamos…


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No se sabe a ciencia cierta si el centenario natal del poeta religioso potosino Joaquín Antonio Peñalosa se conmemora este año, o si fue en enero pasado o si será en 2023, pues esos tres años, de un modo o de otro (en biografías oficiales o en estudios sobre su personalidad), fungen en su diversa biografía autoral. Lo cierto es que ni en su San Luis ni en ningún centro académico se han acordado del hecho. Lo celebramos nosotros aquí —con la Semana Santa a unos días—, en medio de las tres fechas, como un sentido homenaje al poeta, fallecido el 17 de noviembre de 1999, no se tiene la certeza —debido a este problema del año de su natalicio— si a sus 77, 76 o 78 años de edad, porque, eso sí, había nacido un 9 de enero. Como fuere, don Joaquín Antonio Peñalosa fue, es, una eminencia en ese estado de la República Mexicana, cuyo nombre rotulara uno de los premios literarios y periodísticos del país.

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Revitalizador de la vida literaria de la cultura católica mexicana, Joaquín Antonio Peñalosa, sacerdote e integrante de la Academia de la Lengua, dejó, un poco antes de morir, un bello libro con la participación de una cincuentena de infantes de San Luis Potosí, lugar donde el autor construyera el Hogar del Niño para albergar a menores de entre los 6 y los 13 años, que, instados por su mentor, escribieron, desde su muy respectivo —y candoroso e ingenuo— punto de vista, algunas impresiones sobre ciertas escenas de la Biblia. El volumen se intitula El Evangelio según los niños (Jus, cuarta edición, 2004) y está ilustrado por Felipe Ugalde.

“Seleccioné —apunta Peñalosa en la introducción— 45 pasajes esenciales del Evangelio que después serían desarrollados por los niños, y que comprenden, en una secuencia cronológica, la infancia de Jesús, la vida pública, su pasión y victoria pascual. Se han preferido los pasajes narrativos sobre los doctrinales, que no estarían al alcance de los niños. Ellos pueden narrar lo que aconteció en la Última Cena, pero acaso no podrían reflexionar en la plegaria que Cristo pronunció en esa ocasión. En cambio, el acontecimiento, el hecho, el movimiento de la acción, concuerdan con el dinamismo infantil y con la cultura de la imagen en que viven inmersos”.

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Además de los pasajes rigurosamente históricos que consigna el Evangelio, Peñalosa eligió “algunos otros temas en que la connatural fantasía del niño y su creatividad imaginativa pudiera expresarse con la más ancha libertad. Estos temas, que desde el primer momento entusiasmaron a los niños, son: cómo te imaginas a Belén, cómo te imaginas la casa de Nazareth donde Jesús pasó su vida oculta, cómo crees que fue Jesús, cómo te imaginas a María, escribe una carta en que cuentes y pidas lo que quieras a Jesús”.

Dice Peñalosa que el Paraíso existe: “Cada niño lo fabrica”. La redacción de cada niño está inspirada inmediatamente en la lectura del pasaje evangélico y en la explicación que Joaquín Antonio Peñalosa les daba, “pero no hay que olvidar que los niños contaban ya con una inicial educación cristiana, recibida, entre otros medios, por la catequesis; y que a su experiencia religiosa añaden su experiencia humana. Son niños de su época, miran la vida de Jesús con ojos de siglo XX. A cada paso confrontan el mundo en que vivió Jesús con el mundo en que ellos viven. Hablan de hotel y no de mesón; fingen a la virgen como han visto a su mamá, yendo a la tienda a comprar su mercancía; en señal de vejez ponen a Simeón unos gruesos anteojos; aluden a trenes, aviones, zapatos, huaraches, periódicos, edificios, en un delicioso anacronismo; y aun san Gabriel, el ángel de la Anunciación, recibe en un momento de alusión televisiva el nombre de Juan Gabriel, el cantor que sin duda han visto en las pantallas caseras”.

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¿Quién dijo que el buzo se hunde en la oscuridad del mar para regresar a la playa trayendo en las manos un puñado de perlas?, se pregunta Peñalosa. “Así vuelve uno, henchido de sorpresas, tras una leve inmersión en el estilo de los niños. La primera sorpresa —dice el sacerdote literato— es mirar a los niños escribiendo. Nomás toman la libreta y el bolígrafo y manos a la obra. Escriben de una sola sentada, sin correcciones ni vacilaciones, con la misma facilidad con que juegan, muy ajenos de los jadeos y estímulos del escritor profesional. No necesitan ni tener un gato enfrente como lo necesitaba Bossuet, ni la habitual y otrora perfumada taza de café. Bien o mal, los niños escriben deportivamente, de un tirón, con fluidez de arroyo o de reportero. Qué santa envidia”.

Y luego de leer varios párrafos está uno indudablemente de acuerdo con las palabras de Peñalosa.

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“Yo me imagino a Belén como un ranchito —escribe Rogelio Castillo Alvarado, de 13 años—, bardeado alrededor, con muy pocas casitas y árboles por todas partes. Está arriba de un cerrito, las casas techadas de ladrillos y otras como castillos con árboles. El campo verde donde pastan los borregos, es muy grande el campo”.

Otro niño —Javier Mora Arredondo, de 11 años— dice que Belén es un pueblo “bonito y limpio. La gente saca agua de un pozo. Tiene casas de madera y el piso es de pura tierra. Es pobre. Las casas chicas, no hay edificios. Las casas no son de ladrillo sino de adobe. Eso era antes, ahora es casi igual”.

Jesús Delfino Sandoval, de 13 años, imagina a Belén como un pueblo “o una ciudad muy bella, llena de animales y personas. Sus casas de paja, de madera y de palitos. Las calles muy alegres porque han de andar ahí los niños jugando a la pelota. Los señores son muy educados y los niños han de ir a misa todos los domingos. Cuando va a salir a alguna parte, la gente se va en burritos”.

Gregorio Torres, de 12 años, y que de grande quiere ser electricista, hace la historia de los Reyes Magos: “Había una vez unos magos que estudiaban las estrellas y se llamaban Melchor, Gaspar y Baltasar. Un día estaban observando el cielo de noche y de repente vieron una estrella muy lujosa, con lo que supieron que el rey del mundo había nacido.

“Los tres reyes se montaron en caballos, camellos y un elefante y siguieron la estrella. La estrella los guiaba. Pero al llegar a Jerusalén la estrella desapareció. Los reyes dijeron:

“—Ya nos perdimos. ¿Ahora qué hacemos? Vamos con el rey a preguntarle dónde queda el camino.

“Fueron con el rey que se llamaba Herodes, le besaron la mano y después le preguntaron:

“—¿Dónde nació el rey Jesús?

“Herodes no supo y mandó hablarle a un sacerdote, le dijo que buscara en la Biblia. El sacerdote buscó en la Biblia y halló que Jesús iba a nacer en Belén.

“Herodes les dijo a los magos:

“—Vayan a adorarlo y luego de regreso me dicen dónde está el niño para ir yo también.

“Pero él quería matarlo.

“Al salir los magos del palacio, volvieron a ver la estrella que los llevó hasta Belén. Encontraron al niño Jesús en el pesebre y le llevaron regalos. Melchor le dio oro, Gaspar le dio copal y Baltasar perfumes.

“Luego se preguntaron si iban a regresar con el rey Herodes, decidieron que no y tomaron otro camino. Se fueron muy contentos a sus casas”.

Joaquín Antonio Peñalosa.

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Para Marisa de los Ángeles Valle, de 9 años, Jesús tiene el “pelo castaño claro, de ojos verdes, mide 1.83, delgado, con barba pegada a las patillas, de piel muy blanca, muy sencillo, muy trabajador, muy cariñoso. A mí me hubiera gustado muchísimo conocerlo y darle un beso. Pero con conocerlo así nada más en estatuas de porcelana y yeso, me conformo”.

Para Claudia Elena Díaz, también de 9 años, Jesús “nunca desobedecía a su mamá”.

Alba Aguilar, de la misma edad que las niñas anteriores, dice que Jesús era alto y de “ojos como el mar, la piel era blanca, con un manto ligero, pelo hasta el hombro, tipo jipi. Andaba acompañado de doce hombres de su mismo tipo. Jesús era muy sencillo, como cualquier otro hombre. Quién iba a saber que era el hijo de Dios”.

Javier Mora, arriba ya citado, agrega que Jesús tenía “las orejas muy limpias”.

A su vez, Laura Elena Almazán, de 9 años, sostiene que Cristo debía tener “tantitos bigotes” y Sofía Magdalena Álvarez del Castillo, también de 9 años, acaso más realista (por supuesto dentro de las fronteras de su niñez), dice que Jesús era “muy ordenado”, “limpio y educado”, pero no puede decir más “porque mi inteligencia no llega hasta el límite de verlo como un retrato”.

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Darle la voz a los niños es también un esencial papel de un literato, que no todos lo saben porque, ya crecidos, lo esencial para ellos es poseer premios y prestigio, dejan pronto atrás su niñez. Joaquín Antonio Peñalosa no lo olvidó nunca, acaso porque en él, distante de las insanias de varios superiores suyos —¡Marcial Maciel aún es respetado por numerosos clérigos que no quieren saber del escabroso asunto que ha visibilizado las argucias católicas contra la inocencia infantil!—, tenía noble cercanía con los niños. Acaso por eso es más venerado religiosamente, Maciel, que este literato sacerdote, Peñalosa, casi olvidado incluso en su centenario natal.

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