Un mes de guerra en Ucrania

Rafael Poch es claro aquí: hemos asistido a un intercambio de advertencias y amenazas nucleares a cargo de los presidentes de las dos potencias que concentran el grueso de la capacidad de destrucción masiva del planeta. Y eso asusta. Por su parte, el historiador Taras Bilous advierte sobre los peligros globales y regionales de no ayudar a Ucrania ante la invasión rusa. “Vienen tiempos difíciles. Pero sólo hay una cosa peor que una crisis: perder la oportunidad que ofrece. Ucrania debería convertirse en el Vietnam de Rusia, pero para ello necesitamos ayuda internacional”.


El gran peligro

Rafael Poch

Nos encontramos en el momento más peligroso desde la crisis de los misiles de Cuba de 1962. Hemos asistido a un intercambio de advertencias y amenazas nucleares a cargo de los presidentes de las dos potencias que concentran el grueso de la capacidad de destrucción masiva del planeta. Ya en febrero, Biden advirtió a Putin que si invadía Ucrania se arriesgaba a un conflicto nuclear. Por su parte, Putin declaró, una vez iniciada la invasión, que colocaba sus fuerzas estratégicas en alerta. Eso es algo que no tiene precedentes desde 1962, cuando con Kennedy y Jruschov el mundo estuvo al borde de una guerra nuclear.

También en los años setenta y ochenta, con las crisis en Oriente Medio y con el despliegue de los euromisiles, hubo tensiones y alertas nucleares, pero nunca se llegó a un nivel declarativo tan explícito. Además, después del susto de 1962 las potencias comprendieron la importancia del control de armas y del desarme, comprendieron la necesidad de dotarse de toda una serie de normas de seguridad. El resultado fue toda una serie de acuerdos como el de no proliferación de 1969 —para limitar la capacidad de destrucción masiva a nivel planetario—, el ABM de 1972 sobre defensa antimisiles —enfocado a evitar que el despliegue de nuevos sistemas antimisiles (el escudo) se resolviera desplegando más misiles (lanzas) capaces de burlar el escudo—, o el acuerdo INF sobre prohibición de armas nucleares intermedias (de corto alcance) firmado en 1987 por Gorbachov y Reagan. Todo eso hoy es historia.

Clinton disolvió la agencia de desarme y control de armas en los noventa. Bush junior abandonó unilateralmente el AMB. Obama desplegó sistemas de misiles antimisiles en Rumania y Polonia, y Donald Trump derogó unilateralmente, en 2019, el acuerdo INF después de que su responsable de seguridad nacional, John Bolton, explicara a los rusos que tal derogación no iba contra ellos sino para poder desplegar armas nucleares tácticas contra los chinos en Asia Oriental…

En este peligroso mundo sin acuerdos ni normas, el presidente de Estados Unidos ha llamado ya en dos ocasiones “criminal” y “criminal de guerra” a su homólogo ruso (que, desde luego, lo es, aunque no en mayor medida que todos y cada uno de los presidentes de Estados Unidos), un trato que ni siquiera mereció el carnicero Stalin.

Naturalmente, al lado de todo esto hay canales de comunicación, “teléfonos rojos”, entre los dueños del botón nuclear. En Washington, el Pentágono mantiene un pulso con el Departamento de Estado y el complejo mediático, ambos mucho más beligerantes e irresponsables en esta materia. Biden se encuentra en medio de este cruce de influencias. En el fragor de la actual guerra hay una línea directa entre los militares del Pentágono y sus homólogos rusos para evitar incidentes y accidentes que desencadenen lo que en principio nadie desea, pero, en palabras de George Beebe, exjefe del departamento analítico ruso de la CIA, “los peligros a los que nos enfrentamos, sin ser incontrolables, sin duda no tienen precedentes”.

A un mes de su inicio, de momento la guerra ha producido para Rusia tres cosas que Moscú quería evitar: una Ucrania definitivamente unida en su sentir antirruso, una OTAN fortalecida con países neutrales llamando a su puerta, y la revitalización del liderazgo global de Estados Unidos. “Si la guerra convencional se descontrola, el uso de pequeñas armas nucleares no podría descartarse del todo y en ese caso la guerra se extendería al conjunto de Europa”, advierte el director del Instituto de Estudios Globales de la Universidad de Shenzhen, Zheng Yongnian.

La pregunta es la siguiente: ¿son verdaderamente conscientes los actuales dirigentes europeos —es decir, el grupo de políticos estratégicamente más mediocre desde 1945 que hoy está al mando de la UE— de la gravedad concreta que encierra esta desgraciada crisis? Las señales al respecto no son en absoluto concluyentes.

Es cierto que la OTAN, y el propio Biden, han repetido que no van a intervenir militarmente de forma directa en Ucrania, pero el olor de la sangre del oso en el campo de batalla atrae al tiburón y la tentación puede llegar a hacerse irresistible. La semana pasada el ministro de Defensa estoniano, Kalle Laanet, insistió en la oportunidad de crear una “zona de exclusión aérea” de la OTAN, algo que pondría en inevitable contacto a la aviación rusa con la de Estados Unidos y la OTAN, y cuya aplicación lleva lógicamente consigo la destrucción preventiva de sistemas rusos de defensa antiaérea, bases aéreas, etc., razones por las cuales la OTAN rechaza de momento ese escenario. El primer ministro polaco, Mateusz Morawiecki, y su segundo, Jaroslaw Kaczynski, han ido más lejos al proponer el envío a Ucrania de una “fuerza de paz” de la OTAN con efectivos polacos que tome bajo su control la Ucrania Occidental, que en gran parte perteneció a Polonia en el pasado, incluida la ciudad de Lvov (Lviv, Lemberg o Leópolis, según las diversas denominaciones). Mientras estos proyectos forman parte del debate, la OTAN ha iniciado unas grandes maniobras militares en el Ártico que obligan a Rusia a mantener la guardia en su espacio norte y dividir sus recursos.

El Kremlin inició esta invasión rigiéndose por la célebre máxima napoleónica on sengage et puis on voit (uno se mete en la batalla y luego se decide sobre la marcha). El propio Putin comentó públicamente en febrero que su “operación militar especial” actuaría “según las circunstancias” (“по обстоятельствам”). La impresión es que esperaba que el ejército regular ucraniano se desmoronaría, que los efectivos más irreductibles y nacionalistas destacados frente al Donbas y en Mariupol, puerta para la conexión territorial con Crimea, serían aniquilados, y que en el este y el sur del país no habría gran resistencia popular. Con el gobierno de Kiev en fuga y el sureste controlado, se podría configurar una Ucrania no hostil al este de la línea del Dniéper con un gobierno títere favorable a Moscú y relegando y concentrando la “Ucrania hostil” a la región occidental en la que se configuraría un estado satélite de la OTAN y fuertemente antirruso. La impresión es que la evolución del conflicto ha impuesto escenarios mucho más modestos a Moscú, que se concretarán según evolucionen las cosas en el campo de batalla. Pero, ¿cómo evolucionan? Es difícil decirlo porque el combate de propagandas es muy intenso. Según fuentes militares de Estados Unidos, en la segunda guerra del Golfo, los americanos tardaron un mes en llegar a Bagdad y en la primera jornada de guerra lanzaron más bombas y misiles de las que los rusos han lanzado en lo que llevamos de campaña. En cualquier caso, en Moscú parece seguir pensándose en una partición del país. “Tendremos por mucho tiempo dos Ucranias”, decía el 15 de marzo Konstantin Zatulin, vicepresidente de la Duma para asuntos del entorno postsoviético. “Sólo con una victoria habrá espacio para la diplomacia, sin ella nos enfrentaremos a las peores consecuencias como pueblo y Estado”, explicaba.

Por encima y a costa del sufrimiento de la población ucraniana, de la mortandad, la destrucción de edificios civiles y el éxodo, la guerra viene determinada por los objetivos de cada una de las grandes potencias enfrentadas. El politólogo moscovita Dmitri Trenin define así esos objetivos: “Para el Occidente dirigido por Washington, el objetivo principal no es sólo cambiar el régimen político en Rusia, sino también eliminar a Rusia como entidad independiente en el escenario mundial, e idealmente meterla en conflictos internos. Para Rusia, el objetivo principal es establecerse como país autosuficiente e independiente de Occidente en términos económicos, financieros y tecnológicos, así como afirmarse como gran potencia y uno de los centros del emergente mundo multipolar. Estos objetivos no dejan espacio para un compromiso estratégico”, dice. Y ahí radica el peligro.


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La guerra en Ucrania y el Sur Global

Taras Bilous

El 10 de marzo de 2022, The Guardian publicó un artículo titulado “Occidente contra Rusia: por qué el sur global no toma partido”, escrito por David Adler, coordinador general de la Internacional Progresista. En esencia, el autor del texto trata de justificar la posición de esa parte de la izquierda occidental que se niega a apoyar la resistencia del pueblo de Ucrania contra la agresión de Putin y se limita a hacer llamamientos generales a la paz y a una “solución diplomática”. Decidí escribir una respuesta a este artículo por varias razones. Primero, su argumento principal puede parecer convincente a muchos izquierdistas, mientras que yo no estoy de acuerdo con él; segundo, nuestro Commons Journal sigue siendo miembro de la Internacional Progresista; y tercero, el autor se refiere directamente a mi texto “Una carta desde Kiev a la izquierda occidental”, por lo que su artículo también es una respuesta a mi nota. Este es mi intento de continuar este diálogo.

Derecho internacional

El artículo de Adler comienza con una referencia a una sesión de emergencia de la Asamblea General de la ONU sobre la agresión rusa contra Ucrania. Francamente, esto me sorprendió, porque en el contexto de la declaración sin dientes del Gabinete de la Internacional Progresista, la resolución de la ONU es francamente un modelo de radicalismo. Desafortunadamente, David Adler no explica por qué el Gabinete no electo de la Internacional Progresista no hizo lo que hicieron 141 países en la Asamblea General: apoyar la exigencia a Rusia de “retirar de inmediato, completa e incondicionalmente todas sus fuerzas armadas de Ucrania”. En cambio, Adler señala que el Sur Global no ha impuesto sanciones a Rusia, por lo que solo “Occidente” y sus aliados de Asia Oriental están presionando activamente a Rusia.

“La verdadera brecha no es entre la izquierda y la derecha, ni siquiera entre el este y el oeste”, escribe Adler, sino “entre el norte y el sur, entre las naciones que llamamos desarrolladas y las que llamamos en vías de desarrollo”. En resumen, al señalar la renuencia de los gobiernos del Sur Global a imponer sanciones, Adler está tratando de absolverse de responsabilidad y mantener su posición de avestruz.

No pretendo minimizar la brecha entre el Sur Global y Occidente. Por el contrario, como residente del país más pobre de Europa del Este, simpatizo con la renuencia de los países pobres a sufrir pérdidas económicas evidentes debido a su participación activa en el conflicto. Sobre todo porque es el Sur Global, no Occidente, el que sufrirá la crisis alimentaria que nos espera a todos debido a la invasión rusa de Ucrania. Pero tengo una actitud completamente diferente hacia la reticencia de los países ricos a imponer sanciones porque les supondrían pérdidas. Los gobiernos occidentales no tienen excusa en este tema. Y, para la izquierda occidental, la posición del Sur Global no puede servir como excusa para tratar de apartarse de este conflicto.

Sin embargo, la renuencia a participar activamente en el conflicto de los países que han sido víctimas del imperialismo occidental no sólo tiene razones económicas, sino también históricas y políticas evidentes, a las que se refiere Adler. También cita a Pierre Sané, presidente del Imagine Africa Institute y exsecretario general de Amnistía Internacional. “Neutralidad no significa indiferencia”, dice Pierre Sané, “neutralidad significa llamar continuamente al respeto del derecho internacional”. La posición de Pierre Sané es inequívoca. La de la Internacional Progresista, por otro lado, no lo es, y no puedo evitar preguntar nuevamente, ¿por qué entonces su declaración no llamó al cumplimiento del derecho internacional y, en consecuencia, exigió que Rusia retirara inmediatamente sus tropas de Ucrania?

Como señaló Marwan Bishara, la reticencia de muchos países a involucrarse en el conflicto “tiene menos que ver con Ucrania y más con Estados Unidos”. Eso es comprensible. Pero defender el derecho internacional ahora es apoyar la lucha del pueblo ucraniano por su libertad e independencia, al menos a través de declaraciones.

Desafortunadamente, la Internacional Progresista ni siquiera ha hecho eso.

Paralelismos históricos

David Adler establece un paralelismo entre la renuencia del Sur Global a participar activamente en el conflicto actual y el Movimiento de Países No Alineados durante la Guerra Fría. Pero ignora una diferencia fundamental entre el conflicto actual y la Guerra Fría. Si Occidente no ha cambiado mucho políticamente desde la Guerra Fría, el otro lado del conflicto, Rusia, ha cambiado drásticamente. Nos guste o no, la Rusia actual tiene más en común con el Tercer Reich que con la Unión Soviética. No considero fascista al régimen de Putin, pero en este caso es realmente difícil evitar los paralelismos. En ambos casos tenemos un imperio que perdió el enfrentamiento global, con el que el enemigo se comportó con arrogancia tras la victoria, y donde arraigaron sentimientos revanchistas.

La Unión Soviética, a pesar de su autoritarismo, deportaciones y masacres, ofreció al mundo un proyecto progresista definido. El régimen de Putin sólo promueve el conservadurismo, el nacionalismo agresivo y la división del mundo en esferas de influencia de las “grandes potencias”. En este sentido, a pesar de todas las diferencias, el Tercer Reich es la analogía más cercana a la Rusia de Putin.

La renuencia del Sur Global a apoyar la presión occidental sobre Rusia también es comparable a la renuencia de los movimientos anticoloniales a apoyar las guerras de sus metrópolis contra los países del Eje. A menudo se pasa por alto ahora, pero las colonias africanas y asiáticas de los estados europeos tenían diferentes actitudes hacia la participación en la Segunda Guerra Mundial. Chandra Bose, uno de los líderes del Congreso Nacional Indio, incluso cooperó con los alemanes y japoneses y participó en la formación de la Legión SS de la India Libre. Y estaba lejos de estar solo, como señala el historiador David Motadel:

“En el apogeo de la Segunda Guerra Mundial, decenas de revolucionarios anticoloniales acudieron a Alemania desde el norte de África, Oriente Medio y Asia central y meridional, convirtiendo el Berlín de la guerra en un centro de activismo revolucionario antiimperial mundial. Impulsados por las contingencias de la guerra, los funcionarios alemanes hicieron cada vez más esfuerzos para movilizar movimientos antiimperialistas, dirigiendose a los súbditos de los imperios británico y francés y las minorías de la Unión Soviética”.

No menciono esto para juzgar a las personas que participaron en estos movimientos anticolonialistas. No hay ambigüedad sobre el Tercer Reich, pero los movimientos anticoloniales que optaron por colaborar con él y con los japoneses merecen una mayor comprensión. Especialmente por parte de los ciudadanos de los países occidentales que nunca enfrentaron una elección tan difícil como la de las naciones colonizadas durante la Segunda Guerra Mundial. Las personas que luchan por su libertad tienen que elegir a sus aliados no en circunstancias de su propia elección, sino en circunstancias que ya existen. Al recordar este episodio, simplemente quiero mostrar que la posición de los países del Sur Global no puede ser un argumento en la discusión de la agresión rusa contra Ucrania más de lo que lo fue hace 80 años.

Pero basta de digresiones históricas. Afortunadamente, la Rusia moderna no es el Tercer Reich y no podrá librar una guerra a gran escala por mucho tiempo. No debemos permitir que la guerra se convierta en la Tercera Guerra Mundial, por lo que la izquierda internacional no debe apoyar la participación directa de otros estados en la guerra. Pero los socialistas deben condenar inequívocamente al agresor y apoyar la presión política y económica sobre él. Al mismo tiempo, la izquierda internacional no debe ver a los ucranianos sólo como víctimas: nosotros también tenemos nuestros propios puntos de vista sobre lo que nos gustaría que fuera nuestro país y estamos dispuestos a luchar por ello. Y necesitamos ayuda internacional en nuestra lucha. Apoye la petición de dar a Ucrania aviones y defensa aérea. Pero si no quiere presionar a sus gobiernos sobre este tema, por lo menos apoye la cancelación de la deuda exterior de Ucrania y la aplicación de sanciones más duras contra los oligarcas.

Sur global

En conclusión, me gustaría dirigirme a la gente del Sur Global. Durante las últimas dos semanas he estado leyendo respuestas sorprendidas de sirios que preguntan por qué el mundo no reaccionó tan activamente cuando los aviones rusos bombardearon sus hogares y por qué los refugiados sirios no fueron tratados con tanta hospitalidad como los ucranianos. Obviamente, una de las razones es que somos más “blancos”. Lamento que les hayan tratado de manera diferente. Pero al mismo tiempo, la situación actual le da una nueva oportunidad al mundo entero de cambiar su actitud.

Una de las características de la política de Hitler fue que transfirió las prácticas coloniales europeas destinadas a los “no blancos” a Europa. Esto ayudó a desacreditar la política colonial como tal, y la derrota de Alemania contribuyó al colapso de otros imperios coloniales. Algo similar podría volver a ocurrir ahora. Putin decidió repetir lo que hizo Estados Unidos con Irak, pero no consideró que la reacción a la agresión de un imperio autoritario contra una república más democrática de Europa del Este sería tan diferente. Y esto nos permite finalmente poner fin a tales políticas en todo el mundo.

Entiendo la renuencia a apoyar a sus antiguos colonialistas en su lucha contra otro imperialismo y las advertencias de que un Estados Unidos más fuerte los afectaría negativamente. Pero no olvidemos que el año pasado las tropas estadounidenses fueron retiradas de Afganistán humilladas; por un tiempo, esto las disuadirá de seguir políticas agresivas.

Al mismo tiempo, como ahora vemos, otros depredadores imperialistas pueden beneficiarse de esta situación. Rusia ya bombardeó Siria, ha subyugado a los gobiernos de África Central y Malí, por no hablar de su dominio imperial sobre Kazajstán y Asia Central. Si gana en Ucrania, también podrá entrometerse en los asuntos de sus países. Mientras que su derrota puede contener no sólo a Rusia sino también a otras potencias globales y regionales. Y cuanto antes termine esta guerra, menos negativas serán sus consecuencias, incluso en términos de crisis alimentaria.

Esto no significa que la victoria de Ucrania no tendrá consecuencias negativas. Y aunque ahora deseo con todo mi corazón que Rusia sea derrotada lo antes posible, también me preocupa que un debilitamiento de Rusia en el sur del Cáucaso permita a Azerbaiyán reanudar la guerra en Nagorno-Karabaj. Mis amigos viven en Armenia, y aunque no les gusta la dependencia de Rusia de su país más de lo que me gusta la dependencia de Ucrania de Occidente, en ambos casos la dependencia ofrece garantías de seguridad débiles pero ciertas. Y entendiendo la posición de Armenia, no espero mucho de ella; por el contrario, agradezco que en la Asamblea General de la ONU, Armenia al menos se abstuvo y no votó en contra de la resolución.

Pero preservar este sistema no es la solución. Necesitamos desarrollar y fortalecer el sistema global de seguridad internacional. Y en Nagorno-Karabaj, por ejemplo, el problema de la seguridad podría resolverse parcialmente reemplazando las “fuerzas de paz” rusas por fuerzas de paz de la ONU. Al mismo tiempo, la solución de los problemas de Ucrania también podría ayudar al Sur Global. Por ejemplo, la condonación de nuestra deuda externa sentaría un precedente, que espero que puedan utilizar.

Vienen tiempos difíciles. Pero sólo hay una cosa peor que una crisis: perder la oportunidad que ofrece. Ucrania debería convertirse en el Vietnam de Rusia, pero para ello necesitamos ayuda internacional, como la necesitó Vietnam durante la invasión estadounidense. Actualmente ni siquiera tenemos suficientes Kalashnikovs. Por favor, ayudenos. Si no puede imponer sanciones, ayúdenos de cualquier otra forma que puedan. Y después de que Rusia sea derrotada, tendremos que trabajar juntos en la democratización del orden global.

[Rafael Poch-de-Feliu fue corresponsal en Moscú, Pekín y Berlín. Autor de varios libros; sobre el fin de la URSS, sobre la Rusia de Putin, sobre China, y un ensayo colectivo sobre la Alemania de la eurocrisis.]
[Taras Bilous es historiador y destacado activista del Movimiento Social Ucraniano y editor de la revista Commons.]
[“El gran peligro”, artículo de Rafael Poch, apareció originalmente en CTXT / Revista Contexto. “La guerra en Ucrania y el Sur Global”, artículo de Taras Bilous, fue publicado en la revista Commons; traducción de Enrique García para Sin Permiso. Ambos textos son reproducidos aquí bajo la licencia Creative Commons. El blog semanal de Rafael Poch puede consultarlo en el siguiente enlace: rafaelpoch.com.]

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