No pidas lógica a la pasión

Doscientos veinte años de Victor Hugo…

Nació el 26 de febrero de 1802, y partió de esta tierra en mayo de 1885. Poeta, dramaturgo y novelista, Victor Hugo es quizá el escritor más representativo de las letras francesas del siglo XIX. A la par, también fue un político e intelectual comprometido e influyente en la historia de su país. Entre sus obras más destacadas —algunas de ellas ya clásicos— se encuentran Las orientales, Nuestra señora de París, Ruy Blas o Los miserables Hoy, Victor Hugo es considerado el jefe de las filas del Romanticismo francés, y, desde luego, uno de los autores más importantes de la literatura universal. Aquí lo recordamos…


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Victor Hugo nace el 26 de febrero de 1802 en la francesa Besancon. Tercer hijo del matrimonio formado por Léopold Hugo, militar bonapartista, y Sophie Trébuchet, de opiniones monárquicas. Su hermano Abel había nacido en 1797 y Eugéne en 1800. En 1809, después de la separación amistosa de los esposados, la mujer se instala con sus hijos en París. “Todavía muy joven reveló su vocación —se apunta en el tercer tomo del Diccionario Bompiani de Autores Literarios—; ya en 1916 [a sus 14 años] anotaba: ‘Quiero ser Chateaubriand o nada’ [Chateaubriand (1768-1848) fue diplomático, político y escritor, considerado el creador del romanticismo en la literatura francesa]. En 1819 fue premiado por la Academia de los Juegos Florales y fundó, con sus hermanos, Le Conservateur Littéraire. En 1820 recibió una gratificación de Luis XVIII con motivo de sus odas monárquicas, y dos años después [a los 20 de edad], muerta su madre, inicia su verdadera actividad literaria con Odes et Poésies y se lanza verdaderamente a la vida mediante la boda con Adéle Foucher, su amiga de la infancia”, cosa que trastorna a su hermano Eugéne, enamorado de la novia, volviéndolo loco. Su primer hijo, Léopold, nacido en julio de 1823, muere en octubre. Luego traería al mundo otros cuatro vástagos más. En 1830, tras su declarado éxito teatral Hernani, nace Adéle, luego de lo cual el poeta se sumiría en una profunda depresión al enterarse, incluso por boca del propio amante, que su esposa mantenía relaciones íntimas con el crítico Sainte-Beuve (1804-1869), que se había acercado a Victor Hugo fascinado, primero, por su deslumbrante escritura, aunque luego fue deslumbrado por la belleza de su mujer.

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“A la dura labor y a la ininterrumpida producción literaria se mezclan, en la vida privada de estos años —dice el Diccionario Bompiani—, la tristeza y la alegría: la esposa del escritor se ha convertido en la amante de Sainte-Beuve, y a partir de 1833 Victor Hugo se consuela de ello con el amor que una joven actriz, Juliette Drouet, le profesará hasta la muerte. En 1841, al tercer intento, consiguió ingresar finalmente en la Academia. Sin embargo, este rudo periodo de actividad intensa tuvo un mal fin: en marzo de 1843 fue abucheado el drama Los burgraves, y en septiembre, al regreso de la región pirenaica, a donde se había dirigido con Juliette para reponerse del fracaso, supo por los periódicos de la muerte de su hija Léopoldine, ahogada en Villequier [en el Sena, al día siguiente de su boda]”.

A partir de 1845 se interna (en busca de una “distracción de aquella desventura”) en la política, al grado de no publicar nada en los próximos seis años. Por sus encendidos discursos liberales y humanitarios lo sitúan, cada vez más, en la oposición.

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“El 17 de julio de 1851 pronunció una violenta requisitoria contra los proyectos dictatoriales de ‘Napoleón el Pequeño’. En vano intentó organizar la resistencia frente al golpe de Estado; y, así, hubo de huir a Bélgica. Poco después, Luis Napoleón firmaba el decreto de expulsión correspondiente. Desde Bruselas se refugió, con su familia, en Jersey, y luego, en octubre de 1855, marchó a Guernsey, que no abandonó hasta 1870. Transcurrieron así veinte años de asidua labor. Con él vivían la esposa [cuyo romance con Sainte-Beuve durara seis largos años, hasta 1836, en que rompe definitivamente con el crítico, que se trasladaría, desengañado de Adéle, a Lausana] y los hijos; no lejos se hallaba Juliette, y los amigos que acudían a su lado y con quienes se inició en el espiritismo”.

Republicano ardiente y símbolo de la oposición, denunció al nuevo régimen y rechazó la amnistía de 1859. Atacó al usurpador en el libelo en prosa Napoleón el Pequeño (1852) y, singularmente, en Los castigos (1853). En 1862, sexagenario ya, publica su gran obra Los miserables. Tras la muerte de su esposa, en 1868, escribe El hombre que ríe.

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“Vuelto a París en 1870 y elegido miembro de la Asamblea Nacional, en plena sesión dimite al cargo de diputado, y hasta 1876 no es nombrado senador. No obstante, se siente desilusionado por el nuevo régimen, y poco a poco va abandonando la vida política. Aun cuando siguió escribiendo, el ritmo de su labor no fue ya el de los años anteriores; además, muchas de las obras publicadas entre 1870 y 1885 habían sido iniciadas en el destierro”.

Su gloria, empero —se acota en el Bompiani—, “siguió creciendo a pesar de los duelos y las desventuras domésticas que la ensombrecen y de las manifestaciones cada vez más penosas de un erotismo senil que provocó frecuentes y dramáticas rupturas entre el literato y la fiel Juliette. Su destino excepcional llegó a la apoteosis. Victor Hugo se había convertido en un símbolo para toda la Francia republicana. Sus discursos tenían un amplio eco y eran cada vez más numerosas las manifestaciones en su honor, entre las cuales figuraron el banquete con motivo del cincuentenario de Hernani y la celebración oficial de su octogésimo aniversario. Algunas semanas después de la muerte de Juliette (11 de mayo de 1883), el escritor tomó disposiciones testamentarias (‘Renuncio a la oración de todas las iglesias; pido una plegaria a cada alma. Creo en Dios’). El año siguiente realizó un corto viaje a Suiza. El 15 de mayo de 1885 es víctima de una congestión pulmonar y muere el 22 del mismo mes”.

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Toda Los miserables es un portento de novela. Por ejemplo, en el capítulo II del libro octavo, el referido al acercamiento de Cosette y Mario, la descripción del amor es sencillamente apabullante: existían vagamente asombrados de su felicidad, dice Victor Hugo. Mario vivía en una “especie de sinfonía”, en la cual “lo pasado, aun lo más reciente, se había hecho para él tan confuso y lejano que lo que Cosette le contaba lo satisfacía plenamente. No pensó siquiera en hablarle de la aventura nocturna del caserón, de los Thénardier, de la quemadura y de la extraña actitud y singular huida de su padre. Mario había olvidado al momento todo esto; no sabía por la noche ni lo que había hecho por la mañana, ni dónde había almorzado, ni quién le había hablado; tenía en el oído una música que le ensordecía para cualquier otro pensamiento: sólo existía en las horas en que veía a Cosette. Y entonces, como estaba en el cielo, era natural que olvidase la tierra. Ambos llevaban con languidez el peso indefinible de los deleites inmateriales. Así viven esos sonámbulos que se llaman enamorados”.

Ah, ¿pero quién no ha pasado por estas cosas?, se pregunta Victor Hugo: “¿Por qué llega una hora en que se sale de ese cielo? ¿Por qué continúa la vida después? El amor casi reemplaza al pensamiento: es un completo olvido de todo lo demás. No pidas, pues, lógica a la pasión. No hay encadenamiento lógico absoluto en el corazón humano, lo mismo que no hay ninguna figura geométrica perfecta en la mecánica celeste”.

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Los enamorados viven minutos de oro: el universo en su derredor está como caído en un abismo. No tienen nada delante, ni detrás.

¿De qué hablan los amantes?

“De las flores, de las golondrinas, del sol poniente, de la salida de la luna, de todas las cosas importantes —dice Victor Hugo—; se lo decían todo, excepto todo; esto es, el todo de los enamorados, que es la nada”.

Después del amor de los enamorados, nada existe: “Es probable que este desvanecimiento del infierno detrás de nosotros sea inherente a la llegada al Paraíso. ¿Acaso se han visto los demonios? ¿Los ha habido? ¿Se ha tenido miedo? ¿Se ha padecido? Ya no se sabe; todo esto lo cubre una nube rosada”.

Los enamorados duermen despiertos en su arrullo intenso, e incluso se miran con los ojos cerrados (“porque cerrados los ojos es como mejor se ve el alma”).

¿A dónde van a parar los enamorados?

“Es una pretensión del hombre —dice el sabio Victor Hugo— querer que el amor lo lleve a alguna parte”.

¿Para qué ir a otra parte que no sea el cuerpo de la amada?

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