Los museos ya parecen piezas de museo, nos dice Pablo Fernández Christlieb. Por eso sus directivos han implementado políticas más agresivas que consisten en hacer que los museos se parezcan a cualquier cosa que no sea un museo, especialmente volviéndolos divertidos, que es el último valor en boga, como si fueran circos o casinos. Pero hay algunos que se salvan: los museos de arte. Nada más porque no ha habido autoridad capaz de hacerlos divertidos, lo que los vuelve lugares donde no pasa nada, no pasa nadie, se puede respirar el silencio y hasta oír cómo cae la luz.


Un museo es algo así como una tienda donde no se puede comprar, aunque sí está permitido ver; pero para ver, hay lugares más accesibles donde hasta se puede comprar, como las tiendas grandotas y departamentales estilo Liverpool, que actualmente cumplen las veces de museos, como si las artes plásticas, pintura, escultura, fotografía, ahora aparecieran en la forma de muebles, aparatos de sonido, lavadoras, portadas de discos, adornos, anuncios, cuyas líneas, colores y texturas son indiscutiblemente buenos y muy bien hechos, razón por la cual a los artistas no les queda de otra que hacer performances, aunque los maniquíes escenifican uno que otro en los aparadores de Zara. Las tiendas ya sacan catálogos de sus piezas con títulos y marcas, y sus exposiciones cambian seguido. La gente, para satisfacer sus aspiraciones estéticas, se le queda viendo a un exprimidor de jugos en el Departamento del Hogar de El Palacio de Hierro. Los museos ya nada más son visitados para no quedar mal; o cuando a la familia le da por “convivir” en Semana Santa; o cuando hay que pasear a algún turista. Los museos ya parecen piezas de museo.

No obstante, sus directivos están subsanando este inconveniente mediante el recurso innovador de instalar una sala donde la gente que entre pueda comprar, y es invariablemente la más concurrida de cualquier museo: la tienda de souvenirs, donde posiblemente haya reproducciones de pinturas, pero sobre todo tarros, camisetas, libretitas y portavasos. Incluso se han implementado políticas más agresivas que consisten en hacer que los museos se parezcan a cualquier cosa que no sea un museo, especialmente haciendo que los museos sean divertidos, que es el último valor en boga, como si fueran circos o casinos, donde les ponen jueguitos y les dejan tocar todo a los visitantes para que estén contentos, y contratan animadores y edecanes, y les prenden televisiones para que no se den cuenta de que están en un museo y vayan a extrañar sus casas, sus restoranes y sus salas de espera donde estaban tan a gusto. Es el auge del museo-show, el museo-boutique, el museo-sixflags, el museo-escuelita y el acabose del museo-museo.

Un museo es un lugar donde guardan cosas y las enseñan. Y a la fecha hay de todo tipo: tecnológicos, naturales, históricos, arqueológicos o populares donde exhiben cómics de la Familia Burrón; en ellos quedan incluidos los museos de cera, de las invasiones, del transporte, de los bomberos, de la tortura o de personajes célebres donde se puede admirar la tina en la que se bañaba Frida Kahlo; y en todos ellos se muestran vestidos, documentos, decoraciones, fotos, utensilios y muebles, si es que una horca o una guillotina se pueden considerar propiamente parte del mobiliario. Pero, por razones de origen y de paso del tiempo, los que son típicamente más museos son los de antigüedades y los de arte. La diferencia es que los de antigüedades, que pueden ser de arte, están llenos de cosas, por lo que empiezan a parecerse demasiado a una tienda retro y por ende resulta que son más visitados.

En cambio, los museos de arte, y peor, los de arte moderno, ésos que se llaman MAM, MACBA, MUCA, MOMA, MUAC, como si fueran apodos de familia (mami, mari, maca), son muy vacíos, con poquititas cosas, y por eso sólo los visita uno que otro veinteañero vestido de estudiante de artes, porque ahí ponen cuadros que parece que todavía no los han empezado a pintar y dicen que ya están acabados, un montón de tierra y dicen que eso es una escultura, y un cuarto donde no ponen nada y le ponen título, autor, técnica empleada. Ahí no hay chance de hacer como que uno sí entiende; no llevan niños de las escuelas; los cuidadores parecen eternos y tienen la cara como de ya inventariados; cualquier intento de cafetería quiebra como un rayo; se oyen los pasos perdidos de alguien que no encuentra la salida. Y son probablemente el mejor lugar de la ciudad, gracias a que no ha habido todavía autoridad capaz de hacerlos divertidos, y así, en medio de ciudades cargadas de ruido, aglomeraciones, apuraciones, y de cosas que manosear y comprar, de repente aparece un espacio inesperado donde no pasa nada, no pasa nadie, y se puede respirar el silencio, y oír cómo cae la luz, y moverse lento, y donde las preocupaciones de afuera comienzan a parecer tonterías, y las cosas de adentro empiezan a verse bonitas e interesantes. Porque lo interesante y lo bonito es que uno está en el último lugar que no parece tienda, mientras no llegue una ingeniosa autoridad que logre volverlos exitosos.

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