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“‘El manifiesto comunista’ da la posibilidad de recuperar la fe en que se pueden cambiar las cosas”

El revolucionario panfleto que escribieron Karl Marx y Friedrich Engels sigue teniendo una vigencia sorprendente. Por supuesto, la evolución histórica ha hecho que algunas de sus partes hayan quedado obsoletas —aunque no han perdido su fuerza retórica—, pero como crítica al capitalismo todavía es una obra fundamental, sin cuya lectura es difícil comprender el presente. Ahora, Galaxia Gutenberg ha puesto en circulación una nueva edición y traducción; en ella —escribe los editores en la contraportada— “nos hemos esforzado en ofrecer un texto que se lea hoy como lo habría hecho uno de los lectores destinatarios de la diatriba de Marx y Engels, es decir, un texto dirigido sobre todo a la gente corriente, comprensible para todos”. Patricia Simón ha conversado con el escritor José Ovejero, encargado de esta nueva traducción.


En 1848, dos jóvenes de 27 y 29 años, Karl Marx y Friedrich Engels respectivamente, escriben El manifiesto comunista, un panfleto que casi dos siglos después sigue influyendo a quienes defienden que la política debe ser una herramienta para mejorar las condiciones de vida de la mayoría social. Y también, cada día más, a los líderes políticos que azuzan el fantasma del marxismo y del comunismo para debilitar y desacreditar los Estados del bienestar y las democracias representativas. Como advirtieron en la primera página de su manifiesto los fundadores de la Liga de los comunistas en el siglo XIX: “Todas las potencias de la vieja Europa se han aliado en santa cacería contra ese fantasma”.

“Socialismo o libertad, comunismo o libertad, dicen algunos de los líderes más desvergonzados de nuestro panorama político para escamotear como prestidigitadores todas las medidas que han ido tomando en detrimento de la libertad y el bienestar de los ciudadanos. El Manifiesto es parte de una cultura política desde la que se ha luchado por disminuir los niveles de explotación de los más débiles por los más fuertes, de alcanzar una sociedad menos depredadora”, escribe el escritor José Ovejero en el prefacio de la nueva versión de El manifiesto comunista, que ha traducido y editado para Galaxia Gutenberg. Un libro que incluye, además, los prefacios de las ediciones más importantes, el de León Trotsky y de Rosa Luxemburg.

Conversamos con José Ovejero sobre la vigencia de este panfleto, la pertinencia de publicar una nueva edición en este momento, así como sobre los hallazgos que le ha aportado abordar una nueva traducción de la edición alemana de 1890, preparada por el propio Engels.

—En el prefacio con el que se abre esta edición, usted apunta que “El fantasma que recorre Europa es el de la ignorancia interesada”. ¿Es esta la razón por la que decide embarcarse en una nueva edición de El manifiesto comunista? ¿Por qué ahora?

—Cuando me lo propusieron pensé que era un buen momento para retomar una conversación, que es lo que hace uno cuando reedita y traduce clásicos del pensamiento. Me parecía que esa conversación era muy pertinente porque desde determinados sectores de la sociedad hay una simplificación interesada y demonizadora de lo que es la izquierda, el marxismo y cualquier pensamiento que se oponga a las doctrinas hegemónicas, al capitalismo, o que quiera retocar muchos de sus rasgos.

El manifiesto comunista da la posibilidad de recuperar la fe en que se pueden cambiar las cosas, en que hay un más allá del capitalismo, en que si nos unimos y tenemos un propósito podemos transformar el mundo; que no se trata de recuperar un pensamiento utópico, sino un pensamiento realista y práctico, con objetivos a corto y largo plazo. El entusiasmo y la fe que transmite El manifiesto comunista son muy importantes porque uno de los grandes logros del discurso dominante es habernos hecho perder la fe y la esperanza”.

—Hay también una reivindicación de la aportación histórica que ha supuesto El manifiesto comunista, así como el pensamiento de Marx y Engels, sin los cuales no se entenderían muchos de los avances sociales de los que disfrutamos hoy ni nuestra manera de mirar el mundo. ¿Cómo siguen estando presentes en nuestras vidas sus propuestas?

—Hemos asumido muchas de sus ideas como algo obvio. Lo ha hecho la izquierda, pero también la democracia cristiana, el Estado del bienestar… Esto no es una cosa de radicales ni de extremistas de izquierdas. El manifiesto comunista da un impulso, una dirección a la lucha obrera. Sin él y sin la Primera Internacional, los movimientos sindicales habrían tardado mucho más en desarrollarse. Tenemos que pensar que se escribió en 1848, una época en la que los obreros no pueden votar ni están representados en los Parlamentos, en la que los sindicatos están prohibidos… Cuando ahora se critica la vertiente violenta del manifiesto, tenemos que preguntarnos qué otra cosa se podía hacer entonces.

El escritor José Ovejero. / Foto de Álvaro Minguito (La Marea).

“De hecho, con el tiempo, Marx y Engels van matizando ese fervor revolucionario y viendo que hay otras posibilidades para avanzar en la lucha obrera. Y todos los avances logrados están hoy asumidos en nuestra vida cotidiana. A veces se dice que fue Bismarck quien introdujo la Seguridad Social, pero está documentado que no lo habría hecho si no hubiese sido por el miedo a la izquierda revolucionaria, a los sindicatos; si no hubiese habido un deseo de alejar a la clase obrera del marxismo.

“Y, sin embargo, hay personas a las que cuando se les habla de marxismo se asustan o algo que me ha desconcertado muchísimo: me han llegado a decir que por qué somos tan benévolos con el marxismo y tan poco con el fascismo. Son cosas radicalmente distintas. Del fascismo nunca salió nada bueno, solo violencia, discriminación, exterminio. Por otro lado, ha habido utilizaciones aprovechadas del marxismo, que se desviaban de muchas de las ideas de Marx y Engels y que han provocado millones de muertos. Pero, también, ha salido buena parte de lo mejor que existe en nuestra sociedad”.

—De hecho, también en su prefacio explica cómo Ortega y Gasset, que rechazaba la revolución, sostenía que sin su amenaza, las clases pudientes no habrían aceptado las reformas más básicas. Pero hoy no atisbamos esa capacidad de influencia. El capitalismo ha convencido a buena parte de los trabajadores y trabajadoras de que han de asumir su pobreza y explotación en silencio, con resignación. ¿Qué aporta a la autoestima de los trabajadores la lectura de El manifiesto comunista?

—Una relectura hace redescubrir la conciencia de clase. Porque existe. Pero son los ricos los que tienen clara su conciencia de clase, los que son plenamente conscientes de a qué clase pertenecen y cuáles son sus intereses. A través de la llamada batalla cultural, mediante los medios de comunicación y una producción cultural interesada y dominada por ciertos intereses económicos, ha conseguido que la clase obrera, además de difuminarse, no se entienda como tal sino como clase media, perdiendo de vista sus intereses. También hay una parte de culpa que debe asumir la izquierda porque no ha sabido defenderlos en muchos casos.

“Hay una parte de la clase obrera que se siente abandonada en sus intereses económicos, y que ha redescubierto una cierta conciencia únicamente en cuestiones de identidad, de patriotismo, de identidad de género… El manifiesto comunista vuelve a poner sobre la mesa los intereses y las preocupaciones de la clase obrera que, por supuesto, no son las mismas que las de 1848. Pero, muchas de las cosas que dicen sus autores podrían aplicarse en la actualidad. Sin utilizar el término, hablan de globalización, de lo que significa esa expansión del capitalismo por todo el mundo; de la precarización, de lo que suponen las crisis recurrentes del capitalismo para la clase obrera, para los más desfavorecidos… Es decir, todo esto sigue aquí, y deben seguir siendo las preocupaciones de los trabajadores y trabajadoras”.

—Otro de los aspectos más vigentes del panfleto es el debate sobre la educación. Sus autores responden a la burguesía sosteniendo que no quieren apropiarse de la educación, sino arrebatársela a la clase dominante. Hoy, estamos viendo cómo muchos dirigentes sostienen que educar en valores democráticos para la convivencia es adoctrinamiento. En ese sentido, la educación sigue siendo un tema central del debate ideológico.

—Esa parte es una maravilla, un prodigio retórico en el que le responden a los burgueses que sí, que quieren acabar con la educación y la cultura burguesa porque lo que le ofrecen a los trabajadores no es ninguna de las dos cosas, sino adiestramiento… Hoy podemos ver que hemos vuelto a esa idea de la educación y la cultura como adiestramiento, como preparación para el mercado laboral, lo cual es una contradicción porque ese mercado laboral es cada vez más pequeño.

“Se dice que tenemos que preparar a nuestros hijos para un mercado laboral, para un mundo competitivo, y estamos acabando con la idea mucho más amplia de cultura, de educación, de formación, de realización (esa palabra que se ha pasado de moda). Tendríamos que volver a Marx y Engels, y decir que efectivamente esa es la cultura con la que queremos acabar, y que queremos una cultura mucho más amplia, que sirva a la felicidad del ser humano y a la ampliación de sus recursos personales.

—Es interesante como plantea que al erradicar la dependencia de la clase obrera de la burguesía se acabaría con la prostitución de las mujeres. En cualquier caso, como usted señala en el prefacio y Wendy Lynne Lee desarrolla en su análisis, es necesaria una actualización en términos feministas del panfleto. En esta nueva lectura, ¿qué es lo que más le ha llamado la atención del texto?

—Precisamente que la valoración que hacen Marx y Engels de la situación de la mujer en el capitalismo se ha quedado anticuada. Una aproximación que, a su vez, están reivindicando ahora nuevos pensadores. Esa idea de que lo urgente es la revolución proletaria y que una vez que acabemos con el capitalismo se acabará con el resto de las opresiones, incluida la de la mujer. Ese discurso de que hay que dejar de lado las reivindicaciones por razón de raza, de género, de orientación sexual, porque son un estorbo para la auténtica lucha, que es la del proletariado en su conjunto.

“A mí me interesaba añadir la visión feminista marxista que viene a decir que el patriarcado es necesario para el capitalismo, pero que no depende exclusivamente de él, sino que existía antes y que, por tanto, es un tema que hay que abordar de manera diferenciada también.

“De hecho, Engels volvió a abordar esta cuestión en su ensayo El origen de la familia, la propiedad privada y el estado. Recurre a las notas de Marx para estudiar el origen del patriarcado desde un punto de vista antropológico, pero eso no le lleva a una nueva reflexión sobre cómo hay que incluir las reivindicaciones de las mujeres en la lucha contra el capitalismo.

“Otro de los aspectos que más me llaman la atención es que en la primera parte de El manifiesto hay una exposición de eso que llamamos el materialismo histórico, que ha calado en nuestras sociedades mucho más de lo que pensamos. Por ejemplo, el hecho de que consideremos que la cultura no es algo que viene solo de la inspiración, sino también de las condiciones sociales en las que se produce dicha cultura. Que hayamos asumido que la historia de las sociedades es la de la lucha de clases, que la propiedad influye en las formas de concebir la historia, la producción cultural… Ver cómo ese panfleto tan criticado y condenado por mucha gente ha transformado radicalmente nuestra visión del mundo. También la de los no marxistas”.

—Otro de los puntos interesantes es cómo abordan la cuestión de la patria, un concepto del que se está reapropiando parte de la izquierda cuando defienden que la patria es la sanidad y la educación públicas, por ejemplo. En El manifiesto comunista, se sostiene que no existe patria para el proletariado, pero en su opinión, ¿cuál sería la visión contemporánea de Marx y Engels sobre esta cuestión? 

—Marx y Engels evolucionaron mucho en su pensamiento porque escribieron El manifiesto cuando tenían menos de 30 años. Se ha utilizado mucho esa frase de “el obrero no tiene patria”, con la que querían decir que el proletariado está sometido a las mismas condiciones de explotación en todas partes y que, por tanto, lo que tiene sentido es que se unan y que se dejen de ideas nacionalistas y patrióticas. Pero después, se van dando cuenta de que la emancipación de la clase obrera de Inglaterra no iba a traer automáticamente la de irlandesa y que las reivindicaciones nacionales pueden ser un instrumento útil para la rebelión de los obreros.

“Por tanto, con el tiempo no fueron tan antinacionalistas y, además, hay que recordar que es un panfleto, de una gran calidad retórica, pero en el que las ideas están pocos desarrolladas. Para entenderlo en su totalidad, hay que ir a obras posteriores”.

—El prólogo de Yolanda Díaz [vicepresidenta segunda del gobierno de España y ministra de Trabajo y Economía Social], que termina defendiendo que El manifiesto comunsita es una defensa de la democracia y la libertad, fue instrumentalizado por la ultraderecha mediática para acusarla de defender los crímenes del estalinismo; a usted le instaron a traducir Mi lucha, entre otras lindezas, a las que contestó en un artículo en El País Pero ni Marx ni Engels son responsables del uso que se haya hecho de sus ideas para imponer dictaduras ni ejecutar genocidios. ¿En base a El manifiesto comunista, qué pensarían sus autores de lo que hizo con su propuesta Stalin?

—Serían los primeros escandalizados y horrorizados porque tenían muy claro que, tras la revolución, tenía que venir una fase de reestructuración para pasar de un Estado burgués a uno proletario. La tendencia tenía que ser la desaparición del Estado una vez que se acabase la lucha de clases, pero lo que hizo la URSS fue una hipertrofia del Estado y, además, una hipertrofia dictatorial.

“Se ha citado mucho la idea de la dictadura del proletariado, pero ni Marx ni Engels estaban pensando en una dictadura como la concebimos hoy tras haber vivido la brutalidad del siglo XX, también la de las dictaduras comunistas. Su idea de la dictadura es una respuesta a lo que ellos consideran que es la dictadura burguesa, en la que el capitalismo tiene sus propias estructuras estatales, impone a los jueces, a toda la administración del Estado, que no permite votar a los obreros…

“Y a esa dictadura es a la que oponen la dictadura proletaria para que el Estado se reestructure en sí mismo y también sus relaciones de propiedad, mientras responde ante el pueblo de todas las decisiones que toma. Una vez que solo exista una clase social, habría que eliminar el Estado y ese poder. Todo eso desaparece en el estalinismo, en el maoísmo, así que los primeros horrorizados con lo ocurrido con su pensamiento serían Marx y Engels”.

—Entonces, ¿cómo cree que debería concebirse, utilizarse, hoy El manifiesto comunista?

—Hay que utilizarlo como concienciación de lo que no ha cambiado, de por qué no ha cambiado y de quiénes son los perjudicados por esa falta de cambio. De cómo el capitalismo tiende a perpetuarse de una manera mucho más hábil y brutal de lo que creyeron Marx y Engels, y de cómo cualquier intento, no ya de revolución, sino incluso de algo mucho más pequeño como puede ser una rebelión, es socavada y aplastada de inmediato. Sin conocimiento no puede ocurrir nada y el problema es que llevamos mucho retraso, y están ganando porque, salvo pequeñas excepciones, tienen los medios de comunicación en sus manos, porque el discurso que se reproduce, sobre todo en épocas de crisis, es el discurso del capital.

—¿Hay otra creación clásica que le gustaría traducir y reeditar?

—Ahora mismo no me apetece porque soy escritor y, por distintas circunstancias, he traducido cuatro libros en los últimos dos años. Pero si volviese a tener ganas, me inclinaría por algún clásico del anarquismo, como La conquista del pan, de Kropotkin. Me interesaría ver cómo sería mantener un diálogo con el pensamiento anarquista, que quizá se ha quedado más fuera de la conversación política que el marxismo, y ver qué nos queda de aquel discurso.

[Entrevista publicada originalmente en La Marea; es reproducida aquí bajo la licencia Creative Commons.]
Se puede leer un fragmento en el siguiente enlace: El manifiesto comunista.

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