Retrato de James Joyce sobre textos de su Ulises. / (Wikimedia Commons)

Centenario del ‘Ulises’ de James Joyce

Los primeros cien años de trecientos…

El 2 de febrero de 2022 se cumplen 100 años de la publicación íntegra del libro que lo cambió todo, Ulises, de James Joyce, una novela épica, divertida, indescifrable, intensa, cinematográfica, lineal sin querer serlo y abstracta estando completamente pegada a los detalles de la realidad. Hay apasionados del Ulises y fervientes detractores, lectores que no logran escalarlo y alpinistas que celebran haber llegado a la cima. El legado del Ulises es tan inmenso como sus páginas. Para el celebrar el centenario, recuperamos aquí un artículo del académico Ricardo Navarrete Franco en el que nos habla sobre perder el miedo a leer a Joyce; también recuperamos una reflexión de la profesora Laura de la Parra Fernández, que defendía su contemporaneidad en 2021, es decir, cuando fue el 99 cumpleaños de la novela. Finalmente, publicamos un artículo del docente Jesús Isaías Gómez López, en el que analiza las diferentes traducciones que se han hecho del Ulises al español.


Cómo perder el miedo a leer a Joyce

Ricardo Navarrete Franco

Yo entiendo algo del miedo a Joyce porque no me gusta el agua fría. En los días más tórridos del verano, cuando estoy en la orilla de la playa, con los pies ya metidos, me lo pienso y estoy por darme la vuelta. Pero siempre hay alguien que me grita desde dentro: “¡Métete, no tengas miedo, que está muy buena!”.

Lo mismo pasa con Joyce. Hay momentos en que uno dice: “Demasiado frío, demasiado esfuerzo”. Muchos tienen la certeza de que hay un libro que nunca leerán, entre los miles y millones de volúmenes que se guardan en las bibliotecas. Y no pasa nada. Se puede llevar una vida normal sin leer el Ulises. Y sin nadar.

El secreto del día a día

Sin embargo, hay algo que nos empuja mar adentro, que nos recuerda que el Ulises debe esconder algún secreto, puesto que en muchas encuestas resulta ser la novela más importante, esto es, ineludible, del siglo XX.

¿Y por qué está el agua tan fría? Una de las razones se entiende sin problemas hoy en día: la lectura de Ulises, como la nuestra en el presente, no es lineal. ¿Se imaginan hoy a alguien que no aparque ocasionalmente un libro para aclarar una duda en internet? ¿Que no use Google Maps? ¿O Wikipedia?

Necesitamos hipervínculos, porque unas cosas están conectadas con otras, como el periplo de Stephen Bloom por su ciudad con el viaje de Odiseo, o el Mediterráneo con el mapa de Dublín. A Joyce hay que leerlo usando más de un libro. Si no, uno se ahoga.

La otra razón tiene que ver con los detalles. “La vida”, decía Stephen, “son muchos días, día tras día”, cada uno de ellos tan específico que en el Ulises sólo da tiempo a contar lo que pasa en una jornada, el 16 de junio. Cómo se curva el filo de un riñón de cerdo cuando se quema. Cómo mira el gato cuando a uno le dan ganas de ir al baño. Cómo gestionar un trozo de filete que se hace bola en la boca. Cómo indicarle al conductor que uno se baja en la próxima. Dónde limpiarse después de… ya saben.

Joyce, el pendenciero

Gran parte del miedo (al agua fría) viene de la imagen pública de James Joyce. Él es uno de esos escritores que no querríamos tener por vecino. Por ejemplo, se granjeó la enemistad de muchos de sus contemporáneos, como Virginia Woolf o D.H. Lawrence. Dijo de Yeats —luego lo suavizó— que era demasiado mayor como para que él pudiera influirle y, de Proust, que no le veía ningún talento especial.

Manipulaba a los amigos, les pedía dinero continuamente. Fue mal hijo. Mal hermano. Borracho. Insolente. Arrogante. Muchos aún se sienten heridos por aquel comentario suyo en el que declaró que había escrito Ulises para tener a los críticos ocupados durante trescientos años.

Así se explica fácilmente una hostilidad que, en muchos casos, sirve también de coartada para no leer su obra. Pero, a pesar de su personalidad, Joyce fue profeta. Hoy es bien conocida la “Joyce Industry”: críticos que escriben libros sobre libros de libros sobre su obra y la de muchos otros, con relación aparente o no. Y así seguiremos, probablemente, durante trescientos años y más.

El agua no está tan fría

Visto con un poco más de tolerancia, Joyce no da tanto miedo. Luchó por ser escritor en un país donde no resultaba fácil salir de la pobreza. Irlanda era, al final de la época victoriana, colonia del Imperio Británico y el último refugio, junto con España, del catolicismo.

Además, el incipiente nacionalismo promocionaba cierto folclore local que sofocaba a Joyce. Hizo suyo el lema satánico “non serviam”, y se convirtió en el artista rebelde y exiliado que conocemos. Lo cual, curiosamente, no le impidió ver el mundo desde la perspectiva de un criado. De hecho, se enamoró de una camarera de hotel, Nora, con quien compartió casi toda su vida.

Su único oficio conocido fue el de profesor de inglés. Daba clases particulares y en academias, sobre todo la “Berlitz” de Trieste y Zúrich. La bonanza económica le llegó a partir de los cuarenta años, ya en París, hacia 1922. Para 1940, casi veinte años después, cobraba 4 300 dólares al año, si bien los avatares de la guerra le impedían disponer del total.

El dinero venía de una generosa donación por parte de Harriet Shaw Weaver, su gran benefactora, y de los royalties de sus editoriales: Faber, John Lane en Inglaterra, Viking y Random House en Estados Unidos.

A pesar de haber salido de la pobreza, los últimos años de Joyce no retratan a un rebelde adolescente que impone respeto, sino a un escritor avejentado, asediado por la tragedia. Huyendo de París y los nazis, la familia se refugió cerca de Vichy en 1939. Su hija Lucía, sin embargo, quedó internada en un centro psiquiátrico de la zona ocupada. Por más que lo intentó, ya no pudo verla más.

George, su hijo, estaba en situación de “movilizable” tanto por el ejército italiano como por el británico. Samuel Beckett, amigo y compatriota, ilocalizable en París. Y Paul Léon, confidente y consejero, a punto de ser arrestado por las SS.

Su situación era similar a la de otros muchos desplazados por la guerra. Antonio Machado consiguió llegar hasta Colliure a principios de ese mismo año —por las fechas en que se publicó Finnegans Wake— y Walter Benjamin, hasta la frontera española en Port Bou, donde acabó tomándose una sobredosis de morfina.

El mismo Joyce tuvo muchos problemas para entrar en Suiza. Las autoridades le tenían por judío, como Bloom, el protagonista de Ulises. Allí murió, en Zúrich, el 13 de enero de 1941.

No llegó a su sexaségimo cumpleaños el 2 de febrero, fecha que recordamos quienes superamos el miedo al agua fría. Aunque es más conocida mundialmente por ser el “Día de la Marmota”.

[Ricardo Navarrete Franco. Profesor Titular de Universidad: Filología Inglesa, Universidad de Sevilla. Artículo originalmente publicado en 2019. Fuente: The Conversation.]

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El modernismo de Ulises llega al siglo XXI

Laura de la Parra Fernández

Este 2 de febrero, la alabada y repudiada novela Ulises (1922) de James Joyce cumple un año más. ¿Ha envejecido bien? Y ¿cómo podemos leer Ulises, una novela caracterizada por su exigencia formal y temática, hoy en día, en la era de la información rápida, extremadamente visual y fácil de consumir?

El argumento de Ulises es aparentemente sencillo: el dublinés Leopold Bloom pasea sin rumbo un día cualquiera de su vida, el 16 de junio de 1904. (Establecido como el Bloomsday, el 16 de julio se celebra ahora en Dublín congregando a aficionados de Joyce de todo el mundo que repiten las peripecias del protagonista.)

La estructura de la novela sigue la misma que la clásica Odisea de Homero, y cada capítulo corresponde a un canto del poema épico. Los personajes, símbolos, temas y metáforas tienen también su correlato homérico: la búsqueda del padre y del hijo, la compasión, y la búsqueda del sentido como un viaje heroico, llevado en Ulises a la mundanidad de la vida cotidiana.

Cada capítulo, además, está escrito siguiendo un estilo literario distinto, imitando y hasta parodiando modas y tendencias literarias, incluido el monólogo interior, sello modernista por excelencia.

Fotografía de la primera edición del Ulises en inglés. Geoffrey Barker (Wikimedia Commons)

La Generación Perdida y Sylvia Beach

Sin embargo, Joyce no lo tuvo fácil para publicar: rechazado por la mayoría de las editoriales en Gran Bretaña, Ulises encontró su hogar en la modesta editorial de la librera Sylvia Beach, fundadora de la mítica Shakespeare &Co en París.

La librería se convertiría en el bullicioso centro de operaciones de la llamada “Generación Perdida”, artistas y escritores del periodo de entreguerras que, ante la futilidad de la Primera Guerra Mundial y la falta de sentido en la vida que habían vivido hasta entonces, se establecieron en París y fundaron uno de los movimientos más eclécticos, vanguardistas y notables de todo el siglo XX.

En ella encontramos a autores como Gertrude Stein, Francis Scott Fitzgerald o Ernest Hemingway, entre otros.

El modernismo y la dificultad

Joyce perteneció al modernismo, movimiento artístico caracterizado por la experimentación y la dificultad, que se fundó en los albores del siglo XX. Fueron precisamente los cambios científicos, políticos y sociales que tuvieron lugar durante los siglos XIX y XX lo que llevaron a este grupo de artistas a buscar formas nuevas de representar la realidad, despuntando en el periodo de entreguerras. Es entonces cuando se publica Ulises (1922), así como otras novelas de corte experimental como Mrs. Dalloway (Virginia Woolf, 1925) o Manhattan Transfer (John Dos Passos, 1925).

Si desde Platón y Aristóteles se consideraba el arte como mímesis, la ruptura estética y formal del modernismo se plantea como una respuesta a la falta de referentes para representar la realidad.

Tras el desastre causado por la Gran Guerra, la urbanización y la industrialización masivas, y la pérdida de la fe en el progreso técnico, científico y social, el modernismo ofrece, como apunta la experta Laura Frost, una nueva forma de entender el placer de la lectura: exigiendo al lector que “abrace la incomodidad, la confusión”. Es decir, exigen al lector que abandone sus ideas preconcebidas sobre la manera de contar historias.

El conocido poeta y crítico modernista T.S. Eliot bautizó la técnica de superponer la historia de Odiseo con la de Leopold Bloom el “método mítico”, que consistía en “manipular un paralelismo continuo entre contemporaneidad y antigüedad”:

“El mito es simplemente una forma de controlar, de ordenar, de dar forma y significado al inmenso panorama de futilidad y anarquía que es la historia contemporánea”. (Traducción propia.)

En su ensayo “Ulises, orden y mito” (1923), Eliot afirmaba que, de hecho, esta era una forma de hacer posible la representación del mundo moderno en el arte, de convertir el caos en orden.

El lugar de la dificultad hoy en día

El historiador de arte John Berger argumenta en su ensayo About Looking (1980): “La relación entre el artista profesional y la clase gobernante o que aspiraba a gobernar siempre ha sido complicada. (…) La formación del artista —y era su formación lo que le convertía en un artista profesional— le enseñaba una serie de convenciones. Es decir, se especializaba en una serie de técnicas convencionales”. (Traducción propia.)

Si la representación está ligada a una serie de convenciones establecidas por ciertas comunidades, que ven su experiencia representada de este modo, la ruptura de la convención se debe, entonces, a una ruptura del orden social.

Precisamente, las novelas de vanguardia como Ulises nos enseñan a ir más allá en nuestra observación y comprensión de la realidad, sobre todo cuando las reglas que previamente nos ayudaban a entenderla se rompen, y nos ayudan a buscar formas nuevas de mirar al mundo en el que vivimos. Las historias que nos contamos importan a la hora de construir una narrativa histórica, sociopolítica y mítica, pero también importa cómo las contamos y cómo interpretamos los hechos narrados.

Modernistas como Djuna Barnes, Jean Rhys, Virginia Woolf, H.D. (es decir, Hilda Doolittle), Ezra Pound o el propio Joyce siguen traduciéndose, editándose, estudiándose y leyéndose hoy por todo el mundo, lo que pone de manifiesto la relevancia de su aportación al canon literario y a las múltiples maneras de representar la experiencia de la realidad.

Por ello, en tiempo inciertos como los que vivimos, donde las fake news están a la orden del día y los relatos del pasado parecen haberse roto, es importante sucumbir a la dificultad, abandonar estrategias que ya no sirven y experimentar nuevas formas de contarnos.

[Laura de la Parra Fernández. Directora del Grado en Lenguas Modernas, Universidad Nebrija. Artículo publicado originalmente en febrero de 2021. Fuente: The Conversation.]

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¿Cómo leer el Ulises en español?

Jesús Isaías Gómez López

El tratamiento que recibe el Ulises, de James Joyce, en el mundo hispano, con toda su riqueza y variedad lingüística, sigue con la misma vigencia que cuando apareció la primera traducción al español del escritor argentino José Salas Subirat (1890-1975) allá por 1945.

Primeras traducciones

La traducción de Subirat tiene el mérito de ser el primer acercamiento de la lengua de Cervantes a la infinita odisea joyceana que representa Ulises, y los giros y modismos propios del español porteño caracterizan esta primera traducción.

Medio siglo después, en 1996, la editorial Planeta, en Barcelona, volvería a editar esta misma traducción bajo la dirección y edición del periodista y traductor madrileño Eduardo Chamorro (1946-2009). En esta edición anotada, Chamorro efectuaría innumerables modificaciones sobre la original traducción de Subirat, por lo que podemos asegurar que esta segunda reedición de Ulises, siendo optimistas, apenas conserva el sesenta por ciento de la original de Subirat. Chamorro eliminó todos los coloquialismos y vocablos propios del dialecto porteño de Subirat, así como un buen número de “erratas” o “descuidos” —según Chamorro— que el traductor bonaerense habría efectuado durante su proceso de traducción.

En este sentido, podemos preguntarnos si en realidad, en esta segunda reedición y traducción de Ulises, estamos ante una nueva versión de Subirat o, más posiblemente, ante una “colaboración” no consentida —pues Subirat ya había fallecido—, entre Subirat y Chamorro para esta edición de Planeta.

Desde entonces, por suerte, siguen apareciendo nuevas reediciones de la traducción original de Subirat, como la reciente edición ilustrada por el difunto Eduardo Arroyo de la editorial Galaxia Gutemberg, de enero de 2022, con motivo del centenario de la primera publicación de Ulysses en París en la editorial Shakespeare and Company. La traducción original de Subirat sigue siendo, por tanto, una de las más leídas hoy día por el lector hispano desde los noventa.

Nuevas aproximaciones

Es en 1976 cuando Ulises encuentra su siguiente traducción al español, en esta ocasión realizada por el poeta, traductor y crítico literario José María Valverde (1926-1996) en la editorial Lumen, de Barcelona; trabajo que cosecharía el Premio Nacional de Traducción dos años más tarde, en 1978.

Esta traducción sería revisada por el propio Valverde en una nueva edición de Lumen en 1989. Este mismo 2022, también con motivo del centenario, la editorial Lumen vuelve a ofrecer una nueva edición conmemorativa de la traducción de Valverde, prologada esta vez por el crítico literario Andreu Jaume.

Afirmar, sin embargo, que la traducción de Valverde es la traducción “canónica”, como suelen difundir numerosos medios de comunicación y como afirman con frecuencia determinados círculos literarios, es un tanto arriesgado. Esta suposición no se ajusta a ningún criterio filológico. Es más, si tenemos en cuenta que ni José María Valverde ni José Salas Subirat eran especialistas en la obra de Joyce, el mismo derecho a recibir la mención de canónica tendrían ambas traducciones. Tampoco resulta en modo alguno oportuno, ni mucho menos convincente, considerar una determinada variante dialectal una razón de peso para ser considerada canónica.

Traducción de Cátedra

El hecho de que estemos ante la obra de un genio tampoco significa que solamente deba ser leída o interpretada en español según una determinada traducción. En este sentido, podríamos o deberíamos hacernos la siguiente pregunta: ¿qué han hecho las traducciones al español del Ulises por acercar a Joyce al común denominador del lector hispano? La respuesta es inmediata: Lo que se ha podido, según el contexto histórico de cada traductor.

Cada traductor es en sí mismo un “constructo social” influido por su tiempo y su lugar en el mundo. De esto deducimos que el “constructo social” es determinante en la articulación de las ideas y la vertebración del lenguaje joyceano en la particular “adaptación” al español de estos dos primeros traductores.

Continuando por este catálogo de primeras impresiones y reflexiones inspiradas por el Ulises de Joyce en el orbe hispano, nos encontramos ante una tercera versión en español de la obra, la rigurosa y afortunada traducción de los profesores Francisco García Tortosa y María Luisa Venegas Lagüéns, firmada con Cátedra en 1999, que también ha vuelto a ser reeditada en 2022.

En esta tercera traducción nos encontramos con el magisterio de dos grandes especialistas joyceanos; en especial, con el trabajo de uno de los mayores referentes actuales en los estudios sobre la vida y la obra de James Joyce, el catedrático de Filología Inglesa de la Universidad de Sevilla Francisco García Tortosa. Su profundo conocimiento del Ulises hace que esta edición de Cátedra incluya el estudio preliminar más completo y documentado, a modo de exhaustivo ensayo académico, que hasta la fecha se ha realizado sobre esta novela en español.

El magistral ensayo del profesor García Tortosa es sin lugar a duda el mejor “manual de navegación”, sencillo y detallado, que todo lector necesita para llegar al puerto de destino y evitar el naufragio en medio de la singular y compleja travesía que supone la lectura del Ulises.

Por otra parte, conviene añadir que el trabajo de traducción realizado por el profesor García Tortosa, en colaboración con la profesora Venegas Lagüéns —también profesora de la Universidad de Sevilla—, está a la altura del profundo conocimiento que ambos especialistas tienen de la obra de Joyce.

¿Cuál es la mejor traducción de Ulises al español?

Todas estas traducciones del Ulises al español tienen su propia voz y pulso poético, dignas del ingenio creativo de cada traductor y reafirmadas según el “constructo social” de cada uno de éstos. Es innegable que la traducción de Cátedra aporta la visión más fidedigna y cercana al poder de la palabra que Joyce forja, con infinitos matices, en su novela.

Con el permiso de los lectores —y vaya por delante todo mi respeto por el ímprobo trabajo realizado en su día por Subirat y Valverde—, como conocedor de la obra de Joyce y lector de las tres traducciones mencionadas, considero que esta tercera traducción es la que mejor capta la esencia de múltiples capas de la obra de Joyce y, por tanto, la más fiel a la intención de su creador, que no es otra que la de demostrar la universalidad del lenguaje como cíclico laberinto que ofrece una nueva dimensión de la palabra y el pensamiento, hasta entonces desconocida.

La traducción de Francisco García Tortosa y María Luisa Venegas Lagüéns logra “verter” al español sin apenas fisuras el “eterno ricorso viconiano” de Ulises, mediante la oportuna integración del patrón fonético como fórmula sonora que acentúa el poder de la palabra joyceana en su infinito laberinto narrativo, por lo tanto, en la universalidad del lenguaje.

Por cierto, en este enlace pueden leerse las primeras páginas de Ulises, de James Joyce, publicado por Cátedra.

[Jesús Isaías Gómez López. Filología Inglesa, Universidad de Almería. Fuente: The Conversation.]

Fuente: The Conversation.

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