Las cosas sin sentido

Lewis Carroll, 190 años después…

En una carta de 1866, Lewis Carroll decía que, según sus amigos, Alice’s Adventures in Wonderland era intraducible. Ciento cincuenta siete años después, Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas es una de las novelas inglesas más traducida, disponible en 174 lenguas y alrededor de siete mil 600 ediciones. Aunque a Carroll lo conocemos con este nombre, en realidad se llamaba Charles Lutwidge Dodgson y usaba ese pseudónimo para firmar las alocadas aventuras de Alicia. Fue un matemático y profesor de universidad nacido en 1832, justamente en el enero de hace 190 años… 


1

Nació hace 190 años, el 27 de enero de 1832, en Inglaterra, partiendo de este mundo el 14 de enero de 1898 en el mismo Reino Unido, 13 días antes de su cumpleaños número 66.

Escribió la maravillosa historia de Alicia en un mundo surrealista.

Era un diácono anglicano, lógico, matemático y fotógrafo. Se llamaba Charles Lutwidge Dodgson. Pero era más conocido por su seudónimo: Lewis Carroll.

2

Muchas veces las películas recrean (no crean a partir literalmente de ella) una obra literaria, la ajustan a sus fines, incluso han llegado a desbaratarla. Por ejemplo, antes de que yo leyera el libro de Lewis Carroll: Alicia en el País de las Maravillas (1865), había ya visto, de niño, la película animada de Walt Disney, que data de 1951, y una de las escenas que más recuerdo del filme, cuando el Sombrerero y la Liebre de Marzo charlan sobre la celebración de su no cumpleaños con Alicia, resulta que es completamente ajena a la escritura de Carroll, y una vez, estúpidamente, lo había yo mencionado, en un texto indebido, como si tal ocurrencia en efecto fuera de Carroll. Es más, mucha gente se refiere, con gracia, a ese glorioso acontecimiento del no cumpleaños como si estuviera citando, con orgullo, una línea literaria. Pero Carroll jamás se imaginó tal diálogo. Si bien la cinta, en un plano general, respeta las ideas originales, carece de la visión exuberante y detalladamente puntillosa del libro.

“La mesa estaba puesta delante de la casa, bajo un árbol, y la Liebre de Marzo y el Sombrerero tomaban el té —apunta Carroll en Una merienda de locos, el capítulo séptimo de un total de doce de su Alicia en el País… —. Entre ellos había un Lirón profundamente dormido, sobre el cual apoyaban los codos, a modo de cojín, y hablaban por encima de su cabeza. ‘Muy incómodo para el Lirón’, pensó Alicia, ‘claro que, como está dormido, probablemente ni se entera’.

“Aunque la mesa era grande, los tres se apretujaban en uno de los extremos.

“—¡No hay sitio! ¡No hay sitio! —exclamaron al ver llegar a Alicia.

“—¡Hay sitio de sobra! —dijo indignada Alicia, y se sentó en un gran sillón, en un extremo de la mesa.

“—Sírvete algo de vino —le invitó la Liebre de Marzo.

“Alicia, por más que buscó, no vio en toda la mesa otra cosa que té.

“—No veo ningún vino —observó.

“—No lo hay —dijo la Liebre de Marzo.

“—Pues entonces tal ofrecimiento es una descortesía de su parte —dijo indignada Alicia.

“—También lo es de tu parte sentarte sin ser invitada —dijo la Liebre de Marzo”.

3

El cuento es realmente hermoso: Alicia está fuera de su mundo, pero no por eso se cohíbe, ni se empequeñece (pese a sufrir empequeñecimientos físicos cuando come algunas sustancias en dicho País de las Maravillas), ni deja de enfrentarse con los extraños desconocidos, ni nunca deja de ser ella misma. Alicia siempre duda, interroga, cuestiona, jamás se amilana; aunque se desespera por las actitudes empecinadamente incoherentes de los habitantes de ese orbe mágico, trata siempre de ser coherente por lo menos con ella misma.

“—Tú necesitas un buen corte de pelo —dijo el Sombrerero. Había estado mirando un rato a Alicia con gran curiosidad, y ésta fue su primera intervención.

“—Y usted debería aprender a no hacer comentarios personales —dijo Alicia, con severidad—: resulta muy grosero.

“El Sombrerero, al oír esto, abrió de par en par los ojos, pero se limitó a decir:

“—¿En qué se parece un cuervo a un escritorio?

“¡Vaya, parece que nos vamos a divertir un poco ahora! —pensó Alicia—. Me gusta que propongan acertijos…

“Y añadió en voz alta:

“—Creo que lo sé.

“—¿Quieres decir que crees saber la solución? —dijo la Liebre de Marzo.

“—Exacto —dijo Alicia.

“—Entonces, deberías decir lo que piensas —prosiguió la Liebre de Marzo.

“—Ya lo hago —se apresuró a contestar Alicia—. Al menos… al menos pienso lo que digo… que es lo mismo, ¿no?

“—De ningún modo —dijo el Sombrerero—. ¡Así también podrías decir que ‘veo lo que como’ es lo mismo que ‘como lo que veo’!

“—¡Así también podrías decir —añadió la Liebre de Marzo— que ‘me gusta lo que tengo’ es lo mismo que ‘tengo lo que me gusta’!

“—¡Así también podrías decir —concluyó el Lirón, que parecía hablar en sueños— que ‘respiro cuando duermo’ es lo mismo que ‘duermo cuando respiro’!”

Ilustración de John Tenniel.

4

Y se olvidan del asunto, minutos después, en una loca carrera contra el tiempo. Cuando retornan al asunto inicial, luego de hablar de relojes que en lugar de marcar la hora señalan el día del mes, el Sombrerero pregunta a Alicia si ha podido resolver el acertijo.

“—No, me rindo —replicó Alicia—. ¿Cuál es la solución?”

Nadie tenía idea, ni el Sombrerero, ni la Liebre de Marzo.

Alicia, entonces, suspiró aburrida.

“—Creo que podrían emplear mejor el tiempo —dijo—, y no perderlo en acertijos sin solución.

“—Si conocieras al Tiempo como yo —dijo el Sombrerero—, no hablarías de emplearlo o perderlo. Él es muy suyo”.

Alicia dijo no entender nada.

“—¡Por supuesto que no! —dijo el Sombrerero, sacudiendo altivamente la cabeza—. ¡Me atrevería a decir que ni siquiera le has dirigido la palabra!

“—Tal vez no —replicó con prudencia Alicia—; pero en las clases de música me enseñaban a marcar el tiempo.

“—¡Ah! ¡Eso lo explica todo! —dijo el Sombrerero—. El tiempo no soporta que lo marquen ni que lo clasifiquen. En cambio, si estuvieras con él en buenos tratos, haría casi todo lo que tú quisieras con el reloj. Por ejemplo, imagínate que fueran las ocho de la mañana, justo antes de empezar la clase: bastaría una simple insinuación tuya… ¡y el reloj giraría en un santiamén! ¡La una y media: hora de comer!”

5

De una cosa a otra sin nunca poner un punto final, sin explicar las situaciones inexplicables, el largo cuento de Carroll es deliciosamente improbable: la imaginación infatigada, el relato perfecto para los niños que no quieren acabar nunca de jugar. Cuando Alicia le pide al Lirón que cuente un cuento (sobre tres hermanas llamadas Elise, Lacie y Tillie, que viven de melaza), cansado éste de las interrupciones de Alicia que no entendía ciertas situaciones del cuento, el Lirón se va quedando dormido de a poco. Las tres hermanas aprendían a dibujar toda clase de cosas que empiezan con la letra m, dijo el Lirón, ¿pero por qué con la m?, preguntó Alicia, ¿y por qué no?, replicó la Liebre, tales como la musaraña, el mundo, la memoria, la magnitud. “De ciertas cosas se dice que son mismamente de la misma magnitud —dijo el Lirón—. ¿Has visto alguna vez dibujar una magnitud?” A decir verdad, dijo Alicia —muy confundida— “ahora que me lo preguntas, no pienso…”, pero el Sombrerero fue terminante: “Pues si no piensas, no hables”.

Esa ya era una grosería que Alicia no podía tolerar. Se levantó muy disgustada y se marchó, ante la indiferencia de sus distraídos anfitriones, que la olvidaron de inmediato.

Alicia nunca pudo encontrarle coherencia a su sueño, pero jamás lo olvidaría.

Así es la vida.

A veces las cosas inexplicables son inolvidables, como los amores sin sentido.

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