“Todos los mediocres se mueren a sí mismos”

Tomás Mojarro (1932-2022).

El pasado 11 de enero, a las 20:29 horas, la cuenta de Twitter @CulturaUNAM publicó el siguiente mensaje: “¡Ay, mi México! ¡Ay, paisanaje! ¡Ay, Jerásimo! ¡Se nos fue Tomás Mojarro, @Valedores! Los domingos en @RadioUNAM fueron suyos: hizo de la radio una epopeya. Filósofo, escritor, periodista y poeta, ‘el Valedor’ nos dio valor. Lamentamos su partida”. Hasta aquí el entrecomillado. Originario de Zacatecas, Tomás Mojarro nació el 21 de septiembre de 1932. Tenía 89 años cuando, sin aspavientos, se marchó de este mundo. No podía ser de otro modo: hace mucho tiempo que decidió vivir cada día con imaginación, con sensibilidad, con la emoción asustadiza del primer día y con la satisfacción madura del último. El texto que abajo puede leerse, fruto de un par de conversaciones con Tomás Mojarro, da cuenta de ello.


Jalpa, el municipio zacatecano en el que Tomás Mojarro nació, es pequeño. Hoy tiene una población aproximada de 25 mil habitantes. Por lo tanto, no es difícil suponer que el hogar en el que el niño Tomás creció, hace casi 90 años, era ultracatólico, fanático. Así que al parecer fue un asunto muy normal el que, con el permiso de sus padres, cuando todavía era un infante se lo llevaran a la Ciudad de México con el fin de prepararlo para ser monje capuchino. Pero resulta que un día el señor obispo se dio cuenta de que lo tenían cautivo estudiando y lo liberó mandándolo a un seminario. Ahí, Tomás Mojarro aprendió dos cosas: gramática y a distinguir entre el bien y el mal. No obstante, con el tiempo los sacerdotes se dieron cuenta de que no tenía vocación y lo sacaron del seminario. Ya entonces escribía pequeños ensayos, poemitas y tarugadas que hace uno a esa edad. Eso sí, antes de que se marchara le advirtieron: “Tú vas a ser escritor. Ésa va a ser tu vida”. Y acertaron.

Porque a pesar de que Tomás Mojarro fue otras muchas cosas mientras vivió (actor, maestro, conductor de programas de radio y televisión, filósofo, periodista, etcétera), no hubo aspecto de su existencia que no estuviera atravesado de algún modo por la escritura, la lectura, el pensamiento, la reflexión, la crítica, la ironía y la búsqueda incesante del buen decir. Su huella en los medios es extensa: en Radio UNAM estuvo al frente del programa Domingo seis durante varias décadas (ahí mismo realizó programas como La noticia en sus fuentes, Palabras sin reposo y Pensamiento e ideas de hoy); por muchos años fue un polémico colaborador del programa radiofónico Buenos días, que dirigía Héctor Martínez Serrano; fue autor de la columna “El Valedor”, en el periódico El Metro; en la ya desaparecida librería El Juglar impartía talleres de lectura y de teoría política; desde su propio sitio web (http://valedor.org) transmitía en vivo su programa El Valedor; en Canal 11 condujo el programa Trizas en trazos; su pluma pasó por medios impresos como Siempre!, Ciencia y Desarrollo, Punto y Aparte, Ovaciones, unomásuno y El Financiero. Poco hablaba de ello, pero su compromiso social lo llevó a fundar un centro de acopio en el que recibía donaciones para distribuirlas en comunidades que requieren apoyo. Porque si algo odiaba Tomás Mojarro es la tacañería, quizá tanto o más que los yerros lingüísticos.

En sus talleres de la librería El Juglar intentaba promover un humanismo que llevara a las personas a abandonar eso que él denominaba “el horrorosísimo estado de mediocridad” que veía en nuestro país. Estos talleres fueron una de sus tantas estrategias para combatirlo. Orientaba a la gente a pensar y a sentir. Era un intento por abrir la vida interior, afinar la sensibilidad y robustecer la imaginación. Y así, con esas formas de superación rumbo a la entelequia, pretendía ir sacando a las personas, según sus propias palabras, “de ese asquerosísimo estado de mediocridad, de ese espíritu encanijado: el de la mediocridad, amojamado, anquilosado, que nada más vive para comer, descomer, ver la tele y pensar en cabeza ajena; que no conoce el amor más que en su parte sexual, no la cultura del erotismo, no el verdadero amor; porque el espíritu de un mediocre no da para tantas cosas. En esa clase de espíritu no pueden caber los valores: verdad, justicia, belleza, libertad. No. Se vive al día y se mira en derredor de manera burriciega. Nada más el día de hoy y las expectativas que le van dando los ‘comunicadores’, que no son sino intelectuales orgánicos enquistados en el poder, voceros del poder”.

¡Tanta vida y jamás!

Ensayista y autor de fabulas, relatos y novelas; guionista de cine y hombre de radio, pero, sobre todo, periodista. Tomás Mojarro bien puede ser recordado como un fabulador que se fue supeditando, con el tiempo, al periodista. “Poco a poco fue ganándome el oficio de periodista”, me dijo en una ocasión, “y así creo que me voy a morir”. Porque el periodismo es creativo. El periodista con sensibilidad construye con cada texto, con cada palabra, su trascendencia. Y la trascendencia es otra cualidad indispensable para la salud mental: un no morir del todo. El creador, el periodista creativo, pues, construye trascendencia con cada oración bien puesta. Y la creatividad, al menos para el periodista, nace de la imaginación y no de la fantasía. La imaginación permite que al mirar un árbol puedan captarse y sentirse todos sus verdes. La fantasía, por otro lado, arrastra al pensamiento por el tobogán del deseo: un auto de lujo, una mujer hermosa, un hombre rico. “La fantasía es inherente al hombre, pero es inútil”. Mojarro explicaba lo anterior de la siguiente manera:

“El poeta peruano César Vallejo decía en un verso maravilloso: ‘¡Tanta vida y jamás!’. Es todo. Lo lee uno y se pregunta qué diablos es eso. Pero cuando uno explica el símbolo, halla la ración de imaginación que hay en esto: el poeta dice tanta vida, esos árboles, esos pájaros, he estado viendo cómo los colibríes toman agua de ese bebedero y se pelean, y dice uno: ¡tanta y vida y jamás! Porque todo es efímero. Nunca se baña uno dos veces en el mismo río. Al rato ya tengo otro estado de ánimo. Todo es distinto. Este momento nunca va a repetirse. Ahora mismo estoy sintiendo la vida. ¿Por qué no será eterno este momento en mi estado de ánimo? Si de pronto recuerdo una mala noticia, ya nada tiene sentido. Tanta vida, el estado de gracia, y jamás. Al rato ya todo cambió: ¡Tanta vida y jamás!”.

Enojón, rabietas y un tanto amargado

No es raro, por su carácter firme, por su conocimiento del lenguaje, por su aguda manera de ver el mundo que quien conocía o escuchaba a Tomás Mojarro pensara de él que era una persona enojona, malhumorada, rabietas, que tenía un modo de comunicar “siempre irónico, inteligente y un tanto amargado”, como escribió el periodista Israel Sánchez en su nota acerca de la muerte de Tomás Mojarro. Pero Mojarro sostenía que el individuo es forma y fondo. Siempre. Y, en ese sentido, él era forma y fondo machihembrado: enojón, quizá, pero también muy amoroso. Llegó a comentar que incluso le llamaban ególatra, megalómano y le decían que era un anciano que cree que todo lo hace bien. Lo bueno que Tomás Mojarro nunca fue diabético: siempre procuró mantenerse en forma. De otro modo tal vez le hubieran hecho daño los insultos. No fumaba. No bebía. Hacía ejercicio y, literalmente, no mataba ni una mosca.

Reconocía que uno, como persona, tiene de todo, pero el imperativo básico del hombre es seguir viviendo, como dijo Miguel de Unamuno: “Yo no me voy a morir”. Esto significa que va a llegar la muerte, sin duda, como le llegó a Unamuno y al propio Tomás Mojarro hace unos días. Pero el idealista, el que siente, el que piensa, el que vive no “se” muere. La muerte va a venir, está dentro de uno, el reloj biológico es implacable. Pero uno no se murió: la muerte lo alcanzó. En cambio, todos los mediocres se mueren a sí mismos, sostenía Mojarro. Por eso las ofensas que provienen del mediocre son nada.

Tomás Mojarro. / Fotos: Juan José Flores Nava.

Puto Mojarro

Cuando Tomás Mojarro cumplió 80 años lo visité en su casa para charlar. Y le pregunté por qué en la puerta de su cochera estaba escrito, con aerosol, “Puto Mojarro”. ¿Era acaso una pinta reciente y no le había dado tiempo de borrarla? No, me respondió, hay que ver quién dice las cosas: “Unos drogos hicieron eso. Estoy rodeado de estos jóvenes absolutamente enfermos de droga. ¿De qué forma me puede ofender lo que pusieron? No son sensibles. No son buenas gentes. En cambio que un hombre de valía me lanzara una ofensa o me señalara un defecto verdadero, eso sí me dolería. Pero si lo dice un mediocre, en qué me puede ofender”.

Tomás Mojarro era implacable: sostenerse en el “horrorosísimo estado de mediocridad” era, para él, como estar muerto en vida. Estos mediocres que, por cierto, decía, no son muchos, nada más algo así como el 99 por ciento de los mexicanos, no viven, sobreviven y vegetan. Lo de ellos es comer, descomer, beber un poco de licor los fines de semana y mantenerse con un trabajo como el de Sísifo: todos los días levantan el piedrón; el piedrón cae todos los días. Ya que levantaron la piedra y la piedra cayó, se van a media tarde a su casa, encienden la televisión, se enajenan viendo episodios gringos en los que aparece el triunfador según la tabla de valores de Estados Unidos: aquel que tiene cerca a una rubia y mucho dinero. Es el cartabón que ha triunfado. Se posesionan, entonces, del triunfador, pero en eso les dice la mujercita, que es su esposa: “Viejo, ya vente a cenar”. Y de este modo vuelven a la realidad. Ya con los amigos, sólo hablan de futbol y de política con cabeza ajena, porque repiten lo que oyen en la televisión y en la radio sin darse cuenta de que ellos no son sino voceros oficiosos del sistema de poder, que es el verdadero enemigo de las masas sociales.

“La muerte me encontrará desnudo”

Autor de libros como El cañón de Juchipila, Mala fortuna, Trasterra, Yo el Valedor (y el Jerásimo) y Mis valedores al poder popular, Tomás Mojarro era conocido como el Valedor (vocablo que significa “el que auxilia, el que nos echa la mano”). Él se refería a los demás como “compañero” o “compañera”. Desde que nos encontramos para conversar, en 2012, cuando cumplió 80 años, no volví a mirarlo en persona, pero hace más o menos un año pude verlo y escucharlo en una amplia charla que sostuvo con Julio Astillero [aquí el enlace]. En ella, Tomás Mojarro se veía con un rostro, una energía y un ánimo como el que recordaba hace casi una década atrás. Quiero creer, pues, que las palabras que me expresó en sus 80 años fueron válidas hasta sus últimos días. “Hago exactamente lo mismo que cuando tenía 25 o 30 años, aunque de alguna manera voy trabajando un poco más, voy esforzándome un poco más. A cambio, tengo más sentido de la vida”.

Esta vitalidad se derivaba de tres pautas que Tomás Mojarro siguió durante casi toda su existencia: una alimentación buena; el haber aprendido algo antes de irse a dormir; y que la parte amorosa y sexual se mantuviera en el nivel de un principio, cuando se inició en estas cuestiones.

—Y lo he logrado —me dijo entonces, poco antes de cumplir, insisto, 80 años—. Mi mente está lúcida. Tengo una condición física estupenda. Y no tengo un kilo de más.

Luego me contó una anécdota que dejaba completamente nítido este asunto: “Una mujer muy bella, que era conductora de un programa de televisión y tenía un marido con mucho dinero, iba a mi departamento a la intimidad. En una de aquellas ocasiones, luego de celebrar nuestro acto, me dijo, apresurada, que se tenía que marchar porque iba con su marido a jugar tenis y de ahí se pasaba al gimnasio. Cuando le pregunté que para qué hacía todo aquello me respondió: ‘Imagínate, mi cuerpo es lo más cercano a mí. Lo único que es realmente mío es mi físico. ¿Tú crees que lo voy a descuidar? Yo vivo aquí’. En ese momento entendí entonces que la mediocridad no ama su físico: se intoxica de diversas manera, consume grasas, licores, azúcares, gaseosas. Al llegar a mi edad lo van a pagar por fuerza”.

Pero que quede claro: cuidar el físico basta. Porque se puede estar parcialmente bien, pero si uno no está enamorado, si uno no tiene penas de amor, si uno no está ávido de la sexualidad, si uno no tiene necesidad de saber, si uno no duerme bien, si uno no siente lo que es una sabrosa ensalada de frutas, la calidad de vida disminuye. Por eso, a sus 80 años, no dudó en decirme lo siguiente:

—Yo quisiera no presumirle, insisto, pero estoy absolutamente enterito. El mediocre es viejo. Tendrá 35 o 40 años y ya es viejo. Ya tiene vientre fofo, en su proyecto de vida no pone mayor empeño, no tiene mucho que decir. En cambio, hay viejos jóvenes. No intento decir con ello que soy un prodigio o defenderme de los años. De verdad me gustaría decirle que me siento viejo, pero, ¿en qué? A mi edad, y con tanto tiempo vivido, como decía Antonio Machado: “Y que la muerte me encontrará desnudo como los hijos de la mar”. Lo que quiere decir que uno siempre debe de estar preparado para morir: no tener equipaje estorboso ni nada.

La partida de Tomás Mojarro

Víctor Roura

Casi no se detenía a hablar con nadie, a menos que uno le preguntara algo específico sobre los asuntos radiofónicos o estudiantiles.

Una vez, puntual como era su costumbre, fue a dejar su artículo semanal en el viejo periódico unomásuno. Lo dejaba en la redacción, saludaba y, formal como jamás dejó de serlo, pasaba a retirarse con premura. La sala asignada a la sección cultural no era amplia, pero cabía justo la decena de empleados que la conformaban. En su frente, en lugar de paredes con cemento, refulgían enormes cristales que, por su limpidez, parecían inexistentes. Al darse la vuelta para abandonar la sección, sin despedirse de nadie, Tomás Mojarro en vez de encaminarse rumbo a la salida se fue, directo, a estrellarse contra la gran muralla de vidrio causando un ruido espantoso que prácticamente despertó a los reporteros que simulaban escribir sus notas, que voltearon a mirar lo sucedido contemplando a Mojarro recogiendo sus lentes que se habían desplomado al suelo debido al estrellamiento del Valedor, como era su mote escogido por el propio zacatecano para dirigirse a sus espectadores que se deleitaban con su verbo socarrón siempre alterado por el comportamiento aburguesado del funcionariato en turno.

Recuerdo que nadie dijo nada, Mojarro se colocó las gafas y salió ahora sí por donde había entrado.

Varios años después, acaso tres lustros después de aquel cierre de los setenta, esa misma columna periodística, intitulada “Entre Líneas”, la traspasaba don Tomás a la sección cultural que yo había fundado en El Financiero para habitarla en ese diario durante largos años, mismos que nos sirviera par entablar diversas conversaciones de todo tipo, centrándome yo, casi siempre, en su Cañón de Juchipila, libro suyo que me había impresionado.

Creamos algunos talleres de periodismo cultural, en los que participaba activamente. En Radio UNAM ofrecimos una conferencia para hablar sobre cuestiones culturales.

Una muchacha alzó la mano para preguntar algo.

Tomás le tomó la palabra.

—Yo quería preguntarle a Tomás Moja… —decía la chica cuando fue abruptamente interrumpida por el Valedor, quien, sin turbación en la voz, declaró:

Querías, me gustaría que otra persona preguntara algo en este momento —dijo don Tomás, y la muchacha volvió a tomar asiento mortificada de su yerro temporal porque, en efecto, “quería” es un verbo en tiempo pasado, no presente, y Tomás Mojarro, sí, era muy exigente con el uso idiomático: era un pulcro escritor, aún recuerdo que sus textos no requerían ninguna limpieza gramatical porque todo yacía en su justo lugar.

Ahora se ha ido. Faltaban nueve meses para que llegara a ser un impoluto nonagenario.

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