Irónicamente iconoclasta

Agustín Monsreal, octogenario…

Nació en Mérida, Yucatán, en 1941. Sobre él y su obra, el escritor Carlos Martín Briceño ha dicho: “Deliberadamente irónicos, eróticos, lúdicos, provocativos, con una fluidez trepidante, economía de diálogos, adjetivación osada, sus cuentos no se parecen a los de ningún escritor de su tiempo”. Y tiene razón. Agustín Monsreal es, sin duda, uno de los mejores cuentistas latinoamericanos, un maestro de la literatura en nuestra lengua. “Lo que busco es la esencia de las cosas, de las pasiones, de los sentimientos, salgo buscando eso. En la literatura, ya sea en el cuento, la novela o la minificción, lo verdaderamente importante es el personaje”, decía Agustín Monsreal hace poco en un homenaje por sus 80 años de vida. Con el siguiente texto, Víctor Roura ha querido sumarse a la celebración…


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El pasado 25 de septiembre el ejemplar narrador Agustín Monsreal (Mérida, 1941) cumplió ocho décadas de vida, onomástico que la literatura mexicana no debe pasar por alto.

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En los primeros años de la vida de Agustín Monsreal, ese notable cuentista originario de Yucatán, no sucedió nada digno de mencionarse, según la propia autobiografía “arbitraria” del autor, “salvo el sensible fallecimiento de su mascota: un cocodrilo enano apodado Caimancito (vaya ingenio), y una visita al zoológico donde debido a su falta de palabra (fue mudito en la niñez) le pareció que las jirafas tenían patas muy altas y que los elefantes eran un poco tontos, como cualquier gente grande”.

En su adolescencia, en cambio, dice Monsreal que sí le ocurrieron cosas importantes: “Pongamos por caso: un día estrenó un buen par de zapatos negros, su onceavo pantalón largo y su primer espejo de cuerpo entero, herencia de la tía Adelita; otro día, lo besó en la mejilla una niña rubia de doce años y él como un camaleón despistado no supo de qué color ponerse; otro día, pero en la noche, no pudo dormir porque se pasó las horas meditando frente a una hoja en blanco en cómo iba a forrarse de dinero para ser alguien en la vida”.

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Pero un día, cuando se despertó, ya había terminado la adolescencia y tuvo que pasar de la palabra a la acción, “asunto que tomó decididamente en sus manos y realizó de inmediato en sólo unas milésimas de segundo, porque si en algo tenía una fuerza de voluntad irreductible era en la manía neurótica de salirse con la suya”.

Así que se puso a escribir de manera denodada sin conseguir, a pesar de haberlo intentado (“usando todos los medios prohibidos e ilícitos”), la deseada fama. “Incluso se burlaba tanto de la ley —dice Monsreal de sí mismo— que la gente a su alrededor creía que era juez. Y, como nos informa su panegirista Lisandro Méndez Caballero, hubo una temporada (julio-agosto) en que publicó múltiples trabajos con estilos diferentes y oculto bajo ciertos seudónimos; por ejemplo: Jonathan Swift (Viajes de Gulliver), Lewis Carroll (Alicia en el país de las maravillas), Sigmund Freud (Neurosis obsesiva y otros cuentos), Ambrose Bierce (Dictionnaire du Diable), pero eso tampoco le reportó provecho, acaso por esa su manía malinchista de emplear nombres extranjeros”.

En el periodismo, por el contrario, sí logró Monsreal, según él mismo lo detalla, “alguna notoriedad tras los intentos repetidos de patearle el culo a su editor, de copiar la elegancia en el vestir de algunos comentaristas de éxito, de atraer cual si fuese un imán de gran potencia a una cantante grupera para que jugara a la ruleta rusa por él”.

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De su triste experiencia como candidato independiente a diputado “surgió la idea de ser constructor y comercializador de palancas para mover el mundo, ocurrencia que le plagió descaradamente un partido político”.

Ya en la madurez fue lexicógrafo y cazador de sueños y auroritas boreales. “Su formación en la Universidad Autodidacta de Yucatán incluye lecturas analfabetas de religiones comparadas, matemáticas puras, hedonismo sagrado y ginecología popular”.

Pero, aunque oficiante de un sinnúmero de erradas profesiones, Monsreal, dice el propio Monsreal, “para su fortuna siempre estuvo atento al llamado leal de la literatura (¿quién puede olvidar Moby Dick, esa magnífica novela que publicó amparado bajo el seudónimo —poco verosímil, por cierto— de Herman Melville?). Y para sobrevivir —raras veces tan bien empleado este infinitivo— impartía cursillos, talleres, seminarios, conferencias y clases particulares de astrología, tarot, sánscrito y lexicoterapia (doctrina curativa creada por el propio Monsreal). Algunas de sus breves obscenidades admirables y de sus mejores disparates eclécticos fueron traducidos por él mismo a casi todas las lenguas del mundo y al inglés”.

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Sea cual fuere la verdad, lo cierto es que, a lo largo de los años, Monsreal “conoció en carne propia y ajena lo que es tener deudas impagables, amores inmorales y pleitos a muerte con Dios. En uno de éstos se descuidó un momento y perdió feamente, a la mala, si hemos de creerle a las palabras que dejó garabateadas en una tarjeta de visita de la que borró sus datos particulares (domicilio y esas cosas), pues ya no tuvo tiempo siquiera de encomendarle correctamente su pobre alma al diablo. Hay varones prudentes que aseguran, no sin honestidad, que lo único válido que hizo en la tierra fueron sus veintidós hijas”.

Pues este hombre, nacido en efecto en Mérida, y cuyo nombre (que en efecto es Agustín Monsreal) es ya, desde 1998, institucional pues así se intitula el certamen nacional de cuento que su tierra natal convoca cada año (convertido en premio internacional a partir del año 2000), publicó en 2004 su libro número 13 de cuentos —pero también es poeta, y aunque él no lo clasifique como cuentario sino acaso como un libro de varia invención, por supuesto no es el más reciente en su bibliografía pues de entonces a la fecha cuenta ya en su haber una treintena de libros de magnífica manufactura—: Los hermanos menores de los pigmeos (Ficticia), que contiene 206 relatos breves —brevísimos, unos— de un total de 222 textos entre falsos exordios, apuntes biográficos, prólogos, preámbulos, prefacios, advertencias y epílogos. En fin, una pieza literaria bastante heterodoxa, digamos humorizada y divertidamente profunda.

“De acuerdo con un estudio realizado por los doctores Gustav Besetzung y Sergio Adelfo Alcalá Hera, brillantes neuropsicologistas —dice Monsreal en la introducción de aquel libro—, la edad productiva de los artistas creadores se divide en cuatro grupos perfectamente definidos: de los cero a los veinte años, de los veinte a los cuarenta, de los cuarenta a los sesenta y de los sesenta a los ochenta. Fuera de estos grupos o categorías, los casos son atípicos. Sin lugar a dudas, este dato revelador nos permite entender el porqué de los terribles exilios interiores que sufren los artistas, así como las agudas jaquecas morales que padecen algunos de ellos, según el periodo de su vida en que se manifiesta el impulso creador”.

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¿Cuándo se da el primer paso creativo?

He ahí una cuestión fundamental en la vida de los artistas. “Por ejemplo —dice Monsreal—, qué interesante y revelador es descubrir que un autor se hirió la planta de un pie con una botella rota a los nueve años, todo lo que ello puede significar para la comprensión de su obra. O si a los veintisiete se enamoró locamente de una mujer que padecía depresión endógena o si a los cincuenta y dos perdió su pluma fuente favorita (su esposa la tiró al bote de la basura en un arranque adolescente de pulcritud moral) y debido a esta amputación dejó de escribir para siempre. Cuestiones esenciales que resultan piedras preciosas para la comprensión cabal de un autor y su obra”.

Varios de sus cuentos cortos son asombrosamente ingeniosos. “El derecho a la desgracia” se intitula el de la página 110: “Cuando uno se casa es porque encuentra a una mujer que lo quiere y lo comprende de verdad, una mujer con la cual inaugura el Paraíso y forma una auténtica pareja. Hay tipos suertudos que se casan hasta siete, ocho veces”. Diez páginas después hallamos “Del amor y la guerra”: “En un principio la cosa está pareja: sus dos pechos contra mis dos manos; pero luego yo me pongo listo y le hago trampa con la boca”. Dos hojas más adelante leemos “Asunto de familia”: “Ella me besó en la frente, humilde y satisfecha, y salió del cuarto. Al ponerme el pantalón, advertí que mi cartera había desaparecido. Ya no puede uno confiar ni en su propia madre”. En la página 185, de las 254 que posee el libro, encontramos “El deseo y el golpe”, que dice: “Uno se enamora de una mujer. Y después inicia una relación con ella para conocerla; es decir, para descubrir sus defectos y poder, entonces, olvidarla”.

Y, sí, a veces resulta que los hombres, tal como dice Agustín Monsreal, son sólo de una sola pieza (la cocineta y el baño no cuentan).

Así es la escritura de Monsreal: humor incontrolado desde la primera hasta la última página, lo que lo hace, efectivamente, un literato amigablemente irreverente, irónicamente iconoclasta, un pulcro y tenaz historietista de la ensombrecida realidad…

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