Nuevamente Ciudad Juárez

Narco. Feminicidios. Asesinatos. Impunidad. Desde hace casi 30 años, el estado de Chihuahua vive una violencia que la ha convertido en una de las entidades más sangrientas de México. Al menos desde enero de 1993, Ciudad Juárez se convirtió en el escenario más temible para las mujeres: cientos de ellas fueron asesinadas o desaparecidas. Por otra parte, es uno de los tres estados ubicados en el llamado “Triángulo Dorado” mexicano, conocido a nivel internacional por tener una de las mayores concentraciones de cultivos de marihuana y sobre todo de amapola, fundamental para la producción de heroína. En este ensayo, Vicente Francisco Torres —ensayista, narrador y profesor e investigador en la UAM (Azcapotzalco)— nos habla y nos acerca a la literatura que ha narrado la historia reciente de la entidad.


Huesos en el desierto (2002), pionero de los libros que se ocuparon de la violencia en Ciudad Juárez, Chihuahua, reunió reportajes que el escritor Sergio González Rodríguez hizo a finales de la década de los noventa del siglo pasado. Con estadísticas, artículos de otros colegas (nacionales y extranjeros) y fuentes bibliográficas fue poniendo en claro las hipotéticas razones que estaban detrás de los 30 feminicidios que, por entonces (1993- 1995), llamaron la atención del mundo entero. Su valor más notorio estuvo en que documentó los hechos en el momento mismo de los acontecimientos; se empeñó en desenredar la madeja. Y pagó un alto precio por ello.

En un contexto creado por el narcotráfico y los migrantes atorados en esa ciudad como en un cedazo, se fueron dando los terribles asesinatos de jovencitas. Las maquiladoras eran determinantes porque, para poder entrar a trabajar, las adolescentes falseaban sus actas de nacimiento; los viernes iban a los salones de baile en donde las enganchaban lenones y drogadictos. Pronto se generó un estereotipo: muchachas delgadas, de piel morena y cabellos lacios y largos; todas vestían playera y pantalón vaquero. Se dijo que las elegían jóvenes para evitar enfermedades venéreas.

A fin de contener la psicosis colectiva se descalificaba a las muchachas diciendo que eran prostitutas, drogadictas o migrantes ilegales; eran víctimas de asesinos seriales o crímenes pasionales. Un jefe policiaco —Jorge Ostos— llegó a decir que los crímenes eran producto de la falta de valores, como no creer en la virgen de Guadalupe.

El copycat desempeñó un papel importante: debido a la ineficacia policiaca, los imitadores asesinaban al amparo de la impunidad que, dice Rodríguez, resultaba el mejor afrodisiaco. “O, más que un efecto copycat, parecía tratarse de un efecto cascada de parásitos, depredadores humanos. Como afirma Michel Serres: el parásito no se detiene. No deja de comer o de beber. Se expande, se fuga y crece, invade y ocupa. Propicia el ruido, el estrépito. La furia, el tumulto y lo incomprensible. La asimetría, la violencia, el asesinato y las matanzas[1]. El feminicidio, no olvidemos, está alimentado por el machismo, la misoginia, el racismo, el odio a la diversidad sexual, la pobreza y el color de la piel.

Para disfrazar que en el fondo había componendas entre narcotraficantes, políticos, hombres acaudalados, funcionarios y policías, se buscaron chivos expiatorios entre los que destaca el egipcio Abdel Sharif Sharif, cuya vida parece una novela: para evitar la existencia estereotipada que su padre había preparado para él en su patria, con todo y matrimonio arreglado, emigró a Estados Unidos en donde ejerció como ingeniero en diversas compañías. Su alcoholismo lo llevó a relaciones escandalosas y a episodios que lo calificaron como un ser indeseable. Fue acusado de violación y atentados al pudor. En 1995 fue deportado a México pero seguía recibiendo ingresos por su antiguo empleo. Su vida alcohólica y proclive a las mujeres tóxicas encontró tierra propicia en la frontera juarense. Pronto llamó la atención por vivir solo y llevar una vida disipada. En 1995 fue detenido como presunto culpable de asesinar a las muchachas que aparecían con las manos amarradas con las agujetas de sus tenis, mismos que aparecían junto a los cuerpos.

Para evitar la acusación, el egipcio contó la historia de Alejandro, un joven veinteañero mexicano que vivía en El Paso, Texas. Era blanco y acaudalado y se enamoró de una adolescente humilde, morena, delgada y de larga cabellera, que rechazó sus amores. La asesinó y no fue encarcelado porque su padre adoptivo, Guillermo Máynez, dio dinero a la policía. Además, el padrasto era dueño de varios antros juarenses, particularmente La Rueda, sitio de reunión de policías y narcotraficantes. Alejandro tenía un primo, Melchor Máynez, quien redactó unas cuartillas conocidas como Diario de Richy, testimonio que entregó a una persona bajo juramento de anonimato porque allí plasmó cómo Alejandro Máynez presumía sus crímenes.

En otros reportajes aparecieron más razones que intentaban explicar esta carnicería juvenil: las muchachas eran sacrificadas en ritos demoniacos o de santería que buscaban la invisibilidad y la inmunidad. Otra variante eran las snuff movies (porno violencia), tema en el que ya trabajaba el novelista coahuilense Francisco José Amparán para su novela Otras caras del paraíso (1995).

En este libro aluvional Sergio González Rodríguez apunta que la atmósfera totalmente permisiva que imperaba en la ciudad, propiciaba todo tipo de motivaciones para asesinar jovencitas. De aquí a mostrar los nexos entre autoridades y delincuencia, solo hay un paso:

La corrupción generalizada erosionó, hasta hacerlas casi inútiles, las más altas instituciones judiciales, militares y policiacas del país (…) El 2 de junio de 1999, el reportero Tim Golden de The New York Times publicó una nota en la que recuperaba testimonios de actas oficiales que mencionan sobornos de millones de dólares del cártel de Juárez al entonces secretario particular del presidente de la república Ernesto Zedillo Ponce de León: Liébano Sáenz. Oriundo de Chihuahua. Este funcionario, que negó semejantes cargos, fue colaborador cercano y vocero de Luis Donaldo Colosio, candidato presidencial del PRI, asesinado en 1994[2].

Si a fines del sexenio de Zedillo la violencia era brutal, en los dos siguientes sexenios panistas (2000-2012) México se volvería un infierno. El problema se agigantó porque se dieron soluciones políticas a un problema policiaco y judicial: hubo policías violadores, los procuradores inventaron casos y los jueces condenaron inocentes para no contradecir al gobernador. El tiempo en que fue gobernador Francisco Barrio Terrazas recibió sobornos del cártel de Juárez a cambio de protección; cuando Fox lo integró a su gabinete en la Contraloría de Desarrollo Administrativo, encargada de combatir la corrupción y la impunidad podríamos adivinar lo que vendría.

Ni siquiera una funcionaria como Suly Ponce, Fiscal Especial para la Investigación de homicidios en Ciudad Juárez a finales de los noventa tomó en serio el problema de los feminicidios; ella misma propició la impunidad. Una de las conclusiones que el autor pudo sacar en medio de aquella vorágine de crimen, violencia y dolor fue la siguiente: “El móvil general de por medio refiere a un rito homicida de contenido sexual que sirve para cohesionar, fraternizar y garantizar el silencio de quienes pertenecen a su secreto: una mafia muy influyente (…) los culpables estarían libres, y gente inocente en la cárcel”[3].

En el sexenio de Vicente Fox los crímenes sufren un cambio atroz porque, en 2001, las muertas aparecen con los senos mutilados después de haber sido levantadas por sicarios.

Como anticipo de lo que vendría, el 15 de junio de 1999, en la Ciudad de México, González Rodríguez fue secuestrado en un taxi; lo golpearon y lo amenazaron por haber publicado sus reportajes. A consecuencia de la golpiza le quedaron secuelas en una pierna y un coágulo en el cerebro que, finalmente, le ocasionaría la muerte. El relato del secuestro, la operación y las secuelas quedaron plasmadas en La pandilla cósmica (2005) que resultó una mixtura de ficción y reportaje.

El hombre sin cabeza (2009) reúne crónicas que el autor fue escribiendo en el momento de los hechos. De ahí que le sorprenda el registro de las primeras decapitaciones y les busque sentido en la mitología, la historia y el cine. Hoy sabemos que surgieron sin más referentes culturales que acentuar la violencia e intimidar a los enemigos. A esto se debe también que registrara azorado las crueldades que documentaba la prensa escrita, como los genitales quemados con soplete, las cabezas humanas arrojadas a las pistas de baile de los burdeles y la terrible historia del Güero Palma, traicionado por su esposa y un amigo.

Para documentar las decapitaciones que menudearon en el sexenio de Felipe Calderón leyó sobre la guerra de Vietnam, la guerra cristera y la figura del escritor Yukio Mishima. Recorrió varios estados de la república; fue a Catemaco para documentar un congreso de brujos y a Tabasco para entrevistar a un cortador de cabezas. Los cortes de cabeza pronto se relacionaron con el culto a la santa muerte y la santería. Las muertes rituales lo llevaron a la psicología del cortador de cabezas:

Mi amigo el experto me explicaría en otra plática que los cortadores de cabezas son personas primarias. Carecen de inteligencia emotiva, capacidad de abstracción, normas morales, excepto las más básicas: respetan y cuidan a sus mujeres y a sus hijos. Solo se sinceran acerca de sus actividades y actos más extremos con sus amantes, que suelen ser mujeres de extrema ignorancia, analfabetismo. Responden a pulsiones de vida o muerte. Suelen respetar figuras que representan autoridad y confianza, experiencia y firmeza. Muchos acostumbran drogarse en forma cotidiana y su personalidad es campo abierto a los estímulos que los llevan a cometer excesos, en particular, en términos de violencia contra los demás.[4]

En el año 2009, bajo la coordinación de Alejandro Páez Varela, un grupo de periodistas oriundos de Chihuahua —y juarenses adoptados— preparó La guerra por Juárez. El sangriento corazón de la tragedia nacional. Este libro quería mostrar el horror creado por Felipe Calderón Hinojosa en apenas tres años de (des) gobierno. Proféticamente, afirmó Páez Varela en el prólogo del libro: “Nunca hubo una matanza tan grotesca y tan sangrienta en este país. Nunca en el México moderno. Esta enorme cicatriz marcará a la nación en todas sus expresiones. Lo reflejarán en el futuro inmediato la sociedad, el periodismo, las artes y la literatura. Quedará para los libros de texto[5].

El coordinador del volumen se ocupa de una mujer (La Nacha) quien, desde 1922 ya dominaba el mundo delincuencial de Ciudad Juárez. Sin embargo, fue Domingo Aranda quien durante la segunda mitad del siglo XX había conformado un cártel, con producción, venta, rutas de distribución, dádivas, creación de empleos y cooptación de autoridades. Inventó los negocios fachada para blanquear el dinero e hizo lo que hoy día conocemos como comprar una plaza. La Nacha levantó su imperio eliminando a sus rivales que no eran mexicanos, sino chinos que habían llegado desde San Francisco después del sismo de 2008. Las autoridades la toleraban porque surtía a estadounidenses, excombatientes de las dos guerras mundiales y a los soldados asentados en Fort Bliss, de El Paso, Texas. Murió de vieja y en libertad en la década de los sesenta.

La Víbora sucedió a Aranda, vino Manuel Carrasco y después Pablo Acosta, quien dio trabajo a Amado Carrillo Fuentes, más tarde llamado el Señor de los Cielos.

Para 2008, Marcela Turati da la siguiente estadística del horror: “si para el día de Reyes moría asesinada una persona cada 14 horas, según las bitácoras judiciales, para Navidad eran ocho y para la Candelaria del 2009 eran 12 los caídos diariamente”[6]. La misma periodista introduce la ironía en sus reportajes: los ambulantes vendían camisetas con el lema “Visite Juárez”. La prenda llevaba estampada la figura de un cadáver. El registro fúnebre juarense cerró 2018 con 1607 homicidios, entre ellos el del reportero que llevaba la cuenta de los muertos. Los trabajos de Turati regularmente muestran una intención literaria porque apuntan lo paradojal de las situaciones o lo redondas que resultan, como un cuento: “la historia del hombre de la calle Champotón que, cansado de encontrar por las mañanas un tiradero de muertos afuera de su negocio colocó un macabro letrero: prohibido arrojar cadáveres o basura. En noviembre, uno de los cadáveres tirados en el terreno fue el de su hija; el hombre no lo vio porque ya había sido asesinado”[7].

Como si escribiera un cuento, Turati empieza narrando cómo un grupo de jóvenes que estaban en un centro de atención en Sonora, junto a la Guardería ABC, entraron a rescatar los cuerpos de los niños calcinados. Al entrevistar a uno de los héroes se entera de su terrible historia: había huido de Ciudad Juárez porque comandos armados masacraban a los jóvenes que habían buscado ayuda contra sus adicciones. Por eso se encontraban junto a la guardería; habían huido de los comandos.

En Fuego cruzado. Las víctimas atrapadas en la guerra del narco (2011), Marcela Turati abandona la ironía y el humor negro que destilaron sus primeros textos. Ahora entrega este volumen inquietante, admirable y espantoso al mismo tiempo. Asombra ver todo lo que esta reportera se arriesgó para hacer una entrevista, escribir una crónica o ser testigo de hechos atroces que le quitaron el sueño en noches innumerables. En el libro están documentadas mil historias de sangre, crueldad o muerte. Toda la escala de la desesperanza aparece consignada en este libro; también todos los sinsabores que debieron vivir los reporteros que daban cuenta de crímenes o actos de corrupción. Vemos a los periodistas que sufrían amenazas o eran asesinados por publicar una nota incómoda; debían callarse o usar eufemismos para no poner en peligro la vida de sus familias ¡y hasta sabremos de los reporteros que llegaban infiltrados a las redacciones de revistas y periódicos! Veamos unas líneas que hablan de cómo la violencia se coló hasta nuestro lenguaje. No es un texto atroz pero sí muy esclarecedor de la involución que hemos sufrido:

La narcoviolencia, al igual que los corridos que exaltan las proezas de los narcotraficantes, se convirtió en referente nacional. Como mala yerba, invadió nuestra vida cotidiana, se instaló en la sala de cada hogar, trastocó las costumbres más íntimas, instauró un régimen de terror, provocó pesadillas y oleadas de pánico que terminaron en toques de queda autoimpuestos o en propuestas políticas de suspensión de las garantías individuales.

De pronto nos dimos cuenta de que los niños ya jugaban a ser policías y sicarios, y que no temían al Jinete sin Cabeza porque ya tenían grabados en sus celulares cuerpos reales desmembrados. En las clases de educación física les enseñaban a tirarse al piso y protegerse de las balaceras y en sus escuelas instalan botones de pánico.

La sangre colonizó hasta el lenguaje agregando palabras que podían ilustrar un diccionario de lo macabro pero aquí nombran fenómenos bárbaros para los que no teníamos vocabulario.

Están, por ejemplo, las palabras encajuelado (dícese de todo aquel que aparece muerto en la cajuela de un auto), ejecutado (asesinado a rafagazos), levantado (subido a la fuerza a un auto y desaparecido), desintegrado (disuelto con ácidos) o encobijado (cadáver envuelto como taco en una cobija). A la contabilidad de los muertos le llamamos ejecutómetro; al territorio en disputa, la plaza, si la violencia sube es que se calienta; el oficio de matar equivale a sicarear; la extorsión es la cuota (…) Si mueren inocentes es baja colateral[8].

Cuando Felipe Calderón Hinojosa llevaba tres años de su funerario sexenio, fue a Ciudad Juárez, en compañía de su secretario de Seguridad, Genaro García Luna, y sólo acertó a decir que era muy grave la circulación de autos chocolates, además de que su Secretario de Gobernación, Fernando Gómez Mont, había atribuido la criminalidad a los mismos juarenses por su “tolerancia social”.

Los asedios bibliográficos a la violencia en Ciudad Juárez continúan desde los más diversos ángulos. Recientemente pude revisar varios volúmenes que tienen ese tema pero quedé asombrado por un conjunto de ensayos que conforman un libro del novelista Willivaldo Delgadillo, autor de la conocida novela La virgen del barrio árabe (1997). Fabular Juárez. Marcos de guerra, memoria y los foros por venir (2020) tiene varias aportaciones valiosas y, para quien no ha radicado en la frontera chihuahuense, inéditas.

Cuando el lector comienza la lectura tiene la impresión de que se enfrentará a un libro beligerante porque las notas de pie de página cuestionan a autores que sin haber vivido la violencia de la que escriben, se expresan sobre ella como mártires consumados. Vemos inclusive el caso de un reportero que recogió entrevistas realizadas por luchadoras sociales y con ellas armó un libro que firmó con su nombre. Es lo que Ricardo Vigueras ha denominado literatura juárica:

Como filólogo de formación que soy, suelo tener la arrogancia de querer inventar vocablos por el puro placer de jugar con las palabras. Por eso quiero distinguir ahora entre literatura juarense y literatura juárica. Juárico es un adjetivo cuyo sufijo —icus designaba en latín una relación de pertenencia o referencia al nombre de que deriva. Así, bellicus se refiere a bellum, que significa guerra. Por tanto, la literatura juarense es la que habla de Ciudad Juárez y se escribe en Ciudad Juárez. La literatura juárica es la que se escribe fuera de Juárez sobre Ciudad Juárez como espacio mítico, no como locación real, y con natural desconocimiento de la vida y la muerte cotidianas en Ciudad Juárez. 2666 [de Roberto bolaño] es la obra maestra de la literatura juárica[9].

Pero resulta que esa primera impresión es falsa. Fabular Juárez no es un libro maniqueo. Antes que tomar partido, problematiza los temas y los muestra con sus complejidades y contradicciones. Tomemos el caso del estadounidense Charles Bowden quien utilizó fotografías de reporteros juarenses pero las considera salvajes junto a su civilizado trabajo de escritura. Reporteó una exposición que con dificultades lograron montar los fotorreporteros juarenses y emparentó estas imágenes con las de Arthur Fellig, Weegee, que podemos considerar el abuelo de nuestro Enrique Metinides, que ha ponderado J. M. Servín y Bernardo Esquinca ha convertido en personaje de sus novelas. El emparentamiento de Weegee con los fotógrafos juarenses pronto consiguió que la gente glamorosa estadounidense convirtiera el texto de Bowden y las fotografías sobre los asesinatos de Ciudad Juárez en un libro —The Laboratory of Our Future— que ganó el premio Infinity Award, fundado por el Center of Photography, de Nueva York. ¡Pero el premio se lo dieron a Bowden porque él figuraba como autor del libro! De este modo se silenció el trabajo de los fotógrafos y se le quitó el filo a la realidad que mostraban. Este hecho, que pudiera parecer indignante por la cara dura con que Bowden se atribuyó el premio, a los fotógrafos no les pareció tan tremendo porque sus trabajos se visibilizaron en ámbitos que trascendían la nota policial y porque, finalmente, sus fotografías pudieron difundirse con libertad porque en los medios locales eran censuradas o simplemente no aparecían.

Otro ángulo de estos hechos desconocidos para quienes no seguimos puntualmente la violencia fronteriza tuvo lugar en 2010. La compañía de cosméticos Mac propuso una línea que evocara imágenes de lo que sucedía en Ciudad Juárez: “Un lápiz labial blanco se llamaría Ghost Town (Ciudad fantasma). Otros productos tendrían nombres como Sleepwalker (Sonámbulo) y Sleepless (Insomne)”[10]. Estas imágenes cadavéricas de lo que Sayak Valencia denominó capitalismo gore llegó más lejos cuando las hermanas Laura y Karen Melleavy diseñaron una línea de ropa basada en los crímenes de Ciudad Juárez, misma que impuso la moda entre las actrices que asistían a ceremonias y premiaciones. La fuerza de la moda impuesta puede calcularse si hoy, en internet, miramos esos diseños que parecen uniformes de empleadas de pompas fúnebres. Envolver la vulnerabilidad de la gente en glamour y que los efectos letales de la violencia sean considerados chic, en lugar de poner frente a la gente lo que estaba padeciendo la ciudad, tuvo efectos iatrogénicos: “La actividad de los fotógrafos juarenses no es entonces un acto político de resistencia visual que pretenda modificar el mundo, sino un mero despropósito, una actividad sin sentido en un lugar donde es imposible sostener la esperanza. ¿Entonces para qué tomar fotos? ¿Para qué escribir?[11]”.

Willivaldo Delgadillo destaca puntualmente el papel de activistas y luchadoras sociales y da a conocer ángulos de la lucha por descolonizar la visión que sobre Ciudad Juárez han dado quienes creen que allí no se piensa, no se articulan propuestas ni se forja una resistencia. Uno de esos ángulos, tremendo y desmesurado por cierto, es la arquitectura forense, algo semejante al performance y la instalación. En 2009, durante la 53 Bienal de Venecia, Teresa Margolles montó Limpieza, “una acción en la que algunas personas trapeaban los pisos de la sede con agua impregnada de la sangre que, de acuerdo con la artista, había sido recolectada de las calles donde se habían cometido asesinatos”[12]. En Vaporización (2001), la sala estuvo impregnada por los vapores producidos por agua utilizada para lavar cadáveres en las morgues. Y en Mientras dormíamos, la artista Lorena Wolffer iba trazando en su cuerpo (estando sobre una plancha de morgue) las heridas que habían sufrido las víctimas de feminicidios, palabra creada por Julia Monarraz en 1998:

A partir de reportes policiacos, utilicé mi cuerpo como un mapa simbólico para documentar y narrar la violencia en cincuenta de los casos registrados. En un ambiente de morgue, la pieza consistía en reproducir en mi propio cuerpo, con un plumón quirúrgico, cada uno de los golpes, cortadas y balazos que dichas mujeres sufrieron. De esta forma, mi cuerpo se transformaba en un vehículo de representación de la violencia hacia las mujeres en Ciudad Juárez, hoy aparentemente institucionalizada[13].

Este original e intensivo libro de Willivaldo Delgadillo, en su afán omnívoro por documentar lo que han aportado distintas disciplinas para iluminar Ciudad Juárez como símbolo apocalíptico del neoliberalismo y de la guerra contra las drogas, no olvida la narrativa gráfica y rinde, de paso, homenaje al dilatado esfuerzo de Eduardo del Río (Rius) por ilustrar a la gente sobre temas de cultura general pero, sobre todo, de asuntos políticos nacionales y latinoamericanos.

Quien repase la literatura mexicana de hoy encontrará tres líneas dominantes que no son ajenas a Fabular Juárez: la narconovela, la crónica en libros y la nota roja, que se cuela, ésta última, no sólo en nuestra vida cotidiana, sino en las novelas, en el trabajo periodístico, en las investigaciones académicas y en los congresos universitarios. De aquí que quien esto escribe concluya consignando unas líneas de la ensayista Vicki Goldberg que sirven para entender el auge de las planas rojas de los diarios:

El gusto por las fotografías también indica un incómodo cambio en la perspectiva del mundo en nuestra cultura y sus expectativas hacia el arte. Por lo general se acepta que el arte refleja vagamente el zeitgeist (espíritu de la época). Esta integración tiene su lado bueno y su lado malo. Weegee comparte ambos: el lado bueno debido a su poder innegable, el lado malo porque nos recuerda nuestros secretos más desagradables —el hecho de que nos deleitamos en los crímenes, los accidentes, el voyeurismo.

Weegee no. Él no estaba buscando las otras cosas; el desorden es lo que vende. Él se encarga de decirnos sin rodeos que el mundo es un lugar inseguro y que la obligación del fotógrafo es agregar una pequeña punzada al desasosiego general[14].

Vicente Francisco Torres.
Ensayista y narrador. Profesor-investigador en la Universidad Autónoma Metropolitana (Azcapotzalco).

Fuentes de consulta

Amparán, Francisco José, Otras caras del paraíso, México, Almadía, 2012.

Delgadillo, Willivaldo, Fabular Juárez. Marcos de guerra, memoria y los foros por venir, México, Instituto para la Ciudad y los Derechos Humanos A.C / Brown Búfalo Press, 2020.

González rodríguez, Sergio, Huesos en el desierto, Barcelona, Editorial Anagrama (Crónicas), 2002.

———- La pandilla cósmica, México, Editorial Sudamericana, 2005.

———- El hombre sin cabeza, Barcelona, Editorial Anagrama (Crónicas), 2009.

———- Campo de guerra, Barcelona, Editorial Anagrama (Argumentos), 2014.

Páez varela, Alejandro et al., La guerra por Juárez. El sangriento corazón de la tragedia nacional, México, Editorial Planeta (Temas de Hoy), 2009.

Turati, Marcela, Fuego cruzado. Las vidas atrapadas en la guerra del narco, México, Grijalbo / Proceso, 2012.

Velasco vargas, Magali, Necronarrativas en México. Discurso y poéticas del dolor (2006-2019), Universidad Veracruzana / El Colegio de San Luis, 2020.

NOTAS AL PIE

[1] Sergio González Rodríguez, Huesos en el desierto, Barcelona, Editorial Anagrama (Crónicas), 2002, pp. 119 y 120.

[2] Ibídem, p. 108.

[3] Ibídem, p. 285.

[4] Sergio González Rodríguez, El hombre sin cabeza, Barcelona, Editorial Anagrama (Crónicas), 2009, p.58.

[5] Alejandro Páez Varela et al., La guerra por Juárez. El sangriento corazón de la tragedia nacional, México, Editorial Planeta (Temas de Hoy), 2009, p. 14.

[6] Ibìdem, pp.54 y 55.

[7] Ibídem, p. 57.

[8] Marcela Turati, Fuego cruzado. Las vidas atrapadas en la guerra del narco, México, Grijalbo / Proceso, 2012, pp. 32 y 32.

[9] Magali Velasco Vargas, Necronarrativas en México. Discurso y poéticas del dolor (2006-2019), Universidad Veracruzana / El Colegio de San Luis, 2020, p. 104.

[10] Willivaldo Delgadillo, Fabular Juárez. Marcos de guerra, memoria y los foros por venir, Ciudad Juárez, Instituto para la Ciudad y los Derechos Humanos / Brown Búfalo Press, 2020, p.21.

[11] Ibídem, p. 63.

[12] Ibídem, p. 211.

[13] Ibídem, p. 223.

[14] Ibídem, p. 88.

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