El arte de la misantropía

A lo mejor era sólo para impresionar, pero Einstein decía que su sueño dorado era vivir en un faro, esos edenes míticos de los misántropos, ya que un faro es una ciudad amurallada donde nada más cabe uno.


Las gentes normales son las que creen que la definición de una visita es la de alguien que llega. Los misántropos son los que saben que una visita, por definición, se va, por lo común más tarde de lo necesario. La definición de un familiar es la de una visita que no se va, como un plazo que no se cumple, lo cual ha de ser un duro golpe para un misantropito de dos años que todavía no está enterado de esa peculiaridad de la parentela cercana. En los pueblos todo el mundo los conoce, y por eso los misántropos se mudan a las grandes ciudades, esos desiertos hechos de transeúntes donde pueden pasar inadvertidos.

Según el sentido común, un misántropo es aquél que odia a la humanidad, pero no es cierto, porque los que la odian están en los partidos de derecha, en las iglesias y en los monopolios causando pobrezas, y la verdad es que se llevan rebien entre ellos y se invitan a cenar unos a otros, mientras que, por el contrario, un misántropo, como decía John Lennon, ama a la humanidad; lo que detesta es a toda la gente, ésa que se acerca por el puro gusto de estar juntos. Un misántropo aborrece a los tipos y a las tipas que creen que con sus poses, pretensiones y lugares comunes cada vez más obvios, más sacados de la televisión, van a convencerlo de lo maravillosa que es la convivencia.

El misántropo simplemente sabe que él no es el encargado de divertir ociosos, tolerar encajosos, satisfacer metiches, aplaudir ególatras, confortar neuróticos o festejar a todos los que les gustan las palabras compañía, compartir, comunidad, comunicar y demás vocablos.com, y considera, también, que es más entretenido aburrirse solo que aburrirse acompañado: ir al volante de su pensamiento, no en el asiento de atrás del de los demás. A lo mejor era sólo para impresionar, pero Einstein decía que su sueño dorado era vivir en un faro, esos edenes míticos de los misántropos, ya que un faro es una ciudad amurallada donde nada más cabe uno.

Pero en una ciudad llena de semejantes a la vuelta de la esquina, de conocidos de la casa y la oficina, de amables en las tiendas y en el transporte y en los velorios —adonde el misántropo va a ver cómo le hace el hoy occiso para soportar la presencia de tanto deudo y allegado—, aprende que la mejor manera de sacudirse prójimos y espantarse estorbos es buscarse un pretexto —el del difunto es bueno— que le permita prescindir de sus seres queridos: tener mucho trabajo, estar enfermo o dedicarse a la espeleología son prácticos, pero como que les falta consistencia. Marcel Proust se tuvo que pasar toda la vida en reuniones con duques y marqueses hasta que encontró el pretexto de escribir una novela, y lo curioso es que una vez que el misántropo inventa el pretexto, el pretexto lo inventa a él, porque aquella novela la alargó hasta los siete volúmenes, en el último de los cuales ya declara honestamente que un artista no puede perder su tiempo ni recibiendo visitas ni yendo a visitar a un amigo que ha caído en desgracia.

Como si el pretexto fuera siempre que los demás quitan el tiempo, pero para que sea cierto, el misántropo entonces tiene la obligación de averiguar de qué le quitan el tiempo, por ejemplo, digamos, de conocerse a sí mismo, de conocer algo más, de hacer una cosa, de contemplar el paisaje, de respirar hondo, de cantar bajito, de imaginar historias, de sacar fórmulas, de investigar por qué la gente es encajosa, de mirar por el microscopio, de esculpir La Piedad, de cosas éstas, todas, con las que se ha construido, poco a poco, la humanidad. Lo que dejó hecho Miguel Ángel en sus momentos más huraños es lo que los demás después usamos para presumir de la grandeza humana.

Hace cien años, Gabriel Tarde, un sociólogo francés, concluyó que la civilización futura será una sociedad de misántropos, una sociedad donde, ya superada la etapa tribal del trabajo en equipo y demás promiscuidades como la competencia económica, las personas ya no se tengan que ver las unas a las otras, ni pedirse favores ni pasarse facturas, y cada una viva dedicada a sus cosas y contenta consigo misma. O sea, un misántropo es un ser altamente civilizado que se da cuenta de que la gente todavía es demasiado defectuosa como para pertenecer a la humanidad.

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