Así como los darketos o los grafiteros, los skatos son una tribu urbana; una tribu que, por cierto, ahora mismo la cultura dominante ha tratado de inculcarle los valores del capitalismo, que son los de la competencia por el dinero y la fama, organizando asociaciones y torneos para volver a los skatos deportistas disciplinados. Pero ellos se resisten, porque el objetivo de las tribus, que brotan de los márgenes, es tomar la ciudad o, mejor, hacerla suya.


Así como los darketos o los grafiteros o los payasitos, los skatos son una tribu urbana, cuyos tributarios, que por lo común andan solos —ya que son una tribu, no un equipo—, traen cargando en la mano como portafolios o en la espalda como mochila, una patineta, mientras más raspada mejor, como si trajeran un violín muy usado, es decir, con cariño por el instrumento de sus alegrías. A veces la usan, pero para eso hay que concentrarse, como si pusieran la vida en ella, y ciertamente, se los ha visto en el carril de en medio agarrándose de los coches para tomar vuelo y rebasar esquivando al mismo tiempo baches y desajustes del pavimento con un virtuosismo francamente temerario, y eso de usar casco o rodilleras y otras ñoñeces es para escuincles domingueros, no para los de la tribu, que son de tiempo completo.

Una tribu debe carecer de recursos e infraestructura, porque su caldo de cultivo es la escasez (los de las motos no son tribu, sino wannabes), así que les basta con su tablita de cuatro ruedas, barata y aguantadora: las patinetas, contra otras extravagancias efímeras y costosas del monotransporte, son de una simpleza exquisita, con un diseño que ya llegó a la perfección en material, peso, manejo, resistencia y estética. Y cuenta la leyenda urbana que vinieron, no de Aztlán, sino de California, de los surfistas que pasaron a surfear sobre el cemento hace como cincuenta años, aunque en rigor vienen de las zonas periféricas de la ciudad que, por lo demás, son de bajadita y llenas de obstáculos aptos para el patinetaje.

Como una pelota, una patineta tiene algo de autoevidente, o sea, que nadie le necesita explicar para qué sirve ni cómo se usa; y es autosuficiente porque es divertida desde la primera vez hasta la última; hasta las caídas son entretenidas. Justo por eso la quiso echar a perder la cultura dominante tratando de inculcarle los valores del capitalismo, que son los de la competencia por el dinero y la fama, organizando asociaciones y torneos para volver a los skatos deportistas disciplinados que se quieren superar y se difunden en las redes para volverse influencers y conseguir patrocinadores, poniéndoles uniformes y vendiéndoles accesorios superfluos e inventando técnicas y clasificaciones, hasta degradarlos a la categoría de deporte olímpico, en Tokio 2020, cosas todas éstas que destruyen la cultura callejera. Y que los patinetos ya no se llamen skatos sino skateboarders.

Pero resisten, porque el objetivo de las tribus, que brotan de los márgenes, es tomar la ciudad o, mejor, hacerla suya, y no nada más de los consumistas. Por eso estos aislados se reúnen, como en ceremonia, en parques, estacionamientos, plazas, explanadas y fuentes vacías; y en centros comerciales de donde los corren. Pero a últimas fechas hay autoridades locales y arquitectos del paisaje decentes que construyen pistas urbanas, siempre grafiteadas, con escalones, barandales, rampas de cemento lisito donde se juntan para celebrar que son una tribu. Y la escena es de ensueño: no hablan mucho —como sí lo hacen los de la tribu de los pamboleros—, así que se ponen ahí, cada quien por su parte, a hacer cabriolas que nunca les salen, lo cual es fundamental para el estilo y la identidad, porque así pueden ensayar lo más importante para pertenecer a la tribu: la cara de skato. Lo de aprender a patinar es más fácil y sale solo. Lo primero que hay que dominar es la manera de recoger la patineta sin agacharse mientras dizque se está pensando en otra cosa.

Los skatos son esencialmente pandrosos sin ostentaciones, ni relojotes ni tatuajotes ni caguamotas, y contra toda eficiencia, con camisetas guangas y pantalones ídem tan desgastados como sus patinetas. Eso de que usan Vans es fake news. Quién sabe cómo le hagan cuando no hay nadie —seguramente es cuando sí les sale bien—, pero cuando hay alguien, checan de reojo que los están mirando, y entonces ponen una cara soñada de indiferencia, de que eso que están haciendo es una forma de vida que se hace como por deber, y con cierto aire de desgano y desenfado practican su rutina. Y cuando se les dispara la patineta hacia otro lado o se caen, que es aproximadamente siempre, se levantan con una displicencia de Greta Garbo mientras miran el horizonte, como dando a entender que es lo normal y que no están interesados en lo que opinen los que están mirando, que no entienden que eso de que les salga mal es lo que les sale más bien. Nadie usa su celular.

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