Ciencia ficción: centenario natal del invencible Stanisław Lem

El 12 de septiembre de 1921 nacía Stanisław Lem, escritor polaco considerado como uno de los mayores exponentes del género de la ciencia ficción y uno de los pocos autores que, siendo de habla no inglesa, alcanzó fama mundial en el género. Para celebrar-conmemorar su centenario natal, hemos querido recuperar este texto del escritor mexicano Mauricio Molina (justamente uno de los exponentes más notables de la literatura fantástica en el país, fallecido de forma prematura en junio de 2021 a los 62 años de edad). Publicado en la Revista de la Universidad de México, donde además Mauricio fungió como jefe de redacción, el texto ahonda en la obra del escritor polaco, cuyos libros se adentran con facilidad en nuestro tiempo y lo convierten más que en un autor de culto en un autor de referencia. Asimismo, compartimos al final del artículo fragmentos de varios libros de Stanisław Lem, que la editorial Impedimenta ha puesto a disposición de los lectores…


Informe sobre Stanisław Lem

Mauricio Molina

Hace mucho tiempo que la ciencia ficción ha dejado de ser un género literario popular y convencional gracias a la revaloración de autores como Isaac Asimov, Ray Bradbury, Arthur C. Clarke, J. G. Ballard o los hermanos Strugatsky, para sólo mencionar unos cuantos. Entre ellos sobresale sin duda un autor que ha ido ocupando los estantes de librerías y bibliotecas al lado de lo que se considera literatura “seria” o canónica. Nos referimos al escritor polaco Stanisław Lem (1921-2006), cuya obra se adentra con facilidad en nuestro tiempo y lo convierte más que en un autor de culto en un autor de referencia. Su novela Solaris es una de las grandes novelas de la segunda mitad del siglo XX por derecho propio, además de que fue llevada a la pantalla por Andrei Tarkovsky, uno de los directores más destacados de la historia del cine.

En la narrativa polaca Lem se sitúa a la par de Witold Gombrowicz, por ejemplo, pese a que este es un autor más ceñido y aquel un escritor tan prolífico que sus obras completas abarcan numerosos volúmenes. Por supuesto, dado su carácter profuso, no todo lo que Lem escribió tuvo siempre la misma calidad o densidad literaria. A menudo le gustaba combinar sus propias preocupaciones científicas y filosóficas disfrazadas de novelas, lo cual lo hace en ciertos libros un autor farragoso y en otros un escritor muy original dotado para el ensayo y la especulación.

Obras como Vacío perfecto y Magnitud imaginaria, sendas colecciones de ensayos sobre libros imaginarios donde echa mano del sentido del humor y la sátira al mismo tiempo que se lanza a la imaginación más desbordada, no desmerecen la impronta de Borges (aunque Lem hubiese escrito un ensayo demoledor sobre el autor argentino, acaso para deslindarse de su influencia) ni su propia originalidad y constelación personal de obsesiones. La inteligencia artificial, el futuro, los enigmas del universo, el azar, el amor son algunos de los temas que exploró con lucidez y profundidad, aunque en el fondo el tema central sea acaso otro más profundo: la relación entre libertad y fatalidad.

Hace unas semanas una supercomputadora fue capaz de superar la famosa prueba de Turing, diseñada para demostrar si una máquina es capaz de pensar por sí misma. Este es uno de los temas fundamentales tanto de Asimov en Yo, robot, y de manera mucho más extensa en Golem XIV, de Lem. En este libro, suma de las preocupaciones de su autor en este tema, Lem imagina una supercomputadora que después de ser encendida y de automejorarse, propone a la humanidad discutir temas de filosofía, tecnología y el futuro. Las más preclaras inteligencias del mundo se reúnen para escucharla. Sus conclusiones, de un nihilismo burlón, son una muestra de los vastos conocimientos del autor sobre los límites de la inteligencia humana y de lo humano mismo. Se trata de un libro irónico y desolador y se dirige a un pequeño número de lectores, pese a que su trama, aunque vaga, lo convierte en una suerte de novela filosófica a la manera de las novelas del siglo XVIII, de las que mucho del arte narrativo de Lem está influido. Buena parte de su obra está enraizada en ese espíritu alegórico y simbólico tan distinguible en las novelas del Siglo de las Luces.

En lo que respecta a este recurso de una entidad sobrehumana o posthumana, ejemplificado en el océano inteligente de Solaris y en la computadora Golem XIV, Lem discute con Kant, Wittgenstein o Heidegger desde el punto de vista de la ficción especulativa. En este sentido, Golem XIV se aleja de Hal 9000, la siniestra computadora de 2001, odisea del espacio, de Clarke/Kubrik y se acerca a la computadora real que ha vencido la famosa prueba de Turing, mencionada más arriba, o a Deep Blue, la computadora de la IBM que venciera al campeón de ajedrez Garry Kasparov en 1996 en una memorable y controvertida partida. Lem no pretende descartar la inteligencia humana, sino ponerla en entredicho, cuestionarla, como lo hiciera Jonathan Swift, acaso una de sus influencias más claras.

El azar fue otro de sus temas centrales. Dos novelas exploran el tema: La investigación y La fiebre del heno. La primera, de corte policial, cuenta la historia de una serie de cadáveres que han desaparecido de la morgue en una ciudad de Londres de cliché: cubierta de lluvia y de neblina. Días más tarde se descubren los cadáveres desaparecidos en diversas zonas. A un detective de la Scotland Yard se le asigna el caso. Como suele suceder en los libros de Lem, los enigmas aparecen pero las soluciones se sitúan un poco más allá de la lógica, y de la solución. A lo largo de La investigación se hace evidente que el enigma va a ser inexplicable; sin embargo, es en el proceso de la pesquisa donde todo va adquiriendo un sentido cada vez más siniestro. Las hipótesis que surgen van desde la posibilidad de la existencia de un poderoso virus que ha echado a andar a los cadáveres, hasta experimentos secretos e incluso extraterrestres. Escrita en 1959, esta pequeña novela explora el tema de los zombies con autoridad irrefutable décadas antes de su banalización cinematográfica.

La fiebre del heno, de 1976, por su parte, es una indagación sobre el azar muy influenciada por Cosmos de Gombrowicz. Basándose en los recursos de la novela policiaca, explora la teoría del caos de Mandelbrot a través de una serie de muertes extrañas ocurridas en un balneario napolitano. Una serie de personas, todas ellas calvas, obesas y semejantes entre sí, han muerto misteriosamente. La policía considera la posibilidad de un asesino en serie. Al no encontrarse culpable alguno, se contrata a un astronauta calvo y obeso para hacer la investigación y repetir los actos de los fallecidos. El astronauta, entrenado para actuar bajo los efectos de potentes drogas psicotrópicas o ataques de locura momentánea, ausencia de oxígeno y accesos de pánico, descubre que una letal combinación de los vapores y aguas del balneario más un medicamento para detener la calvicie y una dieta específica, entre otros rasgos comunes de las víctimas, provocan en su conjunto una reacción en cadena que provoca la locura y la muerte. Una buena dosis de humor negro, indagación estadística y una trama muy bien desarrollada hacen de La fiebre del heno una de las mejores novelas de Lem.

Recientemente apareció, bajo el sello de Impedimenta —que se ha dado a la tarea de publicar algunas de las obras que hemos mencionado— una extraordinaria selección de los cuentos de Lem que muestran la diversidad y riqueza de sus temas, titulada Máscara. Se trata de un volumen que nos permite explorar la extraordinaria cartografía de su obra. Relatos como “La rata en el laberinto”, “Moho y oscuridad” y sobre todo el relato que da título al volumen son un excelente pórtico para adentrarse en la obra de este autor visionario que se adelantó por décadas a muchos de los temas que hoy aborda la literatura contemporánea. El cuento “Máscara” es un inquietante relato acerca de una inteligencia artificial que busca escapar de su destino para encontrar su propio lugar en el mundo. Se trata de una inquietante parábola acerca del amor, la elección.

Más allá de los temas de la técnica o de la ciencia encontramos a un autor que busca explorar las relaciones entre el destino y la libertad, sus preocupaciones más profundas.

La lectura de Stanisław Lem depara a sus lectores una excelente prueba de que la gran literatura puede pasar de los márgenes al centro, escapar de los géneros y los cánones y que la originalidad y la sabiduría todavía son una esperanza para la imaginación.

Fuente: Revista de la Universidad de México (julio de 2014).

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Breve biografía, breves fragmentos

La editorial Impedimenta tiene en su haber una docena de libros publicados de Stanisław Lem.

Enrique Redel, editor del sello español, ha sido claro: Lem es un autor de mucha trayectoria, sin embargo nunca ha sido editado de un modo serio, le ha dicho a la agencia Efe. “Lo publicó Bruguera, y luego Alianza con más tino, pero siempre ediciones de bolsillo de literatura popular”.

Nacido en 1921 en la ciudad polaca de Lwów, ahora Ucrania, la biografía de Lem está llena de “vacíos”, cuenta Redel, sobre todo porque él mismo se encargó de que así fuera, ya que hay una parte de su vida de la que él no quiso hablar; por ejemplo, su familia era católica pero de ascendencia judía.

Siguiendo los pasos de su padre, Lem se matriculó en la Facultad de Medicina de Lwów hasta que, en 1939, los alemanes ocuparon la ciudad.

Durante los siguientes cinco años, Lem, miembro de la resistencia, vivirá con papeles falsos y se dedicará a trabajar como mecánico y soldador, y a sabotear coches alemanes. En 1942 su familia —gracias justamente a la documentación falsa— se libró de milagro de las cámaras de gas de Belzec.

Al final de la guerra —cuentan desde el sello Impedimenta—, Lem regresó a la Facultad de Medicina, pero la abandonó al poco tiempo debido a diversas discrepancias ideológicas y a que no quería que lo alistaran como médico militar.

En 1946 fue «repatriado» a la fuerza a Cracovia, donde fijaría su residencia. No tardaría demasiado en iniciar una titubeante carrera literaria.

Se considera que su primera novela es El hospital de la transfiguración, escrita en 1948 pero no publicada en Polonia hasta 1955 debido a problemas con la censura comunista. De hecho, esta novela fue considerada «contrarrevolucionaria» por las autoridades polacas.

Así, fue hasta 1951, año en que publicó Astronautas, cuando por fin despegó su carrera literaria. Las novelas que escribió a partir de ese momento, pertenecientes en su mayoría al género de la ciencia ficción, harían de él un maestro indiscutible de la moderna literatura polaca: Edén (1959), La investigación (1959), Memorias encontradas en una bañera (1961), Solaris (1961), Relatos del piloto Pirx (1968), La Voz del Amo (1968) o Congreso de futurología (1971). Cabe también destacar el conjunto de relatos Máscara.

Stanisław Lem fue, asimismo, autor de una variada obra filosófica y metaliteraria. Destaca en este ámbito, aparte de su obra Summa Technologiae (1964), la llamada «Biblioteca del Siglo XXI», conformada por Vacío perfecto (1971), Magnitud imaginaria (1973), Golem XIV (1981) y Provocación (1982).

Lem fue miembro honorario de la SFWA (Asociación Americana de Escritores de Ciencia Ficción), de la que sería expulsado en 1976 tras declarar que la ciencia ficción estadounidense era de baja calidad. Falleció el 27 de marzo de 2006 en Cracovia, tras una larga enfermedad coronaria.

El sello Impedimenta ha puesto a disposición de los lectores varios fragmentos de los libros de Stanisław Lem. Aquí los compartimos:

Solaris; traducción de Joanna Orzechowska y Jesús Palacios.

El Invencible; traducción de Abel Murcia y Katarzyna Mołoniewic.

Provocación; traducción de Katarzyna Moloniewicz y Abel Murcia.

La fiebre del heno; traducción de Pilar Giralt y Jadwiga Maurizio.

La Voz del Amo; traducción de Katarzyna Mołoniewicz y Abel Murcia.

Astronautas; traducción de Katarzyna Mołoniewicz y Abel Murcia.

Máscara; traducción de Joanna Orzechowska.

Golem XIV; traducción de Joanna Orzechowska.

La investigación; traducción de Joanna Orzechowska.

Magnitud imaginaria; traducción de Jadwiga Maurizio y Roberto Valencia.

Vacío perfecto; traducción de Jadwiga Maurizio y Andrés Ibáñez.

El hospital de la transfiguración; traducción de Fernando Marías y Joanna Bardzinska.

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