Pecados de barrio


El padre se encolerizó tanto por lo que el muchacho le estaba revelando que no pudo reprimir su carácter. En seguida lo agarró a bofetadas sin importarle el rumor creciente de la gente, que se persignaba ante la inesperada escena. De no ser por la valiente intervención del monaguillo, tal vez allí mismo hubiera pagado todas sus culpas el casi desfallecido confesor. Los feligreses, luego, le dieron la razón al párroco, a quien admiraban justamente por su recia catadura. ¡Qué grande pecado habría cometido ese ingrato joven que encendió la ira del Señor, padre de todos los hijos descarriados de aquel bravío barrio!


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