Los malos libros venden bien

En este nuevo texto para Salida de Emergencia, nuestro colaborador y amigo Juan Soto poner los puntos sobre las íes: “A pesar de que hoy día se publican más libros que en otras épocas y se publican más libros de los que uno pudiese leer en su vida entera, se lee poco (y las más de las veces se leen libros de mala calidad). ¿Por qué los libros de mala calidad se venden bien?”


Este pequeño texto se iba a llamar “La mala literatura vende bien”, pero se le puso el título que tiene porque no todos los libros malos que se venden bien son de literatura. Así que, hecha esta aclaración, digamos que malos libros (de literatura, de psicología social, de historia, de metodología de la investigación, de filosofía, de análisis del discurso, de ciencias de la comunicación, de ciencia política, de sociología, de antropología social, de cine, de fotografía, etc.) se publican por montones y se venden bien. Giorgio Agamben, ese peculiar filósofo italiano de ascendencia armenia (que asistió a algunos seminarios impartidos por el destacado filósofo Martin Heidegger, que fue cercano a la ilustre historiadora Frances Yates, que coincidió con el escritor y periodista Italo Calvino y que por su cercanía con Pasolini actuó en una de sus películas como Felipe en Il Vangelo seconodo Matteo) invitó a pensar, en su ensayo Sobre la dificultad de leer, que un buen libro no es el que vende más, sino el que merece ser leído.

A pesar de que hoy día se publican más libros que en otras épocas y se publican más libros de los que uno pudiese leer en su vida entera, se lee poco (y las más de las veces se leen libros de mala calidad). ¿Por qué los libros de mala calidad se venden bien? Podría haber dos razones. Porque las editoriales, a pesar de las problemáticas que enfrentan gracias a la digitalización de los textos, siguen teniendo buenas técnicas de marketing (con el debido mercadeo se pueden vender malos libros como si fuesen buenos: las novelas de Harry Potter son un excelente ejemplo de ello, pero hay muchos más). La otra razón por la cual parecen triunfar los libros malos vendiéndose bien es porque existe, incluso entre los lectores, una notoria dificultad para distinguir entre un libro de calidad y otro que no la tenga. Para distinguir un buen libro de uno malo no basta con saber leer. No se trata de alfabetización. Se trata de una cuestión de aprender a distinguir. El cerrado y arcaico principio de inclinaciones solipsistas de “si me gusta es bueno” (o su homólogo de “si nos gusta a muchos es mejor”) carece de sentido. El gusto es un buen criterio para vender o para medir el éxito a través de la aceptación de algún producto por parte de los consumidores, pero no para establecer criterios de calidad. El gusto suele ser el peor enemigo de la calidad. Cualquier cosa que guste a las mayorías es digna de ser examinada con cautela. El gusto de las masas no puede ser filtro y garantía de calidad a la vez (los libros de J.R.R. Tolkien y de Dan Brown son excelentes ejemplos de malos libros que gustan mucho). Leer es algo más que sentir inclinaciones por los best sellers. La lectura-pasatiempo es muy distinta a la lectura-reflexión.

A estas alturas es probable que alguien de inclinaciones solipsistas que esté leyendo esto ya haya supuesto que los best sellers también hacen pensar a la gente. Pero hay que atajar de una buena vez. Entre tener ocurrencias derivadas de una lectura-pasatiempo y formular pensamientos ―digamos profundos― a partir de la lectura-reflexión, hay mucha diferencia. Pensar y tener ocurrencias no son lo mismo. Leer, hoy día y de manera desafortunada, es considerada una actividad esencial de una sociedad que le rinde tributo a la ludificación de la realidad. En una sociedad ludificada se considera que leer puede aligerar la pesadumbre de la vida cotidiana o simplemente distraer a las personas de sus preocupaciones. Embona bien con el entretenimiento (ligero por si acaso). “Recomiéndame un buen libro”, suelen decir los incautos cuando se topan con alguien que, suponen, ha hecho de la lectura una parte integral de su vida. Pero esos que solicitan recomendaciones de libros no esperan que su interlocutor los dirija a un libro de filosofía o sociología como los del austriaco Alfred Schütz. Esperan, seguramente, ser dirigidos hacia algún best seller. Y si bien es cierto que hay libros clásicos que se venden bastante bien, son muy diferentes de los best sellers.

Siguiendo las ideas del filósofo Clément Rosset, José Ovejero ha sugerido tres ideas. Que la filosofía no enseña, sino que desenseña, y la buena literatura suele seguir el mismo camino. Que si la buena literatura no pone en tela de juicio las verdades en las que creemos firmemente, su efecto es el del adormecimiento. Y que la inteligencia es perezosa pues prefiere aferrarse a verdades prefabricadas. ¿Por qué? Porque el acto de creer es muy distinto al de comprender. La exigencia de los buenos libros es muy diferente al escandaloso reclamo de lectura de los malos libros. Digamos que es discretamente exigente (el libro de El psicoanalista merece una mención para estos casos de reclamo escandaloso). Los buenos libros son los que no pueden leerse rápidamente porque son para pensar. El pensamiento es lento. La diversión y el entretenimiento exigen rapidez. Los buenos libros no están hechos para leerse en un camastro a la orilla de una alberca, en una playa o en una mesita de un café a la vista de todos. Los buenos libros exigen una concentración muy distinta a la que exige un best seller. Los malos libros se llevan bien con la lectura en público (la lectura-exhibición). Su finalidad es entretener, promover el escapismo. Hacer de la lectura una actividad escapista podría ser una de las peores formas de acercarse a los libros. Andar vociferando por ahí que leer está bien, que es una actividad digna de reconocimiento y que aleja de la ignorancia es, realmente, algo absurdo. Si no puede distinguirse entre un buen libro y uno malo, leer no tiene sentido. La cultura, dijo Umberto Eco, no es acumulación de saber, sino discriminación.

Mientras los profesores universitarios sigan machacando a sus estudiantes la idea de que leer está bien, sin justificación alguna y sin dar pistas para distinguir un buen libro de uno malo (porque a veces ni ellos lo saben hacer), leer seguirá teniendo una condición inocua e inútil. Si la lectura deviene mero entretenimiento y exhibición, la lectura de los malos libros está garantizada (y la industria que le acompaña asegurada). Coda: ¿Se ha topado en las plataformas publicitarias con páginas que llevan la denominación de “Reto Lector”? ¿Ha sido nominado por alguno de sus alelados contactos para cumplir con un Reto Lector a inicios de año? Bueno, leer por cuotas (la lectura-desafío) tampoco lleva a algún mejor lugar. Leer por cuotas alimenta el mercado de los malos libros antes que fomentar la lectura de los buenos libros (también es una buena estrategia de mercadeo de las editoriales). Vicente Verdú lo dijo así: “Sin Harry Potter la literatura no pierde nada, pero sin el libro sus lectores se pierden de la participación en la actualidad”.

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