Si no estuviera él, no estaríamos nosotros: Gillespie

Louis Armstrong, medio siglo después…

El 6 de julio se cumplieron 50 años del fallecimiento de Louis Armstrong, el legendario trompetista y cantante estadounidense que, con su característico y brillante carisma y enorme virtuosismo, conquistó la escena del jazz —no sólo de su país, prácticamente su presencia fue global—, convirtiéndose en un verdadero símbolo del género y modificando su rumbo para siempre. Con estas líneas queremos recordarlo, también homenajearlo…


1

El trompetista Buck Clayton dijo que admiraba a Duke Ellington y a Louis Armstrong porque ambos, de haber vivido cien años, los cien años los hubieran dedicado enteritos a la música sin desperdiciar un solo día.

Y tenía razón.

Armstrong, por ejemplo, tocó hasta el último día de su vida. No dejó uno solo de sus 70 años fuera de la música. Nacido justo en el comienzo de siglo, el 4 de agosto de 1901, Satchmo, como mejor se le conocía en el medio artístico, pronto se dio a conocer como un virtuoso. Desde su temprano debut en los años veinte hasta su septuagésima década, no dejó de estar en alguna parte del mundo para compartir su música. Y no se decía embajador ni nada de esas fruslerías.

—No soy un embajador, la música lo es —decía este portentoso hombre, de quien Reader’s Digest seleccionó, hacia finales de los ochenta, 68 piezas para conjuntarlas en el cuádruple álbum compacto intitulado Lo mejor de Louis Armstrong, una recopilación extraordinaria que ni las propias compañías disqueras, en las cuales dejó plasmadas Armstrong sus grabaciones, se han ocupado, mucho menos preocupado, en hacerla.

2

Un año después de que el inigualable trompetista iniciara su carrera, abandonó su ciudad natal, Nueva Orleans, para regresar nueve años después, en el verano de 1931. El clarinetista George Lewis (por cierto, y ciertamente sin venir al caso, ¿se sabía que entre los viejos jazzistas se considera a Lorenzo Tío, estadounidense con sangre mexicana —1893-1933—, como el introductor del clarinete en el jazz?) recibió en la estación a Satchmo y éste, por vez primera, se percata, acaso, de su importancia. En su libro Swing that music, Armstrong escribió de aquella escena de 1931: “Fue una sensación maravillosa regresar a mi ciudad natal y descubrir que mientras estuve lejos me había convertido en un gran hombre”.

Joachim Berendt, en el indispensable libro El jazz (Fondo de Cultura Económica, traducción del alemán de Jas Reuter), dice que hasta la ascensión de Dizzy Gillespie en los cuarenta no hubo un solo de trompeta de jazz que no proviniese de Louis Armstrong, y aun después todos los dominadores de dicho instrumento tienen que agradecerle al menos algo, “aunque sea de manera indirecta”. El mismo Gillespie expresó, en el Festival de Jazz de Newport de 1970, durante la celebración del 70 aniversario de Satchmo, a un año de su muerte, que “la posición de Louis Armstrong en la historia del jazz no tiene parangón. Si no estuviera él, no estaríamos nosotros”.

Aquellos que gustan llevar en la boca constantemente la palabra revolución, dijo Berendt, “han olvidado que Armstrong es el revolucionario más grande del jazz”.

De ahí que una compañía editora no olvide este aspecto y ponga en nuestras manos, y sobre todo oídos, este compacto… y si bien dicen ahora que es el turno de la difuminación del CD porque ya todo se consigue en las redes digitales mediante subidas y bajadas de canciones aún no hay nada como poseer, me parece, el material tangible, con el cuadernillo incluido, pues en él apreciamos con plenitud a un maestro de la música, capaz de elevar, y llevar, las notas de la música a caminos desorbitados y perfectos.

Ralph Gleason, a la muerte de Satchmo, escribió: “Tomó los elementos de organización de la música europea (acordes, escritura de notas, compases y todo lo demás), les agregó los ritmos de las iglesias negras, de la música de Nueva Orleans y de África, aportó la nota melancólica del blues, los secretos del acoplamiento y de la revoltura de las notas y tocaba todo ello con su técnica inalcanzable. Llegó tan lejos como le fue posible utilizando el blues y los cantos populares de su tiempo como andamiaje para sus improvisaciones”.

Nada más y nada menos.

Como si eso se pudiera hacer todos los días. Armstrong fue el encauzador del jazz. Sin su presencia, hoy conoceríamos a esta música de otro modo. Y probablemente con otro nombre. Gleason, en sus Héroes del jazz (Júcar, 1975), dice que Armstrong tenía labios de hierro “y en sus pulmones la fuerza de un huracán”.

3

También fue Louis Armstrong un hombre centrado en su mundo. Cuando el racismo castigaba a cualquier negro por el solo hecho de serlo, Satchmo (abreviatura de satchelmouth, “boca de bolsa”, o bocagrande) le daba vueltas al mundo con su prodigiosa trompeta. Hasta que, el 18 de septiembre de 1957, le dijo a un reportero del Gran Forks Herald que, por la forma en que trataban a su gente en el sur, “el gobierno se puede ir al infierno: el presidente Eisenhower no tiene agallas”.

Ante esta inesperada rebeldía de un héroe norteamericano, el Departamento de Estado de ese país respondió oficialmente que Armstrong hablaba sólo de esa forma porque estaba siendo dirigido. Satchmo contestó de inmediato, con dignidad:

—Lo que he dicho, soy yo.

En una marcha sobre las calles de Alabama para protestar contra el racismo, en marzo de 1965, se le vio ufano caminar con los suyos.

—Golpearían a Jesús si fuese negro —decía.

Por eso canceló conciertos en su país, como una manera de contestación política. Sin embargo, nunca estuvo en descanso pues si bien suspendía giras por Estados Unidos no lo hacía en las diversas naciones que reclamaban su presencia.

—Para mí este trabajo no representa dinero. Pude haber sido millonario cuatro veces. Pero lo único que quiero es soplar mi trompeta mientras pueda.

Y pudo hacerlo, para fortuna de la humanidad, muchos años.

4

Ya no hay músicos como este increíble Armstrong. Simplemente porque vivimos la era de los millones de dólares en la música. Ahora, con diez conciertos al año, un músico famoso puede vivir gratuitamente el resto de su vida. ¿No hasta para conciertos en beneficio de algo los músicos ya exigen un tanto por ciento de la ganancia total? El poeta Yevgueni Yevtushenko, al enterarse de la muerte del prodigioso trompetista, ocurrida en Nueva York el 6 de julio de 1971 (faltaba un mes para su onomástico número 71), escribió estos versos:

Haz lo que siempre hiciste.
Sigue tocando.
Alegra a los ángeles
para que los pecadores en el infierno
no sean atormentados en exceso.
Arcángel Gabriel:
¡dale una trompeta a Armstrong!

Por favor.

5

Desde los años treinta, Louis Armstrong tornaba diariamente un laxante llamado Swiss Kriss que encargaba periódicamente a los laboratorios suizos. “Era una simple infusión de hierbas medicinales y de aquel potingue, tan eficaz como innocuo, Armstrong se pasaba la vida haciendo publicidad ante sus amigos”. Como el trompetista nunca dejaba de tocar (“estaba de gira cincuenta y dos semanas al año”, se apunta en la colección El Gran Jazz, de la madrileña Ediciones del Prado, que circuló en México en 1997 en los puestos de periódicos), siempre tuvo cuidado con su salud, por lo menos en lo que se refiere a comer correctamente y a otorgarle a su cuerpo las horas de descanso necesarias. “Para asuntos más serios, como su tensión y su corazón, tenía al bueno del doctor Schiff, que le acompañaba en sus viajes, le cuidaba como una madre y jamás se preocupó de que Louis mantuviera toda su vida la costumbre de fumar un cigarro de marihuana por la mañana, antes de empezar la actividad diaria, y otro por la noche, al regresar al hotel o a casa, para relajarse”.

En la sección “Lo que las enciclopedias no cuentan”, El Gran Jazz narra el encuentro de Armstrong con Eugenio Pacelli, Pío XII, en Castelgandolfo en el otoño de 1949 —durante la realización de una extensa gira de más de dos meses por Europa.

“La entrevista con el papa, acompañado de un cardenal-secretario, empezó, y parecía desarrollarse según las normas de la más exquisita cortesía, pero Satchmo, que ya había recuperado su buen talante [como su Swiss Kriss no lo animara, decidió fumarse un cigarro de marihuana de gran tamaño (un giant bomber, como él solía llamar a esos grandes cartujos) en el coche mientras se trasladaban a la audiencia privada con su santidad], no pudo evitar que su eterna faceta de chiquillo bromista saliese a la superficie. Si él siempre conseguía hacer reír a todo el mundo, ¿por qué no intentarlo incluso con el Santo Padre? Era como una apuesta consigo mismo. Además, aquel cardenal vigilante y demasiado serio le incitaba más a ello todavía.

“Y así fue. Lo cuenta Ernie Anderson, colaborador del manager de Armstrong, que estaba presente aquel famoso día y que siempre recordaría los nervios que pasó: en un momento de la conversación, Pío XII preguntó:

“—¿Tienen ustedes hijos?

“Era como servírselo en bandeja. A Louis se le abrió una de sus famosas sonrisas de oreja a oreja y contestó con esa voz aguardentosa en la que se podía percibir un inequívoco tono de malicia:

“—No, santidad, pero nos divertimos mucho intentándolo.

“El papa se quedó unos segundos como traduciendo la respuesta y, acto seguido, empezó a hacer esfuerzos para contener la risa. El cardenal se percató de la situación y, en cuanto vio al papa soltar la carcajada, se lo llevó rápidamente en su silla de ruedas y ahí terminó la entrevista”.

Pero los apuros de Anderson no acabaron ahí, aunque él pensara lo contrario por un momento.

“Según se dirigían hacia la salida del edificio, las dichosas hierbas suizas se decidieron a hacer efecto. Para Armstrong, un caso de fuerza mayor como ése tenía prioridad sobre cualquier cosa. El guardia que les acompañaba se dio cuenta de que Louis no estaba dispuesto a entrar en el coche en semejante trance. Se acercó a la pared, empujó un panel y detrás apareció un lujoso cuarto de baño, dotado de las más modernas comodidades, en el que Satchmo penetró velozmente. Anderson suspiró aliviado. ‘Bueno’, pensó, ‘ya no más problemas’. En ese preciso instante, la puerta se abrió y por ella se asomó la cara sonriente de Armstrong:

“—Lucille —le dijo a su mujer—, entra a ver el water del papa…”

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