Tifrón el idiota


Prólogo

Fui invitado en el mes de junio al coloquio El lado B de la filosofía antigua: de los presocráticos al neoplatonismo, que se llevaría a cabo los días 6 y 7 de noviembre en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, pero que, por una cuestión logística, fue cambiado para el 30 y 31 de octubre. A mí los coloquios me aburren, no me interesan lo más mínimo. Los ponentes raramente tienen el menor sentido escénico, no parecen darse cuenta de que, incluso esta clase de evento, es un espectáculo vivo. La mayoría leen, y casi todos, que se me perdone, lo hacen mal: de manera solemne, monocorde, a veces dubitativa a causa de los nervios, en fin, una total falta de rock. Yo intento, en general, no leer, aunque, como dije, casi no participo en esta clase de reuniones. Prefiero sacrificar un poco de rigor y dar un buen show, porque parto de la idea de que, para ver a alguien leer, mejor le pido que me envíe por correo su ponencia y la leo yo en mi casa, tranquilamente, tomando mate.

Sin embargo, cuando el coloquio insinúa ser, en algún sentido, un poco distinto, sea porque trate de un asunto que me apasiona particularmente, o porque se presenta con una «curaduría» más atractiva, acepto gustoso la invitación.

En este caso se nos invitaba a los ponentes a presentar trabajos sobre personajes poco conocidos del mundo antiguo, o bien sobre aspectos poco desarrollados. Yo había decidido presentar algo relativo a mis temas de los últimos años, hasta había pasado el título, que fue el que apareció en el cartel, uno de esos títulos largos, un poco técnicos, seguramente aburridos, cuando se me ocurrió hacer algo completamente distinto: presentaría un problema en torno a un filósofo antiguo casi universalmente desconocido, por el simple hecho de que sería una invención mía. Me excusaría diciendo que, al final, había decidido presentar «el lado B» de la ponencia original.

Escribí, pues, una ponencia totalmente fársica, que es la que presento a continuación bajo el título de «El problema del camino abreviado, a la luz de Tifrón el idiota». Todos los nombres que incluí son descaradamente ridículos y humorísticos, aunque suenen a griego antiguo: «Hijo de Flátulo, un comerciante de telas, y de Menarca», «según refiere Andrónico de Oblitera», «Termófilo de Absceso» (estuve a punto de incorporar a un tal Canelón de Escroto, pero ya era demasiado, así que quedó como Canelón de Escrótalo). Inventé sesudos comentaristas, disputas imaginarias, me di el gusto de burlarme de los filósofos analíticos (analectos en el texto) y hasta de los oradores de los coloquios, como los que estaríamos precisamente allí, a través de Zifrón el cínico. Una vez en la mesa, leí la ponencia con suma seriedad, y hasta me vestí para la ocasión de modo deliberadamente serio, con una camisa, un chaleco, un sombrero (amo los sombreros) para enfatizar más la parodia.

Increíblemente, el público lo tomó todo en serio. Algunas personas, muy generosas, me vinieron a felicitar, diciéndome que no habían escuchado hablar de aquel Tifrón el idiota. Aparte de sentirme halagado, yo no daba crédito. Era como alburear sin que el otro se supiera albureado. Era como La guerra de los mundos, adaptada por Orson Welles, donde bastaba con decir un disparate (un disparate muy bien construido) siguiendo las formas radiofónicas, para que la gente se tragara el cuento (alguno hasta se suicidó creyendo que llegaban los marcianos).

Dijo McLuhan aquello de que «el medio es el mensaje» y ese día volví a constatarlo. Leí con la gravedad académica correspondiente, citando fuentes y comentaristas, mientras hablaba de Flátulo y Menarca, y decía disparates (mezclados con fuentes y discusiones genuinas e interesantes), y eso fue suficiente para ser tomado «en serio», cuando todo había sido una especie de carcajada cínica. Es tan cerrado, tan falto de imaginación el formato académico, que ni siquiera cuando está siendo ostensiblemente burlado, en su propia casa, la burla es notada. Yo podía haber sido esa tarde Sid Vicious, leyendo una ponencia en el Aula Magna, con un saco y una camisa blanca, y la voz grave declamando sobre asuntos graves, y estar diciéndoles en sus narices, no que Tifrón era tenido por idiota, sino, al estilo de un rockstar, «todos ustedes son unos idiotas», y nadie habría escuchado nada, y me habrían felicitado al final, llamándome, según las formas y el orgullo estúpido de los académicos, Dr. Vicious.

Quiero creer que alguien sospechó la burla. Confieso que yo me divertí en silencio.

G. S.
Noviembre de 2019

§§§

El problema del camino abreviado, a la luz de Tifrón el idiota

1. El camino abreviado del camino abreviado

Se sabe que los estoicos se sentían emparentados por linaje con la secta del perro, teniendo en Antístenes a un ancestro común, y viendo en el peculiar modo de vida cínico una alternativa compatible con el propio estoicismo. Diógenes Laercio lo refiere en un conocido pasaje de sus Vitae, al señalar que «también [el sabio estoico] se comporta como un cínico, pues el cinismo es un camino abreviado hacia la virtud» (VIII 121, las cursivas son mías).

Una primera pregunta natural sobre este asunto es la siguiente: si el estoicismo, una escuela con una desarrollada consciencia de la fugacidad de la vida, admite que el cinismo es un camino más breve a la sabiduría, ¿por qué los estoicos no se convirtieron todos ellos al cinismo?

Por lo que parece, la abreviación del camino a la sabiduría trae consigo ciertos costos que no son aptos para cualquier temperamento, y el temperamento natural, en la antigüedad, no era un asunto a descuidar. La formación del carácter, lo que en aquel tiempo, presumiblemente, recibía el nombre de ética, no podía ejercerse indistintamente sobre temperamentos distintos, sino que algunos requerían de un camino más gradual, y otros, de naturaleza más desprendida, podían asumir, ellos sí, una vía más abrupta, aunque fuera a la vez más áspera.

(Es de notar que no estamos comparando aquí el modo de vida de los kínikoi, los perros, con una escuela que pugnara en favor de lujos materiales, sino con una que alentaba también a la frugalidad, a dormir en camastros duros y darse baños de agua fría para fortalecer el carácter. Y sin embargo, el vivir de acuerdo con la naturaleza propio de los estoicos, no estipula, como sí el de los cínicos, vivir únicamente de acuerdo con la naturaleza, renunciando a toda adquisición cultural, todo valor simbólico y toda institucionalidad, etc. Esta renuncia no es para cualquiera).

La segunda pregunta que surge ante la postulación de un camino, comparativamente, más breve a la sabiduría, es si existe un camino todavía más abreviado que el propio cinismo, por inconcebible que parezca, es decir, si entre las filas cínicas pudo haber alguien que advirtiera, en relación al cinismo, lo que los estoicos en relación al estoicismo: la existencia de una vía regia.

Al intentar responder, teóricamente, a una pregunta de esta índole, es imposible no evocar la figura de Pirrón de Élide, fundador del así llamado escepticismo, o pirronismo, y cuya radicalidad en relación a las otras escuelas helenísticas se deja ver en un aspecto de suma importancia: mientras que los estoicos, los epicúreos y los cínicos (me abstengo aquí de referirme a la compleja academia de ese periodo) consideran que nos perturbamos por abrigar creencias equivocadas acerca de los bienes y los males, persiguiendo así falsos bienes y afligiéndonos y atemorizándonos por cosas que no son temibles, ni en sí mismas males; mientras que todas estas escuelas cifran la posibilidad de trascender las perturbaciones del alma rectificando aquellas falsas creencias y sustituyéndolas por juicios verdaderos, los escépticos postulan que no nos perturbamos por tener creencias falsas, sino por tener creencias sin más. La ataraxia escéptica no se alcanza, pues, transformando creencias, sino eliminándolas todas.

Sin duda, ésta es una posición más radical que la de las otras escuelas. ¿Es también un camino abreviado a la sabiduría? Y sobre todo, ¿cómo asegurar algo así, sin tener la experiencia vívida de ser un escéptico y mantenerse en una perpetua suspensión del juicio? Éste es todo un problema que no suele tenerse en cuenta a la hora de abordar teóricamente el escepticismo antiguo.

2. Tifrón el idiota: problemas para su estudio

Contamos, sin embargo, con un testimonio escasamente estudiado por la crítica, en parte por la propia escasez de las fuentes, y en parte, como veremos, por la confusión hermenéutica a que ha dado lugar este asunto, hasta la fecha en manos de filólogos y especialistas incapaces de asumir la experiencia escéptica y, por lo tanto, incompetentes, a pesar de sus conocimientos idiomáticos, para este menester.

El testimonio sobre la vida de un tal Tifrón aparece en menciones aisladas en torno a un filósofo que vivió hacia el siglo I a.n.e., apodado con el poco elogioso nombre de Tifrón el idiota. Sabemos de él que, en la línea de Pirrón y los gimnosofistas, postulaba (con todos los recaudos típicamente escépticos) la noción de acatalepsía, incomprensibilidad o inaprehensibilidad de lo real. Sabemos también que, en la línea de la alusión hecha por Timón de Fliunte, el discípulo estrella de Pirrón, acerca de que, tras persistir sostenidamente en la suspensión del juicio (epoché), sobrevienen primero la aphasía y luego la ataraxia, esto es, primero el mutismo y luego la imperturbabilidad del alma, el caso de Tifrón pone en escena un gesto ambiguo, en cierto modo afásico o mudo: precisamente el gesto que le valió el mote de «idiota». Sabemos, por último, que, una vez proferido el susodicho gesto, Tifrón permanecía en un estado beatífico, entre extático y alienado, que, a falta de una expresión mejor, referiré como ataráxico. Sobre este gesto, que preludiaba la ataraxia tifrónica, John Maxwell Ferguson (1904), en su reconstrucción de los fragmentos sobre Tifrón el idiota, comenta:

No era como la carcajada esperpéntica del cínico, con su eventual nota de revancha, que parecía reivindicar haber reído mejor por haber reído al último. Al contrario, la risa de Tifrón se mostraba, en principio, mucho más candorosa, pues, según se decía, surgía espontánea y sin motivo aparente ante una declaración o un relato hecho por alguien, cuando este alguien no había tenido la menor intención de generar comicidad. La risa ingenua, aniñada y un poco bobalicona de Tifrón, no brotaba, pues, de haber propinado un golpe, como en el caso de Diógenes el perro (sea que se riera él mismo o nos riamos nosotros al leer sus anécdotas); no era el efecto de haber ridiculizado a un interlocutor presuntuoso, como Platón, o un hipotético Alejandro o aquel hombre acaudalado que recibió un escupitajo por parte del sinopense.

Y continúa Ferguson:

Termófilo de Absceso, un contemporáneo de Tifrón, refiere a este respecto: «Conocido popularmente como ‘el idiota’, jamás reía después de fustigar a alguien o a causa de ello. De hecho, no se pronunciaba a través de discurso alguno, sino que, una vez su interlocutor terminaba de hablar, y aunque éste no hubiera dicho nada risible, ni se pudiera extraer de sus palabras o gestos una lectura cómica, Tifrón, echando la cabeza hacia atrás, como disponiendo el cuerpo para una poderosa expectoración, dejaba escapar aquella risa, fresca como una cascada, pero inoportuna como una flatulencia o un esputo, y de cara al cielo parecía ofrendar su incomprensible gesto a los dioses inmortales, en los que ni creía ni no creía».

Más adelante, Ferguson observa:

Si existió algo así como un Tifrón escéptico, es evidente que su peculiar modo de comportarse tiene alguna deuda con la ironía socrática, con esa capacidad ingente de hacerse el imbécil, deponiendo todo orgullo sobre la propia inteligencia y haciendo de esa deposición, con perdón de la palabra, la más alta inteligencia […]

Como Sócrates, Tifrón deja a sus interlocutores en un estado de pasmo. Sócrates, sin embargo, procede como en los cuentos fantásticos del siglo XIX, al darle al diálogo un final sorpresivo, que muestra, en su desenlace, la emergencia de una inteligencia hábilmente ocultada detrás del juego dialéctico, dejando en claro quién es el idiota, o en todo caso, el que no sabe lo que creía saber, mientras que, en el pasmo que experimenta aquel que se las tiene que haber con Tifrón, el lugar de la idiotez permanece ambiguo.

Siguiendo a Ferguson, la crítica especializada ha insistido en separar la risa idiota de Tifrón de aquella otra carcajada mordaz, propia del cínico. Si Diógenes, al decir de Platón, era un Sócrates enfurecido, Tifrón sería un Sócrates idiotizado, una forma depravada de pirronismo, en la que la noción de acatalepsia, inaprehensibilidad, parece ser ella misma puesta en escena a través de un gesto acataléptico, inaprehensible o incomprensible, como lo era aquella peculiar forma de reír.

¿Por qué reía así Tifrón el idiota? ¿Qué era lo que encontraba risible? ¿Perseguía, con este gesto, provocar en sus interlocutores un cierto despertar, al estilo de la perplejidad o el asombro taumatúrgico de Sócrates, o de la violenta bofetada propinada por Diógenes el perro? ¿Y en qué sentido podemos encontrar a Tifrón satisfecho, o en todo caso en paz, con el desangelado mote que se le ha endilgado de idiota, según refieren las fuentes?

Ninguna de estas preguntas ha encontrado, hasta la fecha, una respuesta clara. Las fuentes escasean y la crítica no aporta nada más, aparte de lo que se ha referido aquí sumariamente, relegando a este personaje a un olvido casi completo. El estado de cosas en relación a Tifrón está, pues, en un completo punto muerto desde hace, por lo menos, unos cincuenta años.

3. La posible identificación de Zifrón el fisiognomista con Tifrón el idiota, a la luz del problema del camino abreviado

En lo que sigue argumentaré que Tifrón el idiota es la consumación última de la vía regia o camino abreviado hacia la sabiduría, por la que hemos inquirido al principio. Contra lo que plantea Ferguson, la fuente más autorizada en este asunto hasta la fecha, sostendré que Tifrón, no sólo resulta conciliable con el cinismo, del que se lo ha querido disociar, sino que es su expresión más depurada, aquella sobre la que, de haber tenido unas fuentes más completas, se habría dicho, siguiendo el modelo de Diógenes Laercio, algo así como: «Y también el cínico se comporta como un idiota, pues el idiotismo es un camino abreviado a la sabiduría».

La evidencia en que me voy a apoyar para sostener esto se retrotrae a otro personaje menor, del que también nos llegan fuentes mutiladas y fragmentarias, y cuyo nombre es en todo similar al de nuestro personaje, con la diferencia de su primera letra, que no es ya la tau sino la dseta del alfabeto griego; es decir que este otro filósofo se llamaba Zifrón en lugar de Tifrón. Hay que aclarar, sin embargo, que esta sutil diferencia, aunque nos parezca sospechosa o nos mueva a preguntarnos cómo es que nadie advirtió antes la similitud de los nombres, no constituye, por sí misma, una evidencia, ni siquiera incidental, para identificar a estos dos hombres en una misma persona, pues en la antigua Grecia era relativamente común que dos nombres difirieran únicamente por una letra, como era el caso de Oracles y Doracles, Arístides y Erístides, Eutidemo y Eutilemo, etcétera.

A esto se agrega también el que los epítetos atribuidos a Zifrón insinuaran el perfil de un hombre de características muy distintas a las de Tifrón. Según refieren las fuentes, se le conoció como Zifrón el fisiognomista y también Zifrón el veleidoso, por la aparente inconstancia de sus adhesiones filosóficas, pues se inició entre los estoicos para abandonarlos y adoptar el estilo de vida de la secta del perro, de la que también acabaría tomando distancia.

Intentaré demostrar que Zifrón el fisiognomista fue el mismo hombre que terminó sus días como Tifrón el idiota (hasta donde un hombre puede ser el mismo andando el tiempo), y que la identificación de ambos en una única biografía permite reconstruir un sentido consistente para estos dos personajes, que, de otro modo, aparecen como caprichosos forúnculos en la historia del pensamiento.

La vida de Zifrón de Escaramuza, reconoce, además de los referidos epítetos, uno que, hasta la fecha, no ha sido leído adecuadamente. Además de «el veleidoso» y «el fisiognomista», se hace una única alusión a este filósofo, presuntamente para indicar su distanciamiento de las filas cínicas, bajo el término de skeptikyón, lo que en griego supone la contracción de dos palabras: skeptikós y kyon. Skeptikós quiere decir el que investiga o indaga, y kyón, perro (como ustedes saben, de ahí kyníkoi, los cínicos); Zifrón el skeptikyón, se traduciría en algo así como Zifrón el perro escéptico. Se ha tenido este mote por una expresión que los propios cínicos le habrían puesto a Zifrón, al verlo tomar distancia de sus filas, a modo de castigo o burla, un recurso típicamente cínico, dando a entender que, en calidad de perro, no era sino un perro husmeador, irresuelto, incapaz de pronunciarse con determinación acerca de su filiación al cinismo, y despachando, de paso, una solapada crítica a los escépticos, incapaces, según sus críticos, de comprometerse a fondo con nada en la vida práctica.

Bajo esta lectura de Zifrón el skeptikyón, como un perro de lealtad dudosa, se pierde de vista precisamente lo más importante: la peculiar y originalísima transición del cinismo al escepticismo antiguo, desarrollada por Zifrón, que acabaría desembocando en esa aparente idiotez encarnada por Tifrón y que es, como argumentaré más adelante, el punto culminante del camino abreviado, recorrido de principio a fin por un solo hombre, a lo largo de dos nombres (Zifrón y Tifrón) y tres escuelas.

La vida de Zifrón, como la de Tifrón, inicia en algún impreciso momento entre el año 100 y el año 90 a.n.e. Hijo de Flátulo, un comerciante de telas, y de Menarca, se dedica tempranamente, según refiere Andrónico de Oblitera, a la pintura, ayudando a diversos maestros del oficio. Se dice que mientras hacía un trabajo de restauración en la stoa poikilè, el pórtico pintado donde solían reunirse los filósofos apodados en virtud de aquel improvisado cenáculo, llamaron su atención, no las palabras de los que ahí se reunían, sino sus gestos. En su obra, Gestos de los estoicos, de la que se conservan únicamente fragmentos, dirá Zifrón:

En aquellos rostros [de los filósofos estoicos] vi por primera vez reunidos el sereno aplomo de los ojos, la severidad de los pómulos, la prudencia de los labios y la robusta perseverancia del mentón. No entendía, entonces, qué decían aquellos hombres al discurrir en el lugar donde yo trabajaba con mis manos y mis pinceles; tampoco importaba. Observando la dignidad de su expresión, me persuadí de que los filósofos estoicos combinaban, de un modo inusualmente armónico, las virtudes prácticas que les son exigidas a los hombres de acción con la mirada contemplativa (lit. teorética) donde se dejaban ver, al mismo tiempo, la perspicacia del científico y el asombro del poeta.

A este respecto hay que decir que, dada su afición por la pintura y dadas las observaciones del rostro y el cuerpo humanos que este oficio exigía, Zifrón había sido desde muy temprano un agudo observador del abanico gestual humano; lo que más tarde, cuando sus tratados Acerca del gesto y Gestos de los estoicos, ganaran cierta notoriedad, le valdría, precisamente, el apelativo de Zifrón el fisiognomista.

Estas observaciones tempranas sobre los estoicos habrían de ser decisivas en su muy particular modo de hacer filosofía: una filosofía del gesto que le llevaría a iniciarse en la majestuosa dignidad expresiva de los estoicos, para pasarse luego al gesto esperpéntico de los cínicos, creyendo haber encontrado, precisamente, una vía regia, un camino abreviado hacia lo que él llamaría el gesto puro.

La gran pregunta de Zifrón fue siempre, en el fondo, una interrogación por el gesto, por la posibilidad de un gesto que sintetizara y encarnara la perfección moral absoluta, la misma que él creyó ver, por primera y quizás única vez, en alguno de los filósofos estoicos, mientras se ocupaba en la restauración de los frescos que ornaban la stoa poikilè. En la referida obra sobre los Gestos de los estoicos, anotaría:

El estoicismo es esencialmente reflexionar y ejercitarse en la consecución de un gesto puro, sin mácula. Observo en los filósofos de esta escuela toda clase de diferencias: diferencias de temperamento y de cuna, inclinaciones abismalmente distintas, incluso, marcadas diferencias sobre diversos asuntos teóricos. Pero, por encima de todas esas diferencias, como una suave pátina que las recubriera y suavizara, aparecen todos ellos bajo un mismo gesto: el gesto del estoico.

Cuenta la leyenda que, de tanto observar a aquellos filósofos, Zifrón se sorprendió encarnando él mismo, como por obra de un contagio, el gesto que le había cautivado, y que, habiendo disentido él y su padre, Flátulo, sobre un asunto de dinero, Zifrón sustituyó las palabras ásperas que se acumulaban en su lengua, prestas a herir, por aquel gesto majestuoso y rotundo, de una dignidad tan incorruptible, que su padre, asombrado e inerme, no pudo sino abandonar la discusión asumiendo su falta. Fue ésta su primera victoria dialéctica en calidad de filósofo, victoria que el propio Zifrón contemplaría no sin deslumbramiento al ver que había sido obra de un puro gesto.

4. La perversión del gesto en la mueca y la primera búsqueda del camino abreviado

Con todo, Zifrón comprendió pronto que la eficacia del gesto había obedecido a su absoluta pureza. En la discusión con su padre, había encarnado el gesto estoico de un modo tan completo que ni siquiera se había dado cuenta de que lo hacía (ni quién lo hacía). Sólo después, reflexionando sobre ello, advirtió el logro y, en adelante, al querer repetirlo, lo hizo de una manera tan consciente, tan intencionada, que se volvió una impostación caricaturesca e ineficaz. Ya no era el gesto puro, sino una interpretación del gesto. A esta depravación, a esta sustitución del gesto original por una mera interpretación, Zifrón le llamaría en adelante mueca.

No pasaría demasiado tiempo antes de darse cuenta de que, no sólo él había extraviado el gesto original, convirtiéndolo en una mueca rígida y forzada (o esforzada), sino que los propios estoicos que se reunían en la stoa poikilè se le aparecían ahora muy lejos de la pureza original que había advertido cuando se ocupaba en restaurar los frescos. Todo lo que alcanzaba a verse allí eran, según refiere en su Acerca del gesto, «muecas de virtud». ¿Cómo recuperar aquella vía regia a la virtud, al gesto puro y total de la sabiduría estoica?

Para ese entonces, Zifrón se había vuelto un filósofo de cierta competencia teórica y consideró, contra la mayoría de sus contemporáneos, que la degeneración del estoicismo se había originado al aceptar la noción de progreso moral, idea ésta que los primeros estoicos, como se sabe, rechazaban.

El error de los estoicos —escribió—, es haberse retractado de su posición original, quizá la más radical e incomprendida, aquella que declaraba que no existe el progreso moral, aduciendo que estar a trescientos estadios de Maratón o estar a un solo estadio de Maratón supone, en los dos casos, no estar en Maratón, al modo como ser muy necio o ser sólo un poco necio supone, en los dos casos, no ser sabio.

La objeción contra este razonamiento es bastante intuitiva. Si, como sostenían los primeros estoicos, no existe el progreso moral, entonces la filosofía, incluida la estoica, no tiene razón de ser: al necio no le sirve filosofar, puesto que no hay progreso, y el sabio no necesita hacerlo, puesto que ya es sabio. Los estoicos concedieron esta objeción, aceptando, entonces, la noción de progreso moral e instituyendo una figura intermedia, que no era ya el necio, pero tampoco era todavía el sabio, una figura llamada en griego prokópton, el que se esfuerza en progresar, o el que comienza a instruirse, según aparece en fuentes más tardías como es el caso de Epicteto. Zifrón considera que la institución de este nefasto personaje, el prokópton, ha echado a perder el estoicismo, convirtiéndolo en una mueca esforzada y severa. Escribe:

Creyendo adelantar en algo, al instituir la figura del prokópton, los estoicos cancelaron el camino. Pues el estoicismo es aquella filosofía que busca la lucidez perfecta, la impresión capaz de asir lo real, lo-que-es-tal-como-es, y llaman a esto phantasía kataleptiké, impresión cataléptica. Pero «lo que es» sólo puede manifestare con perfecta plenitud y en toda su perfección cuando no hay nadie que lo perciba (como me sucedió a mí, inconsciente de mi gesto puro ante Flátulo), es decir, cuando quien percibe deja de atribuirse esa percepción a sí mismo y no hay la menor sombra de personalidad proyectada sobre aquello que se aparece. Entonces todo es diáfano, no hay mueca, sólo hay gesto y el gesto es cósmico, sin falla y sin huella. Al proponer la virtud como meta y el progreso moral como camino, se instituye el tiempo, el esfuerzo, un «tener que llegar a ser», en lugar del ser total, cada vez, y eso se evidencia de manera clara en el hecho de que ya no hay aquellos gestos puros, sino muecas, interpretaciones, imitaciones, formas que se repiten, obstruyendo así la espontaneidad pura del logos. El estoicismo primitivo era menos moral y más cósmico.

A partir de estas consideraciones, Zifrón iniciará la búsqueda de un camino abreviado, originario, puro, en pos de la recuperación del gesto cósmico, y será entonces cuando se incline hacia el cinismo, reconocido, por los propios estoicos, como una vía regia a la sabiduría.

5. Zifrón el cínico

El cinismo de Zifrón puede verse como una diatriba contra toda mueca, entendida en sus propios términos por oposición al gesto, es decir, una cruzada implacable contra toda impostura, toda inautenticidad, toda interpretación de papeles. Puesto que ya en aquella época la filosofía declinaba, como advertía el propio Zifrón, poblándose de comentaristas y exégetas, de discursos con más ingenio que verdad, en suma, de intérpretes más bien que filósofos, Zifrón desató su furia cínica, en primer lugar, contra las muecas de los filósofos que le rodeaban, produciendo, como todo cínico que se precie, un anecdotario de géloia, las bromas de estilo desenfadado que buscaban desenmascarar la insensatez de algo o alguien poniéndolo en ridículo. De este anecdotario, tristemente mutilado, referiré las anécdotas más célebres, en boca de su biógrafo, Canelón de Escrótalo:

A diferencia de Diógenes el perro, que se apoyaba en un bastón, Zifrón de Escaramuza se paseaba invariablemente acompañado de un cucharón de madera. Y dicen que se había valido por primera vez de este utensilio cuando frecuentaba cierto Instituto donde se reunían a discurrir los filósofos conocidos como analectos (por su afición a las colecciones y taxonomías), y que, ingresando disfrazado de cocinero a uno de los coloquios que sostenían los tales analectos, observó que se afanaban, no en comprender las cosas como tales, sino en clasificarlas dentro de categorías. En efecto, discutían asuntos como si X era un intuicionismo o un sensacionismo o una empirismo en sentido débil, o si lo era en sentido fuerte pero estrecho y no amplio, y mientras aquéllos se debatían en sus disputas taxonómicas, Zifrón extrajo de su morral unas especies de waffles reticulados y un frasco con una mermelada obscura, y con el cucharón iba poniendo mermelada en uno de los cuadritos cuando alguno se pronunciaba en favor del falibilismo fuerte, y en otro cuadrito cuando otro oponía un normativismo estrecho, y al ser interrogado sobre el platillo que preparaba, creyendo estos filósofos que el cocinero los agasajaría con un postre, les invitó a acercarse y observar los waffles, diciendo: «Toda su filosofía esta aquí, en sus vanas disputas por determinar en qué cuadrito conviene poner la mermelada»; dicho lo cual, empezó a azotarlos con el cucharón, espetándoles que eran una vergüenza para la filosofía.

A partir de este singular episodio, anduvo siempre armado con su cucharón de madera, y se inmiscuía en los coloquios de los filósofos, tanto de los analectos, como de los que se declaraban radicales, y cada vez que sorprendía a algún orador desarrollando una interpretación, un comentario o exégesis, como los que ya en esa época abundaban, y que habían desplazado el filosofar auténtico por una simple mueca repetitiva, Zifrón el cínico lo denunciaba levantando su célebre cucharón y, en algunos casos, arrojándolo en la cara del que hablaba.

Sin embargo, después de insistir en esto durante algún tiempo, no se le vio más en las reuniones de los filósofos, ni siquiera entre las que a veces organizaban los propios cínicos, sino que se replegó en el modesto espacio que había escogido para guarecerse […]

Un día que pasaba uno, viéndole barrer y ocuparse en ciertos quehaceres domésticos, le dijo: «Si fueras un filósofo serio y frecuentaras los coloquios y publicaras los artículos que se espera que publiques, y que demuestran tu dedicación de tiempo completo a la filosofía, no tendrías que andar barriendo o enjuagando enseres». A lo que Zifrón, muy al estilo del perro, repuso: «Y si tú barrieras y enjuagaras enseres, no tendrías que ser un filósofo serio, ni frecuentar los coloquios ni escribir lo que se espera que escribas, ni andar demostrándole a nadie que te dedicas a la filosofía, ni por cuánto tiempo lo haces».

Parece, sin embargo, que el hecho de haber respondido con un recurso tan claramente imitativo de Diógenes el perro, le hizo concluir a Zifrón que su propio cinismo se había depravado, transformándose en una imitación, una interpretación de algo dicho o hecho por otro, esto es, una mueca. Atestiguando, además, la ineficacia de los métodos agresivos en que había confiado (puesto que los filósofos analectos permanecían tan altivos e ignorantes como siempre, y los conferencistas, igual de aburridos y faltos de originalidad), abandonó aquellas maneras, siendo entonces, según Ferguson, apodado por los propios cínicos, a modo de castigo, como Zifrón el skeptikyón, el perro escéptico, en el sentido, como se dijo, de señalar una adhesión tibia a la vida de perro.

La última referencia que se conoce sobre Zifrón lo muestra ante un tal Escórdides, uno de esos filósofos advenedizos que pretenden estar bien con Dios y con el Diablo, hábiles en andar codeándose con los poderosos, pero escrupulosos a la hora de aparentar un talante popular. Era este sujeto oriundo de una familia de abolengo, pero se las daba de campesino, pues tenía tierras y propiedades, pero intentaba por todos los medios ocultar su condición de terrateniente, escondiéndola bajo un aspecto campirano. Un día que discurría ante Zifrón y otro más acerca de lo recia que era la vida en la montaña, repitiendo enigmáticamente algo así como «La montaña es dura… La montaña es dura…», dándoselas, así, de hombre experimentado y conocedor de los misterios, Zifrón le preguntó, más por curiosidad que por sorna, en qué estribaba aquella dureza, cosa que, al parecer, ofendió a este Escórdides, quien repuso: «Oh, Zifrón, criatura de la polis, a ti te han forjado los caminos de piedra y los acueductos, no lo entenderías». Y fue tal el ridículo de aquel terrateniente queriendo hacerse pasar por mago y conocedor de los secretos de la naturaleza, fue tan risible, por sí solo, el intento de insultarlo tratándolo de citadino ignorante, justo a él, un hombre criado en aldeas que había abrazado la vida de perro, que, en lugar de responder al modo cínico, desenmascarando la impostura de aquel pobre diablo, Zifrón sólo tuvo por respuesta «una festiva carcajada, tras la cual se retiró».

6. La segunda búsqueda del camino abreviado: de Zifrón a Tifrón o el culmen de la vía regia

Como hemos visto, la interpretación aceptada acerca de la expresión skeptikyón, imputada a Zifrón de Escaramuza, la considera una especie de insulto por parte de sus contemporáneos cínicos, por haberse desentendido de las maneras agresivas típicas de esta escuela. Hemos visto, además, cómo Ferguson se empeña en separar la risa candorosa de Tifrón el idiota de la mordaz carcajada cínica.

Ordenándolo todo, sin embargo, se hace claro que aquel último Zifrón, que sólo atina a reírse y retirarse, no recibe el epíteto de «perro escéptico» (skeptikyón) por ser un cínico tibio, sino por buscar, ahora por segunda vez, el camino abreviado, la vía regia más allá del cinismo, y encontrarla en una peculiar fusión cínico-escéptica.

El Tifrón escéptico que encontramos en Tantalia es seguramente Zifrón de Escaramuza, de quien ya no se dice más en las fuentes. Es dable suponer que este hombre experimentara una conversión peculiar al descubrir, por fin, el gesto puro, o depurado, un gesto que conserva aún la risa del cínico, pero desnuda ya de toda agresividad y todo empeño por reconvenir, despojada de toda intolerancia, cándida como la risa de un niño, lo que en un adulto —acaso más en un filósofo— pasaría por idiotez.

Como en toda conversión, el nombre del converso acompaña el cambio, siendo sustituido por uno nuevo. Así Abram y Abraham, en el Viejo Testamento; así también cuando un laico se hace monje y recibe su nombre de ordenación, simbolizando así un «segundo nacimiento». Zifrón, convertido en Tifrón, incomprensible e incomprendido, santo idiota o Sócrates idiotizado, sería, sin embargo, el hombre que a través de su vida realizara de manera más depurada la vía regia hacia la sabiduría, sugiriéndoles a todos los que tuvieran ojos para ver y oídos para escuchar, que sólo es idiota aquel que no sabe reír.

Texto leído por el autor en el Aula Magna de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM el 31 de octubre de 2019.

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