Visto desde cualquier ángulo, el texto carecía por completo de dificultades. Era sencillo, claro y franco, alejado de cualquier barroquismo innecesario. Su sintaxis era elegante y económica, austera y refinada. Ninguna coma de más, ninguna preposición de sobra, ningún adjetivo rimbombante o excesivo. Por si fuera poco, su contenido era de una profundidad eminente: una crítica moral que, con justa razón, se calificó de inmediato como philosophia perennis. Si se pudiera sintetizar en un solo sintagma el efecto que su prosa producía en el lector, se diría que el escrito (que no constaba más que de un solo párrafo de ocho líneas) era de una precisión ética y estilística insuperable. Por ello mismo, su traductor no dudó ni un solo momento en hacer la traducción más literal y fiel posible. Conocía el texto de memoria (repetía con sus ojos y su mente ese aforismo perfecto antes de ir a dormir y después de levantarse), por lo que le pareció que lo correcto era respetar su ritmo interno y dejar que las preposiciones y signos autóctonos reprodujeran su lógica secreta, sin que el idioma alterara en mucho la estructura sintáctica. Cierto, algún verbo cambió de posición y otro más se inclinó por una acepción distante, pero en la generalidad —así le pareció, por lo menos, al traductor—, la esencia de su pensamiento quedaba plasmada con fidelidad.

No pasó mucho tiempo para que se admirara el logro de aquella primera traducción. Algunos, incluso, se atrevieron a sugerir que el traductor había mejorado el escrito y que, con el perdón de su autor, había que reconocer que se estaba en presencia de una nueva obra maestra, incluso superior a la original. Esta última afirmación, sin embargo, iba acompañada de una implicación que, desde el comienzo, incomodó al traductor: no se trataba ya de la misma obra. Reflexionó bastante sobre este hecho y, después de un año de publicada la primera traducción, decidió presentar una nueva que, tomando en cuenta las distancias entre los dos idiomas, sacrificara el ritmo del aforismo con la finalidad de serle fiel a su pensamiento. Las preposiciones variaron, los verbos recobraron su lugar natural en el idioma, los adjetivos fueron más arriesgados, las conjunciones cedieron su paso a un lenguaje más libre… Tal fue el efecto conseguido, que los críticos que leyeron el aforismo el mismo día en que se publicó en un diario de circulación nacional no pudieron reconocer la más mínima cercanía con el pensamiento original. Quiso, además, la mala fortuna que dicha sentencia se publicara sin el nombre del autor verdadero, y se sustituyera éste con el del traductor, razón por la cual se le asumió como el autor de un texto totalmente disímil.

La furia del traductor no se hizo esperar. Mandó una carta llena de invectivas e insultos dirigida a los editores del diario, los cuales lamentaron la pifia y prometieron enmendarla de inmediato, pero tan sólo publicaron, al día siguiente, una fe de errores en la sección de Cartas del público, la cual pasó desapercibida por casi todos los lectores del diario. El lamentable error se hizo patente muy pronto, cuando un crítico de renombre escribió un artículo elogioso en ese mismo periódico, externando la opinión de que dicho aforismo agregaba un nuevo elemento a la consideración axiológica de la época, y que si se tomaba en cuenta en su particularidad deontológica, llevaba a una conclusión completamente distinta del aforismo del cual el traductor (ahora considerado autor independiente) había sido un fiel discípulo hasta ese momento.

El paradójico e inesperado resultado sumió al traductor en una profunda depresión, y a partir de entonces alejó sus trabajos públicos del susodicho aforismo, valorando que todo su trabajo había sido en vano, en cuanto no había sido capaz, en lo más mínimo, de reflejar con fidelidad tanto el estilo como el rico contenido del texto original, del cual, de ninguna manera, ni siquiera en sus peores pensamientos, había intentado alejarse, mucho menos ser un opositor radical. Toda su fuerza laboral se enfocó, desde entonces, a trabajos menores, a libros sin ninguna importancia, lejanos de la profundidad filosófica, con la única intención de sobrevivir, puesto que, amante del arte de la traducción como era, no quería volver a cometer un error como el que había cometido. Asumió como un martirio personal la ofensa que, desde su punto de vista, había infligido al autor de aquel hermoso aforismo.

Como era de esperarse, con tal actitud, el traductor fue pasando de largo ante el mundo intelectual y pronto fue olvidado. En su interior, sin embargo, sobrevivió como una espina dolorosa la necesidad de dar forma a esa traducción última que, en la figura de un párrafo sintético, trasladara al idioma propio la belleza insuperable de aquel pensamiento perfecto. Le escribió una carta al autor, ya envejecido, de aquel texto; una carta elogiosa y llena de referencias filosóficas y literarias, en la que se incluían las dos versiones traducidas a su idioma, pero puesto que el autor no sabía la más mínima palabra de aquella lengua, no pudo comprender con claridad la pena que el traductor intentaba transmitirle. Se limitó a agradecer con amabilidad el empeño por encontrar una traducción lograda de ese viejo aforismo, y le pidió con sinceridad que abandonara dicha empresa, porque, por todo lo que el traductor mismo le externaba, era claro que el objetivo se había alcanzado de sobra. Esa respuesta desencantó de lleno al traductor, quien sencillamente no pudo entender la actitud del autor y su incomprensión ante algo que a él le parecía obvio: así como el autor había logrado escribir un aforismo perfecto, él quería lograr, por lo menos una vez en su vida, la traducción perfecta.

Los años pasaron y el traductor siguió intentando, para sí mismo, versiones y versiones de aquel amado aforismo, algunas incluso en verso medido y rimado, pero ninguna logró satisfacerlo a plenitud. Llegó a mostrar varias a sus amigos cercanos, algunas de las cuales fueron seriamente alabadas por su madurez estilística, pero nadie (incluyendo a los conocedores del idioma ajeno) reconoció en ella las ideas que el traductor aseguraba implícitas en el texto original. Su desesperación creció año con año, se volvió la obsesión de su vida, hasta que un día, harto ya de dedicar tanto tiempo a traducciones sin la menor importancia como medio de sobrevivencia, y considerando que contaba con los suficientes recursos para mantenerse con holgura, abandonó su trabajo, se refugió en una casa familiar en el campo, y se dedicó a pensar mejor el tema y a redactar la que, desde su perspectiva, debería convertirse la obra cumbre de su vida.

Los papeles se acumularon, el tiempo se fue agotando, las fuerzas fueron cediendo. Cansado y amargado por la labor inútil de una vida, dedicó sus últimas energías a dos labores acres: la primera, un tratado lastimoso sobre la imposibilidad de la traducción, sobre la búsqueda estéril del arte de reproducir ideas ajenas en el idioma propio; la segunda, una versión satírica de aquel viejo aforismo al que le dedicó la existencia, en la que sustituyó, uno a uno, cada significado, cada acepción, cada signo y vocablo por uno distante y sarcástico: una burla abierta a la inspiración que forjó su biografía. Esos dos trabajos fueron lo único que se encontró sobre su escritorio después del suicidio. El primero es considerado aún hoy, por todos los expertos, el culmen de la reflexión sobre el arte de traducir y sus trampas arteras. El segundo, en su inconsciencia irónica, el ejemplo máximo de una traducción que, al haber abandonado toda esperanza, al haber insultado, incluso, el modelo que guió su camino como intérprete, logró, finalmente, convertirse en lo que nunca hubiera imaginado: la exégesis más fiel de un pensamiento ajeno, el giro más inesperado de la perfección hermenéutica.

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