Consejo de cultura (fábula)


para Arturo Blancas Arana

El consejo me lo dio el hermano lobo en una sobremesa de habanos y coñac en su casa. Ni modo que en la mía. El crepúsculo convertía en calidoscopio la vidriera de la sala. Más allá de las caballerizas y el aserradero la ciudad aparecía como panal de miel. La penumbra se abría paso, entre la fragancia del aserradero y el olor brioso de la cuadra de caballos, sobre las lomas de césped recién cortado.

Volvía a ver al segundo varón de la familia, mi hermano menor, el Julian Sorel de casa, ahora que yo acababa de dejar mi puesto de funcionario porque, para sorpresa de todos, empezando por mí, a pesar de “los resultados de mi gestión” no me habían ratificado.

—Lo bueno es que tú ya estás del otro lado, mano —sentenció arrellanado en un sofá y en los lugares comunes. Había estado en el seminario y en el ejército, así que aprendió a sudar el pan, a servir de veras, y decía haber aprendido mejor que yo, “en la universidad de la vida”, los tejemanejes de la política.

—No, manito —dije sintiendo que el sillón se achicaba cuando mi cuñada volvió para encender las lámparas y preguntar si se nos ofrecía algo. Él estaba de pie rellenando las copas y le dio la nalgadita de “nada gracias cosas de hombres”.

—¿Cómo? —dijo estirándose el bigote y cortando las sílabas con navaja—, ¿no me digas que no hiciste tu cochinito ni tu telaraña de contlapaches?

—Pues nnno.

Ilustración de Mauricio Torres. / Iberoamérica Ilustra (Catálogo)

Achicó los ojos para amarrarse las lágrimas, como en las novatadas del H. Colegio Militar, como las penitencias abusivas del seminario y de su hermano mayor. Me recordé encima de él deleitándome con el frío del mosaico a través de su cuerpecito huesudo y sudoroso, hasta que dio el estirón y empezó a presumir de muchas cosas, de algunas con razón, como esta riqueza habida a base de partirse el lomo y partírselo a sus empleados.

—Ni dinero ni palancas —dije. Afuera se encendían las primeras luces. Los luceros desaparecían de pronto tras algún nubarrón tacleado a la mala por las ráfagas sucias y avejentadas de la Bella Airosa. Había trabajado sin pensar más que en cumplirle al gobernador, en distinguirme de mis antecesores y sucesores en el puesto que sí habían hecho, hacen y harán cochinito y telarañas. Quise quedar bien con dios y con el diablo, como quien dice.

—¿Nada, hermano Francisco? —achicó todavía más los ojos, como la primera vez que lloró y la última que aguantó mis golpizas.

—Nada, hermano lobo.

—Pues entonces jamás lo confieses —leyó en mis ojos que no le estaba entendiendo y agregó—: mira, san Agustín, te voy a dar un consejo.

—¿Un consejo?, ¿otro?, ¿también de cultura?

—Sí, de cultura… general —se acomodó el cuello de la camisa, creí que le iba a dar un ataque de asma, pero no, al contrario, sus ojos recobraron tamaño y profundidad suficientes para comerme mejor.

—¿Por qué no he de decir la puritita verdad?

—Porque nadie te va a creer y van a decir que eres un mentiroso. Pero —me apuntó con un dedo medio torcido por la artritis— si alguien te llegara a creer, cosa que dudo, va a decir que eres un pendejo.

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