El cantante, poeta vocacional y líder de The Doors falleció en París el 3 de julio de 1971 a los 27 años de edad. José de Jesús Sampedro no sólo trae del pasado a Jim Morrison, también el debut de los Doors, es decir, el de ese rock llamado “a transformarse en modélico, atípico en su momento, oscuro en pleno sol del verano hippie”.


James (Jim, popularmente) Douglas Morrison Clarke murió un ya impasible 3 de julio de 1971, a la convulsa edad de los veintisiete años, en circunstancias proclives todavía hoy a la alusión, a la polémica, en el inane barrio de Marais, en París, a donde viajaría escapando acaso siempre de sí, determinado acaso siempre (infeliz, feliz: no importa) a encontrarse. Descrito ahora todo justo a la inversa: nacido en la también inane ciudad de Melbourne, en Florida, el 8 de diciembre de 1943 (a propósito, otro 8 de diciembre, treinta y siete años después, John Lennon, otra de sus antinómicas auras gemelas, yacerá bajo la neoyorquina luna, incrédulo, agonizante). Primogénito de un neurótico militar y de una ecuánime dama de casa, James Douglas Morrison tuvo asimismo una hermana y un hermano (Andy éste: aquella Anne), de quienes la historia deja sólo un irresuelto rompecabezas. “¿Padre?” “¿Madre?” El imperialista mundo era entonces distinto, aunque era idéntico al que desvivimos y al que vivimos: me refiero a que había una guerra y a que había una estupidez que adoptaba el rango de heroica. Disminuyo lo obvio. Prosigo. No será sino hasta 1965, en el impoluto distrito de Venice, en Los Ángeles, cuando una de esas drásticas coincidencias (en cuyo núcleo la necesidad esplende tanto como el azar) hará que un antiguo condiscípulo: Raymond Ray Daniel Manzarek, y James Douglas Morrison, conversen específicamente de poetas y de música y de poemas, de estimas y de repudios y de las perspectivas mínimas de implicarse dentro de una banda de rock, conformada y creada según su ideario. Disminuyo lo obvio de nueva cuenta. Prosigo. Robby Krieger y John Densmore (su autobiografía: Raiders On The Storm, 1991, ejemplifica a extremo lo ficticio que reanima y que desde un comienzo corroe casi a la asociación, incluyéndolo, nulo y lívido, timorato) posibilitan a muy corto plazo el debut de los Doors, es decir, el de un rock llamado a transformarse en modélico, atípico en su momento, oscuro en pleno sol del verano hippie, melancólico y unísono y sardónico aun festivo, iracundo ante las demostraciones de una hipócrita moralina que reivindicaba un genocidio en forma en Vietnam pero que invalidaba ciertos tipos y ciertos modos de protesta individual, colectiva, de búsquedas de una contemporánea verosimilitud del espíritu, en síntesis (y jamás ni explícito ni jamás prosélito de ninguna causa política o de ninguna causa ideológica, alienadas). Disminuyo lo obvio de nueva cuenta. Prosigo. Hacia los meses de febrero y de marzo de 1971, en la antesala plena del lanzamiento de L.A. Woman, su sexto álbum de estudio, James Douglas Morrison decide que alejarse es la mejor respuesta a las ampulosas insidias entre Manzarek y Krieger y Densmore y el fantasma en turno de él, decide que París estaría bien para actuar consecuentemente, envía a la benigna Pamela Courson, su novia, luego la alcanza él, y acaba así la aventura. “¿Padre?” “¿Madre?” Hace cincuenta años que continúa la aventura.

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