Las ocho décadas de Calasso

Las peligrosas ninfas…

Roberto Calasso nació en Florencia, Italia, en 1941 y hoy en día vive en Milán. Se licenció en literatura inglesa en la Universidad de Roma con el profesor Mario Praz, presentando una tesis titulada: Los jeroglíficos de Sir Thomas Browne. Es presidente y director literario de Adelphi, una de las editoriales de mayor prestigio internacional. Como autor, por otra parte, tiene una diversidad de libros publicados, entre los que están La locura que viene de las ninfas, La actualidad innombrable, El loco impuro, La ruina de KaschEl ardor o Cien cartas a un desconocido. Ya lo dijo alguna vez otro gran escritor italiano, Leonardo Sciascia: “Sus obras están llamadas a no morir. Calasso es uno de los pocos grandes escritores que tenemos”. Aquí celebramos sus ocho décadas de vida.


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Hace 80 años, el 30 de mayo de 1941, nacía en Florencia, Italia, el editor y escritor Roberto Calasso.

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El primer ser sobre la tierra al que Apolo habló fue una ninfa llamada Telfusa, quien en seguida lo engañó.

Roberto Calasso nos lo recuerda en su libro de ensayos La locura que viene de las ninfas (Sexto Piso Editorial), donde incluye cinco textos, dos de ellos dedicados a estas mujeres fascinantes, uno más al cine y los dos restantes a su tema recurrente: los libros.

“Apolo había atravesado la Beocia procedente de Cálcide —precisa Calasso—. La vasta planicie que después fue rica en trigo estaba entonces cubierta por una espesa floresta. Tebas no existía. No había calles ni senderos. Y Apolo buscaba su lugar. Quería fundar en él su culto”.

Ya había rechazado más de uno, según el himno homérico. “Después vio un ‘lugar intacto’ (chôros apemon), dice el himno. Apolo le dirigió la palabra. En el himno el pasaje es brusco: ese lugar es un ser. En sólo dos versos, sin transición, el masculino chôros se convierte en un ser fémino (‘Te detuviste cerca de ella y le dirigiste estas palabras’). Aquí, con la máxima rapidez y densidad, se muestra qué es la ninfa en la economía divina de los griegos”.

Calasso, director de Adelphi, una de las editoriales de mayor prestigio internacional, desmenuza la palabra apemon, que significa “intacto” en tanto “incólume”, “ileso”: se dice de lo que no ha sufrido los pemata, es decir las “calamidades” que vienen de los dioses y de los hombres. “Pero Telfusa vio la llegada de Apolo como una calamidad. Y en seguida, ocultando su ira, lo engaña. Aconseja al dios ir a otro lugar porque su majestuoso santuario será molestado por el ‘fragor de las yeguas y las mulas’ de la ninfa, que ‘beben en sus sagradas fuentes’. Los visitantes mirarían más a las yeguas que al templo, dice Telfusa con deliciosa, pérfida ironía, y agrega: más adecuado a Apolo es un lugar áspero, escarpado, allá donde las peñas del Parnaso se rompen en una barranca”.

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Apolo sigue el consejo sin saber obviamente a dónde se dirige. Cuando lo descubre, lo que será en un futuro Delfos, mira la “fuente de hermosas aguas” que está rodeada por las espiras de una descomunal dragona, que mata “a quien la encuentre”, que era el deseo de Telfusa. Pero suceden las cosas al revés. El dios Apolo mata a la dragona y la dejará pudriéndose al sol. “Es ésta su gran empresa, su gran culpa —dice Calasso—. El primer pensamiento que le llegó a Apolo luego de haber matado a Pitón fue que la primera ‘fuente de hermosas aguas’ lo había engañado. Regresó sobre sus pasos. Provocó un derrumbe de piedras sobre la fuente de Telfusa para humillar a su corriente. Luego elevó un altar a sí mismo y le robó a Telfusa también su nombre, haciéndose llamar Apolo Telfusio”.

Así lo narra el himno homérico.

Mas Calasso nos pide que observemos algunos detalles: “Cuando Apolo llega a Telfusa y cuando llega a Delfos pronuncia palabras idénticas, manifestando su voluntad de fundar en el lugar un oráculo para todos los que habitan el Peloponeso, las islas y ‘todos los que habitan Europa’: es éste el primer texto donde Europa es nombrada como entidad geográfica, que aquí aún significa sólo la Grecia del centro y del norte. Además, en Telfusa y en Delfos el dios encuentra igualmente, y sobre todo, una ‘fuente de hermosas aguas’, como dice el texto usando la misma fórmula para los dos lugares”.

Pitón, en Homero, es un ser femenino, lo que da la impresión, “casi óptica”, según la aguda mirada de Calasso, “de desdoblamiento: como si un mismo evento se hubiera manifestado dos veces: una vez en el diálogo engañoso y malicioso entre el dios y una ninfa, una vez en el silencioso duelo entre el dios-arquero y la dragona enrollada. Al centro, en uno y otro casos, hay una fuente que brota. Y en uno y otro casos se trata de la historia de un poder que es destronado. La ninfa y la dragona son guardianas y depositarias de un conocimiento oracular que Apolo viene a sustraerles. En todas las relaciones entre Apolo y las ninfas (relaciones tortuosas, de atracción, persecución y fuga, felices sólo una vez, cuando Apolo se transformó en lobo durante el coito con la ninfa Cirene) quedará este sobreentenido: que Apolo fue el primer invasor y usurpador de un saber que no le pertenecía, un saber líquido, fluido, al cual el dios le impondrá su metro”.

Ilustración del libro Letteratura assoluta. Le opere e il pensiero di Roberto Calasso, de Elena Sbrojavacca.

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Las ninfas, estas hijas de Zeus, siempre hermosas, siempre tentadoras, “pueden ser —dice Calasso— tanto salvadoras como devastadoras, o lo uno y lo otro juntos”. Si en el origen de la posesión encontramos a una ninfa (Iynx), “si las ninfas preceden a la posesión en su máxima generalidad, es así porque ellas mismas son el elemento de la posesión, son esas aguas perennemente encrespadas y mudables donde de repente un simulacro se recorta soberano y subyuga a la mente”. Y ello conduce a Calasso a desglosar el término: nýmphe, el léxico griego, significa tanto “doncella lista para la boda” como “fuente”. Pero hay que preguntarse algo más sobre esas aguas, dice Calasso, “abrir su sello movible. Y una claridad imprevista nos vendrá del fragmento de un himno a Apolo, citado por Porfirio en el De antro Nympharum. Allí leemos que Apolo recibió de las ninfas el don noeron udáton, unas ‘aguas mentales’. Aquí finalmente se nombra ‘the stuff nymphs are made of’. Ninfa es entonces la materia mental que hace actuar y que sufre el encantamiento, algo muy afín a lo que los alquimistas llamarán prima materia y que aún resuena en Paracelso, donde habla de nymphididica natura”.

El delirio suscitado por las ninfas, único, “nace entonces del agua y de un cuerpo que emerge de ella, así como la imagen mental aflora del continuo de la mente”. Esta fue la espléndida visión que saluda, en Catulo, el inicio de la expedición de los argonautas: “Unos mortales tuvieron la visión de ninfas marinas con el cuerpo desnudo que emergían con todo el busto de la inmaculada olla”. Pero Teócrito aconsejaba cautela con estas hermosas doncellas. Las define como deinaí, “terribles”.

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En su otro ensayo, que trata en concreto sobre la Lolita de Vladimir Nabokov, Calasso vuelve con las ninfas: Lolita, finalmente, era una de ellas. “Atraídos por las ninfas, más que por los humanos, los dioses empezaron a hacer incursiones en la tierra. Y primero los dioses, luego los hombres, que imitan a los dioses, reconocieron que el cuerpo de las ninfas era el lugar mismo de un conocimiento terrible porque era a la vez salvador y funesto: el conocimiento a través de la posesión. Un conocimiento que otorga clarividencia, pero puede también entregar a quien lo practica a una locura peculiar. La paradoja de la ninfa es ésta: poseerla significa ser poseídos”. Por algo Humbert Humbert, el personaje de Nabokov, “el cazador encantado”, es poseído por su presa: Lolita, que era, es, al final de cuentas, una preciosa ninfa, la misma (no Lolita, sino la ninfa) que atrapara también al propio Sócrates, que hablaba de la “locura” que provenía —proviene— de estas atractivas doncellas. Quizás a eso se deba el escándalo que suscitó Lolita a la hora de su aparición, dice Calasso. Porque volvió a despertar a la evidencia la existencia de estos seres, las ninfas, “que pueden presentarse bajo la forma de una chiquilla con calcetines blancos”. Demonios con falda tableada y tenis sucios.

¿No de ninfa viene el inquietante y frenético término ninfomaníaca?

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